CULTURA

Del oficio más íntimo a la experiencia colectiva

Los talleres literarios nacieron en Uruguay en plena dictadura y siguen vigentes de la mano de escritores y profesores. Los alumnos encuentran allí un ámbito donde crecer y perfeccionarse.

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Muchos encuentran un código compartido e impulso para seguir escribiendo, dice la tallerista Andrea Durlacher. Foto: Fernando Ponzetto

Sylvia Valls siempre es la primera en llegar diez minutos antes de las once. Las mesas de madera ya están puestas una al lado de la otra, por lo que a ella le toca llevar las tazas, las canastas para las galletitas, el azúcar y, por supuesto, las hojas vírgenes. Las lapiceras corren por cuenta propia. Cuando todo está ordenado, se sienta mirando hacia la ventana que da al puerto de Montevideo, para que el sol le alcance el rostro cuando llegue a su punto máximo. Sigue sola, y comienza a escribir.

Hace 11 años que Sylvia incursionó por primera vez en un taller literario; fue en un hostal chiquito de Ciudad Vieja, al que llegó con la esperanza de publicar su libro. Desde entonces, aunque ese proyecto sigue en pausa, ha concurrido a los talleres dictados por Walter Ferreira, que actualmente tienen lugar en el Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI).

No hay una definición absoluta de "taller literario". Homogeneizando la variedad que existe, se puede catalogar como un encuentro periódico de un grupo de personas, idealmente entre seis y ocho, según el tallerista Federico Arregui, que comparten e intercambian procesos relacionados con la lectura o la producción de material literario. Por lo demás, las modalidades varían, la oferta en Uruguay hoy es amplia y los precios —que van desde mil pesos al mes en adelante—, también. Hay instancias de lectura colectiva, de lecto-escritura, de análisis de autores, de escritura individual y escritura colectiva.

Talleres como el del MAPI se enfocan en el proceso de creación de los participantes. Una vez por semana, Sylvia llega al tercer piso del museo para reunirse con sus compañeros. Walter lee un texto, disparador del trabajo de la jornada, a partir del que se plantea la consigna. Luego, las producciones se comparten en voz alta, para que los demás puedan escuchar, opinar, hacer críticas y ayudar en el proceso de maduración. Para Sylvia, compartir "es un trabajo con el ego".

Existen grupos para personas a las que les gusta leer de forma colectiva, o compartir sus interpretaciones de un texto elegido en común. Arregui dicta, desde hace tres años, talleres sobre autores reconocidos, como Jorge Luis Borges. Se reúnen en la casa de uno de las alumnos y analizan, a partir de las obras del escritor, conceptos fundamentales. Son siete participantes, a los que les motiva debatir el mundo desde el punto de vista de un autor particular, como forma de "interpretar la realidad" con otro lente.

Las motivaciones para asistir a talleres literarios son diversas. Hay quienes esperan convertirse en escritores de profesión, publicar un libro, profesionalizar su técnica. Otros se conforman con lograr leer en voz alta sus textos, recibir feedback, salir de ese reducido espacio personal e íntimo que son los textos cuando no son compartidos.

—Me anoté a un taller literario porque escribo desde chica y quería compartir con otros mis experiencias— dijo Luna, que llego por primera vez al taller del MAPI en marzo, con 18 años recién cumplidos.

—Empecé a ir a los talleres de blogging para concluir un proyecto, porque la escritura era algo que me apasionaba, pero lo hacía sola— dijo Paula, estudiante de Diseño, quien concurre a Blogging therapy.

—Aprendés de las técnicas del resto y se generan momentos de sensibilización y comprensión— concluyó Micaela, participante de talleres literarios en el liceo de Atlántida.

—Yo quería publicar un libro y aprender a escribir bien— dijo Sylvia, mientras garabateaba líneas con su pluma.

—Yo no sé de qué escribir, vengo a que me dés temas— le dijo una alumna a Napoleón Baccino cuando llegó a su taller.

Cada maestro con su librito.

Los talleres tradicionales eran literarios en su sentido más académico, una especie de clase de literatura con proyección a la escritura. Con Mario Levrero nacieron en Uruguay instancias que, según el escritor Carlos Rehermann, "apuntan más a la escritura como arte", ya que brindan elementos de cada estilo para que el alumno pueda aplicarlo en sus creaciones. Es una tendencia más afín a los "escritores convertidos en talleristas" que a los profesores que expanden su ámbito de enseñanza.

