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Macondo 50 años después

La vida en Aracataca, el pueblo que inspiró buena parte del universo de Cien años de soledad, obra emblemática de García Márquez, que cumple medio siglo de publicada.

El 30 de mayo de 2007 García Márquez volvía después de 24 años a Aracataca.
El 30 de mayo de 2007 García Márquez volvía después de 24 años a Aracataca.
Turistas de todo el mundo visitan cada año la cuna del realismo mágico. Foto: El Tiempo/GDA
Turistas de todo el mundo visitan cada año la cuna del realismo mágico. Foto: El Tiempo/GDA
Camellón de los Almendros, paseo en Aracataca. Foto: José Manuel Polo Miramón
Camellón de los Almendros, paseo en Aracataca. Foto: José Manuel Polo Miramón
Casa-Museo Gabriel García Márquez, sitio preferido por los turistas. Foto: José Manuel Polo Miramón.
Casa-Museo Gabriel García Márquez, sitio preferido por los turistas. Foto: José Manuel Polo Miramón.
Locales le rinden tributo a García Márquez. Foto: EFE
Locales le rinden tributo a García Márquez. Foto: EFE
García Márquez con su mujer, Mercedes Barcha, en 1975. Foto: FNPI
García Márquez con su mujer, Mercedes Barcha, en 1975. Foto: FNPI
García Márquez con el recién publicado "Cien años de soledad".
García Márquez con el recién publicado "Cien años de soledad".

El 30 de mayo de 2007 estaba destinado a quedar grabado en la memoria de los cataqueros. Ese día, no solo su hijo más ilustre, Gabriel García Márquez, volvía a su tierra natal después de 24 años de ausencia. Ese día se iniciaba lo que, por fin, parecía ser una luz de esperanza para Aracataca, tierra castigada por la pobreza y el olvido. El tren amarillo, con el Nobel de Literatura entre sus pasajeros, daba inicio a lo que las autoridades llamaban la ruta de Macondo, un programa que era presentado por la gobernadora Sandra Rubiano como un proyecto a largo plazo y apenas el inicio de lo que sería esa nueva propuesta turística.

El entusiasmo era enorme. Cientos de personas se acercaban mientras el tren, decorado con una fotografía del autor de Cien años de soledad, mariposas amarillas y la bandera de Colombia, pasaba por las extensas plantaciones de banano y los caseríos. Nadie quería perderse a Gabito, como le dicen todos por allí. A su paso, aplaudían, saludaban, intentaban alcanzarle regalos, agitaban banderas. Arriba, García Márquez y su mujer, Mercedes Barcha, encabezaban una delegación en la que había autoridades, políticos, artistas, reinas de belleza y periodistas que transmitían el acontecimiento en directo.

Cuando llegaron a la estación de Aracataca todos pretendían tocar y fotografiar a Gabo. Era tal el gentío que lo ayudaron a bajar del tren con mucho cuidado —en eso sus 80 años se hacían sentir— y a subirse junto a Mercedes en un coche tirado por caballos. Iban despacio, rodeados de una multitud impresionante. Pasaron por su casa natal, por la vía férrea; los interceptó un grupo de actores que interpretaban personajes de sus obras y hasta uno apuntó al homenajeado con un fusil, diciéndole que él era el "último Buendía". Al final de ese periplo García Márquez le dijo a Jaime Abello, uno de sus hombres más cercanos, director y fundador de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano: "Quién lo creyera, ¿verdad? Esto parece macondiano. Luego dicen que uno inventa las cosas, si todo esto es macondiano".

García Márquez —cuenta Abello a Domingo desde Colombia— "estaba maravillado de la locura". Esa locura era la multitud pero también lo que sucedió después. A decir del colaborador del Nobel, fue una "típica cosa como la que se describe en Cien años de soledad", obra magistral de la literatura que este 2017 celebra medio siglo. Se refiere a que ese viaje en tren era, supuestamente, el inicio de la frecuencia de la ruta turística, pero solo funcionó ese día, en esa ocasión. "Eso es muy macondiano", dice Abello y enseguida agrega: "No es solo eso, hay más. El tren lo habían traído en camiones desde Bogotá y lo volvieron a embarcar en camiones y lo llevaron. Nosotros, como el tren viajó solo en un sentido, regresamos en un autobús. Una locura. Y Gabo me decía: Esto es macondiano, es macondiano. Y era macondiano. Macondo sigue vivo, pregúntales".

