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Cuando el mar es aún más celeste que el cielo

Aunque a priori todas las islas del Caribe parecen iguales, cada una tiene su perfil y sus fortalezas. Desde nadar con mantarrayas en Antigua hasta visitar un volcán entre montañas en Santa Lucía.

"Nadar" con mantarrayas, una de las actividades para hacer en Antigua.
"Nadar" con mantarrayas, una de las actividades para hacer en Antigua.
Al bajar del crucero, siempre hay alrededor de 30 propuestas de actividades para hacer.
Al bajar del crucero, siempre hay alrededor de 30 propuestas de actividades para hacer.
Playa Moho, la foto clásica en St. Maarten.
Playa Moho, la foto clásica en St. Maarten.
Las montañas Pitons se ven desde casi cualquier punto de Santa Lucía.
Las montañas Pitons se ven desde casi cualquier punto de Santa Lucía.
Santo Domingo, refugio histórico de República Dominicana y punto de partida para los cruceristas.
Santo Domingo, refugio histórico de República Dominicana y punto de partida para los cruceristas.

A bordo del Zenith, uno de los buques de la empresa española de cruceros Pullmantur, los días de la semana se desdibujan. Allí no hay lunes, martes, miércoles... Allí hay St. Maarten, Antigua, Santa Lucía y una tentadora lista de islas caribeñas que, a veces, cambian de orden según la estación del año o la demanda del público. Sin embargo, el denominador común siempre se mantiene: altas temperaturas, aguas turquesas y buena onda a toda hora.

Es martes y la emoción domina a los pasajeros que ese día podrán descender en St. John, capital y puerto de Antigua, esa isla que está en el punto exacto donde las aguas del Atlántico se funden con las del Caribe oriental. Es que la agenda marca un encuentro matutino con mantarrayas. Sí, ni delfines ni tortugas, mantarrayas. Antes de llegar a la especie de reserva donde tendrá lugar la aventura, el trayecto permite conocer parte de esta isla que forma parte del país Antigua y Barbuda, con unos 70 mil habitantes y un área total de 282 kilómetros cuadrados. El rasgo más llamativo: que se conduce por la izquierda, como en Inglaterra. Sin embargo, sus curiosidades no terminan allí: Antigua tiene 365 playas —¡una para cada día del año!—, pero ningún río, por lo cual carece de agua dulce, que solo le llega cuando, muy esporádicamente, llueve.

En un predio cuyo suelo es una mezcla de tierra y arena, un isleño con largas rastas agrupa a los turistas y les da, en un rústico inglés, una charla informativa. Recomienda ponerse protector solar, advierte que habrá que meterse en el mar sin zapatos y con cuidado, las mantarrayas son muy sensibles. Tras 20 minutos de recorrido en lancha, se llega a un muelle que está, literalmente, en el medio del turquesa y traslúcido mar.

"Nadar" con mantarrayas cuesta 50 dólares y si bien la mayoría de los turistas lo disfruta, no es para cualquiera dejarse rodear por estos enormes y gelatinosos peces. Hay suspiros, risas y algún que otro grito. También hay fotos arriba y abajo del agua. Y alguno que mira la escena desde el barco sin siquiera mojarse los pies.

Como la mayoría de las islas del Caribe, Antigua vive del turismo. En su caso, la temporada fuerte va de noviembre a abril, cuando en St. Johns pueden llegar a amanecer hasta 20 cruceros por día. En abril, además, allí se realiza la Antigua Sailing Week, la segunda regata de yates más importante del mundo. En cifras, 85% de sus ingresos provienen del turismo y 70% de lo que consumen llega desde afuera de la isla. En ese sentido, el hecho de no tener agua dulce es un problema cotidiano. "Aquí el agua es más costosa que el ron", dice una lugareña que, al igual que 75% de los "nativos morenos", es descendiente de africanos. "El agua aquí es oro", vuelve a decir. Y cuenta que ni siquiera el líquido con el que se lava la ropa, se tira. Se guarda en recipientes y se reutiliza para regar las plantas, lavar los autos e incluso tirar en el inodoro.

Peces y ron.

El paseo de las mantarrayas es uno de los más populares entre los pasajeros del Zenith, pero no es el único. Para cada destino, el departamento de excursiones prepara un plan de alrededor de 30 actividades, de entre 30 y 200 dólares, bajo las consignas de "conoce", "descubre" y "siente". En el primer caso quizás solo se trate de un simple servicio de traslado, mientras que en el último son propuestas más específicas y para grupos reducidos, como subir un volcán o volar en helicóptero. Sin embargo, en cruceros como el Zenith, donde el público es mayoritariamente latino, solo 40% de los pasajeros (muchos de ellos europeos) compran las excursiones a bordo.

