SUSANA GROISMAN

"Me la jugué por lo que yo quería"

Hizo del teatro su razón de ser, aunque casi le cuesta la vida. También pasó por el cine y la televisión, y ahora será Helena de Troya en el gran desafío de un unipersonal.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Susana Groisman encarnará a Helena de Troya en el Teatro de la Alianza (Foto: Fernando Ponzetto)

LUIS PRATS

Susana Groisman será pronto Helena de Troya. Ya fue Sarah Bernhardt y estuvo a punto de ser Julieta, pero el golpe de Estado en Chile en 1973 lo impidió. Fue muchas cosas en teatro, cine o televisión, hasta un conejito en una obra infantil cuando se iniciaba en su pasión, que es actuar. Y por esa pasión se fue a Chile, escapó a Alemania Oriental y finalmente se decidió a vivir de ella. "Me la jugué por lo que yo quería", afirma.

Desde el próximo sábado 18 estará los fines de semana en el teatro de la Alianza Uruguay-Estados Unidos con Juicio a una zorra. Bajo la dirección de Gerardo Begérez, Groisman se pondrá en la piel de Helena de Troya. Será una Helena actual, que cuenta las verdaderas razones de la guerra que supuestamente ella desató.

Se trata de su segundo unipersonal, luego de Oh Sarah, sobre la divina Bernhardt. "Un espectáculo lindísimo, que llegué a hacer en Washington y Nueva York. Era tocar el cielo con las manos y decir: New York, New York, aquí estoy haciendo la obra. Fue divino pero duro. Hacer un unipersonal es como tirarte al mar sin ver la orilla. Cuando trabajás con compañeros, si te pasa cualquier cosa sabés que te van a dar una mano. En esto está tu alma solita. Claro que te da una gratificación impresionante, porque sos dueña de lo que estás haciendo. Es tu criatura".

Susana tenía 17 años y estudiaba arquitectura cuando un amigo la invitó a ver el estreno de una obra infantil que hacía en El Tinglado. Y fue amor a primera vista. "Vi la obra, fui al camarín a saludar e hice un clic. Supe que era el lugar donde quería quedarme, que quería pasar toda mi vida en el teatro", cuenta. Empezó entonces en una escuela en el propio Tinglado, aunque en su casa por un tiempo no se animó a contar que ya no iba a la facultad. Cuando por fin lo blanqueó, sus padres la apoyaron y hasta la acompañaban en las giras.

"En El Tinglado empecé con una obra de niños, La vaquita cuadrada. La hice durante años y nunca vi un mango. Era el problema del teatro independiente. Nosotros dejábamos la vida por el teatro pero no veíamos plata, ni siquiera un viático. Y tampoco se nos pasaba por la cabeza reclamarlo, porque si fuiste educado en eso de que vos das la vida por el teatro pero que no vivís de eso, encontrás normal tener un éxito y que la plata quede para el teatro. Pero nadie se la llevaba, no lucraban. Era la mentalidad del teatro independiente, que por suerte con mi generación, y sobre todo las que vinieron después, se empieza a revertir. Nosotros pretendemos vivir de actuar porque es nuestra profesión", enfatiza.

Chile, Alemania.

Hasta 1970 trabajó además como modelo publicitaria. Incluso hizo una película con un director estadounidense que vino a filmar al Uruguay porque era más barato. "Hicieron un casting entre actores que habláramos inglés y quedé. Años después conseguí la película, a la que le habían cambiado el nombre. Y la tengo escondida porque se aprecia parte de mi anatomía...(se ríe) La ves ahora y es ingenua, pero en aquella época era un escándalo. No se estrenó acá, fue la condición. Era una de esas películas clase Z. Me pagaron 500 dólares por ser la protagonista. Para mí era una fortuna, pero hoy le pagan eso a un extra. Me lo patiné todo en ropa e invitando a la gente a comer. No me faltaba plata", recuerda.

Cuando Salvador Allende ganó las elecciones chilenas en 1970, se invitó a artistas uruguayos para que se presentaran en Santiago el día de la asunción. Allá fue Susana. Y allá conoció a Antonio Cerda, alto dirigente comunista, y se convirtió en su esposa. En Chile pudo vivir, por primera vez, de su pasión. Formó parte del Teatro del Nuevo Extremo, tenía un sueldo estatal y hacía funciones para estudiantes en el teatro Municipal de Santiago, una especie de Solís chileno.

El martes 11 de setiembre de 1973, Groisman tenía el primer ensayo de Romeo y Julieta, una versión que había hecho Pablo Neruda especialmente para su grupo. Y ella era Julieta. "La gloria…", evoca. Pero esa mañana escuchó por radio las marchas militares, el discurso final de Allende y se fue al teatro, ubicado a pocas cuadras del Palacio de La Moneda.

