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Un país llamado Uruguay

La inmigración ya no es la de siempre. Estas son historias de extranjeros que llegaron de países lejanos. Y se quedaron.

Maryna, una rusa que se siente ucraniana. Foto: Francisco Flores
Jon Prentice, de Inglaterra y Australia a Uruguay. Marcelo Bonjour
Bailarines de Corea en Montevideo. Foto: Gerardo Pérez.
Nueva Zelanda fue el origen de Claire Ward. Uruguay su destino. Foto: Ariel Colmegna

Que somos cálidos, que tenemos valores de comunidad, que somos tranquilos, que somos amables, que tenemos buen clima y buen asado. Uruguay tiene algo que hace que, aunque sea un país de casi tres millones y medio de habitantes y 176.215 kilómetros cuadrados, quienes llegan, lo conocen y lo eligen, se sienten atraídos por alguna esencia que, muchas veces, los propios nativos no percibimos.

La inmigración no es un fenómeno nuevo para el país. Incluso, hasta la década de 1950 constituyó un gran motor de crecimiento poblacional. Según el Censo de 2011, realizado por el Instituto Nacional de Estadística, en Uruguay había cerca de 77.000 habitantes extranjeros. Además, entre 2000 y 2014 se otorgaron un total de 34.040 residencias y solo en 2015 hubo 8.937 personas nacidas en otro territorio que obtuvieron su cédula de identidad. A la inmigración tradicional de españoles e italianos, brasileños y argentinos, y la más reciente de venezolanos y dominicanos, se le suman esos que aparecen en la categoría "otras nacionalidades", provenientes de países como Ucrania, Corea o Nueva Zelanda, quizás exóticos para los ojos rioplatenses.

datos clave

La mayoría de las que llegan son mujeres

Más de treinta millones de personas se han movilizado dentro y fuera de América Latina y el Caribe en las dos últimas décadas, señala Patricia P. Gainza, de la Dirección Nacional de Promoción Sociocultural del Mides, en la presentación de la investigación Caracterización de las nuevas corrientes migratorias en Uruguay. Ese volumen, dice Gainza, "implica casi el 5% del total de la población del continente y la mitad son mujeres". En Uruguay, 54% de la inmigración llegada entre 2009 y 2014 son mujeres y la tasa de desempleo es 18% superior a la de las uruguayas.

UN AMOR EN SECRETO

Esta es la historia de Maryna, una rusa que se siente ucraniana porque vivió gran parte de su vida allí, tiene 22 años y ahora vive con su esposo en Uruguay, estudia Comunicación y se esfuerza todos los días para que su acento extranjero desaparezca por completo. Para entender su historia, también hay que contar la de Martín, un uruguayo de 21 años, que es mecánico en el Aeropuerto de Melilla, estudia para ser piloto, se casó en Ucrania y ahora vive con su esposa en Montevideo.

Conviene, también, empezar a contar esta historia por el final: Maryna y Martín se casaron (un poco en secreto) en Ucrania en 2014, cuando él tenía 18 y ella 19. Todo comenzó cuando un joven uruguayo de 15 años y una joven ucraniana de 16 se conocieron en un intercambio en Estados Unidos, tuvieron una relación por Facebook, después por Skype, se enamoraron y decidieron que sí o sí tenían que hacer algo para estar juntos.

Corría 2011, cuando un programa de la Embajada de Estados Unidos eligió a dos personas de Ucrania para ir un mes a su país. "Esa beca se daba en muchos sitios, entonces en Estados Unidos nos encontramos con 24 chicos de 12 países diferentes", dice Maryna. Uno de ellos era Martín, que había ganado la misma oportunidad en Uruguay. Cuando terminaron los días juntos, Maryna y Martín eran amigos, al igual que el resto del grupo. Se despidieron, él volvió a Uruguay y ella a Ucrania y, como siempre sucede en esas circunstancias, todos se prometieron volver a verse.

Los 24 jóvenes siguieron su contacto por Facebook pero el tiempo y la distancia que, de a poco, las charlas fueran cada vez menos frecuentes. Fue entonces que Martín y Maryna empezaron a hablar por fuera del grupo. De a poco, las conversaciones se transformaron en siete horas frente a la computadora. Por la diferencia horaria —de seis horas—, cuando Martín salía de estudiar, se conectaba inmediatamente porque sabía que Maryna lo esperaba, aunque para ella fuera momento de dormir. "Un día nos dimos cuenta de que pasábamos más tiempo hablando entre nosotros que con nuestros amigos o familia", dicen. Y entonces él le prometió que se iban a volver a ver: "No sabía cuándo, dónde ni cómo, pero yo estaba seguro de que nos íbamos a ver otra vez", dice. Maryna no le creía.