—Vale la pena ir a Macondo porque en ella sobrevive algo central, los cataqueros, que son como personajes vivos de Macondo, contesta desde Aracataca Rafael Darío Jiménez, poeta al frente de la Casa-Museo Gabriel García Márquez.

—Estar aquí es estar explorando los lugares que son testigos de esta gran historia que es Cien años de soledad. Está el río, la casa de Antonio Daconte, Pietro Crespi en el libro, el ferrocarril, la estación, dice Manuel Mojica, guía turístico en el pueblo.

—Aquí el calor agobia, mata. Se inventa mucha cosa, la ficción se vuelve realidad y la realidad se vuelve ficción. Aracataca amanece lleno de mariposas amarillas por temporadas. Son cosas que se vivencian, responde desde allí el profesor Robinson Mulford, creador de la Fundación Realismo Mágico.

Calor y hielo.

En el lenguaje de los locatarios Aracataca y Macondo se usan indistintamente, se confunden. Una confusión que, de todos modos, no llegó a poder ser oficial: en 2007 una propuesta sometida a votación popular para sumar Macondo al nombre histórico del pueblo naufragó. Aunque hubo más adhesiones que votos en contra (3.600 contra 250), no se alcanzó la participación de 7.400 locatarios para que el resultado fuera válido.

Con el paso del tiempo, y a más de dos años de la muerte del maestro, los cataqueros han dejado de ver el turismo como su salvación. Sí lo sienten como una bocanada de aire fresco que siempre los hace distintos y trae ingresos extras, pero después de décadas de proyectos y promesas de transformaciones que cambiarían radicalmente su suerte, el escepticismo es moneda corriente. "Nos sentíamos muy frustrados", reconoce Jiménez, refiriéndose a lo que sucedió cuando el tren amarillo nunca volvió.

Al igual que cuando García Márquez regresó en 2007 a Cataca —como le dicen todos allí—, la infraestructura para recibir viajeros es hoy escasa: por ejemplo hay un solo hostal, Casa Morelli (como punto a favor tiene buenas reseñas en sitios de viajeros y es muy económico, desde 890 pesos uruguayos por noche para dos personas). Ahora, con nuevas propuestas turísticas como la Ruta Macondo, Darío Jiménez admite que habrá que "socializar a la comunidad" para convencerla de que, quizás sí, esta vez las cosas sean distintas.

Por estos días el comentario en Cataca —donde viven unas 35.000 personas, la mayoría vinculada a la industria de la palma africana— es la instalación del primer supermercado, los Súper Almacenes Olímpica. Mientras, hay cosas que no cambian en este pueblo donde mañana, 6 de marzo, nacía hace 90 años García Márquez. El calor agobiante, ese mismo al que varias veces se refirió el maestro, signa aún hoy la vida, los ritmos y el carácter de los cataqueros, hospitalarios, sonrientes, con un letargo propio del sopor con un termómetro que, por estos días, se acerca a los 40 grados centígrados. Tampoco han perdido la costumbre de lavar la ropa en la orilla del río —el servicio de agua es deficiente, suelen estar horas o hasta días sin ella— ni el gusto por conversar y contar historias. Así esperan que el tiempo pase, sentados frente a la sombra de alguna palmera mientras suena un vallenato.

Ese clima fue clave en su vida y en su obra. García Márquez recordaría luego que de pequeño su abuelo, el coronel Nicolás Ricardo Márquez, lo llevó al almacén de la United Fruit Company a conocer los peces congelados en el hielo. "Lo toqué y sentí que me quemaba. Pero en esa frase de la novela (Cien años de soledad) yo necesitaba el hielo, porque en un pueblo que es el más caliente del mundo la maravilla es el hielo. Si no hace calor, no me sale el libro. Tanto calor hace que ya no hizo falta volver a mencionarlo, estaba en el ambiente", señaló respecto a la primer línea de su obra más célebre, según recoge la biografía Gabriel García Márquez. Una vida, de Martin Gerald: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo".

