VIAJES

Otro planeta escondido al otro lado de mundo

A unas 36 horas de Uruguay y exactamente en sus antípodas, Corea del Sur ofrece una combinación de modernidad, tradición, urbanismo, arquitectura, paisajes y una manera de ver el mundo.

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En Seúl convive la historia con la modernidad.

Llegar desde Uruguay a Corea del Sur, exactamente al otro lado del globo, es como descender en otro planeta. Un viaje de 36 horas que incluye dos largos tramos y una espera en aeropuertos (y uno de ellos es el de San Pablo, un feo limbo aeronáutico) puede ayudar a esa idea, es cierto, pero el "sacrificio" siempre es un dato menor para quien termina descubriendo un nuevo mundo.

Las primeras señales son contundentes: con más de 26 millones de habitantes en su área metropolitana, Seúl, la capital surcoreana, abarca una profundidad de campo edificada que no se termina con el horizonte. Esa dimensión se aprecia desde la indispensable visita a la Torre Seúl, el imponente mirador similar a la aguja de Seattle.

A nivel del piso esa idea de mundo ajeno se traduce en una hormigueante aunque ordenada sucesión de autos y peatones. Pasando la puerta Namdaemun, en el mismísimo centro de la ciudad y a un costado de otro hito turístico (el mercado tradicional) un nuevo paseo peatonal sobre la estación de Seúl permite una visión más cercana de una metrópolis.

A pesar de que le va el talle de urbe, Seúl es acogedora. Los surcoreanos son amables, ordenados y se los ve satisfechos aunque deben tener sus problemas: la prosperidad suele venir con contraindicaciones. Pero todo parece nuevo de paquete desde las calles y los edificios entre los que predomina el vidrio y los carteles como grandes televisores de plasma.

Eso, por ejemplo, está resumido en la Plaza Seúl, con el nido de vidrio que es el ayuntamiento pegado a la biblioteca pública de aspecto del siglo XX y a un costado el palacio Deoksugung, construido en el siglo XV.

Seúl es una ciudad muy segura y aparece ganada por los jóvenes, a los que se los ve despreocupados y participando de actividades que van desde una kermesse temática sobre la tradición imperial o un concierto de K-pop. Jóvenes de raros peinados nuevos están todo el tiempo en la televisión surcoreana, donde siempre aparecen con sobreimpresos que subrayan lo que vaya a saber uno estén diciendo. Abundan también las telenovelas y hay poca cosa occidental. La publicidad y los programas tienden a lo chillón.

Es que a los coreanos de cualquier edad les gusta salir y dicen que no hay mejor prueba de amistad que tomar (por ejemplo, un vino de arroz que lo mezclan con cerveza y es más rico y menos letal de lo que parece) y cantar. La ciudad está llena de lugares de comida callejeros.

Para comprobarlo, a unas cuadras del centro de Seúl hacia el Sur, está el mercado tradicional Namdaemun, uno de los paseos más inevitables e interesantes. Allí se consigue de todo en una serie de callejuelas repletas de ofertas y de "aire asiático" al que contribuyen los perfumes de la comida, las especias y el té. Es un ruidoso oasis.

El menú más común es bien típico de ellos y siempre incluye arroz, el clásico kimchi (omnipresente en todas las comidas entre un extendido copetín que acompaña todas las ingestas y que es un repollo con chili que, la verdad, está muy bueno. También tienen una carne asada (que se hace en la propia mesa) y que no se parece a la carne vacuna uruguaya. La dieta tiende a lo picante pero una vez que se le encuentra el gusto, es sana y sabrosa. Conviene, sí, alejarse del naeng myun, una sopa helada.

La historia cerca.

También en el centro de la capital, en el palacio de Gyenonbokgung, centenares de jóvenes se sacan selfies enfundados en ropa tradicional coreana. Le llaman hanbok y es una moda nacional y una anacronía tan grande como muchas de las cosas que se ven en Seúl. Los trajes se alquilan por 20 dólares (unos 20.000 wan, la moneda local) por cuatro horas y eso incluye el peinado. La moda empezó hace cuatro años, explica una de las intérpretes de un grupo de periodistas de todo el mundo de visita oficial en Corea del Sur. Se debe a la inclusión de la historia como materia obligatoria en la educación y a las telenovelas que abundan en referencias vinculadas a la dinastía Joseon, que gobernó el país entre 1392 y 1910.