Con esa idea en la cabeza, Martín le contó a su familia sobre la situación. Buscó el pasaje más económico, que costaba 1.300 dólares, y su padre le dijo que iban a ahorrar hasta conseguirlos. "Su padre es obrero de la construcción, son cinco hermanos, era una locura", recuerda Maryna.

Seis meses después, Martín viajó a Ucrania y estuvo allí por 12 días. "Para mis padres él era un amigo que iba a cruzar el mundo para verme". Con Maryna haciendo de traductora, cuando las dos semanas pasaron, se despidieron y se prometieron, una vez más, volver a verse.

El tiempo pasó, Maryna estuvo un año de intercambio en Estados Unidos terminando el liceo, y la estrategia empezó a ser pensar en cómo lograr estar juntos. La idea inicial era que Martín pudiera irse a trabajar a Ucrania. Pero — en una historia de amor siempre hay un pero — para que él pudiera establecerse allí legalmente tenían que encontrar la vía. Y la forma más conveniente era casarse. "Estábamos enamorados, queríamos estar juntos y además lo ayudaba a él a quedarse legalmente", dice Maryna.

Maryna vino desde Ucrania a vivir con Martín, su esposo

Un año después, en 2014, Maryna se mudó de su ciudad para estudiar periodismo en una universidad lejos de su casa. Mientras tanto, Martín terminó el curso que estaba haciendo de mecánico y empezó a trabajar para juntar plata para el pasaje.

Aunque el padre de Maryna no estaba de acuerdo, Martín se fue a Ucrania por un mes y medio. El plan inicial era casarse en la ciudad donde ella estudiaba, y después ir juntos a contarle a su familia por qué habían tomado esa decisión.

Se casaron en secreto. Dos amigas de facultad y un fotógrafo deportivo fueron los testigos. Dada la crisis que atravesaba Ucrania en 2014, ambos decidieron que lo mejor era que Maryna viniera a estudiar a Uruguay. Aunque su familia no supo del evento hasta después de un tiempo y a su padre le costó aceptarlo, hace dos años que viven juntos en un apartamento en el Buceo.

A veces, Maryna extraña tener momentos con su familia y Martín cree que es injusto que él pueda ver a sus padres siempre que puede. Sin embargo, ella ya es una uruguaya más: toma mate y alienta a la Celeste con la cara pintada de azul y blanco. Incluso, su acento extranjero solo se hace evidente en unas pocas palabras.

VOCACIÓN DE AYUDAR

Jon Prentice (53) está vestido con una bombacha de campo verde. Aunque llegó a Uruguay hace 15 años, todavía prefiere tomar un té antes que el mate. Eso sí, el asado y el dulce de leche lo conquistaron y, aunque al principio extrañaba la cerveza que acostumbraba a tomar en Inglaterra, su país de origen, desde hace unos años dice que también la encuentra en algunos bares de Montevideo. Tampoco pudo cambiar al fútbol australiano — país en el que Jon vivió mucho tiempo— por el uruguayo. Incluso, en 2005 cuando su equipo, los Sydney Swans, llegaron a la final del campeonato, Jon viajó a Australia por tres días solo para ver el partido.

Pero Jon no llegó a Uruguay ni por el asado ni por el dulce de leche. Cuando cumplió 30 años, después de haber estudiado para ser ingeniero y contador, la empresa en la que trabajaba en Londres le ofreció para trasladarlo a la sede en Australia. Seis años después sintió que su vida no iba por el camino que él quería: "Estaba muy feliz con mi trabajo y ganaba bien, pero quería hacer más por la gente y en mi trabajo no podía. Entonces pensé en ir un año como voluntario en otro país. Pensaba que también iba a poder visitar a mi familia en Inglaterra, porque por mi profesión y por tanta distancia no era fácil. Y, por qué no, empecé a pensar en viajar como mochilero".

