día de la madre

Ser mamá, el desafío que maravilla

Cinco uruguayas que escriben sobre maternidad comparten en su día historias de amores, dudas, miedos y crecimiento.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
dia de la madre

Honrar a las madres es una tradición que nace en la antigua Grecia, cuando festejaban a Rhea, madre de Júpiter, Neptuno y Plutón. Mucho más cerca de nuestros días, en la Inglaterra del siglo XVII se acostumbraba a darle un día libre al año a los esclavos para que fueran a visitar a quien le había dado la vida. La historia sigue en Estados Unidos: en 1872 la escritora Julia Ward Howe quiso agasajar a las madres que perdieron a sus hijos en guerras y finalmente en 1907 Ana Jarvis, una ama de casa, consiguió con éxito instaurar el segundo domingo de mayo como el Día de la Madre, tradición que se extendió por Europa, América y también llegó a Uruguay.

Hoy Domingo quiere también rendir su propio homenaje a las madres. A todas. A las que son, a las que quieren ser y a las que luchan por serlo. Para ello convocó a cinco uruguayas que tienen algo en común: viven la maternidad de un modo particular. Investigan, reflexionan, comparten sus experiencias en distintos formatos. Blogs, libros y columnas son catalizadores de anécdotas, datos, opiniones, ironías, preguntas, respuestas, muchas dudas y seguro una certeza: son protagonistas de un amor incondicional que las hizo crecer.

Así Carolina Anastasiadis, comunicadora y creadora del libro Mamás reales, compara la maternidad con un viaje en el que todo sorprende, emociona, desconcierta o altera y Adela Dubra, periodista y autora de Basta de tanto, nos hace pensar sobre cómo criamos a nuestros hijos y qué nos podrían echar en cara. También se suman Mariana Olivera —actriz, periodista y escritora (publicó Madre Coco)— con un texto donde aparece el encuentro con un potencial de resiliencia, entrega y construcción; Ana Laura Pérez, periodista y bloguera, con un relato intimista sobre lo que implica ser madre; y Magdalena Piñeyrúa, empresaria y autora de Catarsis de una madre común y corriente, quien se centra en las dudas pero también en la convicción de que ser madre es arrancarse lo mejor de sí y dárselo a sus hijos.

Caro Anastasiadis con Alfonsina y Francisca. Foto: Marcelo Bonjour
Caro Anastasiadis con Alfonsina y Francisca. Foto: Marcelo Bonjour

Carolina Anastasiadis - Un gran viaje.

Hace muchos años, tuve la suerte de viajar a Grecia (gracias a mis antepasados). Tenía 14 años y el viaje más largo que había hecho hasta el momento había sido a Argentina. Recuerdo unas escalas de varias horas y un sentimiento recurrente durante esas casi 24 horas de viaje: no está taaaan bueno esto de viajar. Estaba molesta, aburrida de estar sentada en los aeropuertos, con el pelo pegado por el aire viciado típico de los aviones,…y llegué a Atenas en invierno, pasadas las 22 horas. La primera noche, nos desencontramos con el grupo y morimos de hambre; la ciudad dormía, no era hora de cena. Seguí pensando: no está taaan bueno esto de viajar. Así empezó una de las experiencias más espectaculares de mi vida, pero lo descubrí tiempo después.

Y aunque nada de esto pareciera tener relación con la maternidad, cada vez estoy más segura que sí: la maternidad es un VIAJE. Te embarcás probablemente habiendo leído algo (o nada) sobre el asunto, escuchás todo lo que te dicen sobre el destino "mamá", pero llegás y todo te sorprende, te emociona, te desconcierta o te altera. Le ponés tu cuerpo y emoción a cada una de las cuestiones de las que antes escuchabas hablar y no sabés para dónde agarrar. Apenas llegás te das de frente con un montón de cosas incómodas que a veces te impiden ver lo importante; sos humana, y por más que te digan "ser madre es lo más lindo del mundo", al llegar a tu casa del hospital, te duelen las lolas, la episiotomía, pasás las primeras tres noches sin dormir, y pensás: esto de ser mamá, no está taaaan bueno como dicen.

