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En su día: madres muy múltiples

Tres mujeres uruguayas cuentan cómo es la vida y la crianza con dos pares de mellizos... o más.

Josefina junto a sus cinco hijos: Felipe, Santiago, Avril, Azul y Juan Cruz. Foto: Marcelo Bonjour.
Josefina junto a sus cinco hijos: Felipe, Santiago, Avril, Azul y Juan Cruz. Foto: Marcelo Bonjour.
Josefina y los trillizos recién nacidos, todavía en Impasa.
Josefina y los trillizos recién nacidos, todavía en Impasa.
Los cinco hermanos Laffitte: Felipe, Santiago, Avril, Juan Cruz y Azul.
Los cinco hermanos Laffitte: Felipe, Santiago, Avril, Juan Cruz y Azul.
Las vacaciones siempre son una odisea, dice Josefina.
Las vacaciones siempre son una odisea, dice Josefina.
Mónica y Adrian junto a sus cuatro hijos: Martín y Nicolás, Florencia y Tomás. Foto: Darwin Borrelli.
Mónica y Adrian junto a sus cuatro hijos: Martín y Nicolás, Florencia y Tomás. Foto: Darwin Borrelli.
Los hermanos mayores siempre ayudaron a Mónica a cuidar a los menores.
Los hermanos mayores siempre ayudaron a Mónica a cuidar a los menores.
Nicolás, Martín, Florencia y Tomás.
Nicolás, Martín, Florencia y Tomás.
Al menos una vez al año los Gago-Delfino se van de vacaciones los siete juntos.
Al menos una vez al año los Gago-Delfino se van de vacaciones los siete juntos.
Andrea rodeada de sus cinco hijos.
Andrea rodeada de sus cinco hijos.
Cuando eran chicos, para Andrea fue fundamental aprender a organizarse, todo se anotaba en una planilla en un cuaderno.
Cuando eran chicos, para Andrea fue fundamental aprender a organizarse, todo se anotaba en una planilla en un cuaderno.

En sus casas las milanesas se cuentan por decenas, los canastos con ropa para lavar están siempre llenos, la agenda se lleva en una planilla Excel y en la cena casi que hay que pedir turno para poder hablar. Es que Josefina, Mónica y Andrea no solo tuvieron muchos hijos, sino que los bebés llegaron de a dos... o de a tres. Sin embargo, para ellas eso nunca significó un problema, sino un privilegio. "Si me tocó a mí es porque iba a poder", dicen sin conocerse pero con mucho en común.

La vida claro, tuvo momentos de caos, esos que hacen perder la cuenta de los llantos, las mamaderas y los pañales. Y aunque el segundo embarazo múltiple trajo mucha sorpresa y un poco de miedo (o viceversa), las gratificaciones siempre fueron más. Hoy, sus historias son el homenaje de Domingo para todas las mujeres que celebran su día.

Miedos y satisfacciones.

La primera vez que Josefina Manzano Small (49) llevó a Felipe, Santiago y Avril (14) al pediatra, cargó a los tres en un canasto de mimbre. Todavía no tenía cochecito triple y los brazos no le alcanzaban. Esa misma sensación, que dos brazos ya no eran suficientes, la volvió a experimentar muchas veces. Y la confirmó cuatro años después, cuando nacieron Azul y Juan Cruz (8) y la crianza le resultó tanto más fácil. "Con dos la llevé de taquito", asegura. Si no hubiese sido por la edad —festejó sus 40 embarazada—, esta argentina radicada en Uruguay hace 16 años hubiera ido por más. "Quería pasar por un embarazo normal".

En la familia de Josefina hay varios antecedentes de embarazos múltiples y su esposo Gabriel Laffitte es hermano de mellizos. Aún así, ella pensaba que nunca le iba a tocar. Poco tiempo después de casarse quedó embarazada. Lo que intuyó con el primer análisis de sangre lo confirmó la primera ecografía: había más de un embrión… de hecho, había tres. "Ahí fue un shock pero de felicidad. Nunca jamás se me pasó por la cabeza pensar qué horror o qué laburo, siempre fue qué alucinante", recuerda. Desde el vamos se sintió una privilegiada. "Evidentemente si me llega esto es porque voy a poder".