Todos coinciden en que los uruguayos son "muy amables"

De esta forma, Jon estuvo un año en Ecuador enseñando inglés, como voluntario para una ONG. "Trabajé dando clases en la Universidad de Manabi, pero también estaba abierto a todos los que quisieran aprender". Esa fue la primera vez que tuvo libertad de manejar su trabajo como quería y de poner en práctica todos sus ideales. Cuando terminó ese año se fue a Perú y estuvo cuatro meses allí. "Al final de mi tiempo en Cuzco, decidí hacer el Camino del Inca y a 4.200 metros sobre el nivel del mar, en el punto más alto, me encontré a un grupo de uruguayos que me pedían que le sacara fotos". Entre ellos estaba Stella, con quien, varios kilómetros y años después, Jon se casaría un 29 de marzo, el mismo día que se conocieron en Perú.

Jon llegó a Montevideo en 2002. Aunque Stella le aseguró que era una mala época, decidió igual probar suerte. "Tenía confianza y algo de dinero en el banco. Me decían que era el peor momento del país, pero yo no sabía la diferencia entre el peor y el mejor momento de Uruguay".

Al principio vivió cinco meses en un hostel para estudiantes. Jon dice que ahí estaba bien, que no necesitaba más. Dice, también, que tuvo suerte: "Empecé a trabajar como profesor de inglés. Hice algo con el Anglo, algo particular y después con el London el primer año". Poco después, compró una casa e instaló un instituto de inglés, Eureka. Allí todos los profesores son extranjeros. Pero, según Jon, Eureka no es solo un instituto. "Acá ayudamos a mucha gente a que se pueda ir a estudiar afuera, a cambiar de trabajo, no solo enseñamos inglés y cuando logran lo que quieren vale mucho la pena. Estamos vinculados ahora con el Plan Ceibal, que se llama Ceibal en inglés, que es un proyecto para facilitar que esos niños puedan tener una oportunidad para sus trabajos en el futuro".

Jon disfruta sobre todo de la tranquilidad que le brinda Uruguay

Jon y Stella se casaron en 2011, aunque su relación empezó mucho antes, y viven juntos en Montevideo con las hijas de ella. Él tiene una lista con los aspectos que le gustan de Uruguay que empieza a leer pero que abandona rápidamente: "Yo sé por qué estoy acá, no necesito de esta lista en realidad". Lo primero que menciona es la gente. "La que yo encontré en mi trabajo y en la vida en general, son impecables, tienen muchos valores". Además, a Jon le gusta la tranquilidad, el clima y poder andar en bicicleta en todos los lugares que quiera. Es que el tiempo en su bicicleta es su "escape", su un ratito para pensar en él.

LAS DECISIONES CORRECTAS

Claire Ward es de Nueva Zelanda y vive en Uruguay desde 2009. Cree que hubo determinadas decisiones en momentos puntuales de su vida que la hicieron terminar viviendo en este país.

La primera fue un viaje a Australia con una de sus amigas cuando tenía 21 años. Es que, cuando terminó el liceo "no sabía qué hacer". Se inscribió en la facultad y probó varias opciones distintas pero ninguna la convenció. Fue entonces cuando partió a Australia y allí se dio cuenta de que lo que le gustaba era justamente eso, viajar. Así que volvió a Nueva Zelanda para estudiar turismo. Y esa fue la segunda decisión por la que Claire terminaría viviendo en Uruguay.

A los 23 años conoció a un suizo, se enamoró y se fue con él a vivir a un pueblo de ese país, cerca de la frontera con Italia y Francia, donde solo había 150 personas. Allí estuvo seis años. Luego, viajó a Inglaterra a trabajar en una oficina de turismo. "Me fui a Londres porque no podía quedarme solamente en Suiza, necesitaba ir y venir. No era mi personalidad la de quedarme mucho tiempo en un lugar". Así que de Londres emprendió un viaje de diez meses como mochilera por Sudamérica, que la llevó a conocer Chile, Argentina, Brasil, Bolivia, Perú y Ecuador.

Regresó a Inglaterra, a Suiza y a Australia hasta que consiguió trabajo en una empresa australiana para hacer tours de viajes por Latinoamérica. Y cuando le ofrecieron un puesto en la oficina que tenían en Cuzco, Perú, Claire no lo dudó. Esta fue, quizás, la decisión definitiva que la traería a Montevideo. "Cuando llegué a vivir en Cuzco conocí a mi esposo, Gabriel, que es uruguayo. Él desde joven trabaja en turismo y estaba trabajando para otra empresa; era mi competencia. Pero solo competíamos a nivel de ventas, on the ground éramos amigos porque uno tenía que ayudar al otro, siempre", recuerda.

