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La periodista mexicana que incomoda

Censurada por sus investigaciones y expulsada de la radio, Carmen Aristegui es una de las mujeres más influyentes de América Latina.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Carmen Aristegui, una periodista influyente.

Delgada, menuda y más rubia de lo que parece en las fotos que las agencias internacionales hacen circular por el mundo, María del Carmen Aristegui Flores llega corriendo al elegante restaurante del hotel Marquis, situado a unos pasos de CNN, donde trabaja, en pleno Paseo de la Reforma, la emblemática zona hotelera y de negocios de Ciudad de México. Se saca su chaqueta beige mientras arregla un mechón de pelo mojado por la lluvia.

De inmediato, esta escritora, comunicadora y entrevistadora de radio y televisión, señalada como una de las periodistas más influyentes de América hispana, deja las cosas claras: "Tú estás en derecho a preguntarme todo. Y yo, a no contestarte algunas cosas. De mi vida privada es de lo menos que hablo". Y con una sonrisa ilumina sus palabras.

Es parte de su método: sonríe mucho, es amable, cercana. La gente se le acerca en el restaurante y en el Paseo de la Reforma y ella no esquiva a nadie. Desde las pantallas de CNN en español, Aristegui, su programa diario de entrevistas, lleva años paseando a la opinión pública por los temas de cada día en el continente. Desde la muerte del escritor Eduardo Galeano y los Oscar del cineasta Alejandro González Iñárritu, a la obra de Phumzile Mlambo-Ngcuka, directora ejecutiva de ONU Mujeres. Y la gente la reconoce.

Condecorada con la Legión de Honor en Francia, galardonada con los premios Ondas Iberoamericano y Maria Moors Cabot de la Universidad de Columbia, y con una notoriedad creciente, se perfila hoy, quizás más que nunca, como uno de los rostros que desafía en permanencia al poder. En marzo pasado, fue alejada por presiones de radio MVS, donde trabajó seis años, debido a una investigación que cuestionó la casa de siete millones dólares, llamada por los mexicanos "La Casa Blanca", que el presidente Enrique Peña Nieto se compró, sin tener, según la periodista y su equipo, ingresos que permitieran justificar esa adquisición.

El escándalo la sacó del aire hasta hoy, pero Carmen Aristegui no piensa dar su brazo a torcer. Esta no es la primera vez que intentan acallarla y esta vez, cuenta con la atención de Human Rights Watch, quien la tiene en observación desde que fue despedida de radio MVS el 15 de marzo. En medio de un desafiante proceso judicial que busca su reinstalación y la de su equipo en la señal radial, cuenta también con el apoyo de la opinión pública: tres mil personas reclamaron en las puertas de la radio cuando fue despedida y 170 mil firmaron una carta de apoyo.

La sienten como una voz valiente frente al poder corrupto en América Latina, no solo en México. "La extrañamos en la radio, vuelva", dicen al verla una profesora de primaria, un mozo y un matrimonio por la calle. Ella sonríe y posa junto al monumento del Ángel de la Independencia, mientras el pelo se le moja. Camina bajo la lluvia y sonríe con sencillez. Sabe que su mejor defensa frente a las presiones es su imagen.

Malabares.

Carmen Aristegui nació el 18 de enero de 1964 en un hogar de inmigrantes que sobrevivieron al éxodo de la guerra civil española y que, con casi nada, llegaron a Ciudad de México buscando un nuevo destino. La periodista recuerda haber crecido en una familia ampliada donde siempre se debatió, presidida por la sombra del exilio. Desde chica, en los almuerzos de domingo, entre sus abuelos, tíos y primos y seis hermanos, escuchó los claroscuros de la política contingente. Así creció.

"Era gente de trabajo, de mucho esfuerzo, ligados al sindicalismo. Mis abuelos, José María Aristegui y Manuela Sebastián, fueron parte de la inmigración trabajadora, no de los intelectuales ni de los que vinieron a México a inaugurar colegios. Eran herreros, trabajaban con sus manos, fueron parte de la inmigración que vino aquí a instalar talleres", dice.

Su mamá, Áurea, fue una ama de casa con siete hijos que de vez en cuando tenía una oportunidad de echar una mirada a las noticias. Y ella, pequeñita, la observaba. Se le grabó.

Hoy en México, con sus seis hermanos y sus familias son muy unidos: se juntan los fines de semana. Un batallón. Organizan almuerzos con sus octogenarios padres, que aún viven, y se esfuerzan por reproducir los tiempos familiares de cuando todos crecían. Los Aristegui continúan achoclonados, como cuando recién llegaron a México —un exilio que acogió a 25 mil españoles entre 1939 y 1942— a principios de los 40.

