JUAN CARLOS LÓPEZ

"La figura del paisano es sujeto de desprecio"

Es un comunicador nato, pero sobre todo un incansable cazador de historias de gente sencilla que encuentra durante sus viajes al interior.

Lopecito es un cazador natural de historias mínimas del interior del país.

Empezó hace cuarenta y cinco años en Radio Rural. Era un joven de veintipocos cuando fue contratado para leer los breves textos que anunciaban al cantante de turno. "Todo se hacía como en una ceremonia: ‘Canta Amalia de la Vega, Flor de ceibo’. Al principio, y al final luego de que se había terminado el tema, nunca superponiéndose a la música", recuerda ahora. Y hoy, medio siglo más tarde, es la cara más conocida e identificada con el folclore y las tradiciones gauchescas.

Juan Carlos López (71), "Lopecito" como le dice todo el mundo, es antes que nada un cazador de pequeñas historias. Su principal programa, Americando de lunes a viernes en Radio Rural y los domingos en La Tele, ha seguido durante décadas la huella de las tradiciones en los rincones más perdidos del país. En pantalla ya pasó el cuarto de siglo, desde sus inicios en el canal estatal. "Todas las semanas me tomo un día y agarro por un caminito a un pueblo que se llama Clara o a Carpintería, un pueblo de esos que no va nadie, y ahí yo encuentro a los personajes de mis historias", cuenta.

Es una de sus mayores aficiones, recorrer el campo y parar a hablar con la gente que vive en los pequeños poblados o en los rincones más recónditos de la campaña. La camioneta con el logo del programa es identificada de inmediato. Y el rostro con los bigotes tupidos y blancos tan característicos es reconocido igual de rápido. No hay hombre, niño o mujer que no termine contando un pedazo de su vida a Lopecito.

Pero detrás del hombre que sale a cazar pequeñas historias hay una vida cargada de reveses y desafíos.

El papel de su hijo Pablo resultó crucial, tanto en su vida como en los cambios que experimentó su programa hasta llegar a su formato actual. A él se debe la rutina de los viajes al interior en busca de historias de vida que ahora son una parte imprescindible del programa. Tal vez por ello la impronta de Pablo va mucho más allá, ya que como padre Lopecito debió sobreponerse al fallecimiento de su hijo a la edad de 24 años. Su fe católica ha tenido mucho que ver en la forma en que encaró este golpe, así como los quebrantos de salud que ahora debe enfrentar.

Bajo los bigotes poblados siempre está pronta la sonrisa. Y aunque lleva décadas siendo uno de los conductores más populares, tanto ante los micrófonos y las cámaras, como ante miles de espectadores en casi todos los festivales de folclores que se organizan en el país, Lopecito rara vez habla de sí mismo como no sea para dar un ejemplo o contar otra historia.

Una vida.

Su padre era un asturiano porfiado que llegó al país a principios del siglo XX. Comenzó a trabajar en el almacén y bar El Hacha, hoy un enclave histórico de la Ciudad Vieja. Su madre, en tanto, era oriunda de Casupá, Florida, madre de tres niños: Pedro, Nelly y Juan Carlos.

Lopecito recuerda que se crió en una modesta casita de la calle Bolívar, cerca de donde hoy se levanta al monumento a Luis Batlle en el barrio Jacinto Vera. Para entonces su padre tenía una carnicería, él iba a la escuela Armenia y poco después le tocó cursar en el liceo Dámaso Antonio Larrañaga.

Dejó los estudios en tercer años de liceo, pero al día siguiente la madre ya le había preparado el uniforme que tendría que usar como mozo en el bar que su padre tenía por entonces en Andes y Soriano. No duraría mucho tiempo en aquel primer trabajo. Al bar iban reconocidas figuras de la época, el boliche era un punto de encuentro de la intelectualidad, y entre ellos gente de la radio. Así fue que por primera vez conoció el estudio de una radioemisora, Radio Rural, donde terminó siendo contratado para hacer las presentaciones en los programas musicales. No lo sabía aún, pero así empezó la carrera que lo haría famoso.

En el convulso año de 1968 Lopecito queda al frente de su primer programa en Radio Rural. Se trataba de un programa de folclore que tenía el pomposo nombre de "Encuentro en la Nación Latinoamericana". Poco después, en 1972, pasó a llamarse simplemente Americando, nombre que lleva hasta hoy.

Lopecito se convirtió en un comunicador más allás de las canciones que hacía escuchar a una audiencia cada vez más numerosa. Tal vez la quintaesencia de esta forma de ejercer su oficio, algo más que un mero conductor, haya llegado con la madurez en el programa que saltó del canal estatal a La Tele.

Pero paralelamente al programa, desde sus comienzos Lopecito fue un incansable viajero y amante de los pagos chicos. Pronto comenzó a vincularse a los eventos folclóricos que se organizaban en cualquier rincón, e incluso terminó siendo animador en tablados de Carnaval.

Eventos que congregan durante varios días a más de 60.000 personas, como la fiesta de la Patria Gaucha lo tienen por principal figura. Pero también participa de festivales más chicos, como por ejemplo el que está organizando para el próximo mes de enero en San Gregorio de Polanco. "Siempre estoy pensando en eventos que se pueden organizar", dice.

