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Manhattan tras los pasos de Woody Allen

Nueva York ha sido escenario de cientos de películas, pero ningún cineasta ha mantenido una historia de amor tan fiel con ella como este director. Este es un circuito para seguirlo por sus calles.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Cada lunes a las 20 y 45 toca en vivo en The Carlyl.

Sobre los rascacielos del skyline filmado en blanco y negro, la voz en off de Isaac —el álter ego de Woody Allen en la película Manhattan (1979)— arranca con un discurso errático: no sabe si alabar o maldecir esta ciudad. La secuencia sigue con luces de neón titilantes que anuncian espectáculos de Broadway, butacas vacías, el Central Park cubierto de hielo, mujeres de piernas largas y esbeltas que caminan a paso acelerado por el SoHo, el glamur de las vitrinas de la Quinta Avenida... En esa apertura de Manhattan, con la emotiva orquesta de Gershwin y filmada por el magistral lente monocromo de Gordon Willis (el mismo director de fotografía de El Padrino), el Nueva York de Woody Allen se presenta como una verdadera rapsodia. Nunca está sucio o deteriorado, sino que centellea y se encumbra, se mueve a un paso frenético y es el éxtasis del vivir cosmopolita.

"No soy capaz —bajo ningún nivel de conciencia— de discutir con alguien sobre Nueva York. Es como hablar de Calcuta. Y es que estoy enamorado de esta ciudad en un sentido emotivo, irracional; tal como amarías a tu madre o a tu padre, aunque fueran unos borrachos o unos ladrones. He amado esta ciudad toda mi vida. Para mí, es como una gran mujer", dijo el comediante y director de 47 películas en una entrevista para el documental Woody Allen: A Documentary (disponible en Netflix en dos episodios).

Y aunque hoy en día Woody Allen pregona contra la suciedad, las bicicletas y la degeneración de sus calles, todavía es posible dar con el espíritu de aquellas escenas que lo consagraron como el mejor retratista de la Gran Manzana. Algunas locaciones de sus películas han desaparecido; otras en cambio se mantienen eternas, adquiriendo un tono legendario entre los fanáticos que peregrinan a experimentar el acontecer tragicómico, neurótico y existencialista de sus historias, personajes y de él mismo

A ritmo de jazz .

Woody Allen, cuyo verdadero nombre es Allen Stewart Konigsberg vive desde 2006 en la calle 70, entre las avenidas Park y Lexington. Ha dicho que no maneja y que detesta las bicicletas, el rock y cualquier aparato tecnológico que no sea su máquina de escribir: una Olympia que compró a los 16 años y con la que ha escrito todos sus guiones.

Mientras uno camina frente a los dúplex del Upper East Side, es inevitable que surja la fantasía de que todas las parejas que allí viven mantienen el tipo de relación puertas afuera, "a lo Woody Allen", como en aquella película que protagoniza con Mia Farrow, donde ambos residen en departamentos separados y se encuentran en el balcón para ver el Central Park desde lo alto, mientras conversan sobre el sentido de la vida, la religión y la muerte, después de haber comprado alguna delicia en Dean & DeLuca.

En esa zona, en la calle 66 —entre las avenidas 3a y 2a, el paseo peatonal donde se filmó el largo plano secuencia de Annie Hall se mantiene intacto. Allí, Alvy Singer (Woody Allen) y Rob (Tony Roberts) discuten sobre antisemitismo y la apariencia californiana. Aquí uno puede ver el gran edificio blanco y modernista que también luce de fondo en esa toma, el Manhattan House, que es punto de referencia de la ciudad donde vivió uno de los grandes del jazz e idolatrado por el director: Benny Goodman. En la esquina de aquel pasaje con la 2a se mantiene el Teatro Beekman, que suele frecuentar Allen y que también aparece entre las líneas de Annie Hall.

En todo caso, para tener más opciones de un encuentro fortuito callejero con el director, habría que estar atento al recorrido que hace entre su departamento y The Carlyle cada lunes por la tarde. Todavía Woody Allen camina con su clarinete bajo el brazo las seis cuadras hacia este hotel (35 East 76th St y Madison), donde cada lunes se presenta a las 8:45 de la noche junto a la Eddy Davis New Orleans Jazz Band. Para ser testigos de ese íntimo espectáculo es necesario reservar por teléfono (+1 212 744 1600) e invertir 165 dólares por la entrada general más un consumo mínimo de 75 dólares.

