SEBASTIÁN IZAGUIRRE

"Nunca me imaginé llegar adonde estoy"

Se conviritió en referencia tanto para Hebraica como para el básquetbol nacional. Es un hombre sencillo que llegó a fuerza de sacrificios y de entregarse a su deporte favorito.

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Sebastián Izaguirre logró convertirse en una figura referente del básquet.

Vivir con 2.06 metros no es fácil. Casi nada en la vida cotidiana se adapta a esas dimensiones. Los ómnibus, no importa de qué líneas, son pequeños. Para pasar por las puertas debe inclinarse, viajar en el asiento trasero de un automóvil estándar es una pesadilla. Las camas de hotel parecen modelo infantil. Todos estos inconvenientes tuvieron una solución para Sebastián Izaguirre: el básquetbol. En ese mundo encontró a sus pares y en pocos años lo llevó a convertirse en uno de los jugadores consagrados de Hebraica y Macabi, último campeón de la Liga Uruguaya de Básquetbol.

Sebastián es un hombre sencillo. Aunque nunca soñó con convertirse en una de las estrellas del baloncesto local, hoy ha cumplido el sueño de muchos y es uno de los pocos que puede dedicarse de lleno al deporte y vivir de él. Tiene 31 años, está casado con Sabrina, de su misma edad y profesora de educación física, con quien tiene una hija de 18 meses, Constanza, o como prefieren decirle en cariñosa abreviatura, Coty. Desde hace un par de años viven en un confortable dúplex en El Pinar, el refugio que buscaron pensando en la pequeña.

"Vivimos cuatro años en Montevideo, en un apartamento, pero claro, los dos somos del interior, de tener casa con fondo, de tener tranquilidad, y entonces decidimos venirnos porque era lo mejor para Coty", cuenta Sebastián.

Pero para llegar hasta allí Sebastián conoció varias canchas.

Los Izaguirre son una familia de trabajadores oriundos de Paysandú. Como buenos sanduceros y amantes del deporte, el Club Remeros, ubicado en la ribera del río Uruguay, estuvo muy ligado a sus vidas. El padre de Sebastián fue un deportista consumado en su juventud, que incluyó un paso por el básquetbol. Debido a su estatura fue reclutado por los equipos locales, aunque los compromisos laborales lo obligaron a abandonar.

Por eso, cuando el pequeño Sebastián comenzó a mostrar interés por el deporte jugó al fútbol con el equipo del barrio, el Litoral, casi como un mandato de la tradición. Luego, entre los seis y los ocho años las aptitudes físicas de Sebastián ya eran ostensibles y su padre lo llevó al Club Remeros; allí se volcó a la natación sin dudarlo. Con el tiempo llegó a competir en Argentina con el plantel uruguayo juvenil. Hasta que descubrió el básquetbol y se transformó en su primer amor.

Comenzó a jugar y pronto se encontró aptitudes naturales para este deporte. Al llegar a Secundaria sus condiciones físicas, la estatura sobre todo, le hicieron sobresalir entre sus compañeros de clase. Una bendición para el deporte, pero también una maldición para un adolescente tímido que empezaba a abrirse camino. "Al principio, más que nada cuando uno es joven o adolescente, es bastante complicado porque uno sale de lo normal, de la mayoría, y obviamente que en el liceo alguna broma recibí por salir de la media", cuenta Sebastián.

Cuando terminó el tercer año pasó a cursar el bachillerato técnico de la UTU, su idea era seguir los pasos del padre y por eso se inscribió en el área de diseño y tecnología de la construcción. Eso le permitiría luego tanto estudiar en la Facultad de Arquitectura, como en la escuela de la construcción (IEC, Instituto de Enseñanza de la Construcción). Pero su otra vocación le requería cada vez más una dedicación full time.

—¿Dejaste los estudios con la idea de retomarlos más adelante?

—Hice el bachillerato en la UTU y al año siguiente me vine a Montevideo, porque justo coincidió con el primer torneo de la Liga uruguaya, yo era parte del plantel pero no jugaba. Justo ahí coincidió que me vine para Trouville, la idea era seguir los estudios acá. Y en ese tiempo me citaron a juveniles, así que no me daban los tiempos. Entrenábamos de mañana, llegaba a mediodía a mi casa y me tenía que ir a la UTU de una a seis de la tarde y de ahí me tenía que ir a entrenar de nuevo. Hice eso un mes y medio, llegaba a mi casa y me tiraba diez minutos a dormir y, claro, mis padres vieron que no me daba para todo y me dijeron: "Bueno, si vos pensás que te da para dedicarte al básquetbol, dale". Y ahí fue que dejé de estudiar.

De ese modo comenzó la carrera que pronto sería profesional. De allí en más nunca se detendría.

