VIAJES

Marruecos, una fiesta de colores y sabores

Recorrido por un país que ofrece belleza, tradición y excelente gastronomía. Desde los rincones típicos de Marrakechy sus tiendas, hasta un paseo por Esauria y sus zonas aledañas.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Rico en especias, Marruecos es un país con una atractiva gastronomía.

Entramos a Marrakech de noche por calles polvorientas en plena reparación. El panorama no parecía muy alentador hasta que llegamos al "Riad Turquoise" donde, después de cruzar la pequeña puerta de madera, se nos abrió un escenario inesperado pleno de luz y color. Así comenzamos a conocer y a disfrutar de esta ciudad.

Los riad son viviendas tradicionales marroquíes que tienen jardines internos, con cítricos y fuentes de agua fresca, alrededor de los que se encuentran las habitaciones. Muchas de estas casas operan como pequeños hoteles dentro de la Medina.

El nuestro, haciendo honor a su nombre, estaba decorado en turquesa y, cada rincón parecía una invitación al relax. Ni lerdos ni perezosos aceptamos el convite y, entre mullidos almohadones, té de menta y deliciosas masitas especiadas, hicimos del aburrido trámite del check in una charla de amigos.

En el primer paseo por Marrakech, el jaleo y el sonido de los tambores nos guiaron sin tropiezos hasta el lugar más concurrido y emblemático de la ciudad: la Plaza Yamaa el Fna, que aunque haya perdido a los narradores de cuentos que tantos años la frecuentaron, sigue dando testimonio de su historia y costumbres y ha sido declarada Patrimonio Oral de la Humanidad.

Fue una feliz introducción y una referencia oportuna para un programa muy divertido: recorrer el laberíntico Zoco, donde el colorido, los perfumes y la variada oferta de artesanías nos hacían sentir en el país de las maravillas.

Precisamente allí se nos prendió como un abrojo un joven llamado Abdul, con el firme propósito de llevarnos sin pausa hasta un publicitado local de alfombras. No le resultó fácil porque mi amiga Rosie y yo nos entreteníamos regateando en las tiendas, hasta que Abdul, en un intento por acelerar la marcha, se hizo cargo de las negociaciones y, dejándonos fuera de juego, alcanzó el precio final en un abrir y cerrar de ojos. Fue la estrategia acertada para terminar en la tienda de alfombras, un lugar fascinante al que nunca entró un rayo de sol, pero que lucía colmado de colores en un despliegue de productos que parecía no tener fin.

Luego, las terrazas de los cafés de los alrededores de la plaza fueron un refugio ideal para tomar un refresco y hacer una pausa en el incesante deambular por las callecitas del mercado. Para regresar, optamos por un coche a caballos.

Tuvimos la suerte de dar con un cochero amable y orgulloso de pertenecer a esta ciudad y dimos un largo paseo. Apoltronados en su carruaje, atravesamos las monumentales puertas de la muralla bajo la atenta vigilancia de las cigüeñas que anidan en lo alto de los muros; rodeamos los jardines de Majorelle, un estallido de verdes que contrasta con la aridez de los paisajes cercanos; curioseamos la construcción del Museo de Ives Saint Lauren, el genial diseñador que reflejó en sus creaciones el colorido de la ciudad; bordeamos el Palacio Real en toda su extensión, y completamos el recorrido por calles menos glamorosas, colmadas de almacenes, cerrajerías y viviendas deslucidas, que esconden como un tesoro sus patios tapizados de mosaicos decorados.

Nuestro paseo terminó a pocos pasos del Riad Turquoise, donde compartimos un reconfortante té de menta y una entretenida charla con el gerente, un francés con un apego contagioso por Marrakech y un interés en común por la buena cocina.

Gastronomía.

Por ser Marruecos un país generoso en especias, nos entusiasmaba explorar su gastronomía. Comimos en pequeños y concurridos cafés y en restaurantes sofisticados, y probamos las versiones más variadas de nuestros platos favoritos: el tagine, cocción en un hornito de barro cuya tapa remata en chimenea, y las pastillas, pasteles salados de deliciosa masa filo.

