CABEZA DE TURCO

Pornografía

Me escribe un lector por el Twitter y me repite que soy un "dinosaurio". Lo sé, lo sé, y no me estresa para nada, acepto pacíficamente mi historia temporal y hasta me gusta casi todo de lo que viví. Bien tú, querido lector, al confrontarme.

Vengo de una "era" en la que Isabel Sarli era lo máximo en el desnudo rioplatense. "Carne", donde Isabelita trabajaba en un frigorífico era lo único para los de mi generación que nos ratoneábamos con ella. Supongo que mi umbral femenino era ese por aquel tiempo. Recuerdo también "Los caballeros de la cama redonda" con Porcel y Olmedo, todo giraba en torno a un "bulín" y algunas minucias más. Eso era "verde" para la época. Inclusive recuerdo "Emmanuelle", con Silvie Krystel en el cine Luxor; quedé loco por mucho tiempo con el erotismo, la pornografía y lo que se mostraba allí que era básico —casi infantil digamos— si se lo compara con lo de hoy (cuando volaba en algún avión, por aquellos tiempos, pensaba en la escena del sexo en el bañito a diez mil metros de altura. Incómodo imagino).

Es más, las tomas cinematográficas de "Un hombre y una mujer", donde solo se besaban los actores principales durante eternos minutos, era, para la época, toda una transgresión (mi esposa no lo sabe pero creo que todavía sigo enamorado de Anouk Aimée). O sea, tiene razón mi lector twittero, soy un dinosaurio. ¿Y qué?

Hoy en las redes y en WhatsApp me tienen harto con el envío de pornografía berreta. He visto, al principio, cuando irrumpió esto —en los teléfonos— casi todo. Los hombres que lo niegan —sépanlo adoradas lectoras— solo les mienten. Miren los celulares de ellos y de diez contactos masculinos hay uno (el amigo primate) que envía estas cosas. Es ley (no puedo hablar del otro género pero el mío lo conozco).

Lo que pasa es que llega un momento en que de ver tanta "berretada" uno dice: basta, este teléfono va a explotar, está recalentando, voy a estar en un juzgado, en una radio o con un cliente y se va a disparar este video con gente gimiendo, gritando o lo que sea. ¡Qué necesidad!

Es que —y va muy en serio— creo que la pornografía como la conocimos hace un tiempo se muere. Puede que queden algunos pornógrafos delirantes pero ya no es un tema de las generaciones del presente. No es que no se ratoneen con los desnudos, es que la oferta al ser tan abierta, gratuita y masiva se torna irrelevante (la idea no es mía es del señor Byul Chul Han; lean lo que quieran del tipo, no pierdan el tiempo, es el Baudrillard o el Lipovetsky de estos tiempos.)

Los desnudos y el sexo explícito ya no significan lo que significaban ayer. Creo que un joven de hoy que vea la Maja de Goya —en sus dos versiones— no entendería la dimensión del asunto. Y es lógico que no lo entienda porque este tema, aunque les duela a los más grandes, es un avance del presente. El cuerpo desnudo ya no inquieta como lo hacía años atrás y la pornografía en su diversas versiones (no el erotismo que siempre vivirá) está condenada a morir porque no denota contenidos, empieza a ser un territorio vacío, casi banal y sin significante de ningún tipo.

Seguramente es rebatible el punto de vista. Puede ser. Cuando uno mira el mundo y los retrocesos que introducen algunas religiones en sus versiones radicales, y sí, uno tiembla y duda de todo. Curiosamente, en esos casos la pornografía es casi un acto revolucionario. Pero en el mundo moderno donde Jon Voight era un vaquero que se prostituía en Manhattan ("Perdidos en la noche") y corría por las calles en su desasosiego emocional pretendiendo vivir de su cuerpo, desde ese tiempo a la fecha la pornografía está en franca masividad en la redes pero asfixiándose en sus contenidos y quedando reducida a un núcleo de adictos que más bien la padecen.

La pregunta que nos hacemos los curiosos es saber qué viene ahora, cuál es el umbral que se sorteará ya que este quedó tirado por la borda. Y en eso, mis queridos lectores, el humano es siempre un ser impredecible. El Sapiens puede imaginar lo que sea. Verdaderamente lo que sea y no lo podemos adivinar.

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