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Una playa que amplía horizontes

Los lunes de mañana, Pocitos y Malvín reciben a los chicos que viven en la Escuela Horizonte. La experiencia es mucho más que un momento de desestrés: son sensaciones inéditas.

La alegría de sentir la ola romper (Foto: Fernando Ponzetto)
La alegría de sentir la ola romper (Foto: Fernando Ponzetto)
Pocitos y Malvín son escogidas por las rampas de accesibilidad (Foto: Fernando Ponzetto)
Pocitos y Malvín son escogidas por las rampas de accesibilidad (Foto: Fernando Ponzetto)
La IMM cuenta con dos sillas anfibias para estos casos (Foto: Fernando Ponzetto)
La IMM cuenta con dos sillas anfibias para estos casos (Foto: Fernando Ponzetto)
Los docentes trabajan mucho el tema de la sensibilidad (Foto: Fernando Ponzetto)
Los docentes trabajan mucho el tema de la sensibilidad (Foto: Fernando Ponzetto)

Con la boca abierta a más no poder, la mirada clavada en la espuma de la ola que se forma y se rompe, la de Romina es la cara misma de la felicidad. Llegó a la orilla con dificultad, ayudada por un voluntario de la Intendencia de Montevideo (IMM) y por Susana Maresca, coordinadora general de la Escuela Horizonte. Pero ni bien se moja los pies con esa agua amarronada que viene y va, parece capaz de arrastrar un batallón entero. Hay que frenarla: Pocitos tiene bandera amarilla y no conviene adentrarse. Romina tiene doce años, parálisis cerebral, autismo severo y una alegría tan grande y tan color de león como el Río de la Plata. Es una niña que está disfrutando de la playa.

La distinta rutina de los lunes en la mañana había empezado minutos antes. A las 9.55, casi media hora después de lo previsto, la camioneta Hyundai con el logo de la Escuela Horizonte, institución dedicada al tratamiento y atención de niños y jóvenes con diferentes grados de parálisis cerebrales severas, estaciona en la rambla de Pocitos a la altura de Manuel Pagola. Esto es a metros del estadio Arenas del Plata, del lado del Kibón, donde hay una rampa de accesibilidad. Estas rampas hacen que esta playa y la de Malvín sean las escogidas por la Horizonte para que sus internos puedan disfrutar de arena, sol y agua todos los lunes de mañana. Bajan las sillas de ruedas y también bajan —los ayudan a bajar— Romina, Beto, Rosita, Carlitos, José y José Luis. Rosita, la más locuaz, pide por Susana; Beto, por lejos el mayor (tiene 62 años), el más cariñosamente expresivo y el de mayor autonomía, se acomoda su gorra; los demás intentan girar sus cabezas hacia el mar todo lo posible. Rosita grita su alegría al sentir el viento y el inconfundible aroma de la costa; ella no puede ver.

"Lo principal para ellos es desestresarse. Ellos están viviendo en un lugar físico donde la mayoría del tiempo están quietos, más allá de que haya una piscina. Venir acá les permite relajarse, tomar sol, estar en contacto con la naturaleza. Y tiene muchos beneficios. Aunque sea, ven la playa. Muchos de ellos, que provienen de contextos socioeconómicos muy bajos, ni siquiera la conocen", señala Maresca.

La Horizonte en total atiende a 92 chicos. Cuarenta de ellos, niños, jóvenes o adultos como Beto, viven ahí. Y vivirán ahí toda su vida, ya sea porque fueron abandonados por su familia o por resolución judicial. No todos los cuarenta pueden asistir a los lunes de playa, en convenio con la IMM. La coordinadora general explica que los que pueden venir son los casos menos severos y aquellos que no estén gastromizados: los que no tengan sonda nasogástrica ni botón gástrico. "Más allá de que todos dependen de nosotros, ellos son los más independientes". Unos quince internos de esta escuela están en condiciones de participar de este programa municipal inclusivo; una tanda va a Pocitos, la otra a Malvín.

Con la llegada de los profesores de educación física del Programa de Verano en Atención a Personas con Discapacidad de la IMM, a las 10, comienza la jornada de playa. Todos ya tienen malla y protector. El termómetro de la calle indica unos nada sofocantes 25 grados. Hay algo de viento y el Río de la Plata está picado... picado nivel Pocitos, se sabe. Sin embargo, el riesgo es suficiente como para que no sea conveniente que se metan al agua, aun en las sillas anfibias. Habrá que dividir las actividades y los docentes: rambla, arena —protegidos por un toldo sostenido por cuatro postes, para que el sol no los abrase— y orilla.

Sensibilidad.

