VIAJES

El lado B de Europa: 5 ciudades alternativas

Desde la belleza medieval de Tallin hasta la “capital verde” del viejo continente, Liubliana. A continuación varias propuestas que van más allá de los destinos clásicos pero que bien valen la pena.

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Tallin, en Estonia, tiene un casco antiguo declarado Patrimonio por Unesco.

Porque ya conocen París, Londres, Madrid, Roma. Porque la sombra —o la paranoia— del terrorismo sobrevuela las principales capitales europeas. O simplemente porque existen opciones más baratas, más desconocidas, menos turísticas, los viajeros buscan el "otro lado" del Viejo Continente.

Muchas de estas ciudades emergentes han crecido a pasos agigantados desde la caída de la Cortina de Hierro, y hoy sorprenden con una vibrante escena cultural, cascos históricos de cuento (no son pocos los que engrosan las listas de la Unesco) y conexiones accesibles por tierra, mar o aire.

Breslavia - Polonia.

Si bien fue designada Capital Europea de la Cultura 2016, junto a la española San Sebastián, Breslavia (o Wroclaw, en polaco) aún se mantiene alejada de las masas de turistas e, increíblemente, es una de las ciudades más desconocidas de Polonia. En rigor, Breslavia fue polaca durante la Edad Media. Y luego fue checa, austríaca, alemana y nuevamente polaca en 1945, cuando los alemanes fueron deportados en masa y el territorio fue repoblado con polacos que habían sido desplazados de Leópolis (la actual Ucrania). Para colmo de traumas, el 75% de sus edificios quedaron reducidos a escombros debido al ataque del Ejército Rojo. Es decir, las encantadoras casitas de colores que hoy flanquean la plaza central, así como otras estructuras históricas, han sido reconstruidas a imagen y semejanza de su vieja estampa (la Catedral de San Juan Bautista, por ejemplo, sólo conserva su pórtico medieval original).

Más allá de su espléndida arquitectura gótica y barroca, la antigua Breslau es una ciudad joven, donde viven más de 150.000 estudiantes universitarios (entre otras razones, el costo de vida y los precios en general son mucho más bajos en Polonia que en las vecinas Rusia y Alemania). También llamada la "Venecia de Polonia" —gracias a su más de centenar de puentes y pasarelas para salvar el río Óder y sus afluentes, en el resto no se parece en nada a la ciudad italiana—, prepara para este año un ambicioso programa con más de mil eventos culturales, desde literatura y teatro hasta exposiciones dedicadas a Eduardo Chillida o Jerzy Grotowski.

Zagreb - Croacia.

No tiene la espectacularidad ni la fama de las ciudades que bañan el mar Adriático, como Dubrovnik o Pula. De hecho, todavía son pocos los que se animan a visitar la capital croata, probablemente, sólo por desconocimiento.

Con su animada vida al aire libre, sus reminiscencias de imperio austrohúngaro (aún hoy se la conoce como "la pequeña Viena"), sus mercados de todo tipo y color (el de Dolac es un hervidero de actividad desde los años 30) y sus fabulosos parques, Zagreb es un tesoro por descubrir.

Con el mítico hotel Esplanade, que alojaba a los pasajeros del Orient Express (convertido en el cuartel general de la Gestapo y la Wermacht durante la Segunda Guerra); el original Museo de las Relaciones Rotas; la tienda Croata, el mejor lugar para comprar corbatas (dicen que la prenda es un auténtico invento zagrebí) o el funicular "más corto del mundo" (une la Ciudad Baja y la Ciudad Alta en tan sólo 55 segundos), esta ciudad de aires señoriales y tranvías es también una fuente de sorpresas, curiosidades y visitas fuera de lo común.

Liubliana - Eslovenia.

Podría pensarse que la distinción se debe a que más del 60% del país está cubierto por bosques. Pero la verdadera razón por la que la Comisión Europea nombró a Liubliana la Capital Verde de Europa 2016 es el enorme esfuerzo de esta ciudad para mejorar el ambiente urbano y la calidad de vida de sus habitantes. De hecho, la capital eslovena (¡y no eslovaca!) recicla dos tercios de los residuos que genera, y su centro, inclusive su avenida principal, sólo permite la entrada a peatones, ciclistas y transporte público.

