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Es hora de aprender este nombre: Trairi

En Brasil, en la costa del estado de Ceará, a medio camino entre Fortaleza y la famosa Jericoacoara, estas son las playas que están emergiendo como el último gran secreto del Nordeste brasileño.

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Está compuesta por cuatro playas y es imán de kitesurfistas.

Cuando yo llegué, a las cinco de la tarde, ni los perros pasaban", dice Ivanor Lencina, dueño de Nonô, el restaurante y pizzería más famoso de Flecheiras, una larga, ventosa y solitaria playa ubicada unos 120 kilómetros al Noroeste de Fortaleza, en el estado brasileño de Ceará.

Ivanor Lencina es en realidad Nonô, como lo conocen todos por aquí, un gaúcho de Porto Alegre que llegó a Flecheiras hace doce años buscando un lugar tranquilo y soleado para huir de la ciudad y que, como muchos, decidió quedarse para siempre. "Con mi mujer nos habíamos dicho: cuando cumplamos 40 vamos a cambiar de vida, y así lo hicimos. Comenzamos a hacer pizzas. Al principio fue difícil. Aquí no había nada. Solo un par de posadas y tres barracas de playa. La misa era el último domingo del mes, cuando venía el padre. Eso cambió: ya hay misa todos los domingos".

Nonô cuenta su historia bajo una noche estrellada de octubre en su restaurante de Flecheiras, mientras las pizzas se cocinan en el horno y el viento tibio del Nordeste brasileño mueve las palmeras. Hoy tiene su propio restaurante, una vida calurosa donde las camisas y las corbatas no existen y un terreno de 15 por 30 metros que hace once años compró por 1.300 dólares y que hoy vale 26 mil.

Flecheiras es una de las cuatro playas que conforman Trairi, pequeño municipio en la costa del estado de Ceará, cerca de la línea del Ecuador, que recién comienza a aparecer en el mapa turístico del Nordeste brasileño. Hoy, Trairi es uno de esos sitios donde el cliché del "tiempo detenido" no es tan cliché; donde hay una sola calle principal de piedra que une a sus cuatro pueblos costeros —Flecheiras, Guajiru, Emboaca y Mundaú—; donde los burros y las vacas caminan libres por la arena, donde los pescadores todavía se levantan al alba para sacar langostas; donde los niños juegan a la pelota día y noche, y donde los viejos se sientan toda la tarde en el patio de sus casas porque allí está más fresco y porque, en realidad, no hay mucho más que hacer, ni mucho más adonde ir.

Para ubicarse, Trairi está a medio camino, por la ruta CE-085, entre Fortaleza y Jericoacoara, la playa más famosa del estado y que hace unas tres décadas vivió lo mismo: era un lugar remoto, pequeño y solitario, rodeado por dunas, donde no había nada ni nadie hasta que un puñado de extranjeros aventureros lo "descubrió" y se instaló allí y abrió posadas y restaurantes y agencias y así llegó el turismo y el dinero y la simple palabra "Jeri" se convirtió en un sinónimo más del paraíso, o algo parecido.

La historia de Trairi es similar. Si en sus orígenes, a fines del siglo XVII, fue colonizada por misioneros católicos que llegaron a evangelizar a los indígenas del lugar, hoy puede decirse que quienes volvieron a colonizar estas playas vinieron con una misión mucho más profana: desafiar el viento y las olas arriba de una tabla de kitesurf, el deporte por excelencia en toda esta costa. Y que es la razón por la que a comienzos de octubre, cuando el viento es fuerte y constante, casi todos los turistas que están en Trairi —en realidad, solo un puñado de personas— son forasteros.

"Yo diría que los extranjeros llegaron hace unos quince años, buscando nuevos sitios para velerear", cuenta Jailson Sena, dueño y profesor de Guajiru Kite Center, una de las escuelas más antiguas de Trairi y que funciona en Guajiru, la otra playa principal de Trairi e imán de los kitesurfistas, según explica él mismo: "Aquí las condiciones son las mejores. El viento es constante y se encaja de forma lateral, con promedio de 20 a 25 nudos, lo que hace más fácil velerear", dice bajo el techo de su centro de kitesurf, con su camiseta de la selección brasileira —la 10 de Neymar— muy bien puesta.

