NOMBRES

El huracán Emmanuel Macron

Ante la debacle de los grandes partidos, se medirá con Marine Le Pen el próximo domingo e intentará dirigir el rumbo de Francia en su hora más crucial.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Emmanuel Macron se medirá con Marine Le Pen por la presidencia de Francia

Los alumnos más pequeños del colegio Victor Hugo de Avallon (Borgoña) fueron movilizados hasta la sala de actividades para ofrecer un concierto de bienvenida a Emmanuel Macron, que podía ser como ellos cuando tenía nueve años. Un pianista precoz. Un chico del interior y de buena familia cuyos padres ejercieron la medicina. Un niño rubio, de ojos azules. Y de curiosidad depredadora. La conserva a los 39 años y ejerce su carisma hipnótico delante de los escolares. Firma autógrafos. Se hace selfies. Y consuela las lágrimas de una niña a la que sorprende o abruma el revuelo de tantos periodistas. De tantos guardaespaldas. Y de tantos vecinos que comentan entre sí bajo la lluvia y los paraguas el contratiempo de la visita de Macron: es la primera vez que un aspirante al Elíseo acude a este municipio de 7.000 habitantes. Y no por casualidad, sino porque aquí ha echado raíces el Frente Nacional, el partido de su rival el próximo domingo en la segunda vuelta electoral, Marine Le Pen.

Decía Charles de Gaulle que las elecciones presidenciales francesas representan el encuentro de un hombre con el destino de un país. Se refería a su propio providencialismo, pero la cita también identifica la oportunidad de Emmanuel Macron (Amiens, 1977) como timonel de Francia. Un candidato prt-à-porter en la era de la política líquida o gaseosa.

Ese el contexto en el que Emmanuel Macron se ha convertido en máximo aspirante al Elíseo. Sin un partido. Sin apenas experiencia política. Y con todas las razones para atraer a los compatriotas que recelan precisamente de los partidos y de la política. O que reconocen en Macron una encarnación de la novedad y de la efebocracia, hasta el extremo de que el líder de En Marche, exégesis en movimiento de sus propias iniciales (EM), tiene casi la mitad de los años que habían cumplido De Gaulle o Mitterrand cuando agotaron sus mandatos presidenciales. Y reivindica una pureza, una epifanía, que puede reconocerse en sus rasgos de golden boy, en su aspecto aristocrático, en su oratoria de profesor universitario y en su mesianismo terapéutico.

Macron personifica la gran coalición. Presume de la bandera europea. Se erige en artífice de la reconciliación republicana: "Quiero aglutinar lo mejor de la derecha y lo mejor de la izquierda", declara a El País de Madrid con su voz abaritonada. Y con un candor que redondea su insólita pujanza en la campaña electoral. Hace menos de un año que Macron puso en órbita el movimiento En Marche. Y hace solo seis meses que hizo oficial su candidatura.

Ya había abdicado previamente —agosto— de su puesto de ministro de Economía en el gobierno de Hollande. Y promovió una carrera quijotesca a la que se han terminado adhiriendo 240.000 militantes. Entre ellos, el exprimer ministro Manuel Valls, otros ministros socialistas en plena actividad y una constelación de exministros conservadores que identifican en EM el milagro del sincretismo ideológico. Por ejemplo, Jean-Jacques de Peretti, cuyas razones para aliarse a Macron consisten en el proyecto de una Francia arraigada en el centro, en el europeísmo, en la subordinación del nacionalismo al patriotismo y en la abstracción de la "buena estrella".

El novato Macron parece iluminado y dopado por las arbitrariedades de la fortuna. Los militantes del Partido Socialista apostaron por la candidatura radical o marginal de Benoît Hamon (6% de los votos). Y los militantes de Los Republicanos (centro-derecha), convocados igualmente en la moda de las primarias, se equivocaron de caballo. No solo porque Alain Juppé hubiera conquistado el centro político desde la ya prosaica altura de miras, sino además porque la apuesta de François Fillon (19% de las preferencias) se ha malogrado en el barro de los escándalos judiciales, y ha permitido a Macron beneficiarse de todas las carambolas imaginables. Le Pen tratará de devorarlo con su oficio e instinto depredador. O haciendo inventario de las contradicciones macronianas. Que no escasean.

Macron defiende el laicismo, pero consiente el velo en la universidad y el burkini en la playa. No es socialista, pero desempeñó la cartera más relevante del gabinete de Hollande. Abjura de la casta, pero procede de ella en sus mejores linajes, hasta el punto de haber trabajado en la banca Rothschild o de haberse curtido en el sanctasanctórum de la élite francesa: la Escuela Nacional de Administración. Reniega de los partidos, pero En Marche es jurídicamente un partido. Y recela de las ideologías, pero Macron aglutina rasgos peronistas y hasta populistas. Lo admite él mismo en una reflexión desacomplejada: "Si el populismo es hablar a la gente sin pasar por el filtro de los partidos, entonces soy un populista, pero no acepto que se me confunda con un demagogo. Los demagogos halagan los oídos. Y yo no se los halago a nadie".