Pero el tiempo pasa, mirás para atrás y te das cuenta de la MARAVILLA. Ya no sos la misma. Sorteaste con éxito las pruebas menos pensadas —como vivir y trabajar, aun habiendo pasado cuatro noches sin dormir—, entendiste lo que es el amor en esa primera mirada recíproca con tu hijo, aprendiste a jerarquizar todas las cuestiones de tu vida porque las boludeces que antes te atormentaban, ahora son solo eso, y ya no te atormentan. Llegás al destino mamá y, a pesar que el cambio de vida es tal que a veces no sabés dónde estás parada, apenas asomás la cabeza al mundo (cuando lográs dormir unas cuantas noches seguidas), todo se ve más claro. Los por qué y los para qué de tu vida son más fáciles de ver. Tu hijo te regresó a casa —literal y metafóricamente—, te regresó a vos, te hizo replantearte, reconocerte y, lo que es mejor, te enseñó (primero obligadamente) a vivir en presente y que jugar no es solo cosa de chiquilines. De a poco te das cuenta que la maternidad es un viaje que te abofetea todos los sentidos, que te lleva bien para adentro tuyo pero cuando salís, todo se ve mejor. Con un poco más de lucidez y descanso, aprendés a disfrutar del trayecto y sentís ganas de agradecer el milagro.

Ana Laura y Genaro. Foto: Marcelo Bonjour
Ana Laura y Genaro. Foto: Marcelo Bonjour

Ana Laura Pérez - Solo un minuto.

Imaginate esto. Yo sé que parece un delirio pero seguime por un minuto. Vivís con alguien que no aporta ni se ocupa de nada. Que no solo no ordena, ni limpia, ni ayuda a pagar las cuentas sino que cada vez que puede rompe algo —cuanto más caro o más raro mejor— o ensucia todo lo que encuentra a su paso.

Pensá además que cuando se mudó a tu casa, y por el siguiente año que vivió contigo, se despertó varias veces por noche llorando a los gritos o hablando y riendo. Imaginate que muchas de esas veces te pidió que dejaras de dormir y te ocuparas de darle de comer. Acordate que tampoco dejó de hacer esto en las noches en que te habías acostado tarde o estabas enferma.

Pero no contento con eso, ahora que ya pasaron años desde que se mudó a tu casa, usa las madrugadas para subirse a tu cama y meterte un pie de 12 centímetros en la boca mientras estás durmiendo.

Tratá de imaginarte que además te somete a torturas físicas y psicológicas como obligarte a comer su alimento ya masticado, tirarte del pelo sin descanso o arrojar repetidamente objetos mientras te observa juntarlos del suelo.

Creeme ahora cuando te digo que no solo pretende que le pagues sus estudios y la ropa que usa apenas unos meses sino que además financies sus idas al cine y ¡sus vacaciones! Quiere que sepas los nombres de todos los dinosaurios que pisaron la Tierra, que le enseñes a dibujarlos y que cantes sobre cada uno de ellos.

Exige que organices sus cumpleaños y conozcas a sus amigos, que lo consueles cuando está triste o cuando tiene pesadillas, que lo abraces fuerte sin motivo aparente y que lo escuches cuando te cuente que inventó cómo hacer agua enjabonada. Que lo acompañes al médico, que lo hagas sentir mejor cuando se enferma y que le cuentes un cuento cuando no puede encontrar el sueño.

Como me pasó a mí hace cuatro años, un día él se mudará a tu casa y exigirá que dejes todo lo que estabas haciendo. Pretenderá que a partir de ese día, sea él quien decida la mayoría de las cosas importantes en tu vida y que, además, estés contenta de que lo estás haciendo.

Imaginate. Por un minuto. Imaginate.

Y creeme si te digo que no hay nada mejor que cada uno de esos días y esas noches que te estoy diciendo.

Mariana Olivera y Vicente. Foto: Darwin Borrelli.
Mariana Olivera y Vicente. Foto: Darwin Borrelli.

Mariana Olivera - No serás idéntica pero serás.

Mi monólogo interior es invisible por fuera, pero desde adentro: MOLLY BLOOM FUE TRAGADA POR UNA SUSANITA FRESCA Y TATUADA... Este soliloquio, que no tiene interés alguno en frenar la narración de mi maternidad mientras la vivo, compara a menudo (cada 40 minutos con 20 de descanso, ponele) la praxis de THE REAL JOB ante los mandatos que mi clan o el de la vecina (o vecino) pretendieron, pretenden, que yo reproduzca calladita la boca…

NO PARO DE CUESTIONARME EL MUNDO mientras continúo cambiando pañales, mientras el sodio ya se integró a la dieta. Mi hijo se acerca a los tres años y yo sigo dale que te dale con el contraste fresco de lo que se espera de una madre y lo que una madre, al menos esssta, es. Porque resulta que el brillo de ese contraste es demasiado fuerte (para mi gusto amante del crudo y picante), como para no ser des-saturado a los gritos, así, escribiendo, porque claro: escribir es gritar pour le éternité.