"Imaginate, caían bombas por todos lados. A mi casa no pude volver nunca más. Me fui a lo de mi director, Pedro Ortus, muerta de miedo. Con cada disparo gritaba como si me hubieran pegado a mí. Estuve 15 días ahí escondida sin saber nada de mi esposo".

Finalmente, Belela Herrera, esposa del embajador uruguayo César Charlone, se la jugó por ellos y por otros perseguidos por la flamante dictadura. Los llevó a la embajada de Colombia, donde estuvieron algo más de un mes, hasta que el gobierno de ese país los sacó en un avión Hércules. En Colombia los recibieron bien, aunque estaban siempre vigilados por la Policía. Entonces, cuando les llegó una invitación de la República Democrática Alemana no lo pensaron más y se fueron.

En Alemania Oriental les dieron una casa, 24.000 marcos y la llevaron a estudiar teatro, hasta con sueldo. Después integró un grupo en español y viajó por Europa con sus obras. "Esas eran las cosas fantásticas de la RDA. Pero había de las otras. Era un país muy especial, tengo un gran agradecimiento pero no quiero eso para mí", asegura. Allí nació su hijo, Ignacio, y conoció a Claudio, su actual esposo.

El regreso.

"En 1980 estábamos hartos de la RDA. Todo lo que se vio después uno lo intuía. Ya el hecho de que tus compañeros no tuvieran tus mismos derechos no me gustaba. Y nos vinimos, en plena dictadura", cuenta.

No la dejaron entrar a Chile, por lo cual desde Buenos Aires le pidió a su madre que averiguara con algún militar si estaba requerida en Uruguay. Como le dijo que no, se animó a regresar. Más tarde, con el rostro colorado como un tomate, su madre le confesó que le había preguntado... a un pae. De todos modos, el pae acertó: Susana pudo quedarse y volver a trabajar. Claro que debía dividir sus horas entre el teatro y el trabajo en oficinas o incluso en el diario El Día.

"En 1994 me dije que era hora de jugarme por lo que yo creo y dejé los laburos por el teatro. Claro que tenía el colchoncito del sueldo de Claudio. Me animé a producir las primeras cosas. Empecé a tener una actitud menos pasiva que la que tenemos en general los actores, esperando que te llamen. Empecé a generar mis propios trabajos. Y me fue bárbaro", cuenta.

Ese mismo año hizo Sarita y Michelle, ganó el Florencio a la mejor actriz y la obra se mantuvo años en cartel. Y su casa la terminó de pagar con Cena entre amigos en 2001. "Fue una maravilla de éxito. Y la terminó de consagrar una nota de Gustavo Adolfo Ruegger en este suplemento dominical de El País, que nos dejó por las nubes. Después de esa crítica empezamos a agotar y agotar. Espero que me des la misma suerte", comenta, risueña.

También hizo cine y se animó a producir televisión, asociándose junto a otros colegas con Canal 4 para hacer una telenovela, A cara o cruz, toda una aventura que duró dos años y le enseñó "todo lo que no hay que hacer en televisión".

La actividad no se detiene: antes de la entrevista tuvo un casting para una película brasileña. Y en agosto estará en otra obra teatral, La pecera.

¿Cine o teatro? "Me gusta el teatro, es más tuyo. En el cine el director hace contigo lo que quiere, te edita, te corta...", responde.

A medida que se acerca la fecha de Juicio a una zorra, Groisman comienza a sentir los nervios del estreno. "Me pongo imbancable, de terror —cuenta—. Y cada vez es peor. De chica era más irresponsable. Y eso que nunca me pasó nada en el escenario. Toco madera por las dudas. Los actores tenemos un sueño recurrente poco antes del estreno en el que no sabemos la letra. Pero luego me dicen mierda para la suerte, salgo al escenario y empiezo a disfrutar".

SUS COSAS.

Una obra.

En un reciente viaje a Nueva York asistió a una función de El largo viaje del día hacia la noche, de Eugene ONeill, con Jessica Lange y Gabriel Byrne en el teatro American Airlines de Broadway. Es la versión completa, con tres horas 45 minutos de duración. "Me impactó. Lange sigue siendo divina", comenta.

Un lugar.

Para las vacaciones, Susana Groisman elige sin dudar: Buzios, la antigua aldea de pescadores no lejos de Rio de Janeiro. "Podría ir todos los años", asegura. Y en particular, prefiere la playa de Ossos, donde está la Pousada Corsario, bien junto al mar. Descubrió ese lugar en 2006 y desde entonces volvió otras cinco veces.

Un músico.

En realidad, son muchos intérpretes, porque le encanta la música. Empieza citando al brasileño Caetano Veloso y al canadiense Leonard Cohen, pero enseguida agrega al belga Jacques Brel. "Me hubiera gustado mucho saber cantar. En alguna obra me tocó hacerlo pero mi voz se perdía entre la de los otros", afirma.

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