Diferencias

Claire Ward, de Nueva Zelanda a Uruguay
Claire WardAcá las familias son más unidas que en Nueva Zelanda y yo siempre quise eso".

Claire y Gabriel se fueron a vivir juntos en Perú y cuando ella quedó embarazada tuvieron que elegir entre Nueva Zelanda o Uruguay. Es que, para ellos, Perú no era una opción "válida para formar una familia". Ahora, hace ocho años que están instalados en Montevideo.

La primera impresión que Claire tuvo de Uruguay fue: "Wow, esto es Nueva Zelanda, esto es igualito. Era la primera vez en todos los años que estuve en Latinoamérica que me sentía como si estuviera en Nueva Zelanda de vuelta", recuerda.

Dice que lo que le costó no fue adaptarse a Uruguay, sino hacerse la idea de quedarse en un mismo lugar por mucho tiempo. Sin embargo, cuando llegó no sabía mucho español y, aunque podía comunicarse bien, dependía mucho de su esposo para manejarse, hacer trámites y salir. Eso no fue fácil para Claire, que siempre fue una persona independiente.

Actualmente trabaja en LAE "ayudando a otros a cumplir su sueño". Es que allí asesora a quienes quieran irse a estudiar o a formarse en el exterior. Pero Claire sabe que en Uruguay "no alcanza con un salario, hay que poner los huevos en distintas canastas". Por eso ella y su esposo tienen, además, su propio emprendimiento. Y, aunque la filosofía viajera ya no es una opción de vida para ellos, Claire se siente bien aquí: "En Nueva Zelanda ya está todo hecho y acá hay mucho por desarrollar. Además aquí las familias son más cercanas, más unidas y no es así allá. Yo siempre quise a una pareja que tuviera una familia que se amen entre ellos y que disfruten de estar juntos y esto es lo que encontré con Gabriel: el otro día festejamos el cumple de Mateo, mi hijo, y éramos 20 personas. Y era lindo. Voy a mi casa en Nueva Zelanda y somos cuatro".

pareja

De Corea del Sur a un país desconocido solo para bailar

Eunsil Kim (20) y Byul Yun (22) son de Corea del Sur y llegaron a Uruguay a principios de 2017 para integrarse al Ballet Nacional del Sodre. Antes de conocer a Julio Bocca y a la compañía, no sabían nada de Uruguay. En realidad Byul tenía alguna idea por Luis Suárez y el episodio de la "mordida" a Giorgio Chiellini. Por lo demás, Uruguay era un lugar completamente desconocido.

Eunsil empezó a bailar cuando tenía un año. "En realidad no era ballet, eran movimientos que nos hacían hacer jugando". A los ocho comenzó con las clases "en serio". Byul lo hizo cuando tenía cinco.

Ninguno habla español. Eunsil maneja bien el inglés, pero, en general, su método para comunicarse es intentar adivinar lo que les quieren decir y se manejan mucho con el lenguaje gestual. Ella vive sola en un apartamento y Byul comparte piso con dos bailarines brasileños de la compañía, que lo ayudan a adaptarse mejor al país. "Intentan enseñarme español pero como hablan español y portugués a veces no me doy cuenta cuál es cuál", se ríe Byul. Desde que llegaron no volvieron a ir a Corea: "Está muy lejos, demoramos dos días en llegar y el pasaje es muy caro". Incluso, tuvieron unas pequeñas vacaciones en las que los bailarines extranjeros de la compañía se fueron a sus respectivos países y ellos no pudieron ir. Planean hacerlo cuando termine la temporada 2017, a fin de año o en enero de 2018.

Si bien el idioma es lo que más les cuesta de vivir en Uruguay, creen que el país es "un poco caro". De Corea extrañan a su familia y, por supuesto, la comida: "El pollo frito", dice sin dudar Eunsil.

MATE, DULCE DE LECHE Y ASADO

Para Eunsil y Byul el dulce de leche es "demasiado dulce". A Claire tampoco le gustaba cuando recién llegó, prefería aprender a tomar mate: "Tiene algo social" que le atraía mucho. Maryna también probó el mate y ya tiene el suyo propio; incluso hizo que Martín empezara a tomar. Jon, por su parte, es amante de la parrilla uruguaya. A Eunsil y Byul les "encanta el asado" pero "demora mucho en cocinarse".

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