washington abadala i Cabeza de Turco

El desnudador

Cuando hace cuarenta años atrás apareció la caricatura de Aníbal Troilo en Sábado Show —un 24 de mayo como hoy— pocos podían presagiar lo que se venía. Un adolescente flaquito, alto y con mirada penetrante había sido su autor. Nacía Arotxa.

En la Universidad de la República sus caricaturas se utilizan en algunos cursos curriculares para abrirle la cabeza a jóvenes estudiantes que han perdido comprensión lectora y deducción lógica ante el mundo que los rodea. Enseña más un dibujo de él que una lección de Max Weber. Es que Arotxa, sin quererlo, es mil veces más analítico que muchos politólogos de moda que repiten lugares comunes, posando de oráculos cuando en realidad chambonean más que los meteorólogos.

Lo que sucede es que Arotxa no piensa como el resto de los mortales, él piensa en imágenes y las traduce (los humanos verbalizamos los relatos). Por eso, quizás, sus visiones son categóricas, fulminantes y certeras. Y así, al final, resulta subversivo porque muchos vemos en sus trazos lo que nos imaginábamos. Hay algo de prestidigitador en el juego que nos propone.

Si prestan atención, advertirán que es tan genial lo que elabora que seduce por la sencillez, el toque oportuno de color (nunca exagera) y ese timbre de humor sutil con el que se cierra la idea que nos representa.

Alguna vez le he sentido decir: "Dibujo lo que veo". Falso, él dibuja lo que imagina y allí radica parte de su hechizo: lo que imagina él, es lo que pensamos todos pero no lo podemos sintetizar, ni en palabras, y menos en imágenes. Por eso Arotxa es un insolente al que necesitamos cada día más. Y por eso los políticos lo aman y le temen, porque nadie desnuda como él a estos protagonistas de nuestra existencia cotidiana. Tiene la habilidad de aterrizarlos desde sus pináculos al terreno de la intención, de la contradicción, de la miseria y de la grandeza. Es muy difícil que un político se esconda ante el trazo arotxiano. Todos hemos visto caricaturas que reflejan traiciones, miserias, intenciones y hasta personalidades ocultas de buena parte de nuestra élite política, y todos nos hemos reído en complicidad con su autor al correr el velo que nadie se animaba a tocar. Y él sigue tan campante, como si nada.

Destaco, además, que Arotxa siempre pone buena fe en su arte, jamás juega partidos microscópicos, mezquinos, partidarios o de rango filosófico. Y eso habla maravillas de él. Yo diría que en algún sentido es "lacaniano" porque extrae del inconsciente colectivo lo que no siempre resulta fácil de racionalizar y lo estampa en el papel con naturalidad prodigiosa. En el fondo, su arte es un alarido de fuerza e inteligencia en medio de una sociedad que no siempre aplaude ese talante. Para mí, vale doble.

El hijo del camisero —con su padre aprendió a ver características del cuerpo al mirar papadas, reconocer abdómenes prominentes y observar hombros caídos, anotando de chiquilín esas características en el libro del negocio familiar— es hoy el máximo caricaturista del Uruguay y tiene muchísimo más para darnos en lo suyo y en la pintura (donde gracias al empujón de Manuel Espínola Gómez irrumpió con bríos y hermosura). Tendrá que seguir ese mandato para disfrute de todos si se le antoja hacernos felices.

A veces el Uruguay tiene estos hijos increíbles que parecen "normales" pero que son absolutamente "excepcionales" por sus producciones sobresalientes.

Resulta emocionante ser contemporáneo de Arotxa porque es un intérprete de su tiempo como nadie. Éste es un país miserable para el elogio al crack que está vivo —excepto en el fútbol donde es al revés, allí somos unos fenómenos— y resulta que hay que esperar que se muera el personaje para ponerle una calle, hacer una sesión parlamentaria en su homenaje y decir burradas que no se conocen pero que se repiten al ritmo del chin pun, chin pun. Todo bastante penoso por cierto, pero así somos.

Yo prefiero levantar mi copa por estos cuarenta años del flaco y ser testigo de otros cuarenta años más en los que seguiré disfrutando de su arte y su talento. Y pensaré —como lo hago siempre— cada vez que observo sus caricaturas nuevas: "¿Cómo carancho hace este tipo para pensar, imaginar y crear todos los días estas cosas increíbles?"

¡Salud Maestro!

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