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Los personajes de una esquina tradicional

Desde el cruce de 18 deJulio y Yi, estos hombres se ganan la vida desde hace años con oficios muy diversos, conquistan su clientela y son atentos espectadores de la realidad cotidiana.

Rodolfo Reyes, florista (Foto: Fernando Ponzetto)
Rodolfo Reyes, florista (Foto: Fernando Ponzetto)
Pedro Britos, quiosquero (Foto: Francisco Flores)
Pedro Britos, quiosquero (Foto: Francisco Flores)
Glauco Bulein, mozo (Foto: Francisco Flores)
Glauco Bulein, mozo (Foto: Francisco Flores)
Juan Castillo, librero (Foto: Francisco Flores)
Juan Castillo, librero (Foto: Francisco Flores)

LUIS PRATS

Desde temprano en la mañana hasta ese momento en que la noche llama a la madrugada, 18 y Yi puede proclamar el título virtual de "centro del Centro". Montevideo cambia, las costumbres se transforman, los puntos neurálgicos migran a otros barrios, pero ese cruce mantiene su importancia. Bajo la gran pantalla luminosa y alrededor de la fuente de los candados, miles de personas siguen transitando el día a día.

Entre los rostros anónimos, aparecen los de algunos personajes que ya pueden identificarse con la zona. Rodolfo, Pedro, Glauco y Juan son exponentes de viejos oficios que dan la referencia humana al trajín ciudadano. También son un termómetro de la situación: la altas y bajas de la economía, la inseguridad y la llegada de turistas no escapan a sus puestos de observación.

El más antiguo trabajador de la esquina es seguramente Rodolfo Reyes, el florista, uno de los últimos en la avenida 18 de Julio: hace casi 40 años que está allí. Heredó el oficio y el lugar de su padre, José Alberto, y espera que sus hijos lo continúen.

Una de las razones de su permanencia es que se adapta a las posibilidades de la clientela. "Tengo todos los productos sueltos y a la vista, y armo el ramo según el pedido, al precio que el cliente quiera", dice. De esa forma puede combinar la flor más simple con ramitas de eucalipto o calaguala u ofrecer rosas importadas de Ecuador, que cuestan 60 pesos la unidad.

"Voy tres veces por semana al Mercado de las Flores, allá en San Martín y Guadalupe, y también compro en algunas quintas. Todo está a la vista", afirma, y lo muestra.

Está todos los días de la mañana a la tardecita, además de los sábados hasta el mediodía. No importa el clima, aunque sabe que una jornada lluviosa le restará público. En su puesto, bien abrigado y con un café a mano (y el almuerzo sin moverse de allí), es espectador privilegiado del trajín de la esquina. "He visto de todo, choques, peleas, pungas, pero yo tranquilo", afirma,

"La situación del país influye en las ventas pero siempre se vende. Quizás se pida un poco menos, pero se vende", asegura. "La gente se va contenta. Son todos clientes y vuelven". Lo mejor fue cuando alguien le compró 40 rosas por un aniversario. "Era algo especial, pagó 2.500 pesos", indica.

El quiosquero.

Pedro Britos atiende su quiosco sobre 18 de Julio desde hace 20 años. Antes tuvo otro en San José y Quijano por tres o cuatro años (y en algún momento fue propietario de los dos). Y todavía antes se desempeñó como mozo en el Chivito de Oro, el local que ahora ocupa La Pasiva. En total, 35 años en la esquina. "Acá ha pasado de todo, pero yo no doy bolilla", asegura.

Su ocupación es sinónimo de esfuerzo: trabaja de lunes a domingos. "Abro y cierro yo el quiosco. Abro generalmente a las siete, me voy a eso de las seis y pico de la tarde", explica.

Un día se le ocurrió vender candados para la fuente del Facal. "Venía mucha gente a preguntar y yo los mandaba a una ferretería de acá cerca. Y al final decidí venderlos yo. Los turistas brasileños son fanáticos, incluso filman cuando colocan su candado", comenta Britos. Ahora, sin embargo, hay más competencia porque todos los negocios de la zona también comercializan.

A su labor habitual agrega una de carácter honorario: es prácticamente un guía del lugar. "La gente me consulta de todo —comenta, con una contrariedad que no se refleja en el tranquilo tono de voz—. ¿Dónde son los cosos de los abogados?, me preguntaron una vez. Y yo me preguntaba qué serían los cosos. ¿Para dónde suben los números? Fíjese usted, mire dos chapas y se dará cuenta, le digo".

