EL PERSONAJE i DANIEL MELLA

"La literatura es un espejo distorsionado de la realidad"

Un día dejó de ser basquetbolista para ser escritor. Su primera novela lo convirtió en “joven promesa”. Pero después llegó la crisis. Hoy, volvió al ruedo con más alegría y menos presión.

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"La crisis es una de las cosas que me mueve", dice Daniel Mella. Foto: Fernando Ponzetto.

Más de una vez la literatura fue su salvación. La primera a los 19 años, cuando el técnico de Malvín, el cuadro donde jugaba al básquetbol, lo puso a comer banco. Allí nació, con bronca y en solo cuatro días, Pogo, su primera novela. Otra ocurrió varios años después, en el momento en que se estaba separando de la madre de sus hijas. "Empecé a escribir ficción de vuelta y fue uno de los instrumentos que me ayudaron no solo a separarme sino a sobrellevar la situación". Allí nació Lava, un libro de cuentos. Y una tercera fue en 2015, durante el velorio de su hermano Sebastián, que murió una noche de tormenta de verano en Rocha. Allí nació El hermano mayor, una obra sensible, honesta y desgarradora que volvió a colocar a esta expromesa de las letras uruguayas en carrera. A los 41, dice que no es el que se proyectaba en los ‘90. Ese futuro se convirtió en pasado, mutó, y le permitió reencontrarse con la escritura desde otro lugar.

Ahora Daniel Mella es un escritor menos intelectual y menos presionado. O al menos así lo siente él. Encuentra la inspiración en la calma de las mañanas en su casa de Parque del Plata, da clases de conversación de inglés en el Anglo, dicta algún que otro taller literario, va a surfear a la playa y disfruta del tiempo libre con sus hijas. No mucho más, ni mucho menos. "Ahora confío en que el libro que vaya a escribir va a ser el libro que voy a escribir, y que el tiempo que tarde va a ser el tiempo que tenga que tardar en ser escrito. Antes sentía que los libros que escribía de alguna manera justificaban mi existencia, sin eso no era nada. Hoy ya no lo siento así".

La explicación, tal vez, esté en tener la vara siempre muy alta. No bastaba con ser uno más, había que ser el mejor, o al menos intentarlo. Desde niño Daniel jugó al básquet en Malvín, llegó a integrar la selección uruguaya Sub 18. Pero su meta era la NBA. A sus condiciones naturales —mide 1,92 metros— le sumaba dedicación. "Mi viejo (Ariel González, una leyenda del surf) había colgado un arito en el fondo de casa y pavimentado una zona, como si fuera la del triple. Y yo todas las noches practicaba el pique, no me iba a dormir hasta que no metía 300 triples. Literal, o sea, tiraba unas mil veces". En su cabeza, el plan a futuro que se terminó frustrando, incluía estudiar en una universidad americana, mejorar su técnica y llegar a la NBA.

Con la literatura le pasó algo similar. Una clara inclinación hacia las letras —dice que pasó Matemáticas de 5° Humanístico porque la profesora había estado enamorada de su padre en el liceo— lo llevó a pensar en el periodismo como una buena opción profesional. En la Universidad ORT fue uno de los preferidos de los docentes. Más aún después de llegar a clase con una novela (Pogo) escrita y terminada en cuatro días. "Se la llevé a Christian Kupchik, que era profesor mío y siempre me tiraba para adelante. Fue la primera persona que lo vio. Me dijo: Esto está genial, ¿se lo puedo llevar a un editor? Y se lo llevó a Gustavo Wojciechowski, Maca, que tenía la editorial Aymará. De repente me encontré con que era escritor".

La historia se volvió a repetir con Derretimiento, cuya primera frase nació producto de escribir "con mucha tensión". Ahí el padrino fue Ricardo Henry, un personaje vinculado a la cultura con quien Daniel compartía discos y libros. Henry lo leyó, le pareció "increíble" y le dijo que se lo quería mostrar a Mario Levrero, de quien era amigo. "Me daba miedo, pero le dije que sí. Y un día Levrero me llama a mi casa, me dice Venite, te quiero hablar del libro. Fui temblando... Me dijo que le había encantado, que no lo había podido terminar porque lo había afectado y que era el mejor escritor que había conocido personalmente en su vida, cosa que yo sospecho se la decía a muchos... o a todos". Esa fue la primera y última vez que se vieron, pero el renombrado escritor lo recomendó a Trilce.

La tercera obra de esta primera —y hoy lejana— etapa, Noviembre, se publicó bajo el sello de Alfaguara. Editorial grande y con proyección internacional, Mella pensó que "iba a ser un paso para adelante", pero en realidad, dice, "fue un paso para ningún lado". El libro solo salió en Uruguay y no tuvo gran difusión. Eso, sumado a una separación en puertas y un estancamiento en lo laboral, terminaron en una depresión. "Estaba en una etapa media intensa de ser joven, me vi proyectado hacia el futuro y me dije: Puedo verme a los 50 o 60 enseñando inglés en el Anglo y escribiendo mis libritos, todo lo mismo de siempre... Y me vino como un pánico… y me fui a la mierda", dice, hoy a las risas. Trabajó de mozo en bar El Ciudadano, ahorró y voló a Nueva York. "Me tomé unas vacaciones de mí mismo y me sentí aliviado. Me fui a hacer nada y a ser nadie". Allí estuvo dos años y medio.

Familia.

Es mediodía en la casa de Shangrilá de los González Mella —usa el apellido materno— y hay aroma a guiso de lentejas. El autor es Ariel, padre de Daniel, que tras jubilarse como profesor de educación física disfruta de las artes culinarias. Fue por él, justamente, que el escritor regresó al Sur. "Volví porque el propósito con el que había ido ya se estaba cumpliendo y no tenía otros. Y porque además mi padre se enfermó, lo operaban y quise estar con él".

