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El desafío de vivir con menos

Dos periodistas argentinas se propusieron comprar solo alimentos y productos de higiene por un año; aquí su experiencia.

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Las periodistas también investigaron sobre varios aspectos del consumo. Foto: La Nación/GDA

El 23 de diciembre del 2015, Evangelina Himitian (39, periodista del diario argentino La Nación) salió de su trabajo, en las afueras de Buenos Aires, y se encontró con que la ciudad "era un descontrol" por las compras navideñas. Himitian no solo se resignó ante las tres largas horas que tomaría el regreso a su casa; también reparó en el mal humor de la gente que compraba regalos contra el tiempo. "Esas horas que pasamos festejando Navidad vienen antecedidas de un montón de horas de preparación en las que la pasamos mal", señala.

Una reflexión similar fue la que tuvo Soledad Vallejos (42, periodista del mismo diario), en otra fecha crítica para los bolsillos: la compra de artículos escolares a fines de febrero. En esa oportunidad, no podía encontrar el talle y el color de los zapatos para su hijo. "Fue una sensación de hastío", dice. "Lo tiré como un grito punk : Yo no voy a comprar nada más por un año, y se terminó. Y después dije: ¿qué pasaría si lo hago?. Le conté a Evangelina y juntas empezamos a escribir sobre algunas situaciones que nos estaban pasando".

El 31 de marzo del 2016, ambas amigas firmaron un "contrato" en el que se comprometieron a dejar de adquirir cosas cuyo destino final fuera la acumulación. Nada de ropa ni cremas ni zapatos ni libros, ni siquiera una ida a la peluquería. Durante un año completo, ellas solo comprarían alimentos y los productos de higiene y limpieza necesarios. La compra de regalos quedó prohibida (salvo para los niños, aplicando un criterio de consumo responsable) y elegirían la opción más austera para los paseos y las vacaciones. Solo decidieron mantener las salidas a comer, ya que "los buenos momentos compartidos con la gente que uno quiere no se acumulan, sino que se atesoran".

Doce meses después, ambas periodistas cumplieron el desafío con éxito y, contra los pronósticos de los más agoreros, "sin tener síndrome de abstinencia". Su giro hacia un estilo de vida más simple quedó retratado en el libro, ya disponible en Uruguay, Deseo consumido: ¿Y si pasaras un año sin comprar? (Editorial Sudamericana), un texto que, además de contar los pormenores de su reto, despliega una extensa investigación sobre la psicología del consumo: desde el engañoso sistema de descuentos, promociones y pago por cuotas hasta la caída de ciertos mitos (sí, créalo, los hombres gastan lo mismo que las mujeres en ropa).

"Una de las cosas que nos sorprendió a nosotras mismas es la baja tasa de uso que tienen las cosas que tenemos. Nos vivimos comprando cosas pero, después, no las usamos de la misma manera", apunta Himitian. "Podríamos tener mucho menos, sin ni siquiera cambiar nuestro estilo de vida. Tener un 20% o un 30% de lo que tenemos, por lo menos en cuanto a ropa, y nadie se daría cuenta de que hicimos semejante modificación en nuestro placard".

El deseo consumido.

Para registrar su plan de desconsumo, las argentinas crearon Deseoconsumido.com, un blog en el que iban relatando su proceso de desintoxicación como si fuese un diario de vida. Su primera sorpresa fue ver que nadie se manifestó indiferente frente al tema. Las reacciones iban desde el pesimismo de sus amigos ("no van a poder", "van a claudicar antes") hasta las de algunos desconocidos que, por las redes sociales, les reconocían que se sentían identificados con el proyecto y el ritmo de "comprar-acumular-descartar" ya no les cerraba.

En sus doce meses sin compras, ambas amigas reemplazaron el placer de adquirir cosas por otras experiencias que definen como más gratificantes. Entre ellas, redescubrir y valorar cosas más sencillas, como pasar más tiempo con los familiares y amigos, sin importar dónde iban ni qué iban a comer. "Es un miedo que uno tiene: ¿Qué pasa cuando no comprás, si tenés menos ropa, si en tu placard hay huecos? Y compruebas que no pasa nada", dice Himitian. "Incluso, la pasás mejor cuando tenés menos, porque perdés menos tiempo en ordenar y, en definitiva, siempre usás la misma ropa. Baja mucho la ansiedad".