Jailson nació en Guajiru y, como muchos aquí, solo sabía surfear. Pero en el mar mismo veía a todos estos gringos con sus enormes velas de colores y, cuando un primo que había aprendido, le enseñó a él cómo se hacía, entonces no paró más. Hace diez años velereó por primera vez y hace ocho abrió su escuela, que ahora también cuenta con restaurante. "El kitesurf ha cambiado mucho la economía de este lugar", dice. "La pesca ya no es como antes, donde se sacaban muchas más langosta y peces. Los pescadores antes sobrevivían más con su oficio, pero eso comenzó a cambiar con el turismo. Hoy están saliendo más trabajos y he podido ofrecérselo a otros amigos, y así está pasando en Guajiru. Todo está creciendo".

El paisaje costero de Trairi es así: hacia un lado, el mar azul, celeste y turquesa, moviéndose por el viento. Kilómetros y kilómetros de arenas solitarias donde reposan unos frágiles barcos de madera de una vela —llamados "paquetes"— y por donde caminan burros salvajes y famélicas vacas que algo de leche y carne deben dar. Hacia el otro lado, las casas de colores de los pueblos, de uno o dos pisos de cemento. Unas pocas palmeras por aquí, por allá. Y flanqueándolo todo, extensas dunas como de algodón y enormes aspas eólicas que se levantaron aquí porque, claro, el viento es cosa seria y porque sería ilógico no aprovecharlo para producir energía, sobre todo en un lugar tan vasto y solitario.

Las playas, las dunas, las aspas eólicas y los burros conforman la curiosa postal de este lugar que es casi un desierto: Trairi es una entrada más al sertão, la desconocida región interior de Brasil que en el estado de Ceará alcanza niveles de sequía cinematográficos. "La gente que conoció Trairi antes de las aspas eólicas dice que el paisaje era mucho más bonito, pero a mí parece que le dan un toque especial", dice Alejandro Ureta, un argentino que hace tres años llegó a Trairi para hacerse cargo del Zorah Beach, un exclusivo hotel de lujo, sorprendente sobre todo para un lugar como Guajiru, donde no viven más de mil personas y la simpleza es ley.

"En las playas de Trairi lo que más hay son casas privadas de gente de plata que viene de Fortaleza y que durante años ha llegado a veranear aquí. Hay más casas de veraneo que posadas", dice Alejandro mientras maneja en su jeep por la única calle de Guajiru, que conduce a una plaza con una pequeña iglesia y un puñado de tiendas que hoy lucen vacías. "Trairi cambia bastante los fines de semana largos y los feriados, pero el resto del año es así como lo ves: súper tranquilo. Poca gente viene solo a Trairi, porque todavía no es un destino en sí, pero sí una buena escala intermedia antes de ir a Jeri. El viaje hasta allá desde Fortaleza dura seis horas. Y aquí estás a dos horas y media".

Alejandro continúa manejando por la única calle de Guajiru que de piedra pasa a transformarse en arena. "Las dunas están allá", dice indicando hacia el lado opuesto al mar. "Allí está la posada de un polaco que recibe kitesurfistas. Y si seguimos nos vamos a topar con esta casa —y apunta más allá—. Después de eso no hay nada".

En menos de tres minutos hemos atravesado Guajiru. Y efectivamente: después de esa casa no hay nada. Solo mar y arena. Mar y arena. Flecheiras es lo más desarrollado de Trairi, seguida por su vecina Guajiru, el tesoro de los kitesurfistas. Hacia el Noroeste están Emboaca, una rústica villa de pescadores y, finalmente, Mundaú, otro sencillo pueblito, bastante más verde que los demás —la playa está flanqueada por gran cantidad de palmeras—, cuyo río, que se llama igual, marca uno de los límites del municipio. La subida por el río Mundaú en catamarán es uno de los paseos por excelencia de Trairi, quizás el único que se hace regularmente aquí. Lo común es ir al atardecer, para ver desde las dunas el sol como una bola redonda y anaranjada que se esconde detrás de los manglares. "Vine de paseo a Mundaú y no me fui más", dice Joao Vinicio, capitán de uno de los seis catamaranes que navegan por el Mundaú.

Octavio Iglesias llegó a Trairi, tal como Nonô, como Alejandro, como Joao, como los kitesurfistas que pasan largas temporadas aquí, persiguiendo el sueño de vivir en la playa, en el calor, en el simple y eterno relajo del Nordeste brasileño. Pero dice que aún no puede cumplirlo a cabalidad. "Sí, me gustaría dedicarme al kitesurf, pero mira la barriga que tengo", dice. "Es que todavía no puedo desviar recursos, hasta que tenga todo esto funcionando. Y espero que sea seis meses como máximo, para empezar esa vida de playa que aún no la hago a tope. Sé que me va a gustar". 

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