Pero los talleres nacieron, al menos en Uruguay, con otra finalidad. En la década de 1970, con las reuniones de tres personas o más consideradas potenciales células subversivas contra el gobierno dictatorial, la literatura se convirtió —si no lo era ya— en un mecanismo de resistencia. En medio del gobierno cívico-militar, fundaron sus talleres escritores como Milton Schinca, Jorge Medina Vidal, Sylvia Lago, Jorge Arbeleche y Rossana Molla.

Así lo cuenta Baccino, tallerista desde hace veinte años. Su carrera en la docencia le permitió conocer a varios de los iniciadores de esta modalidad, aprender de ellos y trazar su propio camino. Su propuesta se diferencia de la oferta promedio, que suele realizarse en un ambiente relajado, compartiendo alimentos, bebidas, muchas veces con música de fondo, apelando a elementos sensibles a la hora de crear. Quien asiste a su "clase" sabe que es "espartano" durante lo que él considera "tiempo de dedicación al trabajo". Sus alumnos llegan al taller —en el estudio colmado de libros, al fondo de la casa del escritor— puntuales, con las tareas prontas, dispuestos a escuchar sus correcciones para mejorar su técnica de escritura.

En otra modalidad trabaja Gabriela Onetto, quien creció con Levrero como guía profesional. Sus talleres se centran en "la percepción, la memoria, el presente, la dimensión inconsciente" de los escritores, en su "proceso creativo", en qué y por qué lo hacen. En sus espacios de trabajo no se dan técnicas ni se analizan autores, "para respetar al máximo esta exploración y no condicionarla con soluciones a priori". Espera que cada asistente encuentre su voz, ya sea de modo presencial o vía Internet.

Sea cual sea el sistema, ganar dinero juega un rol central en la decisión de escritores y profesores de volverse talleristas. Rehermann, por ejemplo, comenzó a generar estas instancias por motivos económicos, para "hacer redituable" su profesión de escritor.

Sumado al factor financiero, otro aspecto que vuelve atractiva la idea de dar talleres literarios es la falta de requisitos formales. No hay que acreditarse como profesor o escritor para crear un espacio de intercambio relacionado con la literatura. La búsqueda en Google de "Taller literario Uruguay" arroja anuncios de instituciones —como el MAPI o el Mercado Agrícola de Montevideo—, centros culturales que los ofrecen dentro de sus servicios —La lupa, Las Karamazov, Casa Cultural de Soriano—, así como publicaciones en páginas web de clasificados, cuya descripción se limita a "Taller de literatura creativa online o presencial".

Además, hay cierta tendencia a la profesionalización de los talleristas y a convertirlo en un oficio. Lauro Marauda recuerda haber notado la "carencia de formación" que existía en este ámbito a nivel formal, por lo que articuló sus conocimientos de profesor de Literatura y narrador, con Lía Schenck y Carmen Galusso, para un centro pionero en formación de talleristas. Así nació Quipus, que ya tiene "cuatro generaciones de egresados trabajando con la filosofía del centro".

Más allá del ámbito, la existencia física de un grupo, aunque las personas tengan orígenes y estilos diferentes, hace que los participantes encuentren lo que la tallerista Andrea Durlarcher llama "una base común", un código compartido que impulsa a muchos a seguir escribiendo. "Los talleres dan pulsión de vida", dice.

Todos tienen historias que contar. Llegan con sus vidas y sus hojas escritas, tachadas y reescritas, con deseos de reconstruir pasados, inmortalizar presentes y vaticinar futuros. Con errores, con manías, con convenciones equivocadas, con pasión y con talento. Baccino se siente conmovido por ser parte de ese proceso, año tras año, en el que sus alumnos crecen y encuentran su esencia. Luego de dos décadas al frente de un taller, repite convencido su máxima, que tomó prestada del escritor Giuseppe di Lampedusa: "No hay memorias, por insignificante que haya sido la persona que las escribió, que no encierren valores sociales y expresiones de la mayor importancia".

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