Por estos días, sin embargo, el juicio con MVS la absorbe y hace que circule "con los ejes trastocados" y menos tiempo para ella. Esta vida marcada por las noticias la ha llevado a extrañar viejos hábitos. "Quisiera leer con más pausa, tener más comidas pausadas con mi familia y amigos. Y es que básicamente mi vida está marcada por la información, por esa rueda sin fin de estar pendiente todos los días de las noticias", dice.

A pesar del celo extremo por su privacidad, algunos hechos han trascendido. Se casó muy joven y su matrimonio duró diez años, se separó sin niños. Ha dicho "aun somos amigos con mi exmarido, nos vemos de vez en cuando", pero no lo nombra. Y, a pesar de que en México se reconoce públicamente al político y economista Emilio Zebadúa como padre de su único hijo, ella lo desmiente: "No estoy interesada en contar la historia de mi hijo ni de su paternidad. No es verdad lo del político, a alguien se le ocurrió esto por el alcance de nombre y quedó".

Sí se explaya en sus esfuerzos para compartir tiempo con Emilio, de 16 años, quien la acompaña cada vez que la premian. "Hago malabares para estar con mi hijo, para comer con él cuando regresa del colegio y, si me da tiempo, para recogerlo y hacer el trayecto juntos hasta la casa. Comemos alrededor de las tres".

El programa Noticias MVS con Carmen Aristegui salió al aire durante seis años a las seis de la mañana y llegó a ser el programa de noticias puntero en la radio mexicana.

Si hoy está fuera de la radio, Carmen lidera en sintonía con Aristegui, en CNN, que se transmite de lunes a viernes en vivo, alrededor de las diez de la noche. En contadas ocasiones se graba y es cuando la periodista tiene una velada librada de presiones: se vuelca en su hijo.

"Con Emilio tenemos muy buena comunicación. Compartimos los espacios de comida y, cuando él está libre, siempre trato de estar allí. Si un día grabamos en CNN, tenemos tiempo para estar juntos esa tarde y esa noche. Nos gusta el cine, la playa, vacacionar. No viajamos tanto como me gustaría, siempre lo digo. Y cuando viajo, viajamos juntos".

—¿Cómo vive él, a sus 16, lo que usted representa en México?

—Emilio es un chico que está construyendo su propia identidad. Es un chico que está en su propia batalla por definirse a sí mismo. Y creo que ve a su mamá con cariño, con afecto, con una gran cercanía. Creo que a él le gusta lo que hago y siente que lo que yo hago contribuye. Por lo que le escucho, creo que Emilio está orgulloso de su mamá. No tiene miedo, es un chico entero. *EL MERCURIO/GDA

PODER, PERIODISMO Y DEMOCRACIA.

Un "techo de cristal" a la libertad de expresión.

Aristegui es una mujer que ha hecho temblar a presidentes y expresidentes —en 2011 le pidió cuentas al exmandatario mexicano Felipe Calderón por su supuesto alcoholismo—, a políticos y empresarios, a miembros de la curia y a sumos pontífices. Sus arduas investigaciones sobre los abusos sexuales y de poder cometidos durante medio siglo por la cabeza mexicana de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, dieron origen a su libro best seller Historia de un Criminal, en 2010. Pero también por esa persistencia en exponer lo que los poderosos buscan esconder ha recibido ataques e intimidaciones.

"No hay en México una democracia consolidada que tenga los mecanismos para entender el trabajo de los periodistas. Yo misma me encuentro hoy en este proceso judicial abierto, a raíz de un manotazo dinosáurico propio de los 70", afirma.

Pero el poder político no es el único que ha tocado. Sus investigaciones sobre los Legionarios de Cristo revelaron que la Iglesia y sus procesos siempre le interesaron. El de Marcial Maciel fue uno de los casos más emblemáticos de su carrera en 28 años:

"Hablar de Maciel produjo un choque fuertísimo. La historia nos dio la razón porque al final hasta el Vaticano reconoció que Maciel era Maciel y hoy está asimilado. Pero en ese momento, hablar de Maciel era un sacrilegio y una confrontación directa con una parte fundamental de los liderazgos de poder en México y en países como Chile", asegura.

Durante su trayectoria ha tenido varias salidas traumáticas como de W Radio y del grupo Imagen. "Es la inmadurez de la democracia mexicana en el tema de la libertad de expresión. Siempre hay un techo de cristal, que si lo rebasas, tiene consecuencia directa sobre tu trabajo", opina.

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