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Juntos pero no pegoteados

Para hacer deportes o decidir qué comer ya no hay que ponerse todos de acuerdo: cada miembro de la familia “diseña” su plan.

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Cuando cada uno tiene sus tiempos, las vacaciones se pasan mejor, dicen expertos.

Chris Turvey se levanta a las 7 de la mañana, se sube a la bici y sale a pedalear 30 kilómetros. Son dos horas de soledad de las que disfruta antes de que, alrededor de las 9, se despierte Alejandra, su mujer. Dos horas de disfrute personal que confirman que está de vacaciones lejos (bien lejos) de Bristol, Inglaterra, donde se desempeña como ingeniero de telecomunicaciones. "Mi pasión es andar en bicicleta, a donde vaya, con sol, con lluvia con viento —dice este inglés de 57 años—. Es mi tiempo, mi espacio".

Alejandra, por su parte, prefiere destinar buena parte de su vida de vacaciones a la vida social, algo de lo que disfruta especialmente en su pueblo natal. "Me encanta el bullicio y Chris necesita salir un rato de eso. Estamos juntos pero cada uno tiene sus espacios. Incluso a veces viajo unas semanas antes y no hay problemas", cuenta Alejandra Castro, de 47 años, profesora de portugués y español, que junto a su marido y sus dos hijos vuelve a Argentina cada cuatro años en plan de vacaciones.

Vacaciones, para Chris y Alejandra, es estar juntos pero no pegoteados, aclaran. Dicen que si se obligaran a compartir todas las actividades, las 24 horas del día, sólo generarían mal humor y descontento. "Estar incómodo no es agradable, sólo empeora las vacaciones y la convivencia", sostiene Alejandra. Pero, ¿qué comparten? A los dos les gusta mucho la naturaleza, aunque la disfrutan de manera distinta, con "diferentes ritmos": ella paseando por el barrio, él en bici. La lectura al atardecer los suele encontrar juntos, aunque es más probable que ella esté al sol y él a la sombra de un árbol.

Conflictos que se actualizan.

La imagen de sus vacaciones dista mucho de la que retrataban las películas de hace tan sólo un par de décadas atrás, según las cuales la única opción sana de disfrutar del tiempo de ocio era hacerlo todos juntos todo el tiempo. Así, por ejemplo, quien aborrecía el viento en la playa debía soportar masticar arena por el bien de la familia, mientras que aquel otro que esperaba paz y sólo paz en vacaciones era parte de actividades deportivas sólo comparables a un maratón.

"Partamos de la idea de que la fórmula 24x7 para una salida de vacaciones no es una propuesta recomendable en ninguna pareja. ¡Ni siquiera para una luna de miel! La convivencia, como todo en la vida, necesita contrastes, matices, distancias y acercamientos", dice Susana Mauer, psicoanalista que sostiene que estar juntos no debe ser sinónimo de estar pegoteados. "Cuando la pareja no se oxigena crece la intolerancia, la irritabilidad y la insatisfacción, aun en un escenario paradisíaco".

"Las vacaciones son (o deberían ser) un tiempo óptimo para reencontrarse, para retomar temas que quedaron olvidados, pendientes, en pos de obligaciones y rutinas", señala Adriana Guraieb, psicoterapeuta de la Asociación Psiconalítica Argentina (APA). "Todo esto en el mejor de los casos, pero no siempre suceden así las vacaciones, porque hay muchas parejas que se ven de pronto obligadas a compartir las 24 horas, circunstancia inusual en el resto del año, y en el caso que hubiere un desgaste previo o una crisis de pareja puede incrementarse desde la violencia hasta el aburrimiento".

De ahí que Guraieb coincide en que es una buena idea no compartir todo el tiempo de convivencia, "y permitirse (previo consenso) que cada uno tenga un espacio propio, sin obligar ni presionar ni perpetuar rutinas que poco sirvieron para consolidar la relación. Y, por paradojal que parezca, un discreto alejamiento, un tiempo propio para un deleite personal, puede ser un factor de renovación y de reencuentro. En lugar de tener un atracón de convivencia es preferible equilibrar el tiempo de estar juntos y el tiempo de disfrutar separados".

Caminos que se cruzan.

Frente al mar Ariel Rivas es, a sus 45 años, un chico. Cuando el sol empieza a esconderse detrás de las dunas, Ariel sigue ahí con sus hijos en el agua, jugando entre las olas, mientras el resto de la playa levanta campamento. "A mí no me gusta pasar frío y, cuando anochece, la playa se pone fría y yo prefiero irme a la casa a ducharme y aprovechar ese momento de soledad para leer un libro o mirar alguna serie en Netflix —cuenta Fernanda Rodríguez, de 42, esposa de Ariel—. Al rato llega Ariel y los chicos y mientras ellos pasan por la rutina de la ducha, aprovecho para una nueva ronda de mate con él".