Después de más de un "susto", los trillizos nacieron por cesárea en la 33ª semana de gestación, en Impasa. Tuvieron bajo peso y pasaron los primeros dos meses de vida en el CTI de neonatología. Ya desde ese momento, la rutina se volvió su mejor aliada. "Pasaba una hora reloj con cada uno, después descansaba una hora y volvía a empezar. Todo de parada. Y siempre hablando y cantando. ¡Parecía loca!".

Una vez en su casa, Josefina repatrió a su madre desde Buenos Aires. Contra todos los pronósticos, la lactancia no fue un problema. Logró amamantarlos hasta los ocho meses con ayuda de complementos y leche materna donada. "Del Banco de Leche y del boca a boca, amigas de amigas, hermanas de amigas, gente que yo no conocía… la generosidad de la gente fue impresionante". Cuando empezaron a comer, la mejor opción era sentarlos en las sillas del auto arriba de la mesa. "Cada uno con su plato, para saber cuánto comía cada uno". Además, llevaba una planilla —consejo de otra madre de trillizos— donde anotaba desde los remedios y sus dosis hasta la hora del cambio de pañal y la cantidad de milímetros de leche que tomaban. Recién salió con los tres juntos cuando tenían un año. Antes, solo al médico. "Le tenía muchísimo miedo a las enfermedades. Además, lo que se agarraba uno después se lo agarraba el otro… y el otro. ¡No sabés lo que fueron acá las épocas del rotavirus!".

Con el paso del tiempo, Josefina empezó a sentir que sus hijos necesitaban un hermano. "Mi marido me decía: Qué van a necesitar, si son tres pero yo decía que sí, que precisaban uno que viniera suelto", dice y ríe. "Después de cuatro años te olvidás de todo lo que pasaste y ya no estás tan cansada. Quería un embarazo normal y que todo fuera más fácil".

Cuando quedó embarazada y se hizo el primer análisis de sangre, los resultados indicaron que había altas chances de que se tratara, de nuevo, de una gestación múltiple. "Pensé que eran tres de vuelta y que no iba a poder". Por eso, cuando unas semanas más tarde la ecografía reveló que había dos embriones, el festejo de la madre sorprendió a los médicos y, sobre todo, a su marido. "Yo esperaba el tercero, pero no había más. ¡Todos me miraban y pensaban que yo estaba loca!". Así, la depresión inicial se convirtió en felicidad.

Casi inevitablemente, se mudaron de un apartamento a una casa y crecieron en cantidad de dormitorios. Aún hoy, las vacaciones son una odisea. Ahora tienen una camioneta con tres filas de asientos, pero supieron hacer carretera con tres niños en el asiento de atrás y dos en el piso. "Con los trilli yo siempre tuve muchos miedos, los melli son más salvajes", dice para resumir las diferencias, que en el mano a mano se quintuplican. Hoy su casa pasa varias horas en silencio, mientras los chicos están en clase, haciendo deporte o con amigos. Pero los domingos, como hoy, todos saben que es el día para estar en familia. Y a esa cita, nunca fallan.

Buscar la singularidad.

En el estar de la casa de Mónica Sniadower (42) y Adrián Edelman, las fotos de los cumpleaños y las vacaciones abundan en portarretratos y cuadros. También son muchas las anécdotas que involucran risas, llantos, picardías y trabajo en equipo. Aunque Mónica siempre quiso tener una familia grande, nunca se imaginó que sus hijos llegarían de a dos. Primero fueron Martín y Nicolás (15) y después Florencia y Tomás (10).

Tras un año de buscar un embarazo espontáneo, Mónica recurrió a la estimulación ovárica con inyectables. "Sabía que podía pasar, pero no pensaba que a mí", admite. "Cuando se vio en la primera ecografía me asusté, yo no soñaba con mellizos, uno no planifica tener dos hijos...".

Cuando Martín y Nicolás tenían 15 meses la familia se mudó temporalmente a Inglaterra: Adrián hizo un posgrado, Mónica trabajó en un hotel y los mellizos empezaron el jardín. Al regreso, pensaron en "buscar" la nena. "Fuimos con el mismo médico e hice el mismo tratamiento. Como te hacen seguimiento folicular, vimos que había ovulado mucho y como esta vez sabía que quería uno solo corté el proceso para que no fuera un embarazo múltiple". Sin embargo, el destino le ganó la pulseada y, a las pocas semanas, se enteró de que estaba embarazada y que eran dos. "No me acuerdo mucho, pero sé que lloré… quedé en shock. El médico me decía: No llores que la sala de espera está llena de mujeres deseosas de quedar y vos llorás porque quedaste".

