TERESA HERRERA

"No hay que educar a princesas y campeones"

Argentina, “violentóloga”, desarrolló su carrera en este país. Transformó cuestiones privadas en temas públicos. Se dio cuenta que padecía lo que estudiaba. Y pudo salir.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"Uruguay es uno de los países más machistas de América Latina". (Foto: Darwin Borrelli)

LEONEL GARCÍA

Monte Grande, provincia de Buenos Aires, 1966. Teresa Herrera, catequista de 13 años, les hablaba sobre la Navidad a los niños de una villa miseria cercana al aeropuerto de Ezeiza. "Es el cumpleaños de Jesús", les decía, muy contenta y muy moderna, con el espíritu inculcado por el Movimiento de los Sacerdotes para el Tercer Mundo. Más de un chico la miraba con perplejidad. "Teresa, ¿qué es un cumpleaños?".

Ahí nació la futura socióloga. "Quería hacer algo que cambiara las condiciones de vida de la gente", cuenta hoy Teresa Herrera a los 62 años, agnóstica de un tiempo a esta parte y viviendo en Uruguay desde 1980. Licenciada en Ciencias Sociales ese mismo año, en los 80 hizo un postgrado en Ecuador y en 2013 un doctorado en su amada Universidad de Buenos Aires. Y por su especialización en violencia de género y de generaciones muchos la han llamado "violentóloga".

—¿Se lo dicen con buena intención?

—Sí, ¡aún no me han dicho feminazi!

Teresa Herrera ríe. Le encanta hablar de ella, reconoce. "Soy un poco narcisista". Su niñez la vivió en el Barrio Norte porteño y hoy reside "en el hermosísimo Parque Rodó". Su madre, de 82 años, esa que siendo niña le narraba los cuentos de Tilín, "el duende familiar", hoy la viene a ver a Uruguay todos los veranos y no vuelve a Buenos Aires sin marchar con las Mujeres de Negro en las Llamadas. También en Argentina están sus "adorados sobrinos", de 10, 6 y 4 años.

Casada y divorciada dos veces, la socióloga no tiene hijos biológicos pero sí dos "del corazón", hijos de su primer marido, que ya le dieron tres nietos. Adora a The Beatles, a los búhos, a Serrat y a Lisbeth Salander. Está orgullosa de su doctorado a los sesenta. Y dice que, "contrariamente a lo que la gente cree" por su presencia en los medios y por la consultora de investigación de mercados que lleva su nombre, es "más bien pobre". Sus logros van más allá de lo económico: en 1996 fue la primera que le puso cifras a la violencia doméstica en Uruguay y en 2003 fue la primera en hablar del abuso sexual infantil en la televisión abierta, junto al sexólogo Gastón Boero. Hizo que las "cuestiones privadas" de antaño se reconocieran como lo que son: problemas públicos.

Y cuando habla lo hace desde la academia y desde la primera persona.

Acá existe.

Militante demócrata-cristiana primero y de la centro izquierdista Alianza Popular Revolucionaria después, el golpe de Estado de 1976 en su país la encontró presidiendo las Juventudes Políticas Argentinas, que de inmediato fueron ilegalizadas. "No fui presa porque me saqué la lotería, pero me amenazaron de muerte. Tuve que bajar mucho el perfil". Se recibió en setiembre de 1980, a Uruguay y por amor se mudó en diciembre y, en mayo de 1981, ya en este lado del Plata, también bajo el yugo militar, sufrió su primer allanamiento. Es que su primer marido, el analista político Juan Carlos Doyenart, estaba vinculado al Partido Demócrata Cristiano. "Sé que hubo gente que la pasó peor, pero yo no estoy muerta porque no era mi hora. Muchos que tenían menos que ver que yo siguen desaparecidos, solo por figurar en alguna agenda".

Su carrera la realizó en Uruguay. Y desde el arranque, mientras se ganaba la vida entre la docencia y las investigaciones de mercado, comenzó a interesarse en los temas de género. Primero comenzó con aristas más "tradicionales", como las inequidades laborales. Pero en 1996, para que se aprobara el Programa de Seguridad Ciudadana con el préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), esta institución pidió un estudio de prevalencia de violencia doméstica y la contactó. Ella era una de las pocas que hablaba del tema. Incluso recuerda que el entonces ministro del Interior, Didier Opertti, decía que ese problema en Uruguay "no existía". El resultado fue alarmante: uno de cada tres hogares en Montevideo y Canelones padecía eso que algunos veían inexistente. El hogar, ese "sagrado inviolable", podía ser cárcel y tumba para miles de mujeres.

—Políticas como la tobillera o las medidas restrictivas, ¿han ayudado en algo?

—Cuando actúa el Ministerio del Interior es tarde. La represión debe existir, pero es la última etapa. El problema pasa por el cambio cultural, que no se ha dado. Uruguay es uno de los países más machistas de América Latina. Y es un machismo muy complicado, muy educado. Cuando Opertti opinaba eso —que no fue lo mismo que opinó después, aclaro— era porque ¿cómo iba a pasar eso en la Suiza de América? Era en base a un estereotipo sobre nuestro mayor nivel educativo. Y eso es una falacia: los casos más terribles que conozco se dan en hogares con niveles educativos y socioeconómicos muy elevados.

—¿Y cómo sería ese cambio cultural?