El club de jazz, famoso especialmente porque Allen privilegió venir a tocar su clarinete en vez de asistir a la ceremonia de los Oscar donde Annie Hall era galardonada con cuatro premios, ha sido locación de varias obras del cineasta, entre ellas Hannah y sus hermanas.

Lo de este estilo musical, es sabido, es parte esencial de su filmografía. Allen creó la banda sonora de varias de sus películas con sus ídolos del jazz neoyorquino: el saxofonista Sidney Bechet, Joe "King" Oliver y Duke Ellington, entre otros. Por ello, un camino alternativo para impregnarse de esa atmósfera —sin las exigencias y precios del Carlyle— es concurrir a alguna de las funciones que abundan en los clubes del Greenwich Village y que, por cierto, se mantienen como las locaciones predilectas del cineasta.

En 32 Jones Street está Caffe Vivaldi (CaffeVivaldi.com), que recientemente fue noticia porque será por tercera vez locación en una nueva película que Woody Allen está preparando. Su terraza ya apareció en Balas sobre Broadway (1994) y sirvió al actor Larry David para presentar su monólogo de apertura en Si la cosa funciona (2009). Otra alternativa es bajar al subterráneo del Club Mezzrow (Mezzrow.com) o a Smalls (SmallsLive.com): ambos clubes tienen una cartelera diaria con grandes figuras del jazz contemporáneo. Después puede terminar la noche en la legendaria pizzería Johns (278 Bleecker Street), emblema culinario del Greenwich Village. Aquí, la joven Tracy (personificada por Mariel Hemingway) le cuenta a Isaac (Woody Allen) que ha sido aceptada para estudiar teatro en Londres. La anécdota cinéfila es una gran excusa para probar sus pizzas de masa delgada y a la piedra, rodeado por sus muros plagados de rayados, recortes de diarios, fotos y autógrafos de famosos. Entre ellos, claro, la firma de Woody Allen.

La vida en pantalla.

"Vi por primera vez la ciudad en 1941, con mi padre, y me enamoré de ella desde el segundo en que salí del metro en Times Square. Cada seis metros había una marquesina luminosa con un cine; en Broadway había veinte a mi derecha y veinte a mi izquierda; luego, en la calle 42, veinte de un lado y veinte del otro. Exhibían películas de riguroso estreno. Simplemente no podías creerlo", recordaba Woody Allen en una entrevista con BBC.

El culto a las grandes pantallas, la intelectualidad y el glamur del espectáculo son una obsesión en la vida y personajes del director. Y el Midtown tiene un cuadrante exquisito para captar esa energía. Cerca de la zona donde desarrolla su vida real en el Upper East Side está la librería Argosy (116 E 59th St), que es locación de la película The Front (1976): una joyita con libros viejos, impresiones y literatura fuera de lo común.

Más hacia el límite sur de Central Park, en el Paris Theatre (4 West 58th St) se puede reconocer el telón de fondo de Annie Hall, en una escena en que el personaje de Allen discute con un pretencioso profesor de la Universidad de Columbia. Sus butacas de los años cuarenta, donde uno puede ver películas del circuito independiente, son una excelente manera de prepararse para la escala siguiente: a una cuadra está el emblemático The Russian Tea Room (150 W 57th St), en el que, con música de Stravinsky, mullidos sillones carmesí y pájaros de fuego dorados que decoran las esquinas, puede tomar el té en un escenario que es realmente de película. Este salón, que es un predilecto del comediante y de los asistentes al Carnegie Hall, es famoso también por su aparición en Manhattan, cuando Isaac (Woody Allen) lleva a su hijo a tomar un té espectacular un día domingo.

También hay maneras menos rimbombantes de seguir la huella del director. A solo una cuadra está Carnegie Deli (854 7th Ave), donde por 30 dólares puede ordenar el sándwich Woody Allen: láminas y láminas de pastrami y carne curada en el mismo local, y que alcanza fácilmente para dos personas. Este local, que existe desde 1928, cierra sus puertas a fines de diciembre. El mismo Woody Allen estuvo aquí hace poco y cuando los dueños del lugar le contaron que el sándwich con su nombre se había vuelto un best-seller después del estreno de Broadway Danny Rose de 1984, el comediante respondió: "Ojalá mis películas fueran también best-sellers". 

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