—Estuviste 13 años sin publicar.

—En diez años no escribí nada. Cuando estaba viviendo en Nueva York leí a Shakespeare por primera vez, me pegó y entonces quise escribir teatro en inglés. Hice un intento pero no fructificó…

—En esos diez años, ¿qué pasó?

—Creo que se murió una parte de mí, el escritor, ese del que estábamos hablando, ese que se angustia terriblemente por su próximo libro.

La primera noticia de "ese que había sido alguna vez" llegó en 2007 —había abandonado la escritura en 2000— cuando Hum le propuso reeditar Pogo y Derretimiento. Después Irrupciones quiso hacer lo mismo con Noviembre. Comenzó a colaborar con El País Cultural y escribió un libro de cuentos para niños que nunca vio la luz. Volvió a las librerías con Lava, que empezó siendo una novela y luego se transformó en una obra con siete cuentos.

A fines de 2016 Mella publicó El hermano mayor (que este año se va a editar en Argentina y España), cuyo germen nació el día del velorio de su hermano, Sebastián, que era guardavidas. "Vi algunas cosas que pasan en esos momentos de crisis, cuando la realidad es tan poderosa que la imaginación no tiene lugar. Y dentro de ese dolor, podés captar la belleza de algo".

—Igual que la mayoría de tus obras, esta también nace producto de una crisis. ¿Por qué el disparador es el dolor?

—No quiero creer que eso tenga que ser así siempre o que necesariamente yo funcione de esa manera, porque no me quiero condenar. Pero si miro para atrás, ha sido así: la crisis es una de las cosas que me mueve. Escribo sobre lo que me duele y eso fue algo que me supo causar conflicto. Tipo Ta loco, al final en algún punto capaz me estoy provocando vivir en crisis para poder escribir.

Así, escrita desde el dolor y el amor, la nueva novela combina ficción y realidad en partes casi iguales. "La ficción es el registro donde yo puedo tener acceso mediante la escritura a lo verdadero de las cuestiones. Por ahora no sé narrar lo real, no sé acercarme a los hechos objetivos, si es que hay tal cosa, y que expresen la verdad que contienen. Para mí la literatura es como un espejo distorsionado de la realidad".

Allí aparecen sus padres, hermanos (menos uno de ellos, Pablo), tíos, amigos, parejas e hijos ("rendían más como varones", justifica). "Yo tengo una fantasía que capaz que algún día cumplo: me encantaría escribir el libro que le guste a mi madre". Es que a ella no le gusta que Daniel escriba sobre la familia, sobre ellos. "Provocó cierto conflicto en el momento en que fue publicado. A ella no le gustaron un montón de cosas del libro, pero yo estoy pronto para responder a eso porque sé la intención con la que lo hice. No es un libro en el que esté intentando deschavar a nadie ni joder a nadie, es mi vida también. Y, de hecho, dentro del círculo familiar, a no ser que los demás me mientan, la reacción fue divina. Se dieron un montón de situaciones de comunicación muy intensas, porque hay pedazos de todos nosotros ahí adentro".

Cambiar de mundo.

"Laburar, tener un mango y escribir". Eso quería hacer Daniel Mella a los 19 años tras publicar su primera novela y dejar la Licenciatura de Comunicación en la ORT. Allí había entrado con la idea de ser periodista y hacer informes al estilo de National Geographic o Sports Illustrated. Pero ahora el escenario era otro. "Estaba saliendo de una adolescencia un poco más ingenua, teñida por la religión y ciertos dogmas, y me encontraba con el mundo adulto, las drogas, la música…". Iba a Tristán Narvaja, escuchaba Nick Cave y leía Bret Easton Ellis.

El hecho de ser bilingüe en inglés —había estudiado en la Uruguayan American School, donde sus padres eran docentes— lo llevó a que ese "laburo" que necesitaba fuera la docencia. Empezó dando clases en una escuela de El Pinar y rápidamente pasó al Anglo, donde se formó como profesor. "Me gusta hasta el día de hoy, pero en aquel momento me gustaba especialmente porque era con niños". Aunque hizo alguna pausa, la docencia lo sigue acompañando: da clases de conversación en inglés, dos talleres literarios en la librería Lautremont (Montevideo) y uno en Espacio Dinámica, en El Pinar. También está escribiendo algo que, supone, "será una novela".

SUS COSAS.

Parque del Plata.

Con los años que pasó en Ciudad Vieja y en Nueva York, Daniel Mella ya tuvo suficiente ciudad. Creció en Shangrilá y ahora vive en Parque del Plata, donde está rodeado de verde, escucha los pajaritos y tiene la playa cerca para ir a surfear, solo o con sus hijas. "Este es el paisaje que me gusta", dice.

Fútbol americano.

Antes de ser escritor, Daniel era deportista. Jugaba al básquetbol en Malvín y soñaba con llegar a la NBA. Las paredes de su cuarto adolescente estaban tapizadas de pósters de Michael Jordan. Después, ese lugar fue para músicos, escritores y poetas, ídolos de la juventud. Hoy, en su tiempo libre elige mirar fútbol americano, su "última pasión deportiva".

John Cheever.

Cada tanto, Mella juega a poner a algunos de sus ídolos como posibles lectores —y jueces— de sus obras. "¿Qué pensaría Cervantes si leyera esto? ¿Y Raymond Chandler?". Entre sus referentes, esos que disfruta releyendo una y otra vez, están John Cheever, Jorge Luis Borges, J.D. Salinger y Raymond Carver.

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