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Gélidas bóvedas que preservan el patrimonio

Semillas para asegurar la producción de alimentos o documentos que pueden perdurar hasta cinco siglos son conservados a 300 metros de profundidad, en la Isla de Svalbard, Noruega.

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Los datos guardados aquí pueden durar hasta 500 años.

Los gobiernos de México, Brasil y Noruega tienen algo inimaginable en común: cintas magnéticas. En marzo pasado, en la extrema Isla de Svalbard, a 300 metros de profundidad, se inauguró el más poderoso "disco duro" para guardar datos. Su poder no radica en la capacidad de almacenamiento, sino en su longevidad. Al menos, 500 años.

Aunque la nórdica Isla de Svalbard se hizo famosa por la bóveda donde se guardan semillas, desde ahora también lo es por esta otra "caja fuerte", que almacena información. Hoy la tecnología permite crear o descubrir una cantidad casi infinita de datos —ya sean secretos, pura historia o ADN—, pero la capacidad de preservarlos por muchas generaciones aún es un trabajo en progreso.

¿Qué preservar?.

Actualmente, todos tenemos distinta información dispersa en teléfonos inteligentes, computadores o en la nube, y si eventualmente la necesitamos, podemos recuperarla. "Pero la pregunta es qué cantidad de esa información me gustaría conservar a largo plazo. En general, es menos del 1%", dice Carlos Gómez-Pantoja, director de Ingeniería Civil Informática de la Universidad Andrés Bello, de Chile.

Por ello, a nivel usuario, aún no se han desarrollado soportes que puedan almacenar información por largos períodos de tiempo. Los clientes de esos productos son escasos. Pero aun así, los hay.

La compañía tecnológica Piql y la minera estatal SNSK, ambas noruegas, crearon el World Data Archive en Svalbard. Su servicio, ofrecido tanto a gobiernos como a privados, permite guardar por lo menos por 500 años (y hasta mil) información sensible. El lugar de almacenamiento es una mina de carbón abandonada en 1995 y que hoy permite —por el frío y lo seco de las condiciones en su interior— resguardar cintas magnéticas. Incluso, dicen, de "ataques nucleares o pulsos electromagnéticos".

El sistema es bastante novedoso, asegura Gómez-Pantoja. "Son cintas fotosensibles donde se imprime la información y se almacena", explica. Algo así como una especie de radiografía o cinta de cine. Esto permite que bajo las condiciones adecuadas se puedan guardar por un largo período de tiempo.

Por ello, además, este sistema se diferencia de los medios de almacenamiento perecederos, dice Yonathan Dossow, administrador de sistemas del Departamento de Informática de la Universidad Técnica Federico Santa María, también chilena. "Los mismos discos duros tienen piezas móviles, las que, según las condiciones ambientales, podrían oxidarse y no permitir que el motor que tienen adentro funcione", ejemplifica. Hoy los discos duros podrían funcionar hasta por 10 años, tiempo que se reduce si son utilizados constantemente.

En cambio, hasta hoy, aún se pueden recuperar las primeras cintas de cine. Ellas, al igual que lo que ofrece Piql, usan un formato donde la imagen se amplifica para ser proyectada. "Es legible por el ojo directamente", explica el especialista. La ventaja de ello es que, por ejemplo, si se quiere recuperar la información en 400 años más, no se dependerá de que la tecnología del momento sea compatible.

Otro aspecto por considerar de este sistema, aclaran los expertos, es su real accesibilidad o posibilidad de recuperación. Si bien una de las características de la nube es que el usuario puede acceder rápidamente a la información almacenada, en este caso no existe esa inmediatez.

Por ello, lo que se guarde pasa a ser una especie de patrimonio, información que no se utiliza cotidianamente, pero que se busca preservar. Las bases de una nueva tecnología revolucionaria, documentos de Estado o de finanzas, e incluso información genética. Cosas que no pierden su valor a través del tiempo.

Información vital.

En la Isla de Svalbard, en sus poco más de 60 mil kilómetros cuadrados —o el equivalente en superficie a la suma de Tacuarembó, Salto, Rocha, Rivera y Río Negro—, hay otra gran bóveda, el Banco Mundial de Semillas. Desde 2008, el permafrost ayuda a conservar más de 4 mil especies, en una carrera por detener el paso del tiempo y preservar lo que permite que la humanidad se alimente.