—Abello, ¿cuánto pesaron esos primeros años de García Márquez en Aracataca en su obra, y en particular en Cien años de soledad?

—Ese fue el período formativo y el período inicial de su vida. Fue decisivo, él mismo lo dijo, lo plasmó de muchas maneras. Aracataca es el núcleo, por supuesto, Macondo y Cien años de soledad son mucho más que Aracataca, pero no caben dudas de que la semilla, el núcleo inspirador de ese libro tiene ese mundo de su infancia en Aracataca.

Casa "lunática".

Los turistas suelen llegar en ómnibus desde Santa Marta —son unas dos horas de viaje—. Lo primero que se encuentran es la mítica estación de ferrocarril, la misma a la que iba de la mano de su abuelo casi a diario a las 11 de la mañana cuando arribaba el tren; así conocía todo lo que llegaba a Aracataca. Eran épocas de la United Fruit Company, que traía además de trabajo —después se iría a fines de los años 60 con la consiguiente crisis— y una masacre que marcó al pueblo, todas las novedades como el cine, la radio, el circo y los fuegos artificiales.

La estación ya no tiene pintadas mariposas amarillas como hace una década, sino que está de un aséptico blanco y por allí solo se ven pasar cientos de vagones que transportan carbón. Bien cerca, está la escultura de Remedios, la bella, apoyada sobre un libro abierto que tiene en una página el nombre del Nobel y su año de nacimiento y de muerte, y en la otra el pasaje de Cien años de soledad que narra cuando ella se elevó hacia el cielo, uno de los más célebres de la saga de la familia Buendía. "Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria".

Los turistas, todavía con las mariposas amarillas en la retina, quizás se crucen con Úrsula Iguarán, a quien tanto le gusta conversar con viajeros. En Macondo, todo puede pasar, o casi. Es que como ha dicho García Márquez, "no es un lugar sino un estado de ánimo, que le permite a uno ver lo que quiere, y verlo como quiere".

Para buscar ese espíritu, quizás lo mejor es seguir por el Camellón 20 de Julio, un paseo de unos 900 metros, remodelado en los últimos tiempos con bancos, árboles y asientos, que tiene a un lado la escuela Montessori a la que asistió García Márquez y donde, por fin, pudo aprender leer.

Al final del Camellón, tres cuadras a la izquierda, está otro de los sitios que más dejó huella en su vida y obra: la casa donde vivió hasta los ocho años con sus abuelos. "No puedo imaginarme un medio familiar más propicio para mi vocación que aquella casa lunática, en especial por el carácter de las numerosas mujeres que me criaron", escribió el Nobel en Vivir para contarla, sus memorias publicadas en 2002.

Hoy está convertida en una casa-museo, reconstruida según los recuerdos del escritor y parte de sus allegados, que dirige Jiménez. Luce impecable, y aunque no cuenta con mobiliario original, permite acercarse bastante más al universo del escritor, con frases de Gabo en las paredes, la historia de la familia, decoración de época y hasta la mesa tendida. "Más que un hogar, la casa era un pueblo", resumía García Márquez en Vivir para contarla. En esa casa, donde además de historias circulaban fantasmas, ya a los cuatro años ese niño "pálido y ensimismado" iniciaba lo que después sería la base del realismo mágico: contaba relatos, en gran parte episodios simples de su vida cotidiana, que hacía más atractivos con "detalles fantásticos" para que los adultos le prestaran atención.

