GUSTAVO CARVALHO

"Al escenario siempre hay que llevar algo distinto"

A los 21 años es una de las principales figuras del Ballet Nacional del Sodre y fue el bailarín más joven de la historia en ser nominado a los Benois de la Danse.

Gustavo es uno de los más jóvenes del BNS

Cuando salta, los músculos parecen desprenderse de su cuerpo. Cuando gira, sus piernas están tan tensas, que podría girar para siempre. Cuando interpreta a un personaje, emociona a cualquiera. Cuando está en el escenario, tiene algo que hace que uno no pueda dejar de mirarlo; es como si hubiese nacido para bailar o como si hubiese bailado desde que nació. Lo cierto es que a los 21 años, Gustavo Carvalho es una de las principales figuras del Ballet Nacional del Sodre (BNS), fue el bailarín más joven de la historia en ser nominado al premio Benois de la Danse y bailó el pas de deux de Romeo y Julieta junto a María Noel Riccetto en el Teatro Bolshoi, uno de los más importantes del mundo. Y todo lo logró persiguiendo una idea: trabajar mucho para llegar a lo que siempre quiso, ser bailarín.

No sabe en dónde nacieron las ganas de bailar. Nunca había visto ballet, ni siquiera en una película. Recuerda, eso sí, que un día, cuando tenía ocho años, mientras tomaba su clase de piano en el Teatro Municipal de Cabo Frío, en su Brasil natal, vio pasar a un grupo de chicas vestidas para el ensayo de una función de ballet, las siguió y sin pedir permiso ni decir nada, se subió al escenario con ellas. La maestra lo vio y le dijo a su madre que Gustavo tenía condiciones. Desde ese día, el escenario se transformó en parte de su vida y en uno de sus lugares preferidos.

Dejar fluir.

Nació en Volta Redonda, una ciudad en Río de Janeiro. "Toda mi familia vivía ahí, mi madre, mi abuela, mis tíos y primos", cuenta Gustavo. Pronto se mudó con su mamá, Sonia, a Cabo Frío, también en Río, pero del otro lado. "Ella tenía una tienda de materiales de construcción y creo que decidimos mudarnos porque no estaba vendiendo muy bien".

Poco después, comenzó con el ballet, aunque no fue del todo fácil en un principio. "En ese momento yo hacía natación, fútbol, piano y clases de pintura, porque yo hacía muchas actividades para que mi madre pudiera trabajar y no me daba el tiempo para ir a las clases de ballet, que eran de tarde". Un día dejó de nadar para bailar y a partir de ese momento, la danza se transformó en su vida. Empezó tomando clases los lunes, miércoles y viernes en una academia, y los martes, jueves y sábados en otra a la que iba un maestro de Río de Janeiro. Después de eso, optó por una sola escuela y empezó a viajar todas las semanas a Río para formarse en otra. Gustavo ya no era un niño que tomaba clases solo para que su mamá pudiera trabajar; Gustavo era un niño que quería aprender a bailar para brillar.

Sin embargo, no hubo un momento, señala, en el que dijera "voy a ser bailarín". Simplemente año tras año seguía estudiando ballet. Una escuela lo llevó a otra, hasta que un día decidió mudarse definitivamente a Río de Janeiro para seguir formándose. "Empecé a bailar en competencias con una chica que estudiaba en Río y veía que ella avanzaba mucho, y yo quería eso también". Tenía 10 años. Su mamá dejó todo y se fue con él. "Al principio viví dos meses con mi abuela, para que mi madre pudiera arreglar todo en Cabo Frío. Ella iba todas las semanas a verme pero cada vez que se iba yo quedaba llorando", recuerda.

Desde chiquito Gustavo compitió con él mismo — y no es una metáfora—. Cuando sus maestros lo presentaban a competencias dentro de Río de Janeiro, era el único niño de su edad. "Para mí era más difícil, porque muchas veces se repetían los jurados, la gente me empezó a conocer, entonces siempre tenía que superarme, ellos sabían lo que yo hacía, tenía que llevar siempre una mejor variación, hacer cosas mejores. Creo que eso me ayudó".

Gustavo tenía 11 años pero trabajaba como "gente grande": "Salía de la escuela a la una, corriendo, pasaba por mi casa, comía y me iba al ballet, porque entraba a las dos y ahí me quedaba hasta las diez de la noche en clases y ensayando". Cuando cumplió 15 y egresó de la academia, quedó seleccionado para formar parte de la Compañía Brasileira de Ballet, un elenco joven formado por egresados de la escuela.

—¿Nunca tuviste el prejuicio de que el "ballet es para nenas"?

—No, nunca. Creo que porque empecé muy chiquito y nunca vi un problema en hacer ballet. Veía que eran pocos los chicos que hacían y siempre me lo tomé como una broma si me decían algo, nunca me lo tomé en serio. Si hablaban, yo no decía nada, entonces ellos paraban de hablar. Pero nunca tuve ese problema.

Ahora.

Gustavo habla en un español casi perfecto, pero todavía no pierde su acento. Está en Uruguay desde 2015, cuando se integró al BNS, después de haber venido a bailar como artista invitado en dos ocasiones. Julio Bocca lo conoció en una competencia en San Pablo, en 2014, cuando Gustavo tenía apenas 17 años. Venía de ganar la medalla de bronce en Jackson, un torneo que se realiza cada cuatro años, y es, según el bailarín, como si fuesen las "Olimpíadas del ballet". Pocas semanas después de verlo, el director de la compañía lo convocó para Don Quijote y Bayadera. "No esperaba que me invitara y cuando lo hizo pensé que era para bailar en el cuerpo de baile. Vine e hice los principales en los dos ballets", recuerda.

