JORGE BARRERA

"La gente pide mano dura si le toca a otros"

Abogado vocacional y mediático, afirma que los penalistas no son magos para cambiar culpabilidad por inocencia y defiende el derecho a un proceso justo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El abogado penalista Jorge Barrera (Foto: Francisco Flores)

LUIS PRATS

—Hola, soy Jorge Barrera.
—Encantado de conocerlo, doctor, pero ojalá que no lo necesite.
Con cada vez mayor frecuencia, Jorge Barrera (48) participa en diálogos como este.

Según el abogado penalista, ese prejuicio encierra una "falsa lectura" sobre el Derecho Penal. "Todos somos capaces de tener una relación con el Derecho Penal: como víctimas, como imputados, como denunciantes, como denunciados. Se piensa: 'Ojalá que nunca me llegue'. Será por eso que los penalistas somos impopulares, porque nos ven asociados a los problemas", comenta, con algo de lamento. Pero enseguida lo matiza con un chiste: "Algo parecido me pasa a mí con los médicos. Por eso no he adelgazado..."

En una era en la cual el delito figura con destaque constante en los medios, Barrera se ha convertido en un abogado mediático, que aparecía en televisión un día sí y otro también en casos como el asesinato de Lola Chomnalez o el secuestro de Milvana Salomone. Además, alcanzó notoriedad futbolera por su actuación como delegado de Peñarol, aunque sus primeras apariciones en la prensa se remontan a los tiempos en que era un joven diputado de la lista 15 colorada. Hoy asegura que no volverá a la política y si bien ahora apoya el proyecto de Edgardo Novick, dice que no cumplirá otra actividad que la de votarlo.

Vocacional.

Barrera, montevideano de nacimiento aunque vivió durante su niñez en Minas, siempre quiso ser abogado y penalista, salvo en el breve período infantil en que soñó convertirse en otro Ladislao Mazurkiewicz en el arco aurinegro. Pero a los 14 años ya tenía resuelta su vocación.

"Estudié abogacía sabiendo que quería ser penalista. Tengo muy arraigado el sentimiento de justicia y de defensa de las garantías individuales. El Derecho Penal es el derecho que debe combinar la eficacia en la represión del delito con los derechos humanos y las garantías individuales. El papel del abogado defensor me parece clave en una sociedad democrática", afirma.

La carrera en la Universidad de la República la complementó con Relaciones Internacionales, "para tener una visión más global del funcionamiento de una sociedad", según explica. En los veranos trabajaba en el hotel La Capilla de Punta del Este, donde empezó como lavacopas y llegó a encargado, para financiarse la dedicación exclusiva a los libros el resto del año. "Me obligaba a salvar todas las materias en diciembre. En toda la carrera nunca di un examen en febrero, porque tenía la obligación de trabajar para ganarme el sustento para el año. Eso también me fue formando la personalidad, la disciplina", asegura.

Después hizo una maestría en Derecho Penal en la Universidad Austral de Buenos Aires y se perfeccionó en delitos culposos y delitos económicos. Los primeros son los que se producen por impericia, imprudencia, negligencia o violación de las normas y tienen un resultado lesivo. Por ejemplo, los accidentes de tránsito. Y justamente este tipo de casos son los que le llevan más tiempo y le representan la mayor fuente de ingresos, por sobre los casos penales, más conocidos públicamente.

Además, es profesor en la Universidad de Montevideo, así como de posgrados en la Universidad Austral y la Universidad de Piura en Perú, lo cual lo obliga a frecuentes viajes, aunque en el caso de Perú concentra toda la actividad en una presencia intensa y de pocos días.

El ejercicio.

De las aulas a la práctica diaria de la profesión encontró una brecha, que otros abogados y profesores le ayudaron a saltar. Por eso asegura que sus colegas no son competencia ni enemigos, sino personas que comparten un trabajo. Pero advierte que a veces hay una doble lectura del Derecho Penal entre la población.

"Cuando le toca a otros, pedimos mano dura, todo el peso de la ley y no nos importa si se vulneran derechos o garantías. Pero si la situación se acerca a uno o a un familiar o amigo, se hace prioridad en las garantías y derechos. Esa doble lectura del Derecho Penal tiene que modificarse por una lectura del nosotros. Todos los seres humanos tenemos la misma dignidad, todos tenemos derecho a un proceso justo. Así, se puede defender a una víctima o a un imputado y tener el mismo amor por el Derecho", sostiene.

En ese sentido, asegura que en "muchísimos casos", por amistad, afecto u otras circunstancias accede a trabajar sin percibir honorarios, cuando el posible defendido no tiene la capacidad de afrontarlos. "Creo que la justicia social no es un valor para predicar sino un valor para vivir", dice.

—¿Hay casos que no acepta?

—Hay casos objetivos que no tomo, no porque no crea que no tienen derecho a defensa, sino porque no me siento cómodo trabajando en ellos: violación a derechos humanos, violaciones. También personas con las que no tengo afinidad o que no estén de acuerdo con mi estrategia de defensa. Aclaro que deben ser personas que hayan cometido el delito, no las que hayan sido acusadas falsamente de un delito. En esos casos tengo que estar convencido de su inocencia. Si no lo acepto, le sugiero otros defensores.