Al lado del palacio está el museo gratuito que repasa la historia de esa familia real. Fue el rey Jesong —cuyo monumento da la bienvenida al palacio desde la plaza Gwanghwamun— el que instauró el alfabeto coreano, que tiene una tendencia geométrica que lo diferencia del chino o el japonés aunque puedan parecer lo mismo. La última descendencia Joseon, la del período Gwangmu, abrió por primera vez a Corea al mundo, una época que se cerró drásticamente con la invasión japonesa en 1910.

A la sombra de Jesong, varios centenares de jóvenes miran un show de K-pop, el género musical contemporáneo autóctono, una de las tantas actividades que hay en la plaza todos los días. El K-pop está omnipresente en la cultura surcoreana y a diferencia de su ejemplo más internacional (el Gangnam Style de Psy) está más cerca de las boy band occidentales que de ese señor grande y de lentes.

Otro día, allí mismo, miles de personas miran un partido de Corea del Sur contra Japón en pantalla gigante y un sábado, centenares de habitantes vestidos tradicionalmente meten un ruido ensordecedor en un despliegue que recuerda a Olodum pero sin ritmo. Tradición y modernidad, una vez más.

En el otro extremo de la plaza, el monumento al almirante Lee Sun Shin, un héroe del siglo XVI al que se le acreditan varias batallas ganadas contra los japoneses, parece observar de reojo a los niños que juegan con los chorros de agua que salen del piso y los refrescan ante un calor de 29 grados de un domingo de mayo.

Allí y en la otra vereda del Teatro Nacional, el Museo de la Historia Contemporáneo completa un panorama histórico de Corea de una manera instructiva desde el conflicto hasta hoy. O sea, el relato de un proceso exitoso que pasó de la miseria a la fortuna en menos de medio siglo.

Dos paseos fuera de Seúl.

Las razones de ese milagro son más terrenales de lo que se puede pensar. Una industrialización propiciada por el gobierno de Park Chung-hee en la década de 1960, permitió que en 1981, por ejemplo, se exportara el primer auto surcoreano, un Hyundai Pony que incluso llegó a Uruguay. El desarrollo de empresas como Samsung, la propia Hyundai y otras de fama local, le dieron a Corea del Sur una presencia mundial. Y la apuesta a la educación, un orgullo nacional.

Como una muestra de su capacidad y de su bonanza, a pesar de ser un país sexagenario, Corea del Sur ya organizó unos Juegos Olímpicos (los de 1988) y un Mundial de fútbol (el de 2002, junto con Japón). En 2018 serán los Juegos Olímpicos de invierno en Pyeongchang, a unas tres horas de Seúl. Con una inversión de 3.000 millones de dólares, allí se construye la infraestructura y por unos seis dólares se puede subir a un ascensor para ver el lugar de los saltadores de esquí, un punto altísimo, ventoso y para temerarios. Una cafetería permite ver el valle más al resguardo.

Otra escala inevitable es la zona desmilitarizada que en su parte turística es una plaza de comidas, un lugar para sacarse fotos, un par de sitios históricos y un paseo: uno de los centros geopolíticos más calientes del mundo recibe a los visitantes con una enorme rueda gigante. Más allá y más en reservado, la verdadera zona desmilitarizada es un terreno lleno de protocolos de seguridad donde a lo lejos se ve un soldado norcoreano que, dos por tres, hace un paso marcial que presume de celo militar.

Pero es Seúl la síntesis de un modelo exitoso donde se mezclan modernidad y tradición y que resultó en uno de los países más ricos del mundo y en una de las metrópolis más fascinantes de un planeta que, sí, es el mismo que el nuestro aunque no lo parezca.

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