"Con el turista hay que tener un poco más de paciencia. Y yo hablo un poco de portugués. Los brasileños son muy simpáticos, aunque gastan poco, solo hotel y comida. Claro, no llegan las revistas brasileñas, no son mis clientes. Antes, los turistas argentinos compraban mucho y hasta dejaban propina", comenta.

No terminan allí sus servicios. Durante esta breve entrevista, una muchacha le pidió la sección de ofertas laborales de El País solo para consultar. Pedro tomó el diario, extrajo el Gallito y se lo prestó. Después, la chica le solicitó también papel y lápiz y tomó notas. "Por ser para trabajo se lo doy, pero a veces aparece cada uno pidiéndome para leer tal o cual cosa", se ríe.

Cada tanto le roban alguna revista y tiene que correr al ladrón. No ha sufrido, en cambio, asaltos. El mayor contratiempo ocurrió en la madrugada de un 1° de Mayo. "Una señora me llamó por teléfono preguntándome si era el dueño del quiosco. Mire, hay un patrullero chocado contra su puesto, me dijo. Me vine corriendo con mi hijo y ahí estaba. Había patinado cruzando 18 a toda velocidad y terminó de cola contra La Pasiva. El coche abolló un poco la parte del costado del quiosco, que por supuesto estaba cerrado, y tiró un montón de revistas. Ese día teníamos asado, pero me tuve que quedar esperando que vinieran a arreglarlo", relata.

El mozo.

Glauco Bulein, con 81 años de edad, hace casi 32 que está en el bar Facal. Toda su vida fue mozo: desde sus comienzos en la Confitería Washington de su Melo natal hasta el Parador del Cerro en sus mejores épocas, donde escuchó a artistas como Joan Manuel Serrat, Vinicius, María Creuza y los grandes tangueros argentinos.

Cuando abrió el renovado Facal en 1984 fue recomendado como "el que maneja los hilos en el Parador del Cerro". Lo contrató el padre del actual dueño.

"Pese a los años, no me siento cansado. Me gusta la profesión, este es un lugar lindo para trabajar y tengo amistad con el dueño", cuenta. Trabaja de 12 a 20, con pausas para el almuerzo y la merienda y francos rotativos.

El bar cuenta con muchos clientes habituales, varios de ellos famosos. También vienen jerarcas de la cercana Cancillería. Como suelen tener su mesa preferida y los mozos atienden siempre el mismo sector, el trato con ellos se vuelve habitual. También destaca la llegada de turistas, sobre todo brasileños: "Hemos tenido noches de 40, 50 turistas. Piden sobre todo pizza y chivitos. La carne les gusta mucho", asegura.

"Tengo muy buena memoria para los pedidos. Solo anoto a partir de los diez o quince platos. Ahí va la experiencia del oficio y también la cabeza. Por eso sigo acá", comenta.

El librero.

Juan Castillo, encargado de Puro Verso, es el protagonista más reciente de esta pequeña historia, pues la librería se mudó a Yi en noviembre de 2013, de su original emplazamiento en 18 y Cua-reim. Pero trajo la vieja clientela y sumó nuevos con sus conocimientos para sugerir lecturas. Es una especie de asesor de cada comprador, aunque él dice que todos los empleados de la librería lo son.

"Es bastante común que alguien pregunte por algún tema para regalar o quiere leer algo sobre tal tema. Hay que indagar sobre los gustos del cliente. Algunos llegan con una idea clara de lo que va a comprar, otros consultan mucho. Y uno trata de asesorar, aunque es imposible saber de todo. Nosotros tenemos 50 secciones diferentes", explica con cierto acento castizo. Es uruguayo, aunque estuvo radicado algún tiempo en España, donde trabajó para el Grupo Prisa y luego en la editorial Altaya.

"Pese a que Yi es una calle de poco tránsito, tenemos un público fiel y vendemos bastante bien. En 18 teníamos la gente que estaba de paso", señala. Ciencias sociales, historia, antropología son temas en los cuales la librería dispone una variedad de títulos.

"La librería tiene importantes sellos en exclusiva que de otra manera no llegarían al país. Hacemos el esfuerzo de importar libros para cubrir un vacío. Y aun así, la gente nos pide cosas que no hay. Con Internet la gente se entera de los nuevos títulos y los reclama, antes no se enteraba. A veces traemos a pedido, aunque el proceso tiene sus demoras", indica Castillo.

"Me gusta la historia y la antropología —relata—. En esos temas puedo asesorar con mayor conocimiento. Para alguien a quien le guste mucho leer, como yo, es bueno este trabajo. Cuando vienen títulos que me interesan los miro. Claro que por semana son 50, 60, 70 novedades y es difícil prestarle atención a todas".

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