Aunque pesada, la silla anfibia, con flotadores, es la que permite un mejor desplazamiento por la arena. Las sillas de ruedas comunes ya son de difícil maniobra más allá de la rampa. El "campamento" está cerca y las tareas divididas. Rosita será llevada a un paseo por la rambla y José Luis el primero en acercarse al agua. Los demás realizarán tareas de estiramiento y sensibilidad, con acompañamiento musical, bajo la sombra. Con José Luis al borde del agua, los profesores hacen la última evaluación: si en el centro de Pocitos la caseta del guardavidas muestra bandera amarilla, en la del lado de Kibón ondea la roja. Definitivamente, no habrá chapuzón.

"La intervención pedagógica del docente siempre va a estar adecuada al chico. En este caso (discapacidad neuromotora) trabajamos con las sensaciones que van a percibir: frío, calor, viento...", señala la profesora Bettina Greppi, coordinadora del programa. Mientras las olas le mojan los pies y las ruedas de la silla anfibia, José Luis mira la arena húmeda. Quiere tocarla y no puede. Lo ayudan los docentes. Percibir los diferentes elementos (arena húmeda, arena seca, agua) es revelador y terapéutico para él. Constantemente hay que mojarlo para evitar la deshidratación. Beto o Rosita podrían emitir alguna palabra o algún sonido; él no, por lo tanto los profesores tienen que estar atentos a sus reacciones. Ahora tirita, lo que significa que es el turno para otro en el agua. Tirita, pero sonríe.

Este programa municipal funciona toda la semana y el año pasado trabajó con unas 680 personas con discapacidad atendidas por 12 profesores, en las playas Malvín, Pocitos, Cerro y Ramírez.Hay convenio con 16 instituciones pero pueden acercarse particulares. Greppi indica que por un tema logístico y de estrategia, solo los lunes pueden ser dedicados a personas con problemas motores, como los de la Horizonte. La explicación es simple: "Estamos bastante complicados con los elementos: solo tenemos dos sillas anfibias". Entre preparativos de llegada y partida, en rigor solo pasan una hora a la semana en la playa. Maresca prefiere ver el vaso medio lleno: "Es poco, pero para ellos es mucho".

La Escuela Horizonte lleva cuatro años asistiendo a las playas de Montevideo. El lunes 11 fue su primer jornada del verano 2016. Seguirá el resto de enero y febrero.

Cercanías.

Bajo el toldo, los internos juegan con arena y pelotas terapéuticas. Recostarse sobre una lona ya compensa su postura de casi todo el día. Los trabajos de estiramiento son suaves y van hasta donde cada uno lo permita. La música es fundamental para el relax. A Rosita le gusta La mordidita de Ricky Martin; a José, We built this city, de Starship. Variedad, que le dicen.

Con Beto, que hace más de veinte años vive en la Horizonte, basta que una profesora lo arrime a la orilla. Es sumamente dócil, como un niño obediente. Es el único capaz de tomar una piedra por sí solo y arrojarla al mar. Es también el único con el que los docentes de la Intendencia pueden tener algo parecido a un diálogo y no un ejercicio de interpretación de gestos y miradas perdidas. También es el que menos llama la atención del resto de los bañistas.

Una de las profesoras de educación física, que prefiere no ser identificada, habla de tantas reacciones como usuarios hay en la playa. No falta el que se acerque a felicitar a los docentes, aunque difícilmente quiera interactuar con los chicos. Pero también está el que cambia de rumbo o no disimula la cara de desagrado. "Con ellos (los de la Horizonte), que son casos más graves, las expresiones de rechazo son más acentuados". Una colega va más allá: "Los miran como bichos raros, la inclusión tendría que ser para los normales...".

Susana Maresca prefiere seguir viendo el vaso medio lleno. "La gente por lo general los mira de lejos, no se les acerca, pero en algunos de ellos vi sonrisas. El lunes pasado, un matrimonio se acercó a sonreírles. Y eso ya les alcanza a los chicos, porque ellos perciben los gestos de afecto, de amor. Y está bueno que la gente comience a aceptar este tipo de patologías como algo natural". Solo un niño que no llega a los diez años se acerca al toldo y mira a los chicos de la Horizonte. Los mira en silencio, con más incredulidad que curiosidad. Pero no se va. Y se queda hasta que el campamento se levanta.

Son las 11.02. Los chicos se calzan, se visten y se van a la camioneta. Ahí serán hidratados y sus pañales cambiados. Se acaba su día de playa. Ellos también lo pudieron tener, resalta la profesora Greppi. Seguramente no puedan comer del cansancio, aventura la coordinadora Maresca. Como pasaría con cualquiera.

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