Muy cerca de nuestro riad se encontraba el antiguo restaurante Dar Salam, un lugar tradicional, ornamentado con azulejería morisca e importantes luminarias, y amenizado con música y danzas tradicionales. Para nuestra sorpresa nos ubicaron en la mesa elegida por Alfred Hitchcock para filmar una secuencia de El hombre que sabía demasiado, con Doris Day y James Stewart. La carta mantenía la oferta de especialidades marroquíes que hicieran las delicias de aquellos estelares comensales y, después de tantos años, las nuestras también.

Otra incursión gastronómica digna de recordar fue la del Restaurante Al Fassia Aguedal. Si bien tiene un elegante comedor con mesas primorosamente vestidas, la ilusión de gozar de una fiesta de sabores rodeados de un jardín típicamente marroquí resultó la opción ideal para una comida inolvidable.

Belleza.

Nuestra habitual curiosidad nos animó a alejarnos de Marrakech para conocer Esauira, una atractiva ciudad portuaria sobre la costa atlántica, blanca y apacible. Allí exploramos la pequeña medina, dentro de cuyos muros los artesanos ofrecen mercancías con una amabilidad sorprendente, y trepamos escaleras empinadas para refugiarnos en las terrazas de viejos cafés en busca de algún soplo de brisa marina.

En una segunda escapada, esta vez con espíritu de aventura, partimos con Housine, un experimentado chofer y en ocasiones un buen guía, en dirección al Gran Atlas. La ruta que en sus inicios se asemejaba a un apacible paseo entre montañas bajas, campos de olivo y valles sembrados de trigo, fue trepando hasta enfrentarnos con precipicios de vértigo y curvas que parecían no tener fin. Cuando el mareo me daba respiro podía apreciar las atractivas villas bereberes, cuyas casas de barro parecían trepar por la ladera de las montañas.

Recuerdo el impacto que me produjo la belleza de esos pequeños poblados de paredes y techos de tierra colorada que resplandecían bajo el sol. Yo estaba encantada con la idea de alojarnos en una de esas viviendas hasta que, al llegar a Les Gorges, comprobé apenada que el romántico hostal que había imaginado del otro lado del camino, era un austero hospedaje con el único atractivo de una magnífica vista a los escabrosos muros de la garganta.

A la hora de la cena, el dueño del albergue nos ofreció un enorme tazón de sopa y un tagine de verduras de su propia huerta, que compartimos con un grupo de escaladores canadienses.

El recorrido por la Ruta de las Mil Kasbas fue un interesante repaso por un pasado no tan lejano del que dan testimonio numerosas fortificaciones de tierra cruda, antiguas sedes administrativas y militares.

Visitamos la Kasba de Taourirt, que luce las características almenas triangulares de las murallas bereber. En su interior se conservan muy pocos decorados, aunque los techos Tataui, construidos con ramas de laurel de jardín, lucen atractivos a pesar del abandono del lugar.

Estuvimos en varias Kasbas pero, en mi opinión, ninguna puede compararse con Ait Ben Haddou, un bellísimo pueblo fortificado con edificios de arcilla y piedra, donde trepamos hasta la torre más alta para disfrutar de la mejor vista del valle del Todgha. Es una de las Kasbas en las que mejor se conservan los decorados originales y ha sido declarada por Unesco Patrimonio de la Humanidad.

También visitamos el Valle de las Rosas, un extenso jardín de rosales colmados de flores con las que se elaboran adornos, perfumes y una variedad insospechada de cosméticos que abarrotan las estanterías de los comercios. Allí todo luce color de rosa y hasta los taxis adoptaron el color distintivo de esa encantadora ciudad, en la que Pink Panter se sentiría como en su casa.

El camino de regreso proporcionó nuevas sorpresas: presenciamos la mudanza de familias nómades en busca de un lugar propicio para el pastoreo de sus animales, una labor en la que todos, hasta los más pequeños, tenían asignada alguna tarea.

También vimos el lavado de alfombras en el río, una antigua costumbre a cargo de las mujeres. Mientras las mayores y más robustas azotan con fuerza las alfombras que van sacando del agua, las más jóvenes trepan con agilidad para tenderlas en las barandas de los puentes. En el tramo final de nuestro viaje volvimos a transitar las cumbres del Atlas y sus temerarios precipicios, aunque esta vez con menos miedo y muchas ganas de llegar para disfrutar de la última noche en Marrakech. *www.cronicucas.blogspot.com

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