Antes de volver a Brasil, durante las últimas funciones de Bayadera, Bocca le ofreció un contrato de solista para quedarse en la compañía. "En ese momento me habían propuesto un contrato en el San Francisco Ballet, en Estados Unidos, pero era como cuerpo del cuerpo de baile. Julio me dijo que me iba a cuidar también, que me iba a dar clases, y elegí venirme para acá". Y cree que fue la decisión correcta. "Acá bailo mucho, aprovecho mucho, me cuidan mucho". Incluso, el año pasado el joven ascendió a primer bailarín.

Gustavo acaba de terminar un ensayo con la compañía, que actualmente se prepara para dos giras — una por el interior y una por Europa — y para el estreno de El Cascanueces, el 21 de diciembre. Son la una de la tarde y almuerza un sándwich de pollo con una limonada que pide sin azúcar y una porción de torta de banana. Dice que se cuida en la alimentación, que intenta que sea sana, que sigue la dieta que su nutricionista de Brasil le recomienda para tener un mejor rendimiento y disminuir la grasa del cuerpo. "No dejo de comer nada pero no es que como siempre todo", aclara.

Es la primera vez que vive solo y lejos de su casa, pero se lleva bien con las tareas del hogar. "Mi madre me fue preparando con el pasar de los años, me ponía a limpiar el baño por ejemplo, o a veces no llegaba para el almuerzo y me decía empezá a cocinar que llego para comer, y así fui aprendiendo", dice. También, es la primera vez que vive lejos de ella, que, hasta entonces, amoldó su vida para acompañar la carrera de su hijo. "El día que me vine lloramos mucho, porque siempre fuimos muy unidos. Además de ser hijo y madre siempre fuimos amigos. Igual creo que nunca me fui del todo, porque ella siempre está acá, viene a verme cada vez que bailo y yo voy a Brasil siempre que puedo".

Por momentos, especialmente cuando habla sobre su madre, Gustavo muestra al joven de 21 años que está lejos de casa. Después, cuando habla del escenario, se transforma en un bailarín maduro y con las ideas claras. "Los bailarines somos así, muy perfeccionistas".

— Aunque sepan que la perfección no existe...

— Claro, pero vamos en busca de ella. Uno nunca está completamente satisfecho con lo que ve en el espejo, pero eso es parte del crecimiento.

A veces piensa en el futuro, pero intenta mantener los pies sobre la tierra. "Sueño con muchas cosas pero trato de vivir el ahora. Tengo proyectos en mi vida que quiero cumplir". Sin embargo, parece estar cumpliendo su mayor sueño: "El reconocimiento de mi trabajo, estar contento bailando, para mí eso ya está bien".

Gustavo ha llorado sobre el escenario. "No soy de guardarme las lágrimas cuando bailo, pero tampoco las fuerzo. No me gusta subir al escenario y sentir lo mismo que sentí el día anterior. Hay que llevar algo diferente en cada función, por más que sea el mismo el ballet. Siempre busco sentir cosas diferentes".

El primero y el último.

En 2015 fue la primera vez que el Ballet Nacional del Sodre puso la obra Romeo y Julieta. También fue la primera vez que la bailarina María Noel Riccetto y Gustavo Carvalho interpretarían a los emblemáticos personajes. Para el bailarín hacer de Romeo era un desafío, especialmente porque tiene una carga interpretativa muy grande. "Después de que empecé a bailar con María empecé a trabajar mucho más en la actuación. Yo llegué acá muy chico y no tenía mucha experiencia en donde apoyarme, porque uno lleva las experiencias de la vida a la danza. Con ella aprendí mucho y crecí mucho mirándola", dice. Este año, la compañía volvió a hacer ese ballet y Gustavo volvió a ser el Romeo de Riccetto. Recuerda que la última función los dos se emocionaron mucho y sabe que, hasta ahora, fue una de las más especiales de su carrera. "Era especial porque era la última vez de María como Julieta. Yo estaba emocionado por ella, y porque sé que fui su primer y último Romeo y me ponía muy contento de bailar con ella en esta etapa de su carrera". Aunque sabe que le quedan muchos ballets por delante, Romeo y Julieta es y será siempre uno de sus favoritos. Espera bailar Manón y Bella Durmiente.

SUS COSAS 

UN REFERENTE. Intenta mirar a muchos bailarines del mundo para aprender de todos, pero busca formar su propia identidad y su danza. "Admiro a muchos, aprendo de muchos". Entre ellos, Gustavo menciona a Marcelo Gomes, su compatriota o el italiano Roberto Bolle, ambos del American Ballet Theatre.

UNA SERIE. Gustavo se define como una persona tranquila. Cuando tiene tiempo libre, le gusta estar en su casa o reunirse con sus amigos. Desde hace un tiempo, se volvió fanático de las series y no puede dejar de mirar Game of Thrones. "Todos los días necesito mirar un capítulo".

UN MOMENTO..En la edición 2017 de los Benois de la Danse, Gustavo estuvo nominado por su interpretación de Don José, en el ballet Carmen. "Estar nominado ya era un premio para mí, fui con cero expectativas de ganar pero muy feliz de estar ahí. Mi mamá pudo acompañarme, iba a bailar en el Bolshoi con María, era todo muy especial".

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