Comportamiento

Cuando dormir da miedo

Es frecuente que los niños sufran pesadillas o -menos común- terror nocturno. En general se van con el tiempo. Pero pueden ser disparadores de otros problemas.

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Luego de una pesadilla es clave que se le brinde seguridad al niño.

"Mamá, la cara, mamá, la cara...". Martín (5) se despertó llorando y enseguida llamó a su madre. "Era un feo, era un feo...", siguió sollozando, cada vez más calmado, mientras la voz tranquila de mamá iba logrando su efecto. Martín cuenta, como puede, la historia de su encuentro onírico con un ser extraño, poco agraciado y evidentemente hostil. De a poco, caricias mediante, las aguas vuelven a su cauce. Son las tres de la mañana y hay que seguir durmiendo. A pedido del niño, mamá se queda un ratito con él hasta que se vuelva a dormir, misión que ahora lo pone algo nervioso. "Ahora van a venir los sueños lindos, mi amor".

El sueño de los niños es una gran preocupación para los padres. De hecho, si ellos no duermen bien, posiblemente nadie en la familia lo haga. Tanto las más frecuentes pesadillas, esas imágenes angustiantes y vívidas, como el terror nocturno, que es desesperante para los papás, son parte de los llamados trastornos del sueño. Según un estudio realizado en Uruguay el año pasado, dirigido por la neuropediatra Cristina Scavone, 33% de los preescolares, 26% de los escolares y 40% de los adolescentes tienen trastornos de este tipo.

No se habla de situaciones extrañas: según el DSM-IV, la "Biblia" de la psiquiatría, hasta un 50% de los niños de entre tres y seis años ha sufrido pesadillas con relativa frecuencia. Por otro lado, el terror nocturno suele presentarse en hasta un 6% de los niños, en su mayoría varones, y puede llegar hasta los 12 años. En la gran mayoría de los casos, estas situaciones se superan a medida que se crece. De acuerdo con Alfredo Cerisola, presidente de la Sociedad Uruguaya de Pediatría, son episodios "frecuentes pero no normales".

Alerta

Mientras está teniendo una pesadilla, el niño no suele moverse ni hablar. Ellas ocurren durante la segunda mitad de la noche, durante la fase REM (de Rapid Eye Movement) o de sueño paradójico. "Al despertar, lo que sucede frecuentemente, pero no siempre, es que el niño recuerda con detalle lo que soñó, siendo capaz de relatarlo en forma completa", dice la pediatra Alicia Fernández.

Este es el caso de mal sueño más habitual. La psicóloga Ana Di Modica dice que, a pesar de ser tan comunes, su origen es poco conocido. Esta especialista menciona la predisposición genética, por lo que no es raro que haya familias donde las pesadillas pasen de generación en generación.

Por su lado, la doctora Fernández recuerda que muchos especialistas sostienen que las pesadillas forman parte del proceso normal de maduración. "Sin embargo, cuando son muy frecuentes generalmente se asocian a alguna situación familiar, escolar u otras que le dan al niño inseguridad". Ver una película truculenta de más o una noticia policial en un informativo puede ser un desencadenante, agrega.

Además, conviene estar atentos: "Las situaciones en el hogar, en la escuela o en el club para quienes van pueden ser el gatillo de las pesadillas. Pueden estar subyacentes temas de bullying o maltratos", dice esta pediatra.

"Es importante poder observar si al tiempo que comienzan a producirse las pesadillas también aparecen otras manifestaciones en su conducta habitual: un determinado comportamiento en la escuela, el temor a quedarse en casa de los amigos, el no querer hacer actividades en que no estén presentes mamá y papá", afirma Galia Leibovici, psicóloga y psicopedagoga. Dicho en otros términos, las pesadillas pueden ser una señal de alerta. Su colega Di Modica recuerda que a través de ese síntoma en una niña de cinco años que atendía por trastornos del sueño, "se pudo detectar un abuso sexual que se estaba dando en el seno familiar".

Sin recuerdo

El terror nocturno, por su lado, suele ser fruto de tensiones emocionales. De acuerdo con Alicia Fernández, episodios difíciles y recientes en la familia como hospitalizaciones, separaciones o fallecimientos muchas veces son el disparador. "No es infrecuente que otros miembros de la familia en primer o segundo grado los hayan padecido", agrega. El factor hereditario pesa acá también.