Pero no pasaría mucho tiempo que otro cambio se produciría en su vida, uno importante, de esos que tuercen una existencia en un sentido nuevo. A los 20 años le tocó volver a la Liga de Paysandú para jugar allí por un par de años, de manera que tenía que regresar periódicamente a su tierra natal. En una salida nocturna el azar lo llevó a conocer al otro amor de su vida. Sabrina era una jovencísima alumna de la licenciatura de Educación Física, oriunda de Florida pero que por distintas circunstancias había elegido Paysandú para realizar sus estudios. Una noche en un "boliche" conoció a aquel joven muy alto y pronto simpatizaron. Sabrina no tenía idea de que quien pronto se convertiría en su novio comenzaba a ser una figura conocida en el básquetbol local. "Mis amigas me decían, ¿pero cómo que no lo conocés? Y yo no tenía idea", cuenta. Pronto vio que su novio tenía futuro en esta disciplina.

Poco tiempo después comenzaron a convivir y se mudaron a Montevideo. Todo parecía rodar bien en sus vidas, Sebastián tenía un lugar sólido en el club, al punto que en poco tiempo pasó a otro de los grandes del medio como lo es Defensor Sporting, y Sabrina había comenzado a dar clases. De este modo transcurrieron alrededor de cuatro años, se habían casado y la unión se había consolidado, pero todavía faltaba algo.

Cuando nació Constanza comenzaron a pensar en buscar un lugar más adecuado para la niña. "Los dos somos del interior, estábamos acostumbrados a vivir en casa, con fondo, con más tranquilidad y eso era lo que queríamos para Coty", dice Sebastián. Y de ese modo llegaron hasta las viviendas que el Banco Hipotecario construyó en El Pinar y allí encontraron el lugar ideal.

La localización implica que Sebastián deba viajar todos los días y en ocasiones dos veces al día, como ahora que comenzó a entrenar también para la selección nacional. Como otros tantos que eligieron la Costa de Oro canaria para vivir y las obligaciones los traen a la capital para trabajar, se acostumbró al viaje diario. De hecho, muchas veces se prepara el desayuno y lo termina durante el viaje, mientras conduce hasta Montevideo. Pero no le pesa para nada y siente que en contrapartida están los beneficios de vivir allí. "Tenés contacto con los vecinos, te saludás con ellos, siempre están pendientes de los demás por un tema de seguridad y la verdad que está muy linda la zona", dice.

Sebastián venía de una mala racha con las lesiones. Por eso en las finales tuvo su revancha. Cuando se le pregunta por el partido contra Aguada, Sebastián lo define como "intenso", tal vez esa intensidad incluya el triple que convirtió y terminó por hacer la diferencia en el tramo final del partido. La tribuna estalló y él sintió que por fin había cumplido.

La vida de un deportista profesional termina pronto y por ello muchos planean sus jóvenes años de retiro con anticipación. Sebastián prefiere concentrarse en lo que tiene por delante, aunque ya comience a proyectarse.

—¿Cómo te ves en el futuro?

—Tuve una época en que tenía ese temor sobre qué iba a pasar después que me retirara, entonces pensé en empezar a estudiar de nuevo y después en un momento me di cuenta de que no me iba a dar para repartirme en dos cosas. Entonces se me pasó eso y dije: Bueno voy a dar todo lo que pueda y hasta lo que pueda, con la ayuda de ella (por su esposa) que está en todo. Igual a mí me gusta mucho la construcción, he estado siempre haciendo cosas y seguramente me dedique a algo relacionado a eso. Acá en casa trato de arreglar todo lo que se rompe y además tengo un amigo, el padrino de mi hija, que es arquitecto.

Por el momento tiene suficiente con ser el campeón de la liga uruguaya y pelearla por la celeste.

SUS COSAS.

Reparaciones.

El haber trabajado con su padre, constructor, le contagió desde temprano el gusto por las reparaciones en la casa. No hay, prácticamente, arreglo que se le resista salvo las cuestiones muy complicadas vinculadas a la sanitaria. Buena parte de su tiempo libre lo dedica a ello, porque en la casa "siempre hay algo que hacer".

El encanto del fuego.

Encender la estufa a leña apenas cae la tarde y, a veces, poner la parrilla para asar un poco de carne es una de las mayores aficiones en invierno. Previsor, Sebastián compra la leña durante el verano, y se asegura de contar con buenos precios y leña seca para toda la temporada. Así, la familia está en torno al fuego, como un rito ancestral.

Coty.

Tiene 18 meses, una melena muy rubia y una sonrisa irresistible. Se robó los corazones de Sebastián y Sabrina apenas llegó y ahora es la reina de la casa. La pequeña Constanza, dice su padre con inocultable orgullo, "llegó con dos campeonatos" a cuestas y ahora es cada vez más un amuleto para el pivot de Hebraica.

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