COMPORTAMIENTO

Iracundos del teclado

Las emociones se contagian a través de las redes sociales y una de ellas, la ira, es la más efectiva en diseminarse a través del ciberespacio, un lugar que cada vez más gente comparte.

enojado, teclado
Foto: Shutterstock


La serie de televisión Brain Dead (que tuvo una sola temporada en 2016), cuenta la historia de una invasión alienígena. Los invasores no son marcianos como en la película Marte ataca, o monstruos gigantes como en otra película, La guerra de los mundos. En vez, se trata de unas hormigas que se meten (por la oreja) en el cerebro de los seres humanos mientras estos duermen, para apoderarse de ese órgano. Una de las primeras cosas que hace uno de los personajes infestados es ir a Facebook, a escribir comentarios incendiarios y políticamente sectarios, destinados a indignar a quien los lea.

Aunque se trate de ciencia ficción, tiene un sustento real. Hace cuatro años, investigadores de la universidad de Beihang en la capital china estudiaron aproximadamente 70 millones de publicaciones en Weibo, red social de ese país. Los posteos fueron elegidos de acuerdo a si expresaban una de cuatro emociones básicas: ira, tristeza, alegría y asco. El resultado confirmó lo que muchos sienten cuando entran a Facebook o Twitter: la ira se propaga, y se contagia, más eficazmente que otras emociones en las redes sociales. "Los entornos siempre contagian estados de ánimo", dice el psicólogo Roberto Balaguer, y señala que las redes sociales no son distintas en ese sentido. "Se trata de emociones básicas y fuertes, y cualquiera de ellas se vuelve rápidamente contagiosa, porque el ser humano siempre trata de estar en sintonía con su entorno, sea este real o virtual".

Javier Romano es licenciado en Sociología y doctor en Psicología Social e investiga este tema, entre otros. "El mundo de las emociones se construye socialmente", dice, para dar a entender que es algo que se hace de manera colectiva. Y agrega: "Una de las cosas que hacen las redes sociales, y sobre esto hay estudios consistentes, es cambiar el sentido del diálogo. Porque no está presente el cara a cara. Cuando uno se comunica cara a cara, se hace responsable de lo que dice".

En otras palabras: no estar presente libera a muchos de la responsabilidad de, como dice Romano, "poner el cuerpo" en la comunicación. En una conversación mediada por teclado y pantalla, desaparecen algunos límites. "Me refiero a límites como el respeto. A lo que tiene que ver con la idea de un sujeto racional, que medita lo que va a decir, que toma decisiones en función de un análisis. Ese sujeto va perdiendo espacio, y lo va ganando el sujeto repleto de emociones. En las redes predomina la dimensión emocional, no la racional".

Balaguer dice algo similar: "En las redes se exacerban las emociones. Uno está más liberado porque no tiene a nadie en frente. Se anima a decir cosas que en otro contexto no se animaría. La suma de todas esas cosas va generando ánimos más destemplados".

Pero el profesional aclara que eso no necesariamente es representativo de un estado de ánimo social más extendido. "Que las voces que aparecen en las redes sean fuertes o muy duras, no quiere decir que representen proporcionalmente al mundo real, por decirlo de alguna manera. Que una publicación en Facebook tenga igual cantidad de comentarios negativos y positivos no significa que en la realidad esas posiciones estén divididas de forma equitativa".

Más allá de eso, parece que, como en Brain Dead, hay una tendencia a publicar, y consumir, publicaciones que a menudo dejan a quien las escribe o las lee, en un estado emocional alterado, y que contribuyen a acentuar lo sectario e individual.

Balaguer destaca que puede ser liberador poder expresarse. "Las redes sociales son lugares donde, por un lado, uno se puede expresar. Y por el otro, estar más o menos seguro que eso va a ser leído. No es lo mismo hablarle a la televisión que publicar algo en una red social. La televisión nunca te va a responder. Pero puede que alguien te responda en Facebook o Twitter. Puede ser algo catártico y expresivo".

Pero como también señala este psicólogo, puede ocurrir que esa descarga expresiva sea perjudicial. A veces, agrega, se encuentra con casos de personas que le comentan que se metieron en una discusión en alguna red social y que terminan más enojadas que cuando habían decidido entrar en el debate.