El principal consejo, dice Mónica, es aprender a pedir ayuda. "Si alguien me pide una recomendación digo: Invertí en alguien para la noche". Lo más difícil es el primer año. Después, asegura, la vida se vuelve a encaminar. Y contrariamente a todos los prejuicios, el hecho de tener mellizos ayuda. "Se crían diferente, aprenden a esperar y a compartir. Y como madre no tenés esa ansiedad de estar sobre cada cosa. Mientras los míos ya comían nuggets con la mano, mis amigas les cortaban las puntas de las papas fritas para que no se atragantaran. Con mellizos no podés hacer eso, y ellos aprenden que no podés".

Después de que nacieron Florencia y Tomás, Mónica incluso prefería estar con los cuatro que solo con los dos chicos. "Porque los grandes siempre me ayudaron pila, siempre fueron muy tranqui y tenían locura con los chiquitos". Hoy, ya adolescentes, esa mezcla de complicidad y protección se mantiene. "Ahora podemos salir de noche nosotros y los grandes cuidan a los chicos. Somos un familión, al principio fue todo una locura, pero me encanta". En 2016, Mónica pudo retomar su actividad laboral y creó Te Quiero Chocolate, un emprendimiento de elaboración de dulces para "ocasiones especiales". Obviamente, cocina en su casa y todos meten las manos en la masa.

Sin embargo, los desafíos siempre están. El mayor, quizás, es atender de forma personalizada a cada uno. "Hay que buscar instancias mano a mano, pero no es fácil. Cuando nos sentamos a comer, por ejemplo, todos quieren hablar y contar su día. Y… ¡acá hay que sacar número!".

Creer en las causalidades.

Cuando hace 23 años Andrea Delfino (49) salió de la maternidad del Hospital de Melo con su primera hija —que nació por una cesárea urgente, pesó 1.490 kilos y estuvo en incubadora un mes y medio— se despidió del equipo médico agradeciendo "de corazón" y jurando que "nunca más" iba a volver. Pero la vida —o el destino— quiso que regresara, no una sino dos veces. Y que en cada una de ellas saliera de allí con dos nuevos bebés en brazos. Aunque hoy la familia Gago-Delfino vive en Colonia, médicos y enfermeros de la capital de Cerro Largo todavía los recuerdan. "Cuando fui a tener los últimos mellizos me miraban y me decían: Acá va la mujer que dijo nunca más y va por el cuarto y el quinto", recuerda con una sonrisa. Hace una pausa, piensa. Y remata: "Se ve que era el rol que me tocó en la vida".

En todos estos años Andrea nunca se sintió desbordada. Ni siquiera en las épocas en que quizás había cinco niños que lloraban a la vez. Y que reclamaban por "mamá". Aún así, siempre encontró el momento y la singularidad con cada uno. "Cuando ven que tenés dos pares de mellizos todo el mundo te pregunta ¿cómo hiciste? Pero cuando te tocan mellizos será que estás preparada para recibir dos hijos a la vez, multiplicarte… Y si no estás preparada, estás en el baile y tenés que bailar". En su caso, no había antecedentes familiares de embarazos múltiples ni tratamiento de fertilidad de por medio. Quizás, por eso, Andrea no cree en las casualidades sino en las causalidades. "Vinieron porque tuvieron que venir, eran para mí".

Soledad es la mayor y tiene 23 años. Le siguen Federica y Joaquín, de 20. Los menores son Clara y Facundo, de 17. Con Eduardo, el papá, se completa el clan de siete, ese que llama la atención cuando sale a un restaurante, se va de vacaciones o baja a la playa en verano. "Es que no es común ver familias tan grandes últimamente. Incluso hay gente que no me cree cuando digo que los cinco son mis hijos", cuenta Andrea. Salvo en cosas materiales como el auto o la casa, siente que los dos pares de mellizos no la hicieron cambiar su vida sino que se adaptaron a ella. Eso sí, le gustaría recordar más detalles de su historia. "Se ve que con el ritmo de vida que llevé hay cosas que se me fueron de la cabeza. No me acuerdo cuál comió primero… no tenía mucho tiempo para ponerme a pensar o a sacar la foto…".