A vender esa misma casa fue que García Márquez regresó en febrero de 1950 con su madre, Luisa Santiaga, episodio con el que inicia sus memorias. Con 22 años, Gabito acababa de abandonar la Facultad de Derecho, fumaba 60 cigarrillos al día, trabajaba en el periódico El Heraldo, leía cuanto volumen cayera en sus manos para aprender la técnica de novelar y había publicado seis cuentos en suplementos de diarios. Ambos fueron en barco hasta Ciénaga y tomaron el tren que los llevaría a Aracataca, que también cobraría allí protagonismo en su destino. En ese trayecto, Luisa Santiaga terminó una conversación que había empezado horas antes con su hijo, según recuerda en Vivir para contarla.

—Entonces, ¿qué le digo a tu papá?

—Dígale que lo único que quiero en la vida es ser escritor, y que lo voy a ser.

Él no se opone a que seas lo que quieras —dijo ella—, siempre que te gradúes en cualquier cosa.

Hablaba sin mirarme, fingiendo interesarse menos en nuestro diálogo que en la vida que pasaba por la ventanilla.

—No sé por qué insiste tanto, si usted sabe muy bien que no voy a rendirme —le dije. Al instante me miró a los ojos y me preguntó intrigada:

—¿Por qué crees que lo sé?

—Porque usted y yo somos iguales —dije.

Casi enseguida, el tren pasó por la única finca bananera que tenía nombre en el trayecto: Macondo, palabra que le había llamado la atención a Gabo desde siempre y con la que nombraría a su famoso pueblo imaginario. Diez minutos después, llegaría a Aracataca, tierra de la que mucho más tarde diría: "Me siento latinoamericano de cualquier país pero sin renunciar nunca a la nostalgia de mi tierra: Aracataca, a la cual regresé un día y descubrí que entre la realidad y la nostalgia estaba la materia prima de mi obra".

Celebrar la obra y también el legado.

"El gozo de leer Cien años de soledad" fue el primer homenaje a esa obra maestra, que cumple este año medio siglo de su publicación. Organizada por el Hay Festival y la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), reunió en enero en Cartagena a autores que leyeron en voz alta en castellano, inglés, francés, portugués e italiano. Para el resto del año habrá otras formas de celebrar su publicación y el legado de García Márquez, entre ellas una convocatoria para una beca de periodismo cultural —con "tres estaciones" Cartagena, Barranquilla y Aracataca— y actividades en México, Buenos Aires, Managua y Madrid, dice Jaime Abello, director general de la FNPI. También están recopilando las entrevistas que se le hicieron al Nobel de Literatura y continuarán con talleres de formación para niños, un interés particular del escritor colombiano.

Aniversario en Uruguay.

La editorial Penguin Random House prepara una edición aniversario de Cien años de soledad que llegará a Uruguay a mediados de año. Utilizarán la tipografía Enrico, creada por Gonzalo García Barcha, hijo de Gabriel García Márquez y diseñador gráfico, quien se inspiró en Enrico Martínez, uno de los primeros impresores del Nuevo Mundo en el siglo XII. Estará ilustrada por la chilena Luisa Rivera y contendrá un árbol genealógico.

Quería escribir una novela "distinta" a todo lo que había leído

"Estoy, en efecto, trabajando en mi quinto libro: Cien años de soledad. Es una novela muy larga y compleja en la cual tengo fincadas mis mejores ilusiones", escribía García Márquez en octubre de 1965 desde México al argentino Francisco "Paco" Porrúa, editor en Buenos Aires de Sudamericana.

Eran tiempos difíciles en lo económico para el escritor, tanto que cuando fueron al correo a enviar el manuscrito de 590 cuartillas con su esposa Mercedes, tenían solo 53 pesos de los 82 que necesitaban para mandarlo. Optaron, según contó el propio autor a El País de Madrid, por una solución simple: lo dividieron y enviaron la primera parte. "Ya quedaban pocos amigos para exprimir", recordó. La solución fue acudir a una casa de empeño que conocían, donde les prestaron lo que faltaba. Ahí se dieron cuenta de un error nada menor: habían ensobrado el tramo final primero. Pero no fue un mal agüero.

"La publicación ya estaba decidida con la primera línea, con el primer párrafo. Simplemente comprendí lo que cualquier editor sensato hubiera comprendido en mi lugar: que se trataba de una obra excepcional", contó Porrúa a la BBC en 2007.

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