Matías Dodel es sociólogo y coordinador de la Secretaría de Investigación y Producción Académica de la Universidad Católica, y además forma parte del Departamento de Comunicación de esa universidad. En su carácter de investigador de los impactos de Internet en la sociedad, también reconoce esta tendencia. Dodel piensa que no todos son conscientes del alcance y el significado que tiene lo que se publica en la web.*

"Me sorprende ver cosas publicadas que son de un tenor que hasta pueden ser perjudiciales para conseguir trabajo, por la virulencia", cuenta y agrega que saber qué es conveniente publicar y qué no, es una habilidad a adquirir en estos tiempos, donde la tecnología y la comunicación digital es omnipresente. Según él, hay diferentes formas de usar Facebook, por ejemplo. Se puede utilizar por temas laborales, y hay mucha gente para quien es un instrumento de opinión. "Personalmente, expreso opiniones en Facebook, pero siempre teniendo en cuenta quién me lee. Saber para quién se está hablando es una habilidad de esta época. Una habilidad importante".

Pero la ira, y lo que suele acompañarla —el insulto— cuentan con una ventaja difícil de batir: la eficacia. Romano explica que una discusión en la que no median las redes sociales requiere de un proceso que lleva su tiempo. "Hay que argumentar, hay que fundamentar por qué se está en desacuerdo, hay una retórica que hay que exponer. Eso a mucha gente le puede resultar muy aburrido. Pero el insulto es de factura rápida. El mensaje es muy claro y no hay necesidad de argumentar".

No todos participan activamente en un debate virtual. Hay que tener mucho tiempo para eso. Son muchos más los que consumen un hilo de Twitter donde varios usuarios disparan con munición gruesa, a menudo sin tener en cuenta cosas como decencia, respeto y, sobre todo, honestidad intelectual.

"Consumir" esas discusiones a veces puede ser divertido. Hay un meme de Michael Jackson comiendo pop que suele incluirse en este tipo de intercambios por parte de espectadores, que así ilustran su propósito: están ahí por los comentarios, más o menos como quien va a una pelea de boxeo. Pero muchas otras veces, quien atestigua discusiones de alto contenido agresivo también puede sentirse afectado negativamente. La ira, ya se sabe, contagia. También virtualmente.

Consejos estoicos para el enojo

Una de las obras del filósofo estoico Séneca (4 AC-65 DC) se llama De la ira, y comienza así: "Me exigiste, caro Novato, que te escribiese acerca de la manera de dominar la ira, y creo que, no sin causa, temés muy principalmente a esta pasión, que es la más sombría y desenfrenada de todas". ¿Qué hacer para dominar esa sombría y desenfrenada pasión? En base a las lecturas de los estoicos, el profesor de filosofía de la universidad City College de Nueva York Massimo Pigliucci elaboró una serie de consejos para lograr ese objetivo. Uno de ellos es no discutir cuando se está cansado o hambriento. Otro, tocar un instrumento musical, dado que eso le da serenidad al espíritu. También conviene, afirma Pigliucci, recurrir a la autoburla, reírse de sí mismo. Eso puede desarmar al interlocutor. Otro consejo: postergar el tiempo de respuesta a un insulto saliendo a caminar, por ejemplo.

Radicalización, negación del otro y una "Burbuja".

¿Qué consecuencias puede tener saber que la ira se contagia a través de Internet para la convivencia, y para el nivel en el cual se debate públicamente sobre temas que hacen a la vida en sociedad? Para Roberto Balaguer, "las conversaciones que se dan en las redes sociales dan cuenta de sentires, pensamientos e ideas. Para el sistema político, es fundamental decodificar esas conversaciones, y elegir los caminos para manejarse frente a ellas", dice el experto. Matías Dodel agrega que al fenómeno de la amplificación de las emociones en las redes se le suma el "filtro burbuja". "Por cómo están diseñadas las redes, pero también Google o Yahoo, uno termina viendo mayoritariamente las cosas que concuerdan con su opinión". Cuando se tiene la percepción de que la mayoría piensa como uno, eso puede potenciar la radicalización de las opiniones, sean éstas político-partidarias o referidas a asuntos como feminismo, desigualdad, deportes u otros. Javier Romano, por su parte, acota que cuando ocurren este tipo de radicalizaciones —él pone como ejemplo el reciente conflicto en Cataluña— aparecen sentimientos "casi religiosos, que no permiten racionalizar y reflexionar a partir de los actos de los otros, ni los propios". Eso, según él, está llevando a divisiones importantes. "La conocida frase 'Mi libertad termina allí donde empieza la libertad del otro' expresa el reconocimiento del otro como un prójimo. Lo que está pasando hoy en muchos escenarios es que aparece la idea de la negación del otro".

* Esta nota fue editada posteriormente a su publicación para consignar correctamente el campo de investigación de Matías Dodel.

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