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Disparando por primera vez

Un periodista ignorante en el manejo de armas de fuego realiza un curso para obtener la tenencia. Es súper básico, pero en 2002 alcanzaba la cédula para un 22.

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El arma se agarra con las dos manos, el dedo siempre fuera del arco guardamonte (Foto: Francisco Flores)

LEONEL GARCÍA

Mate, termo y Zitarrosa me acompañan esta mañana en el Parque Batlle. Son las nueve, estoy en el Club Uruguayo de Tiro, y en unas cuatro horas voy a aprender lo básico, pero lo básico-básico, para que el Estado me permita poder comprarme un arma. Soy absolutamente virgen en la materia: la sola idea de disparar me da miedo. Pero acá estoy.

De acuerdo con datos del Registro Nacional de Armas (RNA) del Ministerio de Defensa, actualizados al 28 de abril, desde 1944 hay 605.979 armas registradas en el país por 330.035 personas. Hoy sería un arma cada 5,6 uruguayos.

Gabriel Durán (53), socio vitalicio del Club e instructor oficial, campeón nacional 2012 en modalidad FBI, es el encargado de desasnarme. Es procurador y se nota: lo entusiasma explicar los vericuetos jurídicos de tener y usar un arma, durante un curso teórico de dos horas y media. Habla de la Constitución y del artículo 26 del Código Penal. De que "el hogar es un sagrado inviolable". De "agresión ilegítima", de "necesidad racional del medio empleado para repelerla" y de "falta de provocación suficiente" por quien se defiende. Entre mates, chistes de Landriscina y de cuernos que buscan venganza, subraya que "el único derecho que se puede defender con un arma de fuego al punto de disparar a otra persona es la vida"; ni el honor, ni el auto, ni una garrafa. Se explaya sobre "defensa nocturna" o "defensa presunta" (en criollo, lo que habilita a tirar contra un intruso que se te mete en tu casa), repite términos como "ciudadanos honestos", "delincuentes sin códigos", "personas de bien" y "chorros para los que no hay reglas". Tanta pasión impresiona un poco. Sin embargo, Durán agradece que nunca tuvo necesidad de tirar a nadie. "No existe psicólogo ni psiquiatra que me hubiera ayudado a sobrellevar esa experiencia", reconoce. Me cae bien.

En 2015, el RNA realizó el mayor número de guías de posesión de armas en lo que va del siglo: 17.939, de las cuales 7.671 se registraron por primera vez. Eso es un 21% más que en 2013, el anterior pico. Esto se explica porque el año pasado el Estado adquirió 8.000 armas para sus fuerzas de seguridad. Aún así, 88% de las guías están a nombre de civiles. Según el centro de investigación Small Arms Survey, con base en Suiza, Uruguay es el noveno país en el mundo en población civil armada.

No hago un curso para porte, para coleccionistas ni, menos, de defensa, todos mucho más complejos y exigentes. Lo que estoy haciendo es aprender lo justo y necesario para obtener un Certificado de Idoneidad de Conocimientos Básicos sobre manejo y seguridad. Eso es lo que el Estado me exige, decreto 231 del año 2002 mediante, para conseguir el Título de Habilitación y Tenencia de Armas (Thata). Con él luego puedo ir a una armería y pedir hasta un revolver 38 o una pistola nueve milímetros. ¿Es suficiente? "Este curso no es lo ideal, pero es algo".

Durán es sincero y se agradece. También machaca con las que llama "cuatro reglas de oro de la seguridad": considerar las armas siempre cargadas, nunca apuntar hacia la gente, mantener el índice fuera del arco guardamonte (no en el gatillo) y nunca disparar sin identificar el blanco y lo que está atrás. "Al contrario de lo que la gente cree, comprar un arma en Uruguay no es fácil", asegura el instructor. Además del certificado, yo tendría que presentar a la sección Porte de Armas de la Jefatura de Policía cédula, constancia de domicilio, recibo de sueldo o justificación de ingresos, certificado de buena conducta y certificado de aptitud psicológica. O sea: quién soy, donde vivo, de qué vivo, que me porto bien y que tengo todos los patitos en fila.

Es un procedimiento que demora tiempo (por lo menos un mes, estima Durán —"Es una sección que trabaja en serio"—), dinero (unos 2.500 pesos) y la intervención de cuatro ministerios: Interior y Defensa lo hacen directamente; Salud y Trabajo, de forma indirecta. Todo eso solo para tirar —como civil que soy y no quiero dejar de ser— en polígonos habilitados o en campos propios o ajenos con autorización del dueño. Por caso: si siento ruidos en las afueras de mi casa no estoy autorizado a tirar al aire; además, todo lo que sube baja: sobre todo un proyectil de plomo de diez gramos cayendo a 200 kilómetros por hora por obra y gracia de la física. Hasta el año 2002 bastaba con presentar la cédula para comprar un revolver calibre 22, chico y dominable pero potencialmente tan fatal como sus mayores. "Dicen que es fácil tener un arma en Uruguay... será fácil por izquierda", insiste.