"Olvidate de vos", "Ahora tenés una vida dependiendo de la tuya, ¿tenés idea la responsabilidad que significa?", "No vas a tener tiempo para nada: mucho menos para vivir la nada misma", "Vos no estás preparada para tener un hijo" como me dijo mi abuela, "Aprovechá a hacer TODO antes de tener hijo porque después: Zaz! Olvidate de reconocerte en el espejo". Yo tenía un miedo enorme a la muerte de mi identidad, esa cosa que pensé que tenía clara antes del nacimiento de mi hijo y que resulta que NI A PALOS.

Pensaba que el emergente descubrimiento del amor por la activación de mi creatividad se desintegraría como lo hacen los pedacitos de zapallo hervido cuando los piso con el tenedor. Pedacitos de mi arte creativo que él, mi pibito, se comería vorazmente para luego eyectar en forma de caca negra pero sana en su pañal. Caca, vómito, baba, caca otra vez, mucha caca.

Una infinidad de discursos maternales disponibles en la esfera de lo público, en la publicidad por ejemplo en un 90%, definen la maternidad como la experiencia mediante la cual una mami desbordada de amor, eternamente postergada, limpia el culito de su bebé sin perder jamás su sonrisa de perlas auténticas. Pero acá la experiencia me viene enseñando que posiblemente no tengas tiempo de lavarte los dientes tal como lo indica tal la OMS, vas a desbordarte de amor (¡Claro que sí!) como nunca creíste posible, pero también lo harán dentro y fuera de vos, las otras emociones disponibles en el espectro humano, como: miedo, angustia, dolor, impotencia, culpa, rabia, agotamiento… Y todo ese combo de vulnerabilidades, lejos de anular tu identidad para consagrarte únicamente como "madre", te obligará a renacer, si es que estás dispuesta a poner los tremendos ovarios que hay que poner para ver la otra cara de la luna.

La recompensa por dejarse habitar la maternidad con plenitud, eso de "encontrarse con la propia sombra" como predica Laura Gutman, es inmensa. Es justamente el encuentro con un potencial asombroso (milagroso, podríamos decir) de resiliencia, entrega y construcción. Esa fuerza que nace desde tu centro pero que parece salir desde el corazón del mundo, es esa certeza inexplicable que te obliga a superarte cada día, a trabajar por tu felicidad, a sabiendas de que sólo así tu hijo podrá disfrutarte y es en esa comunión que apreciará lo bueno del mundo: sólo si mami ES.

Magdalena Piñeyrúa con Manuel y Guillermo. Foto: Darwin Borrelli
Magdalena Piñeyrúa con Manuel y Guillermo. Foto: Darwin Borrelli

Magdalena Piñeyrúa - La duda fiel.

Sí, es cierto, el temple de madre apareció casi mágicamente el primer día, justo cuando tenía que aparecer, para rescatarte y rescatarme.

Pero aún así, debo confesarte que durante todo este camino suelen acompañarme más las dudas que las certezas.

La duda siempre está ahí, todo el tiempo, fiel e incansable, con su seguimiento cuerpo a cuerpo, como si viniese de yapa con el paquete de la maternidad.

Dudé sobre si venías en camino o eras un malestar estomacal. Si serían dos rayitas o una. Si ibas a ser nena o varón. Si por parto o cesárea.

Dudé una vez que naciste, tantas veces. Cuando tuve que elegir entre despertarte para comer o descansar yo un ratito más. Cuando me decían que te tenía demasiado en brazos o que la teta había que darla de cierta manera y no de otra. Seguí mi instinto de madre sí, pero igual dudé.

Dudé mientras crecías. Sobre mis capacidades, mis estrategias, mis decisiones. Sentí que había nacido para esto pero después dudé y me postulé al concurso "la peor madre del mundo". Caminé segura, dudé sobre si seguir o doblar, crucé convencida pero después, cuando miré hacia atrás, dudé de nuevo.

Y si hablamos de dudas no sabés lo dubitativa que estoy ahora mismo. ¿Te estaré dando mucho o demasiado poco? ¿Te exijo de más o es eso lo que necesitás de mí en este momento? ¿Soy el ejemplo de lo que te pido que seas? ¿Te estoy diciendo las palabras correctas? Y más importante aún: ¿Sabrás lo mucho que te queremos y cuánto agradecemos tenerte en nuestras vidas? ¿Te lo decimos lo suficiente? Espero que sí, pero dudo.

Es más, la señora duda es tan predecible que ya sé que en el futuro también va a aparecer. Que no voy a saber cómo hacer para que de a poco vayas agarrando confianza y te empieces a manejar lejos del nido. Sabré que es importante hacerlo, pero seguro voy a dudar sobre el cómo, el dónde y el cuándo.

