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Una leyenda hecha ciudad

Cinco buenas razones para visitar Praga, la capital checa, que atesora un casco histórico impecable, castillos, la mejor cerveza de Europa, todo a precios accesibles.

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Por donde se mire, Praga ofrece postales a la vista.

Las guías no exageran ni un poquito cuando aseguran que Praga es una ciudad salida de un cuento de hadas, con mitos y leyendas de los tiempos medievales. Una ciudad colonizada por cúpulas, torres, arcos góticos y donde el patrimonio histórico se protege con recelo.

Aunque el idioma checo, rebosante de consonantes y muy bien sazonado con acentos de todas las formas, es impenetrable, y fuera del circuito turístico pocos hablan inglés, de todas maneras es muy sencillo moverse por la capital de República Checa. Entre muchas otras, algunas buenas razones que explican el gran éxito turístico de Praga.

La Ciudad Vieja.

El centro histórico de Praga es de esos lugares a los que se los puede recorrer 20 veces y siempre se descubrirá algo nuevo. Y seguramente también uno se perderá 20 veces entre callejones adoquinados sin salida, callejuelas zigzagueantes y una colección de construcciones históricas con siglos y siglos sobre sus tejados, desde los tiempos medievales. Declarada Patrimonio de la Humanidad, atesora arquitectura románica, gótica, barroca, renacentista y rococó con la suerte a favor, porque no fue destruida durante las guerras.

Staromestske es la plaza central, uno de los sitios con alto tránsito turístico de la ciudad, sobre todo frente al reloj astronómico, que a cada hora da inicio a una marcha de los 12 pequeños apóstoles. Otros atractivos: la histórica iglesia de Tyn, construcciones góticas, el Teatro Estatal, galerías y museos.

El castillo de Praga.

La imponente silueta se ve desde lejos, en lo alto de una cima, sin nada que la obstruya. De hecho están prohibidas las construcciones de más de 22 pisos en la zona histórica. Es el castillo más grande del mundo y el más importante del país. Pero más que un castillo es una pequeña ciudadela medieval, con iglesias, palacios y callejuelas que demanda buena parte del día recorrerlo.

No hay que perderse la catedral de San Vito, de estilo gótico, que comenzó a construirse en el siglo XIV por iniciativa de Carlos IV, el mismo emperador que construyó el puente y la ciudad nueva. Las agujas góticas se destacan por encima del resto. Adentro, un imponente vitraux y la tumba de San Juan de Nepomuceno, hecha con dos toneladas de plata, merecen especial atención.

El antiguo Palacio Real es del siglo IX, aunque con muchos cambios. Allí pueden verse imponentes salones y la ventana donde se produjo una de las defenestración de Praga en 1618: dos gobernadores católicos fueron arrojados por la ventana por los protestantes, lo que dio inicio a la Guerra de los Treinta Años.

El puente de Carlos.

A las 7, mientras la ciudad se despereza lentamente, es el mejor momento para recorrer los 516 metros del puente de Carlos (Karlúv most), el más antiguo de la ciudad, que cruza el río Moldava, con absoluta tranquilidad.

Con las primeras luces se pueden descubrir los detalles del puente de piedra, construido por el emperador Carlos IV en 1355. También admirar las 31 estatuas barrocas de santos que adornan cada lado del puente. Y tocar, como indica la tradición la escultura de San Juan de Nepomuceno y pedir un deseo.

La cerveza.

República Checa es el país de la cerveza. Se adjudica ser la nación donde más se consume por persona en el mundo: 150 litros por año. Más que en Alemania, más que en Irlanda. Es la bebida más económica, cuesta incluso menos que el agua mineral. Se consigue desde un dólar el porrón en restaurantes y bares, aunque varía según las marcas.

Un viaje a Praga debe incluir una visita a un pivovar, como se llama a las cervecerías, donde sirven cervezas de la casa, en porrones muy generosos.

El Tigre de Oro (U Zlatého Tygra, para los que se animen al checo) está en plena Ciudad Vieja (Husova 17) y es una de las cervecerías más tradicionales de Praga. Es la típica taberna con los habitués locales que tienen siempre su mesa reservada. Los turistas, mejor saberlo de antemano, no son muy bien recibidos. A las 15, cuando abre, ya hay fila en la puerta para entrar. Los mozos, fiel al estilo checo, no se preocupan por asistir a los visitantes, sobre todo si son extranjeros, ni anotarlos en una lista. Pero a no desanimarse, vale la pena esperar. Aquí, aseguran, sirven la mejor cerveza Pilsen de Praga, suave, clara, muy fácil de beber y a la temperatura justa de 7°. De estilo rústico, con mesas para compartir de madera, es la cervecería elegida por las celebrities que visitan la ciudad. Cuando por fin se consigue una mesa, prácticamente antes de sentarse y sin ordenar nada llega la cerveza a la mesa, un porrón por comensal (cada uno cuesta poco menos de 3 dólares. La cervecería tiene sus reglas: sirven sin preguntar, hasta que el comensal diga basta. Y a las 23 en punto se rompe el hechizo, es hora de cerrar.

Precios accesibles.

Llegar a República Checa es un alivio para los bolsillos debilitados de los viajeros que recorren Europa. Aquí todo es un poco más accesible que en los países del Oeste europeo. Alojamiento, entradas a sitios históricos y especialmente comida resultan económicos. Una buena explicación es que el país todavía no utiliza el euro.

Ahora prometen volver a evaluar el asunto de incorporarlo recién en 2018. Mientras tanto, la moneda oficial sigue siendo la corona, que cotiza a 25 por dólar. Aunque en la mayoría de los comercios los precios también están en euros, conviene cambiar y pagar con la moneda local o usar la tarjeta de crédito, porque en el redondeo se pierde. Los checos siempre tuvieron un buen nivel de vida, aunque cultivan un perfil austero. 

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