A 130 metros de profundidad, en la misma mina de carbón abandonada, la bóveda resguarda las semillas de lo que se cultiva en el mundo lejos de los peligros "de erupciones volcánicas, terremotos o radiación". El objetivo es preservar la biodiversidad de los cultivos, ya que sin ella estos podrían desaparecer y dejar al mundo sin una de sus principales fuentes de alimentación.

La bóveda conserva poco más de 850 mil muestras o bolsas de aluminio selladas con 500 semillas cada una. Una vez al año se abre la estructura, tanto para depositar nuevas muestras —provenientes de todo el mundo—, inclusive de Uruguay. Según la base última de datos de la bóveda de Svalbard, hay unas 1.200 muestras de semillas enviadas desde Uruguay y almacenadas allí. Además hay productores orgánicos que tienen su propio registro.

La bóveda se abre también para verificar que las semillas que están almacenadas se encuentren en buen estado. Es que a diferencia de las cintas magnéticas que guardan datos —entre los cuales podría estar también la información genética resguardada en este banco— no todas las semillas tienen la misma duración, explica Ana Sandoval, gestora técnica del Banco Base de Semillas Inia de Chile.

Aunque no está rodeado de hielo, la versión chilena de la bóveda de Svalbard se ubica en Vicuña, en la Cuarta Región. Ahí, y desde 1989, se conservan semillas de la misma forma que se hace en Noruega. Pero los fines son un poco más prácticos y locales. "Nosotros también partimos preservando las especies cultivadas a nivel nacional y las variedades que fueron creadas durante la historia de la agricultura", explica la especialista.

Pero después la bóveda chilena comenzó a preservar las semillas de flora silvestre, al igual que lo hace el Banco de Semillas del Milenio ubicado en Inglaterra. "Nuestro trabajo es activo todo el año. No solo recolectamos las especies, sino que también tenemos laboratorios donde se investiga sobre ellas", cuenta la especialista. Así aprenden a mejorar las técnicas de cultivo y a producir más semillas para resguardar. "El fin principal del banco es preservar para el futuro, pero también para cultivar hoy", agrega.

Actualmente, tienen almacenadas 1.235 especies de flora chilena, lo que corresponde al 24% del total del país. Aun así el trabajo está lejos de acabar. "Preservamos para las futuras generaciones, pero hay que entender que las semillas no son eternas", dice Sandoval. "Están vivas, pero seguirán así si solo se las apoya conservando sus hábitats", agrega.

"Estamos orgullosos de crear historia para Brasil", dijo Ricardo Marques, director del Archivo Nacional de Brasil, al inaugurarse el World Data Archive. En la bóveda ya fueron guardados documentos históricos brasileños, que van desde el siglo XVI hasta el XX. "Haciendo esto estamos asegurando el que las futuras generaciones tengan acceso a esta información", agregó.

Excesivo recelo o una verdadera necesidad de guardar información para el futuro es parte del constante dilema. Algo para evaluar si se considera que Siria debió retirar parte de sus semillas de la bóveda nórdica para reestablecer su propia base de datos a causa de su guerra civil. 

Guardar alimentos e información.

En marzo se inauguró el disco duro "más poderoso" para guardar datos. Se encuentra en la Isla de Svaldard, a 300 metros de profundidad. Aunque la isla nórdica ya era famosa por almacenar semillas, ahora permite guardar información.

En ese lugar, la compañía tecnológica Piql y la minera estatal SNSK, ambas noruegas, crearon el World Data Archive.

Ofrecen al gobierno y a privados guardar, al menos por 500 años, información sensible.

Se almacena en una mina de carbón fría y seca, abandonada en 1995.

La información que se guarde allí no puede ser de uso cotidiano, debido a su difícil accesibilidad.

Desde 2008, en Svaldard, funciona el Banco Mundial de Semillas.

La bóveda conserva más de 850 mil bolsas de aluminio selladas con 500 semillas cada una.

La estructura se abre una vez al año para depositar nuevas muestras y para verificar que las almacenadas estén en buen estado.

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