En fin, la verdad es que ya me acostumbré a ir por la vida dudando y volviendo a dudar. Lo bueno es que agarrada de mi mano también llevo conmigo a la querida certeza. Esa que me recuerda que con tu amor incondicional como motor soy invencible. La que sabe que por tu felicidad lo entrego todo. La que me dice que me quede tranquila, que la sabiduría siempre termina apareciendo, al igual que la fortaleza, la paciencia, el sentido común, la inspiración y hasta el talento para la improvisación.

Esa certeza que todos los días me susurra al oído que ser madre es justamente eso, arrancarnos del pecho lo mejor que somos y dárselo a nuestros hijos.

Adela Dubra con Juan y Adela. Foto: Marcelo  Bonjour
Adela Dubra con Juan y Adela. Foto: Marcelo  Bonjour

Adela Dubra - Mamá, pará un poco.

No todo es igual. A nuestros padres, creo, no se les ocurría abrirnos una carta o revisarnos el diario íntimo. Hoy es corriente que chequeen las cuentas de redes sociales de sus [email protected] A escondidas o con aplicaciones como TeenSafe.

Se escudan en que "hoy está muy brava la cosa". Puede ser. Pero hay un aspecto que es propio de nuestra era: somos padres "helicóptero". Estamos encima. Preocupados por si se aburren, mandándoles mensajes a toda hora para saber dónde están. ¿Es miedo? ¿Y por qué tenemos miedo al frío si cuando éramos chicos, si llovía, tu madre te mandaba a la vereda a jugar y pisar charcos? El frío es el mismo. "Quisiera que mis padres tuvieran otro hobby que no fuera yo", dijo un niño en Estados Unidos. Nos llenamos la vida acompañándolos a los cumpleaños de sus amiguitos, perdiendo vida de adulto y extrañando estar con nuestros amigos. ¡Ay! Lo que daríamos por un rato de tranquilidad en pareja…

En los perfiles de WhatsApp de las mujeres en vez de fotos de ellas ponen las caritas de sus hijos. Hay expertos que señalan que son mujeres que están desapareciendo. Una antropóloga neoyorquina describió que hoy, en los círculos sociales con necesidades básicas satisfechas, tener muchos hijos es símbolo de estatus. Hay niños lookeados por sus progenitores. Hay madres que exhiben demasiado a sus hijos en Instagram o Facebook o Twitter o en todos lados al mismo tiempo. Lo competitivo que puede tornarse todo, dice la norteamericana Judith Warner, hace que muchas descarguen su ira contra una entidad que tenemos muy cerca: las otras madres. Eso no está bueno.

Cada generación se equivoca y nuestros hijos nos van a echar cosas en cara. Si tuviera que arriesgar, probablemente nos van a decir que andábamos demasiado presionadas. Cansadas, de las clases abiertas, de llevar y traer, de listas de pendientes, de preparar mochilas y ropa deportiva. Con poca paciencia para enseñarles cosas.

No podemos vivir solo para ser madres. Es de esperar que podamos criar hijos que sean libres. Que puedan buscar una saludable distancia. Que vuelen. La madre —y vaya si hay que hablar de esto— puede ser terriblemente castradora. Tenemos que tenerle miedo a convertirnos en eso.

Me gusta ver a una mujer que es madre bailando una canción con toda la fuerza. La canción que a ella le gusta, no la chotada del CD infantil. Necesitamos lucir bastante cerca de nuestro ideal. Poder leer. En ocasiones ir al cine. Con nuestra pareja, nuestra amiga, o solas.

Como madre soy común y corriente. Me gustaría ser más exigente con mis hijos. Creo darles algunas cosas buenas: no crío hijos machistas y vivimos en una casa donde gracias a que soy periodista traigo datos de buena música y libros o una serie de Netflix. Las miramos juntos y pasamos bien. Hace poco una psicóloga me dijo que no es bueno que los padres vayan con sus hijos a los conciertos. Fui cobarde y callé. No le dije que los he llevado a ver a Calamaro, al Cuarteto de Nos y que pienso seguir llevándolos. Algún día se acordarán de mamá, que usaba una remera de AC/DC. Les da vergüenza que la use. Es la vida.

En esta fecha siempre me regalan un dibujo y un ramo de flores. Seguramente hoy pasemos en casa con mis hijos, mi madre que es celíaca, entonces pienso comprarle una pizza especial, es un lío ser celíaca en Uruguay y los hijos de mi marido y sus respectivos quizá pasen un rato. Estaremos bien. Somos una familia con sus particularidades. Como todas. Hoy, a las que son madres, y a las que no lo son, las abrazo.

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