CABEZA DE TURCO i Washington abdala

Odio los ascensores

Convengamos que la conversación de ascensor es de las peores del mundo. Absurda, siempre referida al tiempo y sus terribles pronósticos meteorológicos, mandando saludos al vecindario —de corte cínico— a gente que a uno no le importa nada y navegando en un mar de estupideces varias. Porque, además, somos chusmas y hay que partir de esa premisa en el Río de la Plata.

WASHINGTON ABDALA

Los ascensores de acá son espacios de socialización mientras en otros países no te miran la cara.

Las peores son las viejas en los ascensores. Ellas, como andan por la vida sin problemas de tiempo, creen que sus preocupaciones son las del mundo. Por eso te interpela alguna vecina sobre el precio de la lechuga, te habla de lo feo que está todo con los chorros, y hasta de lo pintún que está Suárez ahora que tiene menos dientes y muerde menos. Y le dan con un caño a Tabaré, las que lo votaron y las que no. Ahora se borraron todas. Y todo con esa tranquilidad pasmosa que tienen los de la tercera edad donde no existe drama por casi nada. Y te cambian de eje temático sin problemas. Por ejemplo te dicen: ¿Y su tío Felisberto como anda? Y vos le contestás: "Falleció hace un año, dona Emilia". Y ella, con rostro impertérrito y con la chismosa en la mano, espeta: "Pobrecito, que pena. ¿Vio que el portero es nuevo? Parece bien este muchacho, el otro tenía cara de envenenado y resentido, éste es más limpito, huele mejor ¿No le parece?".

Ni que hablar de los que vienen con sus mascotas (hámster, tortugas y otros animalillos) pretendiendo que les dispensemos rostros de simpatía, buena onda o algo así a semejantes bichos. Y si no protagonizás esa actitud creen que sos Pinochet.

Las situaciones con algunos perros me humillan mucho. Hay perros jodidos. Yo no sé, pero los ovejeros alemanes tienen algo complicado. Te huelen las partes pudendas delante de todo el mundo y sus amos no les tiran de la cuerda para cortar semejante vejación pública. Nunca entiendo esa cretinada. Vos venís todo prolijo, bañadito para ir a trabajar al mundo, el ascensor lleno, y en el piso quinto se sube una jovencita con un ovejero de metro y pico que entra olfateando a lo loco e introduce su hocico allí mismo en tu zona. ¿Cuál es la reacción correcta para no ser denunciado ante el Fondo Mundial para la Naturaleza por castigador de animales? Yo solo atino a sonreír y a procurar correrle el hocico a esa bestia que me deja la mano baboseada y la bragueta enchastrada con su baba. Una atrocidad injusta. ¡Y ojo con ponerle mala cara porque uno termina denunciado en Amnistía Internacional!

Otras que buscan complicidad en los ascensores son las madres de hijos pequeñitos que andan paseando por el barrio. Ellas luego de cansarlos por allí —para que las bestiecillas quemen su energía— se introducen en los ascensores con sus ejemplares pequeños y la mirada delata que amarían les dijeras: "Este nene está cada día más divino". Lo que no es cierto porque la inmensa mayoría de las personas somos comunes y corrientes. Pero ellas insisten. Yo he visto hasta amamantar en un ascensor. Y me quedé quietito. Juro que no miré nada, ni siquiera lo pensé. Hoy existe censura hasta de pensamiento.

Los otros que creen que tienen más derecho que uno al uso del ascensor son los "delivery". Vienen desesperados, les afanan las motos donde las ubican, dejan un olor a chivo de lo que traen y siempre se equivocan de piso. Por suerte no hablan mucho. Y uno los mira de reojo mientras se te dispara el prejuicio por la cabeza sospechando que es chorro. Es que hay tanto miedo que ya desconfiás hasta de los de la "Legión de la Buena Voluntad", que son más buenos que Lassie drogado con marihuana del Pepe.

Los ascensores son el último refugio de encuentro social. Ellos y el WhatsApp es lo que nos va quedando. Yo no los banco, pero entiendo que haya gente que los necesite. Raro que no hayan aplicaciones para tener una buena vida en un ascensor. O realities televisivos dentro de ellos. Como allí no anda el WiFi no lo inventaron todavía. Tengamos esperanza, ya va a llegar.

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