Al llegar a Santa Lucía, una de las islas con menos marketing del Caribe, el color predominante es el verde y la sensación la de estar en una selva tropical. Allí el plato fuerte no son las playas, que tienen arena negra por tratarse de una isla de origen volcánico. Su gran atractivo es la naturaleza en estado más puro. No en vano la presentan como una isla "exuberante" y muchas de sus actividades giran en torno al turismo aventura. Si la meta es tirarse a tomar sol y bañarse en aguas traslúcidas, la escala en Santa Lucía puede resultar frustrante.

A lo largo y ancho de sus 620 kilómetros cuadrados hay dos protagonistas omnipresentes: son sus montañas ícono, las Pitons, que en sus entrañas esconden un volcán siempre latente. A diferencia de Antigua, esta es una isla húmeda y la lluvia casi una constante. "Todo crece salvaje aquí", dice una guía local señalando una de las tantas plantaciones de bananas —el "oro verde", como ellos lo llaman— que bordean las rutas principales. "Esto es lo que llaman comida rápida aquí, por eso no hay McDonalds ni Burger King en la isla". Aunque la banana es su principal producto de exportación (hasta ketchup hacen con ella), la fruta más popular de la isla es el mango, del que tienen más de 60 especies. En otra época también se plantó caña de azúcar, pero hoy la melaza de importa de Guyana para hacer el ron local: Bounty Ron. En la isla hay pobreza pero no hay hambre. Y también hay lugar para el lujo. En Marigold Bay, una pequeña bahía a la que solo se accede en yate, hay tres hoteles de varias estrellas con la ocupación a full buena parte del año. No es casualidad que esa zona haya sido el escenario de películas como Dr.Doolitle y Superman 2, entre otras.

Para la foto.

En la ruta de los cruceros, St. Maarten es un clásico. Si bien quizás no tenga las playas más hermosas (este podio se lo lleva Barbados), es una postal caribeña indiscutida y conjuga en su pequeño territorio varios atractivos. El más famoso —además de la singularidad de ser dos naciones en una, República francesa al Norte y Reino de los Países Bajos al Sur— es que tiene una playa en la que no solo se toma sol sino que se ven los aviones aterrizar. Sí, ir a St. Maarten y volver sin la foto de la panza de las aeronaves a menos de 25 metros de la arena es un debe imperdonable. Por eso, el tour básico siempre incluye una parada allí. Seguramente no haya lugar para tirarse a descansar (se parece a Porto 5 un 6 de enero), pero se puede tomar la foto y algún trago por algunos (no pocos) dólares.

La simpatía de sus habitantes le valió el mote de isla "amistosa", rasgo que se confirma ni bien uno baja del crucero. Llegar a St. Maarten (o Sint Maarten en neerlandés) se parece a llegar a Disney, con construcciones prefabricadas en tonos pastel, baladas pegadizas de fondo e isleños que amablemente ofrecen paseos, tragos y compras con descuentos. Pese a que tiene solo 93 kilómetros cuadrados (una hora de auto basta para recorrer su perímetro) y 73 mil habitantes, en St. Maarten hay más vehículos que gente y a la hora del almuerzo el tránsito puede resultar abrumador.

Más allá de Playa Maho (la franja de arena pegada al aeropuerto), la isla tiene otras bellas 37 playas, incluso alguna nudista. En 1995 el huracán Louise la destruyó por completo; los vientos duraron 24 horas y las casas estuvieron sin luz eléctrica por tres meses. Hoy la situación es próspera y sus ingresos provienen, igual que los de sus vecinos, principalmente del turismo. Tecnología mediante, no hay crimen ni policías en las calles. Todo se controla por cámaras de circuito cerrado. Quizás por ello St. Maarten sea el lugar de descanso elegido por anónimos y famosos, entre los que se cuentan con casa propia Ophra Winfrey, Silvester Stallone, Vin Diesel (que tiene propiedades en casi todas las Antillas) y el mismísimo presidente de Estados Unidos Donald Trump, quien llega allí en su propio yate.

Según la época del año y de datos tan utilitarios como el dragado del puerto, la ruta de los cruceros Pullmantur también puede incluir escala en Dominica, St. Kitts & Navis, Grenada, St. Vincent o Barbados. En todos los casos, el punto de partida es Santo Domingo (desde 700 dólares), capital de República Dominicana y declarada Patrimonio de la Humanidad por Unesco en 1990. Desde allí y sin salir de la isla se puede viajar a La Romana, trampolín para llegar a Bayahibe, isla Saona, y la paradisíaca Blue Lagoon, donde se filmó la propia Laguna Azul. Con menos prensa por estos lares que Punta Cana, allí hay que hacer la prueba de fuego y tomar una fotografía. Solo para comprobar que a veces, solo a veces, el azul del mar supera al del cielo. *Invitada por Pullmantur.

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