—El abogado defensor, ¿busca la absolución o una pena más justa?

—Somos abogados y no magos. Si las pruebas son concluyentes sobre la existencia de un delito va a haber una pena, eso es incuestionable. En ese caso el trabajo se dirige a que la pena sea justa. Si no hay responsabilidad penal mi obligación de trabajo es derribar los elementos que pudieran existir como indicios. Hay algo que no debemos perder: las personas no tienen que probar su inocencia. Es una carga y una obligación del Estado probar que no hay inocencia.

Los medios.

Barrera admite que su profesión lo ha vuelto mediático. "Los propios asuntos penales se han transformado en mediáticos. Porque también muchas veces forma parte integral de la defensa penal la contestación pública de las acusaciones. Nadie puede negar que los medios generan opinión y en esa generación de opinión también tiene que estar el punto de vista del cliente. Deben establecerse las dos versiones porque puede generarse un daño a la reputación y el honor en el caso que exista silencio. Algunos profesionales y clientes entienden que la estrategia es el silencio, otros entendemos que el criterio es variable según el caso concreto", indica.

—¿Al posible cliente le pregunta si cometió el delito que se le imputa?

—Para mí es clave saber la verdad. No puedo dar un servicio técnico serio sin saber la verdad. Es como si fuera a consultar a mi gran amigo olvidado, el doctor Norberto Liñares, y en vez de decirle que tengo problemas de peso le digo que me duele el pie. Le estoy mintiendo. Y me hará un tratamiento para el pie. Para mí lo primero es que me digan la verdad. Necesito saberla.

—¿Alguna vez logró la absolución de un cliente que usted sabía era culpable?

—Es una pregunta muy teórica porque nunca me pasó. Hay un mito que sobrevuela, sobre que puede existir un penalista que cambie la culpabilidad por la inocencia. Para eso yo recomiendo un mago porque esa situación solo se puede dar si la fiscalía no hace bien su trabajo. Y en Uruguay la fiscalía trabaja bien.

Amores

Otras dos facetas terminan de pintar la personalidad de Barrera: su religiosidad y su fanatismo aurinegro.

"Durante mucho tiempo fui agnóstico. Era bautizado y tomé la comunión, tuve la rebeldía y la crisis de fe de cualquier adolescente pero luego, bajo el impulso de Juan Pablo II, volví a la práctica de la vida sacramental. Ir a misa, confesarme. Sigo creyendo que el camino hacia la felicidad es ser muy amigo de Dios", sostiene. Luego de una larga búsqueda con su esposa, cuando llegó el hijo deseado lo bautizaron, justamente, Juan Pablo.

"La delegación de Peñarol me saca tiempo pero forma parte de los sacrificios del amor", asegura. También afirma sentirse "muy comprometido" con el proyecto institucional de Juan Pedro Damiani.

"En mi vida hay dos cosas que me va a acompañar siempre, el amor a Dios y el amor a Peñarol", resume.

Inseguridad y medidas.

Jorge Barrera no cree que la situación de inseguridad se solucione aumentando la severidad de las penas. "El mundo entero está viviendo lo que el maestro Jesús Silva Sánchez llama populismo punitivo. Es decir, creer que el aumento de penas es la receta para generar mayor seguridad. Y eso es exigirle al Código Penal soluciones y objetivos que no son propios del Derecho Penal", afirma.

"Los problemas sociales se resuelven con políticas sociales, con medidas económicas y educativas. Si el Derecho Penal quiere empezar a solucionar problemas sociales, lo que vamos a generar son inequidades", agrega.

Barrera sostiene que la receta de aumentar las penas para generar mayor seguridad "fracasó en el mundo entero". "Si analizando algunos delitos o situaciones concretas se aprecia que es necesario aumentar las penas, sí, pero no como receta general", enfatiza.

Además, el penalista está convencido de que el nuevo Código del Proceso Penal, que comenzará a entrar en vigencia en 2017, representará un gran avance. "Una de sus novedades es que las audiencias van a ser orales y públicas. De esta forma habrá un mayor control de la población y del propio cliente", asegura.

SUS COSAS.

Sus ídolos.

De niño, Barrera dormía con la camiseta de arquero de Ladislao Mazurkiewicz, regalo de su madre. Cuando vio su primer clásico, sumó a Morena a su galería de ídolos. "Ahora tengo el gusto de trabajar con él en Peñarol. Yo le digo Fútbol y gloria, no Fernando", cuenta.

Su segunda casa.

"Buenos Aires me fascina, me encanta su vida", afirma. Pero el vínculo con la Reina del Plata va más allá del turismo: allí hizo un posgrado, es docente de la Universidad Austral y tiene acuerdos de corresponsalía con estudios de abogados argentinos. Y además, allí conoció a su esposa, argentina. Y se casaron también en Buenos Aires.

Sus libros.

Buena parte de la biblioteca de Jorge Barrera está compuesta por libros sobre Derecho Penal, aunque también le interesan mucho las biografías. Su autor preferido, entonces, tenía que ser un penalista: el español Jesús Silva Sánchez, catedrático de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y responsable de una treintena de publicaciones.

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