Facundo Chahwan y Catalina Ladmann tienen 22 años y están en pareja desde hace un año. Probaron convivir de viaje en varias ocasiones, en escapadas breves, y este verano se animaron a 15 días de descanso juntos en Punta del Este. Para ellos, las vacaciones de pareja no significan compartir las 24 horas del día. "Me gusta el deporte. Estoy aprendiendo surf, salgo a correr, o juego al tenis con amigos", dice Facundo, que además organiza todas las noches reuniones con su grupo de amigos, cuyos integrantes salen a bailar sin sus parejas.

"En mi caso, prefiero salir a tomar sol tranquila a la playa, a leer, y disfrutar del silencio. A veces nos encontramos un rato en la playa, después de que él fue a correr, tomamos unos mates y quizás seguimos nuestro día separados", comenta Catalina. Ella avala que él salga de noche con amigos: "Yo también lo hago, a veces coincidimos, a veces no. Si uno de los dos no tiene plan, se suma al del otro sin problemas. O se queda durmiendo, y está todo bien", concluye.

Como muestran los casos de estas parejas, la elección de vacacionar juntos pero dejando espacios de disfrute personal no es una cuestión de edad. Sino, en todo caso, de diferentes dinámicas familiares. Susana Mauer, docente de la Maestría de Pareja y Familia, distingue entre dos modelos: "En un modelo predomina un funcionamiento individualista donde cada uno arma su organigrama vital escindido del de su pareja. En ese caso la coincidencia con el otro es una mera contingencia. Este panorama empeora cuando quien despliega una vida activa es sólo uno de los miembros de la pareja". Entre los dos extremos, las posibilidades son infinitas. Aun así, la psicoterapeuta advierte que "cuando los momentos de bifurcación de la pareja son mayoritarios, la pregunta a responder es otra: ¿Qué nos pasa?".

Con hijos, sin hijos, más o menos jóvenes, de lo que se trata, sostiene Adriana Guraieb, es "de aprovechar la oportunidad que nos brindan las vacaciones y el descanso mental para otorgar vitalidad a la pareja".

"Cuidamos que cada uno pueda tener y disfrutar de sus espacios, así como también tenemos nuestros momentos que sí son los que compartimos también con mucho gusto", cuentan Paula Casagrande, psicóloga de 25 años, y Emiliano Pizzolo, abogado de 26. "Nos encanta la playa, pero cada uno disfruta también de sus cosas y lo que más le gusta desde lo individual", agregan. Emiliano es un apasionado del surf, Paula de la lectura, actividad que complementa con una rutina de cinta y ejercicios en el gimnasio del parador, mientras él desafía las olas.

"Para nutrir vacaciones en pareja es importante cuidar tanto gustos y actividades compartidos como espacios donde cada uno disfrute su deporte, su lectura, caminata, o simplemente su rato. Lo que no resulta obvio es cómo encontrar un equilibrio interesante que contemple tanto la disposición y complicidad para pasarla bien juntos con la necesidad de preservar momentos de a uno", dice Mauer, y concluye: "No se trata de una ecuación matemática sino de una regulación natural que se va dando en el devenir de la convivencia". *LA NACIÓN/GDA

Cuando los chicos crecen todo cambia.

La idea de la familia que en vacaciones va de un a lado a otro en bloque —ahora todos a la playa, después todos al apartamento a bañarnos y luego todos a cenar— comienza a resquebrajarse naturalmente cuando los hijos crecen y demandan espacio para desarrollar su propia vida social.

Cada vez son menos los que reclaman que, al día siguiente, todos estén arriba como si las luces se hubiesen apagado a la misma hora para todos. Sí hay momentos para juntarse pero también es necesario entender que las cosas ya no son como antes. Y en ese aprender a dejar crecer, muchas parejas encuentran espacios de reencuentro, coinciden los expertos.

"Todas las mañanas salgo con mi marido a caminar por el borde la playa. También él me acompaña al centro cuando voy a comprar ropa, y los chicos se quedan en el apartamento", cuenta Mónica Almirón, de 50 años, que veranea junto a su marido Javier Cappa y sus hijos Florencia (24), Federico (24) y Franco (19).

Los "chicos", por su parte, hacen actividad de adultos jóvenes: "En Año Nuevo salimos a bailar con Fede y un amigo mío —dice Florencia—. Otro día fuimos al bingo también sin los grandes".

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