LIBROS

La muerte como castigo

Sebastián Panzl recorre la historia de la pena capital en el Uruguay, del espectáculo público hasta la legislación pionera en el abolicionismo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
La última foto de los cuatro condenados por la muerte de un médico italiano en 1871.

LUIS PRATS

Amás de un siglo de los últimos fusilamientos y la abolición legal de la pena de muerte en Uruguay, el tema está saldado en esta tierra: ya nadie habla seriamente de la necesidad de volver a aplicar la sanción más dura e irreversible, salvo en alguna charla de boliche o red social después de algún delito particularmente grave, anota el periodista Sebastián Panzl (Montevideo, 1986). La abolición temprana, en 1907, colocó al país entre los pioneros en la materia, si bien no fue el primero, ya que en Venezuela no existía desde 1863.

Sin embargo, no siempre fue así. Los restos de esclavos rebeldes ajusticiados formaban parte del paisaje urbano del Montevideo colonial. Ya en la república independiente se organizaban fiestas para presenciar el "espectáculo" de las ejecuciones y algunos asistentes llegaban a mojar sus pañuelos en la sangre de los reos muertos para tener un recuerdo de primera mano. Por ejemplo, se estima que unas 25.000 personas —gran parte de la población de aquel Montevideo— concurrieron en 1871 al fusilamiento de los cuatro condenados por el asesinato del médico italiano Vicente Feliciangelli, en el lugar (la plaza Artola, actual de los Treinta y Tres Orientales) o en su trayecto hacia el cadalso.

En su libro Fusilados y verdugos. Historia de la pena de muerte en Uruguay (Planeta, 248 páginas, $ 490), Panzl reconstruye historias de ajusticiados, cuenta los métodos utilizados para poner fin a los días de los condenados y finalmente repasa el debate que terminó impulsando la abolición.

El trabajo de Panzl puede leerse como un ensayo sobre el proceso de discusión legal sobre la pena de muerte, pero también como una crónica policial de los episodios que llevaron a esas decisiones judiciales e incluso de las últimas horas de algunos condenados. "¿Vamos al baile?", invitaba con tono provocador uno de ellos a las mujeres que veía por el camino que lo llevaba a su destino en 1902.

Una horca.

Durante décadas, los orientales convivieron sin espanto con la muerte, incluso la más violenta. Cuando se produjo el último fusilamiento todavía no se había registrado la revolución saravista de 1904, que puso fin a las sangrientas guerras civiles. En el siglo XIX, el asesinato era un arma política más, como ocurrió con Venancio Flores y Bernardo Berro.

En Montevideo, una horca formaba parte del paisaje de la plaza Matriz desde que en 1764 la mandó instalar el gobernador Agustín de la Rosa. Instrumentos similares ya habían funcionado antes en la ciudad, pero se armaron para cumplir su propósito y luego se desmantelaron. Esa horca permanente se convirtió en cambio en una presencia intimidatoria ante el delito.

Resulta interesante comprobar que el tema provocó durante mucho tiempo encendidas controversias, con posiciones defendidas a cada lado por figuras como Pedro Figari y José Irureta Goyena, aunque mucho antes Dámaso Antonio Larrañaga había elaborado una propuesta abolicionista. También la prensa apoyó o rechazó la pena.

En todo caso, el proceso que llevó de ejecuciones acompañadas por mutilaciones varias y escarmientos públicos hasta la derogación de la pena capital fue paralelo al de la consolidación del Uruguay moderno. El primer ajusticiado fue un soldado catalán llamado Juan Furriol, en 1756. El último, Estanislao Silva, un soldado del ejército colorado, en 1903. Ambos nunca se enteraron de su papel en la historia.

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