EL PERSONAJE I PALOMA HERRERA

"Mi carrera siempre transmitió mis ideales"

Bailó en Nueva York por 25 años y llegó a ser una de las mejores del mundo. A los 40 se retiró, escribió un libro y ahora es la directora del Ballet del Colón, en Argentina.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Paloma Herrera empezó a bailar a los siete años y se retiró a los 40. Foto; Darwin Borrelli.

Fue en el teatro Independencia de Mendoza. Era 19 de noviembre de 2015. Después de bailar Giselle, saludó en una reverencia profunda, hasta tocar el piso. Entre aplausos y gritos, se sentó en el escenario y se sacó las zapatillas. Las besó, las elevó y las colocó en el centro. Entonces, Paloma Herrera (41) saludó, agradeció y lloró. Esa fue la última vez que se puso sus zapatillas. Fue, en definitiva, la última vez que hizo lo que había hecho durante toda su vida: bailar. Y, aunque cueste creerle, no extraña, ni a sus zapatillas ni a su danza.

"Lloré de felicidad en mi última función en Mendoza. Lloré porque no le podía pedir más a la vida, estaba totalmente feliz y agradecida, sentía que no necesitaba nada más", dice la actual directora del Ballet Estable del Teatro Colón, un año y medio después, sentada en un bar de Palermo, donde vive desde que volvió a su Buenos Aires, tras 25 años de carrera en el American Ballet Theatre (ABT) de Estados Unidos.

Aunque desde que se retiró de los escenarios no volvió a bailar, hay aspectos de su apariencia que la delatan. Es domingo y Paloma tiene su pelo recogido en un rodete perfecto, como si estuviera por entrar a una clase. Está vestida de negro y mantiene su espalda derecha, su cuello elevado y mientras habla usa las manos, las mueve, las hace bailar. "La danza es un arte muy difícil, y ya está, yo ya lo hice, hice lo mejor que pude y quería que quedara así, siendo lo mejor de mí", cuenta sobre la decisión de retirase y de "jamás" volver a ponerse las zapatillas. Pero ella sabe, cualquier persona que la ve, en realidad, sabe que con o sin zapatillas, Paloma baila siempre, incluso sentada en un bar.

Vivir bailando.

Tenía siete años cuando le dijo a sus mamá que quería bailar con zapatillas de puntas. Fue entonces cuando, sin saber de dónde había salido ese amor por la danza, la inscribieron en el Estudio de Olga Ferri, una de las más destacadas maestras argentinas y quien, definitivamente, marcó la vida de la bailarina. "Desde el primer día en que estuve con Olga fue una relación muy única. Yo creía en todo lo que ella decía. No sé si en ese momento yo pensaba en que esa sería mi carrera, pero sabía que algo especial había, porque a los nueve años ya había ganado concursos internacionales y Olga me presentaba a todos lados. Lo único que sabía era que yo seguía sus pasos, y hacía todo lo que ella decía". Su maestra sabía que esa niña no era una más, por lo que le sugirió que audicionara para ingresar a la escuela del Teatro Colón. Lo logró y, a la vez, siguió estudiando con Olga.

A los 15 años fue a perfeccionarse a Nueva York. Antes de volver a su país, tomó una clase con los bailarines del American Ballet, y la compañía, una de las más prestigiosas del mundo, le ofreció un contrato. Paloma aceptó y después llamó a sus padres, en Argentina, para decirles que se quedaba a vivir en Nueva York.

¿Eras consciente de lo que significaba ese contrato?

No, creo que no — dice y se ríe— Fue muy loco. Me preguntás ahora y es una locura hasta para la compañía mismo haberle dado un contrato a una niña de 15 años. Fue todo muy loco, pero en ningún momento lo dudé. Por eso a veces me cuesta ponerme en órbita con la gente, porque mis parámetros tal vez son diferentes. Me pasaba que cuando era más grande estaba en el ABT y le ofrecían un contrato a alguien y decía que lo iba a pensar y yo decía: ¿Cómo que lo vas a pensar? Hay gente que es más racional, pero a mí nada podía hacerme ruido, en mi cabeza mi danza era lo más importante, firmé el contrato feliz, loca de la vida.

No le costó adaptarse a estar sola en una ciudad gigante, "que en ese momento era muy complicada y peligrosa", y sin hablar ni una sola palabra en inglés. "Siempre fui muy solitaria. Pero no recuerdo nunca haber estado angustiada, porque estaba tan feliz con la situación, y además era lo que yo había elegido, y mis papás siempre me hicieron saber que cuando quisiera podía volver. Nunca tuve la presión de estar en un lugar sin quererlo. La libertad de poder elegir es maravillosa".

Eligió y no volvió. A los 18 años fue solista de la compañía y un año más tarde era primera bailarina; fue la más joven en lograrlo. Incluso, en 1999 fue elegida por la revista Dance Magazine como una de las 10 bailarinas del siglo. Su carrera creció de "forma natural": "A mí me gustaba bailar, nunca sentí el peso de llegar a ser primera bailarina. Siempre dicen que en el mundo del ballet hay mucha envidia. A mí nunca me importó ser mejor que nadie, la competencia era conmigo, nunca bailé para ser la mejor, bailaba porque a mí me daba placer".

Estuvo en Nueva York por 25 años. Extrañó Argentina pero su carrera siempre pesó más en la balanza que volver o formar una familia. Bailó todo lo que quiso y lo hizo a su manera. "Mi carrera siempre transmitió mis ideales. Yo bailé porque amo bailar, ese fue mi único secreto, hacerlo por amor y no para ser famosa y ganar plata. Ahora eso está muy de moda. La gente baila para llegar a Tinelli; más allá de que pueda gustar o no, no van ahí porque les gusta bailar. Si fuese así, fantástico, pero van solo para ser famosos, y no estoy de acuerdo. Nunca bailé por eso y no puedo entenderlo".