Las precauciones que despierta el fenómeno Macron no contradicen con que se haya convertido en una pasión política francesa. De otro modo, no estaría Michaela Constantin repartiendo propaganda electoral a la salida del metro de Garibaldi, en la periferia de París. Lleva puesto un impermeable blanco con las siglas de En Marche, es de origen rumano y ha cumplido 62 años, pero nunca se había implicado hasta ahora en la actividad de unas elecciones. Macron la ha seducido por las mismas razones que anteponen canónica y sistemáticamente sus partidarios: la juventud, la novedad, el equilibrio ideológico, el fervor europeo y el exorcismo a Le Pen.

"Llevo décadas en Francia y ha sido un país de acogida, tolerante, que ahora se expone al nacionalismo, la xenofobia y el racismo", explica Constantin. "Macron me parece la mejor solución a Le Pen. Es un antídoto perfecto al fanatismo político. Y se ha propuesto trabajar en todo aquello que nos une a los franceses, en lugar de exagerar todo aquello que nos divide".

El esposo de Constantin colabora en el voluntariado. Romain Stachejko no solo reparte programas y globos. Organiza uno de los 3.000 comités nacionales que ha logrado aglutinar En Marche desde que el "movimiento ciudadano" nació en Amiens —Norte de París— el pasado mes de abril sin mejores presagios que el voluntarismo y la temeridad.

Son células de dimensión variable, pero conectadas entre sí en la sede parisiense del partido, un edificio sin identificar del distrito XV, donde 200 voluntarios y otros profesionales trabajan en la divulgación de la campaña, valiéndose de las donaciones, apurando la energía de las redes sociales e inspirándose premeditadamente en el modelo de Obama, hasta el extremo de que la portavoz de En Marche, Laurence Ham, accedió al círculo más allegado del expresidente americano cuando trabajaba de corresponsal en un canal de la televisión privada francesa (i-Télé) y ha asumido ahora el papel de gurú en cuanto muñidora de las similitudes transatlánticas. "Macron y Obama tienen en común que no se quedan en la mera política, sino que promueven un modelo de sociedad", afirma Ham. 

LE LLEVA 24 AÑOS Y ERA SU PROFESORA.

Una historia que atrapa a Francia y la prensa rosa.

Si Emmanuel Macron logra ganar la Presidencia de Francia en las próximas elecciones, asegura que gran parte de su victoria tendrá el crédito de su esposa, Brigitte. "No estará escondida ni detrás de mí: estará a mi lado", dijo el aspirante.

Precisamente, Brigitte Trogneux pasó a ser el centro de atención por sus frecuentes apariciones públicas en las que apoya a cada momento al que se perfila como posible sucesor de Francois Hollande y el adversario de la candidata Marine Le Pen. Eso se ha visto en los últimos eventos de campaña en los que Trogneux besa a su marido y agradece la participación de los franceses.

Un elemento que pone un tinte de farándula a la candidatura de Macron está en la diferencia de edad que tiene la pareja: 24 años. Dicho lapso es comparado con el que tiene el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su esposa Melania.

Sin embargo, el hecho de que sea el esposo el menor, al parecer ha despertado más la empatía con la candidatura de este defensor del libre mercado y exministro de Economía del gobierno Sarkozy. Para algunas personas, la compañía de Trogneux (de 63 años) a Macron (de 39), también refresca la imagen de este último al mostrarlo como una persona moderna, no convencional y honesta en la política francesa.

Su primer encuentro se remonta al colegio. Trogneux era profesora de literatura francesa en una escuela secundaria de Amiens, la ciudad natal de Macron. A los 16 años, el hoy candidato, aficionado al teatro y la literatura, se enamoró perdidamente de la docente. En ese tiempo, Trogneux estaba casada y tenía tres hijos pero se divorció.

La familia de Macron, en un principio, no apoyaba tanto la relación. El padre de Emmanuel le había pedido a la profesora que se alejara de su hijo hasta que tuviera 18 años y, al mismo tiempo, le exigió al joven que debía terminar sus estudios de secundaria en el liceo Henry IV, del cual se graduó posteriormente con honores.

Pero antes de despedirse, Macron dejó una frase en la mente de Briggite: "No te vas a deshacer de mí. Voy a volver y me voy a casar contigo". Y lo que prometió el candidato se hizo realidad gracias a varias llamadas telefónicas y encuentros EL TIEMPO/GDA Y AFP

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