Cabeza de Turco i washington abdala

Garronear

No habla bien de nosotros, los uruguayos, ese eterno hábito de garronear todo lo que podamos. Nos hace felices, disfrutamos con obtener algo imprevisto, sentimos que hay una realización personal con eso de llevarnos cualquier cosa al voleo. Y lo mágico del asunto es que garroneamos todos.

WASHINGTON ABDALA

Karl Marx estaría confundido acá porque desde el pequeño burgués acomodado hasta el proletario más humilde, si te pueden sacar algún provecho, se prenden como garrapatas al perro. Y todos son igualmente felices con la presa obtenida como si hubieran sacado el 5 de Oro.

¿No vieron cuando en los programas de radio regalan entradas para el cine? Logran que los llamen uruguayos hasta de Australia para ver si enganchan una entrada para ver la última de Disney. Ni que hablar cuando rifan una cena para dos en cualquier boliche de mala muerte, llaman damas pipicucú hasta el flaco más pelado con tal de prenderse de un choripán y un juguito.

En verano presencié esta escena: la DGI había cerrado un local de pizzas por no pago de impuestos, el bendito local anunció que pasados los cinco días de suspensión, reabriría con una movida de pizzas "gratis" a manera de marketing. En dicha jornada (que era un lunes) gente de todas las edades casi terminó a las piñas por alcanzar un trozo de muzzarella en aquel magno evento. Aquello fue algo delirante (yo, no me quedé atrás, y "posicioné" a mi sobrinita de siete años como escudo-excusa para avanzar sobre el tumulto).

Garronear libros es otro clásico uruguayo. En realidad se trata de "afanar" libros porque el que lo pide prestado, la mayoría de las veces no lo devuelve. Ni que hablar si escribís un libro y todos tus amigos creen que tienen derecho a garronearte un ejemplar. Y se ofenden si no se los regalás. ¡Ay Dios! (Me está pasando eso con Sabremos Mentir, por eso me exaspera el asunto).

Si en un restaurante te llegan a cobrar un plato menos en la cuenta, nada te hace más dichoso que obtener ese "garroneo" imprevisto. Pago una cena en La Perdiz si algún dueño de negocios de comidas me narra que algún cliente le avisó que faltaba incluir en la factura un plato de entrecot con fritas que no apareció en la cuenta. ¡Un uruguayo te emboca pibe si te mancaste!

Advierto una sutil diferencia entre el "garronero" y el "manguero o pechador". Estos, ya son asuntos graves . Uno sabe que tal amigo siempre anda pidiendo o encarando para ese lado, por eso los garroneros son casi una categoría nacional consentida en el alma de la identidad oriental. Todos somos un poco garroneros (pecata minuta). No te digo nada cuando viajamos al exterior. Somos capaces de vivir como Tom Hanks en un aeropuerto comiendo mayonesa con galletitas si está muy caro el destino.

He visto uruguayos que con el sistema de "refill" gringo —está en muchos lugares del Norte, solo pagás una consumición y bebés todo lo que se te canta— que están horas hinchando sus panzas hasta que logran parecerse al hermano de Patoruzú. No pueden creer eso de beber refrescos sin fin. Si fuera por ellos se infiltraban. Quedan loquitos, gordos y felices.

Ni que hablar con aquellos que se hacen invitar a eventos o recepciones para comer de arriba. Hace algún tiempo vi una película, o documental, que denunciaba a unos "perejiles" que estaban en cuanta recepción estatal había y algunos aparentaban ser periodistas haciendo notas y todo. Una delicia verlos (en la rural del Prado es común ver a los garroneros en su mejor momento comiendo gracias a la plata que pagamos todos en los pabellones estatales. La televisión los muestra siempre detrás de los gobernantes).

¿Cuántos de nosotros en los supermercados quedamos chochos cuando te invitan una galletita con alguna porquería arriba y la probamos creyendo que es caviar ruso? (¡Y repetimos! ¡Humm muy rica!)

La moral uruguaya no sanciona al aprovechador y al ventajero sino que de alguna forma los beatifica. En realidad, este asunto de garronear se inscribe en el pecado mayor de la "viveza criolla" que en otras sociedades sería un acto de traición a la buena fe entre los que tienen un contrato social (tácito) de convivencia civilizada. Pasa que acá lo civilizado en serio hace tiempo que ya no existe. Demasiado tiempo. ¡Shomo ashí!

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