El terror nocturno ocurre durante la primera mitad de la noche, en la etapa NO REM, no paradójica o de sueño profundo. Pero la principal diferencia con las pesadillas, y lo que lo hace más angustiante, es que el niño parece estar sufriendo: grita, llora, gesticula, no es raro que tenga los ojos bien abiertos, parece estar despierto. Si efectivamente despierta, no recordará nada de lo que soñó (de hecho, hay especialistas que dudan si efectivamente soñó algo), y posiblemente vuelva a dormirse enseguida.

Claro, para los padres es una escena que genera angustia e impotencia. "Los terrores nocturnos ocasionan gran estrés en la familia. Realmente impresiona ver al niño como si estuviera despierto, gritando y llorando", sostiene Di Modica. Los padres, ansiosos por tranquilizar al pequeño, tienen como reacción natural el intentar despertarlo. En lugar de eso, la psicóloga Leibovici les aconseja mantener la calma y evitar ansiedades: "Debemos cuidar durante esa instancia que no se produzcan daños físicos como caerse de una cucheta o golpearse con algo. El niño no está despierto, y es importante no intentar hacerlo para que se pueda dar el cierre del ciclo desde el propio niño y no desde el exterior. Pueden acostarse junto a ellos y continentarlos, ayudarlos a que el episodio vaya perdiendo de a poco intensidad".

Calmar

Una pesadilla esporádica es hasta inevitable. Acariciarlos, contenerlos, tranquilizarlos, resaltarles que solo fue un sueño, que nada fue verdad y que todo estará bien debería ser suficiente. "La clave está en darles seguridad. Capaz precisan que le dejen la luz prendida por una vez, a su muñeco favorito... pero fundamentalmente hay que generarle esa seguridad con las palabras y el modo de decirle las cosas", dice Leibovici.

Si los episodios son recurrentes, tal vez amerite la intervención de un pediatra que guíe a los padres en las medidas a tomar. "No es conveniente crear hábitos como dejarles la luz prendida, dormir junto a ellos o llevarlos a la cama de los padres", dice la doctora Fernández. El buen dormir es una necesidad fundamental durante el crecimiento, añade. Tanto para ellos como para su familia: "El sueño interrumpido afecta a los niños desde lactantes en su temperamento y, a futuro, aumenta los riesgos de problemas del comportamiento, de sus habilidades cognitivas y el riesgo de obesidad. Los problemas del sueño se asocian con mayor riesgo de estrés parental, depresión materna, menor sentimiento de competencia, problemas de salud física y menor calidad de vida".

A menos que sean marcadores de casos de bullying o consecuencia de episodios familiares traumáticos, estos episodios comienzan a ser cada vez más esporádicos. No conviene tampoco sobredimensionarlos ni alimentarles el temor, subraya Leibovici. Lo único que se logra así es generar miedo a irse a dormir.

VÍVIDAS IMÁGENES DE PESADILLAS

"Las pesadillas se dan en la etapa del sueño REM. El niño sueña situaciones terroríficas y angustiantes que le generan miedo. Generalmente se despierta asustado, llorando. Puede recordar lo que soñó y lo cuenta. El niño recrea situaciones cotidianas que le generan temor", dice la psicóloga Ana Di Modica. Según el DSM-IV, lo sufren hasta el 50% de los niños de entre tres y seis años.

EL TERROR DESESPERANTE

En el terror nocturno, el niño grita, llora, se mueve y su cara es la expresión viva del miedo, lo que es desesperante, tanto como la imposibilidad de calmarlo. Es que está en una etapa profunda del sueño. "A pesar de verlo sentado en la cama, es muy difícil despertarlo. A la mañana siguiente no recuerda nada de lo acontecido y no puede relatar nada de lo que soñó", indica Galia Leibovici, psicóloga y psicopedagoga. Lo padece hasta el 6% de los niños de entre tres y doce años.

TEMA PARA PELÍCULAS

El cómo pasan la noche los pequeños es una preocupación tal para los padres que incluso llegó al cine. La saga de terror que inició la película Pesadilla en lo profundo de la noche, que le dio fama al personaje Freddy Krueger, se basa en que los niños eran atacados y asesinados por este psicópata en el único lugar donde los adultos no podían defenderlos: en sus sueños. El éxito de esta película trajo una incógnita inquietante: ¿una persona puede —literalmente—morirse del susto en una pesadilla? El director Wes Craven dijo basarse para su ficción en una extraña causa de muerte llamada Síndrome de Muerte Súbita Nocturna Inesperada, que se registró mayoritariamente en adultos —sobre todo varones— de etnias particulares del sudeste asiático. Esto se debía a ciertas anomalías anatómicas cardíacas. Sin embargo, en esas culturas es frecuente la creencia en dab tsuam, un espíritu maligno.

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