Alejada de las hordas de turistas que invaden a países vecinos como Italia, Austria y, en menor medida, Hungría, la capital de este pequeño país alpino (el primero en independizarse de Yugoslavia, en 1991) también es de dimensiones pocket: 275 kilómetros cuadrados de superficie y 282 mil habitantes (43 mil de ellos estudiantes).

Dos terremotos y la Segunda Guerra Mundial han hecho que en su arquitectura haya una buena mezcla de estilos, pero aun así recuerda a las ciudades austríacas renacentistas. O podría evocar a Praga, por el castillo que corona la ciudad. O Ámsterdam, por la profusión de bicicletas, los canales y la gente que pasea a orillas río Ljubljanica. Incluso no faltan las comparaciones con las ciudades austríacas de Graz y Salzburgo, o, por su ambiente juvenil, con cualquier otra ciudad universitaria.

Más allá de sus plazas recoletas, callecitas empedradas, iglesias medievales o elegantes monumentos (como el espectacular puente de los Dragones, de estilo art nouveau), no hay quien se pierda una visita a Metelkova, el barrio más alternativo de la ciudad. En aquel puñado de manzanas coloridas y adornadas por graffitis, que hoy es considerado una de las grandes mecas del arte y la cultura underground, funcionaba un antiguo cuartel militar. Incluso la vieja prisión del barrio fue reconvertida en hostel (el Hostel Celica, el más hippest o con onda del mundo, según Lonely Planet), y las habitaciones aún conservan los barrotes en puertas y ventanas.

Tallin - Estonia.

En el cruce de la cultura rusa y escandinava, la capital de Letonia es también llamada la "mini Praga", y su casco antiguo (declarado Patrimonio de la Humanidad por Unesco) es uno de lo más completos de Europa. Sus murallas, torres, edificios color pastel, iglesias ortodoxas rusas y calles perfectamente adoquinadas, sin tráfico, parecen sacados de Disney.

Pero esta postal medieval es también una ciudad vibrante, llena de vida nocturna, terracitas con música en vivo, galerías de arte y tiendas de diseño. O cafés como el que funciona en la torre Neitsitorn, construida en el siglo XIV y utilizada como cárcel para prostitutas por los soviéticos.

La capital se ha recuperado rápidamente de las cinco décadas de comunismo (antes de los rusos, estuvo dominada por daneses, teutones, livonios y suecos) y es la ciudad emergente del momento. Su apuesta a las nuevas tecnologías, de hecho, le han valido el apodo de la Silicon Valley del Báltico. A Tallin la separan sólo 80 kilómetros de Helsinki por el mar Báltico, y muchos la consideran un barrio más de la capital finlandesa. Es más, no son pocos los turistas y finlandeses que van y vienen por el día a la capital estona para aprovechar los precios, mucho más bajos que en Finlandia, y el maravilloso casco medieval.

Sofia - Bulgaria.

Es la segunda ciudad más antigua de Europa después de Atenas, pero mucho menos visitada que ésta. Según la revista Forbes, la capital búlgara es incluso una de las más baratas del Viejo Continente para alojarse, tomar un taxi o comer en un restaurante. En Sofía (por cierto se dice "Sófia", con acento en la o) conviven los edificios racionales y grises, resabios de la era soviética, con los inmensos bulevares de influencia parisina, las tiendas de lujo, los mercados callejeros o los incontables parques y jardines.

Los restos de murallas romanas dan cuenta de la rica y milenaria historia de este enclave balcánico, que también formó parte del imperio turco-otomano hasta 1878, cuando los rusos desalojaron a los musulmanes y limpiaron de un sopeteón 500 años de dominio otomano.

Con sus grandes cúpulas doradas, la iglesia de Alexander Nevski es sin dudas el monumento más destacado de Sofía. Fue construida en homenaje a los 200.000 soldados rusos, ucranianos y bielorrusos que cayeron en la guerra contra el imperio otomano, y está emplazada en el corazón de esta ciudad recostada al pie de la montaña de Vitosha. Cómoda y segura, no hay rastro en la capital búlgara de las mafias gitanas que se supone acechan al turista a la vuelta de la esquina. Eso sí: hay que tener en cuenta que los búlgaros dicen "no" moviendo la cabeza de abajo hacia arriba, y "sí" moviéndola de la izquierda a la derecha.

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