La llegada de los más chicos fue "una sorpresa medio inesperada" que la obligó a organizarse aún más. "Cuando volví a quedar embarazada la idea me shockeó. No sé por qué supuse que eran dos de nuevo. Cuando se lo dije a mi ginecólogo me miró y se empezó a reír. Que sean mellizos de nuevo es casi un imposible, te tocó esa vez y ya está, me dijo. Pero en la primera ecografía prendió el monitor y estaban ahí". Más allá de la preocupación "por lo económico", a Andrea le pesó la responsabilidad afectiva: "¿Cómo voy a hacer para repartirme entre cinco cuando la mayor tiene solo seis años y los chicos tres?".

La organización se volvió fundamental. Empezó a llevar un cuaderno con una planilla en la que anotaba todo. "Ahí ya no me daba la capacidad para recordar las cosas". Más de una vez le pasó de ir a darle de mamar a Facundo y que fuera el turno de María Clara, que además eran muy parecidos. "La vida se volvió mucho más agitada que antes porque yo tenía que seguir el ritmo de los otros tres, que también esperaban por mí. No quería dedicarle más tiempo del debido a los bebés". Incluso aprendió a amamantar a los dos juntos, maniobra que con los primeros mellizos no había logrado. Y Soledad, la mayor, se volvió "una segunda mamá en miniatura", siempre dispuesta a dar una mamadera, cambiar un pañal o hacer dormir a alguno de sus cuatro hermanos.

Hoy, más allá de la conexión natural entre cada par de mellizos, "los cincos son muy unidos". Los más grandes ya viven en Montevideo y Andrea, que siempre trabajó en educación, colgó su túnica para disfrutar más del último año de Facundo y Clara en casa. Es que esta mamá asegura que el síndrome del nido vacío existe. Y que ya está extrañando.

Si mira para atrás, siente que la vida se pasó (demasiado) rápido. Que no tuvo tiempo para detenerse a pensar. Y que cada una de sus decisiones —incluso cuando implicó mudarse de ciudad en medio de una crisis económica— estuvo marcada por el futuro de sus hijos. "Creo que cada uno a la vida viene a cumplir un rol, así como hay grandes médicos que vienen a curar y grandes maestros que vienen a enseñar, a mí me tocó ser mamá. Tengo amigas que con mi edad son grandes profesionales o están en una posición económica excelente, pero yo no me siento inferior por eso. Yo disfruto de mis hijos a más no poder. Y me siento feliz por tener lo que tengo, no pretendo más".

¿Qué chances hay de tener más de un embarazo múltiple?

En ginecología, todo lo que a la paciente le pasa en un embarazo, le puede volver a suceder en el siguiente. O sea, después de una gestación múltiple, las chances de tener otra aumentan. "Hay un factor biológico propio que hace que tu frecuencia cambie y se vuelva distinta a la del resto", dice el ginecólogo Gerardo Vitureira. A nivel internacional y local, la probabilidad de tener un embarazo gemelar (sea de dos, tres o cuatro) es de una en 80. En Uruguay ocurren alrededor de 47.000 nacimientos al año; cerca de 600 de ellos múltiples. Existen dos tipos de embarazos gemelares espontáneos, los que ocurren por predisposición genética y aquellos que no tienen una explicación científica, y simplemente ocurren por que sí. "Por eso hay familias con casos de más de un par de mellizos", explica el ginecólogo Fabián Rodríguez. Sea como sea, un embarazo múltiple siempre implica más riesgos que uno con un único embrión.

Consejos y anécdotas que comparten las familias numerosas.

Llamar a cada niño por su nombre, no referirse a ellos como "los mellizos" o "los trillizos". En general, los niños buscan diferenciarse, tarea que es más fácil cuando no son del mismo sexo.

Durante el primer año, es imprescindible llevar una planilla para anotar comidas, horas de sueño, cambios de pañal y medicamentos.

Aprender a pedir ayuda. Puede ser a una madre, suegra o amiga. Las noches, coinciden las madres consultadas por Domingo, son el momento crítico. Y lograr descansar al menos cuatro horas de corrido, parte del secreto del éxito.

Sobre todo por un tema de costos, los viajes en avión son casi un imposible. La recomendación es buscar destinos a los que se acceda por tierra y en los que se pueda alquilar un apartamento o una casa. Eso sí, no hay que desalentarse cuando después de hacer una consulta diciendo "somos 7", el propietario del lugar demore unos días en responder. O no responsa nunca. Vuelva a intentar.

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