Con su esposa Juana suelen descansar en Maldonado, pero ni siquiera allí está descansando del todo. "Siempre hay alguien que me reconoce y me grita ¡Lopecito!", cuenta.

"El otro día venía en la camioneta, iba a dejar a dos chicas de la producción de Teletón, y doy la vuelta por el Campeón del Siglo y veo a un muchacho con un paquete de frutillas. Yo siempre tengo la ventanilla abierta del coche y atiendo a todos los tipos que me vienen a vender algo y a todos los que me vienen a limpiar el vidrio, porque todos tienen algo para decirme. Y este me dice: Pah, loco, a vos no te vendo frutilla. Y yo le digo no quiero frutilla, te quería dar la mano. Pah, dice, ¿Sabés lo que te quería decir? Te vi la camioneta cuando pasaste por arriba y vi que doblabas para acá, y luego me dice: Bo, van tres semanas que estoy limpio. Y yo no sé quién es, ¿por qué me lo dijo a mí? Es la tal responsabilidad que te cargás, yo soy un receptor de una gran cantidad de historias, todos los días me pasa", cuenta.

Su filiación nacionalista —es un profundo admirador de las figuras de Aparicio Saravia y de Wilson Ferreira Aldunate— lo llevó en las elecciones pasadas a pelear por la candidatura de intendente de Paysandú. No logró los votos y cuando se le pregunta si estaría dispuesto a repetir lo pone en duda, ya que lo que más le dolió fue haber expuesto a su familia durante la campaña. Y, de algún modo, acusa el paso de los años y duda contar con las mismas energías.

Lopecito es un paciente observador de la vida del llamado "Uruguay profundo", esas vidas a menudo olvidadas en una ciudad a la que se le reprocha desde siempre el vivir de espaldas al campo. Es por ello que en cualquier rincón puede encontrar una historia pequeña y vital, capaz de mostrar la peculiar sensibilidad de la gente de campaña. Y, precisamente, de esto quiso hablar antes de despedirse.

—¿Cree que los montevideanos seguimos ignorando al campo y su gente?

Me parece que esto es algo sobre lo que tenemos que recapacitar. Creo que hoy hay como una "persecuta" general, todos se sienten perseguidos, todos hacen grupos en defensa de los grupos, todos hacen lobby. Pero hay uno que no hace nada de eso, que antes fue gaucho y hoy es el paisano. Desde hace cuantos años la figura del gaucho antes, o del paisano ahora, es sujeto, no de maltrato, sino de desprecio. Hay una enorme cantidad de letras de murgas que yo he recopilado durante años, y tantos actores que para hacerse los cómicos se pararon en un escenario a hablar mal, a decir tonterías, teniendo como centro la figura del gaucho o del paisano a denostarlo. A hacer como que fuera el gallego o el polaco de la película. Hay una enorme cantidad de letras, sobre todo en las murgas, que lo han hecho y creo que lo siguen haciendo. ¿Quién defiende al gaucho o al paisano de ese bullying?

La "mesa grande".

Lopecito no duda en sostener que actualmente hay dos grupos de artistas que convocan multitudes en el país. Las bandas No Te Va Gustar y el Cuarteto de Nos son a su juicio los grandes convocantes de la música popular uruguaya. Y aunque se muestra partidario de abrirles la puerta a estas bandas rockeras a los festivales de folclore que tanto público llevan en el interior, se queja de que los folcloristas no reciben el mismo trato. "Es imposible que vos en un festival de rock o de cumbia te vayas a encontrar con un tipo que cante folclore, sin embargo en todos los eventos folclóricos podés escuchar una banda de rock o de cumbia. Hoy vas a un festival de folclore y te encontrás con Lucas Sugo, o te encontrás con No Te Va Gustar, o te encontrás con La Catalina o con Araca, pero el folclore no es invitado a participar en esas otras cuestiones. Por eso creo que el folclore es la mesa más amplia de la cultura. Un capítulo aparte merecería el no gusto aparente de los sucesivos ministerios de Educación y Cultura de los últimos quince años del gobierno del Frente Amplio el no gusto por la cosa folclórica, y una inclinación a veces exacerbada hacia la murga y el candombe, que son motivos netamente urbanos".

SUS COSAS.

Los nietos. Santiago, de 22 años, es el más "pegado" al Tata. Le encanta el folclore y le gusta ir a cantar canciones de los Chalchaleros. Le siguen María, de 20, Martina de 16 y el más chico es Juan Aparicio, que este año empezó el liceo. Con ellos trata de pasar todo el tiempo libre.
​Viajar al interior. Cada semana se toma al menos tres días para recorrer pueblos y parajes de la campaña. Le gusta desviarse por los "caminitos" secundarios y visitar los pequeños poblados. "Siempre encuentro una historia por ahí", asegura. Lo acompaña su equipo de Americando, cámara en ristre.
​Termo y mate. Son inseparables de Lopecito. La matera es un regalo de uno de sus mejores amigos, "El Gordo" Verde, un diácono que se ordenará sacerdote católico el mes que viene. Del otro lado la matera lleva la leyenda "Hasta el cielo no paramos". Y atrás, su otro ídolo: Aparicio.

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