washington abdala | Cabeza de Turco

Ingleses

¿Conoce usted el nombre de algún legislador de Artigas, Soriano o Tacuarembó? Y si usted votó en Montevideo: ¿Tiene presente el segundo legislador que resultó electo y que usted eligió con su voto en la lista de su preferencia? Sé bien que la mayoría no conocerá esos nombres.

Nos pasa a muchos, cero estrés. Pasa algo parecido con el asunto de no tener ni idea del rostro de quienes fueron los hermosos directores de Ancap que alegremente fundían la empresa diciendo: "Tout va très bien, Madame la Marquise". Tampoco conocemos el rostro de la mayoría de los viceministros (excepto el del Ministerio del Interior, por obvias razones) e incluso el de la mayoría de los ministros que no son "mediáticos". No conocemos a los políticos del poder que no están en los medios masivos. Estamos en un lío grave para la calidad democrática: el decisor con poder que no sale en la televisión, podrá ser relevante pero —aparentemente— no tanto como el que sabe usar los medios de comunicación y aquel al que los medios usan. Y es un drama vivir así porque si la democracia va a sostener su legitimidad en base a los que tienen acceso a medios de comunicación, terminamos en un reduccionismo mezquino donde no está claro quién defiende la libertad y quién la mata. Este problema, aclaro, es planetario. La democracia posmoderna se dispara en la participación de la gente con su voto, que se lo emite en base a lo que los medios masivos muestran como ofertas electorales. O sea, los medios masivos tienen tanto poder —o más— que el propio "pasante-político" de turno. Claro, esto no habilita a que se aplaudan leyes de control de medios de comunicación —como la nacional— que implican censura e intervención más que cualquier otra cosa. No se arregla así el desbalance de poder.

Por estos días he visto entrevistas de candidatos políticos de primer nivel en EE.UU y en Francia. Cada día los actores políticos improvisan menos sus presencias mediáticas, miden cada calificativo, cada adjetivo y hasta cada suspiro. A su vez, son cada vez más "ellos mismos", porque entienden la dinámica de la televisión y allí "protagonizan" sus roles de manera certera. Son una mezcla de actor de cine con productores de "frases de impacto". Eso les permite identificar los "piques" del imaginario colectivo. Les pido que presten atención a las alocuciones de Hillary Clinton y Nicolas Sarkozy. Ambos, además, ya atravesaron el poder de diversas formas, poseen una solidez que se palpa hasta en la forma en que respiran. Verlos es aprender el arte de comunicar.

Es cierto, las redes sociales desafían por abajo tanto a los políticos como a los medios masivos de comunicación. Por allí vienen noticias si los contenidos son reales. (Está lleno de truchos en ese juego.) Hay radios A.M. que miden un punto de rating y creen que inciden en alguien. Deliran, tienen sida radiofónico. Lo propio pasa con programas de televisión, en canales públicos, que no los miran ni los familiares de los que los protagonizan. Las audiencias se fragmentan y la torta publicitaria es la misma. ¡Terror! Hoy se sabe todo, medimos todo y se murió "el verso" de las agencias de publicidad. Estamos en un tiempo transparente. Por eso, al observar cómo el primer ministro inglés contesta periódicamente los cuestionamientos de la oposición en el Parlamento de ese país, me convenzo —cada día más— que los ingleses son genios en fusionar las tradiciones con el modernismo mediático junto a cierta liturgia que solidifica sus instituciones. En vez de mirar a tanto terrajerío latinoamericano como modelo de referencia hay que ir a las esencias de la democracia y dejarse de bobear. Para burradas ya tenemos bastante con las de acá. La mayoría de ustedes no imagina lo que tiene que soportar (cuestionamientos agresivos y bardeos varios) el primer ministro inglés. ¡Eso es democracia en serio! (Miren en Youtube por favor). Aprendamos de donde hace siglos la cosa anda y anda bien. Todo lo demás es asunto de nabos que ya sabemos no nos lleva a ningún lado. Inclusive de nabos, que trataban de nabos a todo el que se les ponía adelante, y ellos que se creían la reina del Carnaval y tras su pasaje por el mismo no quedaron ni las lamparitas del corso. Que no nos vendan más que se puede soplar y comer gofio. No se puede.

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