VIAJES

Un paseo tenebroso por una ciudad encantadora

Edimburgo se nutre de un pasado negro, con historias de brujas quemadas en hogueras, cuevas subterráneas y tráfico ilegal de cadáveres para atraer a turistas de todas partes del mundo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Los callejones de Edimburgo esconden varias historias. (Foto: Google)

MIGUEL ÁLVAREZ MONTERO

Para los escoceses, Edimburgo es su ciudad "estrella" en cuanto a turismo, ya que Glasgow carece de atractivos históricos y las otras (como Stirling y su famoso castillo) son ciudades demasiado chicas como para cautivar por más de un par de días a visitantes extranjeros. Así que la medioeval e inquietante capital de Escocia es, para los escoces, la principal carta de presentación cuando quieren atraer viajeros que engrosen las arcas del país.

La zona vieja de Edimburgo es a primera vista una ciudad sombría, con edificios varias veces centenarios, construidos a base de piedras en distintos tonos de grises, con callejones misteriosos, con un clima frío que acentúa su imagen oscura y con una historia de brujerías, crímenes, cuevas subterráneas y tráfico ilegal de cadáveres que asusta, por cierto. Y que se nutre de ese aspecto medieval. Claro, todo eso es cuestión del pasado, pero el presente lo aprovecha en beneficio de su turismo, de manera que en la calle principal de la ciudad vieja, la Royal Mile (llamada así porque mide exactamente una milla, que va desde el enorme castillo que da nombre a la ciudad hasta el Palacio Holyrood, que un par de veces al año lo habita la Reina Isabel II) no menos de cinco puestos móviles pintados con imágenes de brujas invitan a tomar un tour nocturno para conocer, entre recónditos rincones, esas siniestras historias que la ciudad se empeña en no olvidar.

Es difícil sustraerse a la tentación de aceptar esa inquietante oferta, que por algo más de 20 libras por cabeza (unos 32 dólares) hará conocer al visitante la cara más terrible de una ciudad que, al margen de ese costado, exhibe una fantástica belleza en su paleta de grises piedra, de casas altas y parecidas entre sí, de viejos puentes que cruzan un río seco donde ahora pasan las vías del tren y de iglesias góticas de finísimo tallado. Pero dejemos lo bello de lado y vayamos a lo tétrico, que de eso se trata esta crónica.

Heces y brujas.

Lo primero que hará el guía del tour nocturno y a pie —hábilmente ataviado de una larga capa negra donde deja ver como al descuido alguna vieja mancha sanguinolienta— será introducir a su reducido grupo en uno de los muchos estrechos callejones que se asoman a la Royal Mile, pero que no se sabe dónde terminan. Allí, ese remedo de conde ávido de sangre les contará que la ciudad creció desmesuradamente en la Edad Media, y como el río por un lado y la montaña por el otro la limitaban en su espacio físico, entonces empezaron a construirse viviendas detrás de las viviendas, como contrafrente, siempre de piedra, de varios pisos y comunicadas hacia la calle por esos callejones, precisamente. Unos patios sombríos unen todavía el fondo de unas y el frente de otras.

El guía contará con ojos entrecerrados que como el saneamiento en aquel tiempo no existía, era común que los residuos de aguas con heces se volcaran desde las alturas sobre esos patios, generando hedores inimaginables. Y poco importaba —enfatizará el hombre— que justo debajo alguien atravesara ese patio, recibiendo sobre su humanidad la inmundicia ajena. De alguna manera, eso le fue dando impronta a la historia tétrica de la ciudad.

Pero eso es sólo el comienzo. El guía acentuará su voz cavernosa para contar que en aquel mismo medioevo Edimburgo echó fama de cobijar brujas. Entonces, a toda mujer joven sospechosa de tal, la ataban de pies y manos y la arrojaban al río. Si se hundía, esa era la prueba de que era bruja, si flotaba quizás no lo fuera, pero como las dudas persistían, buscaban que la acusada confesara mediante torturas. Éstas consistían en arrancarle las uñas de las manos una a una y quebrarle a mazazos los dedos de los pies. Si en el procedimiento la joven moría se confirmaba que era bruja, en cambio, si el dolor la hacía antes confesar, se salvaba de que continuara la tortura, pero iba a la hoguera, precisamente por confesarse bruja.

