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Por la huella de la Argentina indígena

Una recorrida por las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy permitirá acercarnos a una raíz andina e india que el país vecino no suele exhibir a los viajeros con destino a Buenos Aires.

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Quebrada de las conchas

MIGUEL ÁLVAREZ MONTERO

Tan lejos y tan cerca es una forma de definir al Noroeste argentino cuando se le observa desde la costa rioplatense. Cerca porque está a un par de horas de avión; salvo Buenos Aires no hay casi otro lugar más próximo donde se vuele desde Montevideo. Y lejos por la diferencia con su conformación geográfica, sus costumbres, sus platos típicos y su oferta comercial. Un viajero acostumbrado a que la Argentina es solo Buenos Aires, cuando se encuentre en los Valles Calchaquíes o la Quebrada de Humahuaca le costará mentalizarse en que aquello es también el país vecino.

Raíz indígena.

Las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy tienen una total familiaridad con la América andina e indígena, raíz que proviene de mucho antes que el blanco llegara al continente. Descendió desde el Alto Perú y se instaló en esas comarcas donde ya había diaguitas y quilmes, pero que la fuerza mayor de los incas fueron culturizando y dominando. Hoy, varios siglos después, mantienen una mayoría de población india y mestiza, aunque el origen racial de esos habitantes se pierde en el cruzamiento de los siglos: ya no hay puros coyas, ni incas, ni diaguitas, ni calchaquíes, ni aymarás: cada individuo tiene un poco de cada etnia.

Cuando un viajero interactúa con ellos en restaurantes, hoteles, oficinas de información turística o comercios de artesanías— descubrirá que esa población tiene un grado de buen trato, cortesía y educación superior a la que se recibe en la mayor parte de Buenos Aires.Son sumamente amables, respetuosos y se expresan con total corrección; parecen incontaminados por el "tinellismo" y el "tablón boquense".

Por lo demás, un turista puede caminar a la medianoche por cualquier calle de los pueblos sabiendo que estará a resguardo de la inseguridad que se vive en las capitales rioplatenses.

Los textiles.

En todo ese interior la población indígena vende sus artesanías y sus textiles: aguayos, ponchos, mantas, alfombras o bufandas de vicuña o llama, con diseños y colores de antiquísima tradición. Y el turista aprende, de tanto verlos y tocarlos, cuándo son tejidos a mano y cuándo la máquina industrial se metió en ese mercado.

El precio de esos productos difiere según se trate de un aguayo antiguo o uno industrializado. Y cuánto más antiguo ya no estará en un simple escaparate, sino que pasará a exhibirse colgado de una pared y protegido por un vidrio, tal como una obra de arte.

También es importante saber que cuando una bufanda es de vicuña valdrá por lo menos el doble que una de lana de llama.

La gastronomía.

Todos los restaurantes tienen en su carta los platos típicos de la región, esos que nacieron en los ranchos de adobe y hoy son pedidos por los turistas. El locro (cazuela de barro en la que se entreveran granos de choclo, porotos y carne en un caldo espeso), la humita (en base a choclo rayado), los tamales (carne sofrita y aderezada envuelta en hojas de chala de maíz), la carne de llama (que es de un sabor más light de lo que puede esperarse), la trucha obtenida en los ríos cercanos y las empanadas (las de carne cortada a cuchillo o las de queso de cabra) son obligatorias en cualquier oferta gastronómica.

El vino regional es competencia del mendocino. Antes de beberlo en un restaurante, el viajero puede experimentar la visita a varias bodegas que abren sus puertas al turista y a partir de entonces saber que los platos tendrán un acompañamiento de lujo en los malbec y los torrontés locales.

Y dada las circunstancias del cambio de moneda, se come por un precio muy inferior a lo que estamos acostumbrados los uruguayos.

Itinerario.

Para un viaje de entre 7 y 12 días se sugiere partir de Tucumán por la ruta 307, que lo llevará hasta Tafí del Valle (110 kilómetros de distancia) recorriendo entre montañas selváticas un deslumbrante camino de cornisa con un río abajo. Hay que respetar a esa sucesión de curvas y abismos que serán una constante en casi todo el viaje, no en vano a lo largo del trayecto se ven decenas de pequeños altares con flores, homenajes hacia quienes fueron quedando por el camino. Entusiasma manejar en esas rutas de curvas pronunciadas y espectaculares vistas de montaña, pero para disfrutarlas hay que saber respetarlas comprendiendo su peligro.

