MARIANELLA MORENA

"Necesito crear y dirigir como respirar"

De niña del campo a joven rebelde en Montevideo, llegó al teatro por casualidad. Hoy es una de las figuras de la dramaturgia nacional con más de 18 obras de su autoría.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Su última obra es Rabiosa Melancolía. Foto: F. Ponzetto.

Está sentada en su casa, en Ciudad Vieja, en una silla. Es un edificio de 1865. Justo en la pared que queda sobre su cabeza, hay un cuadro que dice "silencio". Aunque parezca una contradicción, porque Marianella Morena (48) hablará de su vida y formulará ideas con total facilidad durante poco más de dos horas, no lo es. Es más, sus ideas y el cuadro que pide silencio, podrían ser una síntesis de esta actriz devenida en dramaturga y directora: la mayor parte de su tiempo lo pasa pensando, creando, reflexionando y escribiendo, pero hay momentos en los que necesita del silencio de la soledad para ordenar sus ideas. "Puedo pasar encerrada en mi cuarto tres días sin hablar con nadie, solo para ordenarme, para saber qué pensamientos son míos".

Si a alguien le preguntan cómo es la casa de un artista, podría decir, perfectamente, que es como la de Marianella, especialmente porque "sacrificó" el living para poder tener un lugar donde ensayar. Pero también porque en todas las paredes hay un cuadro con el afiche de varias de sus obras y porque hay dos premios Florencio que se asoman desde una biblioteca enorme, pero también porque hay un escritorio lleno de libros y papeles.

No sabe muy bien en qué momento se planteó dejar la actuación para dedicarse a la dramaturgia y la dirección. "La escritura siempre fue parte de mi vida, desde niña escribía en un diario que después perdí", dice. Lo cierto es que, con su diario perdido y todo, Marianella se ha transformado en una de las figuras de la escena teatral nacional actual y varios de sus textos trascendieron fronteras y se hicieron en otros países de América Latina. Ese es el caso, por ejemplo, de No daré hijos, daré versos, que el director argentino Francisco Lumerman llevó a la escena porteña.

Rebelarse.

Nació en Sarandí Grande, Florida. "Crecí en una familia de campo en un pueblo en el que no había un cine ni un teatro, y la televisión se veía mal. No tuve mucho contacto con la vida cultural en mi infancia", cuenta. A los 15 años se mudó con su familia a Montevideo. "Cuando pisé el asfalto dije: Yo quiero esto, acá pasan cosas, hay gente, hay información, hay cines".

Es curioso que te hayas interesado por lo artístico entonces…

— Yo recuerdo que de niña me aislaba. Estaba en la escuela y estaba en mi mundo paralelo, me encerraba en mi cuarto y mi madre me dice que me escuchaba gritar y llorar y era que yo con las muñecas o los juguetes siempre estaba creando un mundo alterno. Y en el liceo mi lugar constante era el mundo que yo creaba en mi cabeza, nunca podía bajar, me costaba mucho estar en clase, me aburría, no me resultaba interesante que el otro decidiera lo que yo tenía que leer o estudiar, y ese mundo alterno creció mucho. De chica siempre me rebelé contra una forma de familia, contra una mirada, en la escuela, en el liceo, siempre era la que se paraba y decía que no. Y no tenía contexto, no tenía un objetivo, no era que decía voy a ser artista. Creo que el arte fue el canal que se me abrió, toda mi rebeldía y mi mundo paralelo los pude resolver en el canal artístico de lo teatral.

Siempre sintió un rechazo muy fuerte hacia las estructuras y lo institucional. Fue por eso que poco después de terminar el liceo, empezó a trabajar de moza en una cantina de Ciudad Vieja y se dedicó un año entero a mirar cine. "Me hice socia de Cinemateca. Trabajaba cuatro horas y el resto lo dedicaba al cine y a leer cosas. Todavía sentía un profundo rechazo a la estructura educativa que te pauta y te dice que a un autor lo podés leer y a otro no, porque eso te define y en esa selección hay una ideología. Me llevó tiempo darme cuenta de que necesitaba lo institucional también".

Así que hizo un taller de teatro y cuando había decidido inscribirse en la Licenciatura en Letras en la Facultad de Humanidades, una amiga le pidió que la acompañara a dar la prueba de ingreso de la escuela de actuación del teatro El Galpón.

Lo que sucedió entonces, no tiene demasiada explicación más allá de que el teatro, sin que ella lo supiera aún, la estaba esperando.