No había pues salvación. Así se hizo con no menos de un millar de mujeres jóvenes, algunas ahogadas en el río, otras muertas en medio de las torturas y las que lograron sobrevivir fueron quemadas vivas en las llamas de una hoguera, ante los plácemes de un pueblo que colmaba la plaza principal el día del acontecimiento y disfrutaba del siniestro espectáculo.

Venta de cadáveres.

Lo tercero que contará el hombre de la capa negra es que en los años sucesivos a la Edad Media, una ley impedía que los médicos, para el imprescindible estudio anatómico del ser humano, accedieran a más de dos cadáveres por año. Entonces ocurrió lo previsible: se formaron bandas que profanaban por las noches los cementerios y doctores que compraban a buen precio los cuerpos que aquellos desenterraban. El guía hará ese cuento en la mismísima puerta de una misteriosa casa de uno de los oscuros callejones, donde en una chapa de bronce todavía existente se lee el nombre de un prestigioso médico de la ciudad (ilustre ciudadano de día, que integró altos cargos en la alcaldía) que llegó a adquirir no menos de 500 cadáveres.

Pero peor es el caso de los infames Burke y Hare, que comenzaron robando cadáveres pero terminaron generando de la peor manera la "materia prima" para los doctores, es decir, asesinando ancianos indigentes para vender sus cadáveres. Los invitaban a cenar a su casa y los colmaban de atenciones, hasta que al llegar a los licores y los habanos los estrangulaban sin miramientos. Cuando alcanzaron el asesinato número 16 fueron descubiertos y terminaron colgados en lo que hoy es el amplio y umbroso mercado de la ciudad, el Grassmarket, que tiene su larga historia de ejecuciones públicas o linchamientos, como la del capitán de la guardia de la ciudad, John Porteous, que en 1736 fue linchado durante unas sublevaciones por ordenar a sus hombres que dispararan sobre la multitud amotinada.

Túneles y fantasmas.

El tour con el hombre de la capa concluirá debajo de una de las calles de la ciudad vieja. Una estrechísima entrada, casi disimulada, da acceso (escaleras abajo) a un entrecruzado subterráneo de corredores y habitaciones ciegas, a la manera de lo que pueden ser las catacumbas romanas donde se escondían los cristianos. A la luz de velas, siguiendo de cerca al guía para no perderse en aquel laberinto, el visitante verá cómo aquellos túneles se conservan tal como los abandonaron en las primeras décadas del siglo pasado y que se mantuvieron ocultos durante muchos años.

Ese entramado oscuro y de aire viciado sirvió de escondite a los roba-cadáveres, de mercado ilegítimo de cosas hurtadas, de tatucera a los ladrones, de vivienda a gente violenta y a borrachos sin techo y de taller ilegal a mercachifles de todo sayo. El guía contará que en algunos de esas habitaciones oscuras es frecuente que el fantasma de alguno de aquellos tenebrosos habitantes se le aparezca sin advertencia a alguno de los turistas que recorren el lugar, generando entre el grupo de visitantes una palpable inquietud y la necesidad de mirar a cara rato a sus espaldas. Lo cierto es que al rato, con susto o sin él, a lo que uno aspira es a salir a oxigenarse de aquel laberinto.

El Diácono.

Es tal el disfrute casi orgulloso que la ciudad siente por su negra historia, que uno de los pubs más prestigiosos de la Royal Mile se llama "Deacon Brodie´s Tavern", cuyo nombre alude al del diácono William Brodie, cuya doble vida inspiró al escritor R.L. Stevenson (nacido en la ciudad) su célebre obra El Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Brodie era un concejal respetado durante el día, pero de noche era el cabecilla de una banda de ladrones, hasta que fue capturado y colgado en la plaza pública (casi frente a donde está el pub) en 1788. Y lo paradójico es que se le colgó en un nuevo tipo de horca, recién inaugurada, que había sido, precisamente, ideada por él.

No es, pues, necesario contratar el tour nocturno y a pie para darse cuenta que Edimburgo disfruta con su negra historia: el visitante se encuentra con ella en cada rincón de la ciudad. Aunque el tour ayuda a entender esa característica urbana, de todas formas, al cabo de un par de días, el turista se habrá convencido que Edimburgo es tan sombría e inquietante como su propia población se esmera en hacerlo saber.

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