Antes de llegar a Tafí, casi sin transición se pasa de las montañas de selva húmeda a las áridas, de la vegetación lujuriosa a la tierra seca y rosada. Todo en pocos kilómetros. Tafí es el sitio de veraneo de los tucumanos de buen pasar, un pueblito en medio de un valle con un lago para deportes náuticos, una calle llena de restaurantes, tiendas típicas y poco más.

De Tafí a Cafayate y Molinos, pasando por un silencioso pueblo indígena llamado Amaicha y las ruinas de Quilmes (restos de antiquísimas construcciones), comienzan a atravesarse los Valles Calchaquíes. Son 100 kilómetros que ofrecen más montañas, un valle de belleza extraordinaria y atardeceres subyugantes. El "abra del infiernillo" es una abrumadora sucesión de curvas y cuestas que trepan hasta los 3 mil metros.

En Cafayate se sugiere un paseo por la montaña acompañado de alguien de la comunidad diaguita, que le enseñará antiguas pinturas rupestres de sus antepasados.

De Molinos puede tomarse un desvío por la Quebrada de las Conchas para conocer la garganta del diablo y el anfiteatro, que son extrañas formaciones de la montaña, pero conviene volver a Molinos y seguir hacia Cachi, pasando por Seclantás, el lugar por excelencia de los artesanos en telas, que en un camino de 10 kilómetros muestran su producción, entre ellos Pedro Guzmán, famoso porque le regaló un poncho al papa Francisco y tuvo por eso una fama que ya lleva más de 15 minutos.

El camino hasta Cachi, por la mítica Ruta 40, sigue alternando entre un valle desértico, con cardones (o tunas) y trepando nuevas montañas que los minerales que componen su suelo les da diferentes colores (del ocre al verde pasando por el rojo intenso, el marrón y el amarillo). El paso por la llamada Quebrada de las Flechas es lo más "adrenalítico" de todo el viaje.

De Cachi se va a Salta en un par de horas. La capital provincial tiene una bellísima plaza principal donde resaltan la enorme catedral neoclásica y el cabildo colonial, uno de los pocos del siglo 18 que en el Noroeste argentino sobrevivió a los terremotos. Una visita obligada es el Museo de la Alta Montaña, una maravilla didáctica que va preparando al visitante hasta desembocar en la sala final, donde se encuentran las momias conservadas de tres niños indígenas sacrificados a los dioses varios siglos atrás y hallados intactos, en 1999, entre las nieves del volcán Llullaillaco, a más de 6 mil metros de altura.

De Salta a Jujuy y de allí se ingresa a la Quebrada de Humahuaca, que transcurre por 200 kilómetros hasta Iruya, un pequeñísimo pueblo colgado de una montaña. La quebrada deslumbra por su paisaje sinuoso y agreste. Purmamarca es su pueblo más emblemático, donde se prohibe circular en auto (se debe dejar a la entrada del pueblo) y donde una recorrida a pie de una hora por la ladera de una de sus montañas es un regocijo para el espíritu. Tilcara, Maymará, Huacalera, Humahuaca y Tumbaya acercarán al visitante a ese mundo donde se mezcla lo indígena, la conquista española, la evangelización cristiana, la guerra de independencia y el caudillismo (por allí anduvieron Belgrano y Martín Miguel de Guemes, entre otros). Hay pequeños museos a lo largo del trayecto que ilustran los avatares de la historia de la región.

Una desviación desde Purmamarca hacia las Salinas Grandes permitirá ver esa extraña formación geográfica de una increíble pureza blanca, a lo que se agrega el sabor del mismo camino, que pasa por la Cuesta de Lipán, donde se sube desde los 2 mil a los 4 mil metros en poco más de media hora (hay que cuidarse del soroche o apunamiento) y de allí se baja hasta la Recta del Tintín, una rareza de carretera, en perfecta línea recta de 30 kilómetros, que atraviesa un valle de lado a lado entre dos montañas.

Habría mucho más que contar sobre el Noroeste argentino, pero no hay palabras que se comparen a las sensaciones que el viajero experimentará entre la majestuosidad de sus montañas.

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