Volver a casa.

Los mismos ideales que mantuvo durante su carrera — "la disciplina, el trabajo, el arte"— fueron los que, en 2015, la hicieron dejar de bailar. "En el último tiempo sentía que era sapo de otro pozo en el ABT, no encajaba, no tenía los mismos puntos de vista que el resto de la compañía, eran otras generaciones, se hacía todo rápido, la gente estaba con el celular en la clase, llegaban tarde a los ensayos y eran cosas que no me entraban en la cabeza. Para mí el teatro siempre fue un templo".

La voz de Paloma se carga de emoción cuando habla de su teatro, de su danza, que fue su "burbuja" y la mantuvo en eje toda su vida, de sus partners, de sus maestros, de sus clases, de sus personajes. En cierto punto cuesta creerle que todo eso quedó atrás, y pareciera que es cuestión de segundos para que se ponga de pie y empiece a girar. Pero no. Con la misma seguridad que a los 15 años decidió cambiar su vida, en 2014, a punto de cumplir 40, sintió que debía dar un paso al costado. "Empecé a bailar con gente con la que no podía conectar. Mis partners y compañeros se empezaron a retirar y me empecé a sentir muy sola. Con la gente nueva me era más difícil encontrar como esa magia, y mi danza siempre fue eso, no era solo bailar y nada más. Yo necesitaba crear una energía con la gente con la que bailaba, y de repente estábamos en el escenario, miraba al cuerpo de baile y estaban todos papando moscas".

Así, dedicó todo el 2015 a despedirse. Lo hizo en el Teatro Colón, en una gira por el interior de Argentina, en el Teatro Solís de Montevideo y, por supuesto, tuvo su función de despedida en el American Ballet en la que bailó Giselle, con Roberto Bolle. "Me retiré con la misma calidad de trabajo con la que había trabajado siempre, con el partner que quería y el ballet que quería".

Decidió volver a vivir a Buenos Aires y a principios de 2016 el grupo editorial Penguin Random House le hizo la propuesta de escribir un libro sobre su vida. "Me tomó por sorpresa y acepté encantada. Siempre me gustó escribir, de repente estaba en el medio de una gira y sentía que quería ponerlo en palabras y me ponía a escribir. Les dije que quería escribirlo yo, porque quería que el que lo leyera sintiera que estaba hablando conmigo y no que fuera algo contado por alguien más". Y, aunque empezó sin creer que realmente fueran a publicarla, estuvo un año entero inmersa en su autobiografía Paloma Herrera, una intensa vida, que le sirvió como "catarsis" y que, contra todos sus pronósticos, fue editada y presentada el pasado sábado 13 de mayo en la Feria del Libro de Buenos Aires.

Ese sábado, al igual que en el bar de Palermo, Paloma Herrera estaba vestida de negro, con su espalda derecha, el cuello elevado y el pelo recogido en un rodete perfecto. Así repasó su vida ante un montón de personas que habían llegado hasta allí, ya no para verla bailar, sino para escucharla hablar sobre su arte. Y aunque no era lo mismo, con eso alcanzaba.

Montevideo y su energía.

En abril estuvo durante una semana en Montevideo, dando clases al Ballet Nacional del Sodre y asesorando en los ensayos de Don Quijote, que la compañía estrenó el pasado jueves. "Fue una semana divina, todos trabajaron muchísimo, tienen una energía increíble", dice sobre el Ballet que dirige su amigo Julio Bocca. "Los vi bailar Hamlet Ruso cuando estuvieron en Buenos Aires y bailaron hermosos". En su visita, Paloma aprovechó para intercambiar experiencias con Bocca. "Con Julio tenemos los mismos ideales, hablamos un montón". Así, la directora del Ballet Estable del Teatro Colón cree que es importante que en América Latina haya compañías que estén a buen nivel para que los bailarines no tengan la necesidad de irse a Estados Unidos o Europa. "Cuando yo era chiquita y estaba en la escuela del Colón, lo único que quería era llegar a bailar con ellos. Julio dijo lo mismo el otro día en una charla: nuestra inspiración era ser parte del Ballet del Colón". No sabe en qué momento se perdió eso, pero uno de sus objetivos es recuperarlo: "Hay mucha gente en la escuela que se quiere ir a bailar afuera y yo quiero que puedan ver al Colón con tanta magia que quieran quedarse en él, que esa sea su meta".

SUS COSAS.

Su lugar.

Aceptó estar al frente del Ballet Estable del Teatro Colón. "Quiero hacer una diferencia", dice. Aunque, admite, le cuesta entender algunas cuestiones: "Quiero que los bailarines se sientan respaldados por mí. Lo burocrático y gremial no puede estar por encima del artista".

Sus maestras.

Olga Ferri fue su gran maestra, con quien trabajó hasta los 15 años y quien marcó, no solo su carrera, sino también su vida. Pero, además, Paloma recuerda como una referente a Irina Kolpakova, que fue su coach en ABT desde la primera clase, a los 15 años, hasta su última función, a los 40. "Fue muy inspirador para mí trabajar con ella".

Su ballet.

Todos los roles le gustaron pero Don Quijote fue clave. Cuando tenía 11 años fue elegida para representar al cupido principal, en las funciones de la compañía del Colón. A los 17, ya en ABT, reemplazó a una primera bailarina en el pax de deux de ese ballet. "Y fue el primero que bailé completo".

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