Así fue que mientras aguardaba a que su amiga diera la prueba, empezó a conversar con Myriam Gleijer, actriz de El Galpón, quien le dijo que ella tenía condiciones para ser actriz. "Me preguntó si me animaba a dar la prueba en ese momento y yo, con toda la desfachatez del mundo, le dije que sí. A mí no me importaba nada, no tenía presiones. Myriam entró al teatro conmigo y le dijo al jurado, que eran nada menos que Atahualpa del Cioppo, Rubén Yáñez y María Azambuya, que yo iba a dar la prueba". Le dieron una hora para preparar tres libretos, que era lo que todos los jóvenes habían preparado. Entró a la sala, se paró y dijo que ella tenía que tener los textos en la mano porque no había preparado nada. Improvisó. Se tiró al piso. Se sentó. Les tomó el agua a los miembros del jurado. "¿Te das cuenta de mi nivel de demencia e inocencia, no?". Y entró a la escuela del teatro El Galpón. "Así llegué al teatro y nunca más me fui".

En ese entonces, junto a Ismael, padre de su hijo Lautaro, su pareja durante doce años, empezó a trabajar haciendo performances en discotecas de Punta del Este.

¿Cuándo decidiste dejar la actuación?

—Trabajé haciendo performances en Buenos Aires, España y Paraguay también. En esas prácticas empecé a descubrir la dirección, pero no fue de un momento para otro, tuvo que ver con una evolución o una necesidad. Dejé de actuar porque me di cuenta de que no lo necesitaba, si no lo hacía era lo mismo.

—¿Ahora necesitás crear y dirigir?

—Sí, mucho, como respirar. Tengo una adicción por la creación.

La libertad.

Viene de hacer una seguidilla de funciones con su última obra, Rabiosa Melancolía. Este trabajo, que es difícil de describir argumentalmente pero que, a grandes rasgos, constituye un musical atípico que trata de tres hermanos sin edad que esperan que su madre muerta regrese en el ritual de las cuatro comidas: desayuno, almuerzo, merienda y cena. "Me interesaba abordar la melancolía como una imposición de identidad que tenemos en Uruguay, como un ADN melancólico". Para eso, trabajó con muchas de sus obsesiones, tanto en la forma como en el contenido: "Me interesaba la ruptura del relato, del género y de los tiempos".

Marianella cree que es una pieza que habla de la libertad. "Cada uno puede elegir a quién seguir para construir la historia, puede elegir reírse o llorar. La libertad no se logra solo a través del contenido. El qué y el cómo van unidos", explica, en una catarata de ideas sobre sus creaciones.

La dramaturga habla de estructuras y represiones sociales. "Cada vez somos menos libres", dice, y explica por qué el teatro permite el ejercicio de la libertad: "Es un espacio fascinante, porque ahí tenés la conjunción de todos los permisos, todo es posible, por eso la creación es algo que implica mucha responsabilidad, tenés que tener el alma limpia y ser honesto".

Pero, a pesar de que quizás en Uruguay se puede hacer difícil la creación y producción artística, Marianella se las ingenia, desde que escribió su primera obra, Los huecos del pan, en 1996. "Mirá mi casa, yo no tengo un peso y sin embargo todo el tiempo estoy creando", sostiene, pero aclara que eso no implica que reivindique el trabajar sin presupuesto. "Pasa que depende de vos quedarte esperando a tener un subsidio para tu trabajo o desarrollarte como creador, sea como sea". Por eso, para ella, la diversión, el placer, el crecimiento y el desarrollo están en la creación. "Me aburre un poco la vida, me cuesta la hipocresía y la dificultad que hay con la verdad en la vida real".

—¿En qué sentido?

—No sé, la vida me resulta más construida que el teatro, que es un lugar en el que la humanidad, con todas sus miserias, es bienvenida. Es como un espacio ecológico de protección humana. ¿Cómo voy a dejarlo, si además me permite jugar y experimentar?

SUS COSAS.

Obra y reconocimiento.

Tiene más de 18 textos propios y unos cuantos premios que reconocen su trabajo. Algunos de los más destacados son: Don Juan, el lugar del beso, que se llevó dos premios Florencio; Antígona Oriental; Las Julietas; Trinidad ladrón de Guevara; No daré hijos, daré versos, por la que ganó un Florencio a Mejor texto de autor nacional.

Su lugar.

"Si no fuera porque el alemán me resultaba imposible, me hubiera quedado a vivir en Berlín", dice la dramaturga, que estuvo dos meses en Alemania, becada por el Instituto Goethe en 2011 como personalidad teatral. "Me fascinó la ciudad, es maravillosa, desde todo punto de vista. Tenía una sensación de bienestar general, está llena de bares, de teatros".

Una experiencia.

En 1993, Marianella estaba en Polonia por otra beca y con su pareja decidieron visitar Auschwitz. "Llegamos en un tren, que iba por unas vías muy viejas y la sensación de que ibas hacia la muerte era tremenda". Cree que fue una experiencia muy fuerte. "La sensación era física, era una angustia que te subía por el cuerpo".

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