Cabeza de turco  I Washington Abdala

Somos raros

Estoy varado en un aeropuerto de nuestra América Latina, aburrido y gastando horas en observar a la gente, curioseando y procurando entender qué son, qué representan, cómo viven los que embarcan por acá, en fin, esas cosas que de atrevidos pensamos cuando tenemos horas que quemar (el tiempo ocioso es creativo, decía Shopenhauer).

Me detengo delante del vuelo que se dirige a Amsterdam. Me siento y los espío. Son holandeses en su mayoría, básicamente blancos, rasgos bonitos, las rubias con edades de todo tipo, los hombres —todos— prolijos, con rostros aburridos, piernas cruzadas igual que las damas (y nadie los prejuzga por ello). No hay gordos. Ni uno. Bastante gente de la tercera edad, y hasta una viejita en silla de ruedas, que está quietita (quizás sea su último vuelo, ella impertérrita.) No sé qué pasa pero la mayoría tiene lentes, lindos diseños, jugados, de calidad, no hay berretadas chinas por ningún lado. No hay estridencias, ni ruidos, es casi una misa salesiana, todo es perfil bajo. Advierto algunos filipinos metidos en medio de los rubios. Quizás ya sean holandeses. Están integrados, no son distintos a nadie excepto por el color de su piel. Oigo que hablan neerlandés perfecto. Sí, ya son holandeses.

Una vez terminada esta operación me traslado al vuelo de Madrid. Acá la cosa ya es más heterogénea en lo étnico. Atrás mío, un aspirante a yuppie madrileño exclama a los gritos: "¡Me pasas el plan diario por favor!" Presumo que la orden es para su dependiente por el mal talante. Las ropas de este grupo ya son distintas. Hay "marcas" fashion pero abundan las copias truchas y la ropa comprada en ferias. Acá están pendientes de sus celulares de manera obsesiva. Ni que hablar de las tablets, todos enganchados al ciber-espacio. (Los holandeses parecían desconectados de eso.) Definitivamente gritan, hablan fuerte, son grotescos. El yuppie espeta: "¡Compara los precios y haz los números, que ya está bien perderse un rato!". Debe ser insoportable. Es insoportable. A pocos metros se divisa una pareja de dominicanos milenarios vestidos con ropa multicolor. No les falta ningún básico de la paleta y tienen combinaciones hijas de la tierra de donde vienen. Hermosos. De repente, aparecen dos jóvenes con túnicas de color gris al pie, barbas negras, largas y con alfombritas en la mano. Las ubican en dirección a la Meca (presumo) y se ponen a decir sus oraciones próximos a una ventana. Nadie dice nada pero todo el mundo los observa con curiosidad. Terminan su ceremonia rápidamente y se ponen a charlar pavadas igual que cualquiera. En Miami no me imagino esta escena. La vida sigue. Veo dos niños que corren por todos lados en esta puerta, sin embargo muchos están agotados por las conexiones de los aeropuertos. Dormiditos son tan lindos esos niños que resultan amorosos.

Llego a la puerta de mi destino uruguayo. Los colores de ropa son identificables con los que siempre se usan acá a pesar de la globalización: gana el azul, el blanco y el negro. No hay colorinche estridente. Somos así. La media etaria es de cuarenta años y no hay viejitos como en las puertas anteriores. Veo que medio avión es de gente latinoamericana, reconozco rasgos indígenas pero hay tal integración que no siempre se puede descubrir ese pasado genético. Muchos uruguayos compran alcohol, lo noto en las bolsitas del free shop que delatan de manera precisa ese insumo. La actitud es sobria, no es sencillo identificar a los connacionales por rasgos muy punzantes, es como si quisieran pasar desapercibidos de manera expresa. Hay algo que denota cierta sobriedad o mesura. Me gusta eso, me llena de orgullo y me siento cómodo en esa masa de gente que no nos conocemos, pero que todos sabemos de dónde somos, adónde vamos y cómo pensamos. Los rasgos identitarios no son externos, pero se definen en nuestra forma de ser que todos reconocemos sin hablar una palabra. Por alguna razón el uruguayo —en el mundo— tiene un perfil de éxito, de laburante serio. Afuera somos distintos que adentro. La prueba está en que los que se han ido, en su inmensa mayoría, alcanzan proverbial suceso. Toda una metáfora para un pueblo que vive amando su propio ombligo. Definitivamente somos raros.

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