—No educando "princesas" y "campeones", por ejemplo, ¡como aparece hasta en los pañales! A las nenas se les enseña a estar lindas, siempre arregladitas, sumisas, prontas para ayudar a mamá y jugar a las muñecas; a los nenes, que deben ser fuertes, que los conflictos se pueden resolver a las piñas y que vayan a jugar al fútbol.

Me pasa a mi.

Mientras escribía ese informe para el BID, la socióloga se veía a ella misma. "Yo me decía: Esto me está pasando a mí". Hoy lo cuenta sin problemas; para ella es fundamental dejar claro que se puede salir. "De mi segundo matrimonio me divorcié por violencia doméstica. Es que las mujeres muy emponderadas que ganan más que el marido, que cuestionan el rol del macho proveedor, también somos pasibles de ser víctimas. Hay hombres que no toleran eso".

—¿A usted le pasó?

—Sí, yo lo mandé preso. Pasa que tenemos tan naturalizadas las relaciones hombre-mujeres que aún las feministas caemos en una serie de trampas sin darnos cuenta. "Para qué discutir. ¿No le gusta mi familia? La veo yo por mi lado". "No le gusta esto... y bueno, bien". "Se enojó por lo otro... y bueno, estará de mal humor". Y sin darse cuenta uno va cediendo terreno todos los días. Un golpe es la última etapa, antes está el ninguneo, el aislamiento.

Se puede salir, subraya, pero no sola. Se requiere apoyo familiar, de amigos y de psicólogos. "Pero no cualquier psicólogo, sino uno que entienda del tema. Porque muchos tienen la teoría de la pseudocomplicidad: ¿Y por qué lo soporta?, ¿Por qué no se va?. En mi caso, teníamos la consultora juntos y me amenazaba con hacerme un escándalo delante de los clientes. ¿Por qué no se va? Porque necesita ayuda y comprensión, porque todas las instancias que siguen en esos casos, la denuncia y el juzgado, están hechas para revictimizar. Todas".

En Teresa Herrera y Asociados sigue haciendo investigaciones de mercado. Los estudios de violencia de género y de generaciones la apasionan, pero son los que menos rédito económico dan. Toda una postal. También es coordinadora en Aire.uy, una ONG de derechos humanos presidida por Gastón Boero. Fue en un programa dirigido por él, El sentido del sexo en canal 10, que en 2003 habló por primera vez del abuso sexual infantil. Había terminado un estudio para la Oficina Internacional Católica de la Infancia y, luego de mucho análisis, decidieron hacerlo público. "Es el crimen más impune de la humanidad, a nivel mundial solo se castiga al 1% de los culpables. ¿Por qué? Porque a los niños no se les cree". Los teléfonos colapsaron de gente que reconocía, por primera vez en décadas, lo que había sufrido. Otro flagelo de toda la vida, dejaba de ser tabú. "Sacar esos temas a la luz es una de las pocas batallas que se puede decir que ganamos", dice.

—Y al final, ¿hoy piensa que hizo algo para cambiarle las condiciones de vida a la gente? ¿A sus sobrinos y nietos?

—No sé si mejor. Lo más importante es que tienen que buscar que sí sea mejor, que no hay que desentenderse, que no hay que mirar al costado. Eso es lo fundamental.

RABIA POR GONCALVEZ

Herrera es admiradora de Lisbeth Salander, la heroína de la serie Millennium, del fallecido escritor sueco Stieg Larsson. Es una joven con grandes problemas para socializar y que ha sufrido abusos desde chica. Sin embargo, su gran inteligencia la hace no solo descollar como investigadora y hacker sino que todo aquel que le pone un dedo encima tarde o temprano sufre las consecuencias. "Eso lo comparto en la ficción porque creo en la Justicia. Pero luego se ven cosas como las de (Pablo) Goncálvez...".

La enoja la reciente liberación del asesino serial más conocido de la historia del país. "La legislación uruguaya tiene un gran atraso", dice. Como ejemplo, recuerda que recién a fines de 2005 se derogó esa ley que eximía del delito de violación al hombre que se casara con la víctima. "Y yo siento que esta salida es producto de ese atraso. Será todo lo legal que digan, pero los parámetros legales no prevén que hay personas psicopáticas, asesinos seriales, homicidas... Goncálvez tiene el menú completo, ¡no le falta nada! Es un riesgo que esté suelto. Yo no soy partidaria de la pena de muerte, pero gente como él debería estar encerrada de por vida. En casos como este, debería haber cadena perpetua".

SUS COSAS

Su disco

Amante de The Beatles y del primer rock argentino, su disco preferido sin embargo es Mediterráneo (1971), de Joan Manuel Serrat. Para ella, el catalán es su juventud y un amor imposible. "Nunca quise conocerlo. Creo que es el único tipo con el que haría un papelón".

Sus objetos

Tiene una colección de más de mil búhos de todos los materiales: vidrio, cerámica, madera. De todos los países y tamaños. "Compré muy pocos, la mayoría son regalados". Su fascinación le viene porque son "el bicho de la sabiduría y el de las brujas". Al fallecer, el periodista Álvaro Barros Lemez le legó su colección de estos animales.

Su ciudad

Ella no duda: Venecia, en Italia. "Quizá por eso de que soy agnóstica, estoy convencida de que en otra vida viví ahí. Cada vez que llego me siento como en mi casa, y eso que soy espacialmente muy despistada". Enseguida aclara que el único ámbito en el que no es despistada es el laboral.

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