"Hoy es más difícil importar bananas que adquirir un arma en Uruguay. Los requisitos son mínimos y elementales", asegura Ignacio Salamano, coordinador del Observatorio de Impacto de Armas de Fuego del Instituto de Estudios Legales y Sociales del Uruguay (Ielsur). Según sus datos, entre 2012 y 2014 hubo 1.042 muertos por armas de fuego en Uruguay. Esto es: un muerto por bala cada un día, una hora y doce minutos. La cifra, que ya considera alarmante, es menor que la real ya que esta estadística no incluye —por déficits institucionales estadísticos— fallecidos por accidentes, por acción policial o casos de legítima defensa. Son solo asesinatos (el 60% del total son por arma de fuego) y suicidios (el 32% del total; son la segunda herramienta para autoeliminarse luego de una horca). Según este Observatorio, hay una relación de uno a uno entre armas registradas y armas en negro. Aunque no existen datos fehacientes, el RNA señala que cuatro de cada cinco armas vinculadas a delitos en 2015 estaban registradas.

Llegó la hora divertida, la de tirar. Hay que apuntar a un blanco de treinta centímetros de diámetro, a tres metros de distancia. "El Ministerio (del Interior) no pide que seas un tirador olímpico, sí que manejes un arma: cargar, descargar, tirar, poner el seguro y sacarlo, desarmarla, sentir los ruidos. Si no hubiera blanco, es secundario". Voy a usar una pistola semiautomática 22; si me causara un retroceso luego de un disparo, tendría que pensar en pucherear más. Voy muy lento: coloco las balas en el cargador, coloco el cargador, reviso que el seguro está puesto, llevo la corredera hasta el tope atrás para dejar la bala en la recámara, siempre apuntando hacia adelante, siempre con el dedo afuera del arco, tomo el arma con las dos manos, quito el seguro, alineo las miras con el blanco, disparo. Bang. 9 sobre 10. Soprendentemente bueno. Sorprendentemente fácil. Peligrosamente adrenalínico.

De todas formas, lo importante es que repita la rutina una y otra vez: balas en el cargador, cargador en la pistola, corredera hacia atrás, bala en la recámara, dedo fuera del arco, mirar hacia adelante, quitar el seguro, apuntar, tirar. En mi segundo intento, de tres tiros, no le acierto a un blanco a tres metros. Igual, otra vez la peligrosamente agradable sensación de adrenalina. Tercera vez: cargar, corredera, dedo fuera, quitar el seguro, apuntar, "inspirarme" mentalmente ("sí, vos sos perfecto hijo de mil...") y tirar. Blanco perfecto. Todo es peligrosamente fácil, pienso; inquietantemente agradable: una sensación que no me gusta que me guste, reflexionaré más tarde. En solo siete balazos ya le doy al blanco. El Ministerio pide 18 tiros, el curso usualmente utiliza 25, pero parece que soy un alumno de los buenos en lo que a manejo se refiere y no tiro más; no me elogiaba tanto un profesor desde tercero de liceo. Cosas que se logran con el dedo fuera del arco, cosas que puede el miedo a las armas. Es mucho más probable que me ordene sacerdote a que tramite el Thata. Y soy ateo. Y quiero seguir así.

ATENTO A LOS "COWBOYS"

A los cursos del Club Uruguayo de Tiro, que hoy cumple 80 años, asisten todas las personas que quieren comprar un arma o se les venció el Thata y lo tiene que renovar, cosa que pasa cada cinco años. El público es mayoritariamente adulto, de treinta años para arriba, y no hay una profesión u ocupación predominante, según el instructor Gabriel Durán. Si bien aumentó la población femenina, todavía es un trámite notoriamente masculino. La proporción de hombres sobre las mujeres es de un 70-30, estima su presidente, Juan Storm.

El Club de Tiro aboga por una tenencia responsable de armas. En ese sentido, asegura Durán, le prestan particular atención a quienes asisten a sus cursos. No quieren ningún proyecto de cowboy en el predio.

"Yo me doy cuenta cuando viene un loquito y le negamos el certificado, o el curso. ¿Sabés cómo me doy cuenta? Cuando en el teórico no está prestando atención. Vos te das cuenta cuando a una persona lo que vos decís le entra por un oído y le sale por el otro. No es muy frecuente, pero ha pasado. Y luego en el práctico es más evidente: cuando no hace caso a lo que decís, cuando se nota que no atendió lo que explicaste, cuando pone el dedo en el gatillo. ¡Cuando jode con el revólver, y con el revólver no se jode! Ahí paro el curso de inmediato".

¿DESARME CIVIL?

"No hay control eficaz".

"Si bien los procesos están definidos, definitivamente no existen controles eficaces ni en los otorgamientos de los certificados de aptitud para la gestión de tenencia o porte. Ni luego de otorgados se sigue monitoreando el estado psíquico o físico del tenedor del arma", opina Gustavo Guidobono, presidente de la Asociación de Lucha para el Desarme Civil (Adelu).

Como su nombre indica, Adelu busca el desarme civil. Le es difícil indicar cuántas de las muertes por arma de fuego son accidentes, la mayoría de ellos protagonizados por amigos y familiares. "Son más comunes de lo que se cree porque no existe la cultura del entrenamiento permanente entre los poseedores de armas de fuego". Solo en 2009 el departamento de Epidemiología del MSP indicó la cantidad de muertos por accidentes con armas de fuego, según dijo Ignacio Salamano, del observatorio del Ielsur: 60.

¿Se puede pensar en un desarme? "En estos momentos en nuestra sociedad es imposible pensar en el tema mientras continúe existiendo la inseguridad, la desconfianza en la recuperación de los presos y la violencia armada callejera", admite Guidobono.

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