Cuando iban a cumplir los cuatro meses de "abstinencia", las periodistas decidieron emprender acciones de desconsumo más activas. Entre ellas, eliminar 10 objetos diarios de sus casas, que ellas ya no utilizaban, pero que les podían servir a alguien más. Recién a los dos meses, y con 600 objetos menos, el cambio en sus hogares se pudo notar a simple vista. "Nos dimos cuenta de que, sacados estos objetos, no los extrañábamos y nuestras familias tampoco", apunta Himitian. "Esto nos hizo pensar mucho sobre la cantidad de cosas que tenemos, y que creemos que son importantes y necesarias, y no usamos".

Según Vallejos, la experiencia le permitió cambiar su mirada de la compra hacia lo que realmente necesita. "La compra más cercana al consumo real termina siendo beneficiosa en todo sentido: en lo económico, en el impacto social y del medio ambiente", dice. "Cuando terminamos (el desafío), fui a un espectáculo y volví al consumo cultural (risas). Y, después, todavía no me compré nada. El camino de desconsumo al que me llevó el libro, por el momento, seguirá".

El minimalismo.

¿Cuánto placer realmente nos reporta en la práctica adquirir cosas nuevas? Aunque el consumo hedónico pueda ser un fenómeno de nuestros tiempos, los expertos señalan que esta acción se conecta con la naturaleza más primitiva del ser humano. "Desde que somos chicos, todos hacemos una acción para lograr un premio. Y esa recompensa es lo que llamamos el placer", explica Jorge Dotto, médico, genetista y autor del libro El ADN del placer. "En el cerebro hay un centro del placer que activa el gen DRD2, que es un transportador de dopamina. Comer, tomar una bebida, tener sexo, comprar algo o viajar nos genera placer. Eso significa que buscamos esa acción para tener un beneficio".

Curiosamente, el máximo nivel de dopamina en nuestro cerebro no se produce al momento de estrenar aquel producto que recién adquirimos. Los especialistas aseguran que se libera en los instantes previos a la compra, cuando esta se activa por el deseo de tener algo nuevo. "Cuando compramos un objeto que nos gusta, nos genera placer por un determinado período de tiempo, pero después se produce una meseta, a nivel biológico y químico, en la cual la recompensa termina siendo algo que ya es habitual", agrega Dotto.

En la última década, y como una respuesta a las sociedades consumistas, el minimalismo ha ganado terreno como un estilo de vida que valora las experiencias por sobre los bienes. "Se trata de eliminar el exceso en tu vida, de tal forma que tengas más espacio, tiempo y energía para lo que es más importante para ti", señala Francine Jay, autora del libro The joy of less. "Creo que ya está ocurriendo un cambio cultural. Gente de todo el mundo está interesada en vivir vidas más simples y auténticas".

Un ejemplo es el estadounidense Joshua Becker (42), creador de Becoming Minimalist, un blog que inspira a millones de personas a tener menos posesiones y alcanzar una mayor realización en la vida. Un día, mientras Becker limpiaba su garaje, un vecino le sugirió que, quizás, no era necesario conservar la cantidad de cosas que tenía apilados en ese sitio y que le tomaría largas horas ordenar. A partir de entonces, inició un proceso donde removió cerca del 70% de sus posesiones de todo tipo, incluida ropa, platos, toallas, artefactos electrónicos, mueblería, decoración e, incluso, el tamaño de su hogar.

En su página, Becker enumera 21 beneficios que este giro trajo a su vida: entre ellos, gastar menos dinero, facilitar la limpieza de su casa, privilegiar la calidad de las cosas en vez de la cantidad y, sobre todo, disfrutar de una sensación de libertad. 

Artista que inspiró a muchos.

En los últimos años, distintas iniciativas han reaccionado con hastío ante el consumismo y la acumulación de cosas sin criterio. Una de las principales inspiraciones para Deseo consumido fue la artista y escritora canadiense Sarah Lazarovic (37), quien pasó todo un año sin comprarse ropa y, cada vez que experimentaba el impulso de hacerlo, lo dibujaba. Sus ilustraciones dieron vida a A bunch of pretty things I did not buy (2014), un libro en el que escribe cosas como: "Veo un vestido así y me imagino el millón de vidas que podría pasar en él (...) Y entonces recuerdo que tengo un montón de cosas parecidas en mi armario".

A los 25 años, y con su primer trabajo pagado, Lazarovic se dio cuenta de que estaba comprando un montón de cosas que no necesitaba. El ejercicio creativo de dibujar sus prendas favoritas le permitió tener un momento de introspección que trajo más calma en su toma de decisiones. Inspirada en la Pirámide de Maslow, una teoría psicológica que jerarquiza las necesidades humanas, Lazarovic creó un gráfico (The buyerarchy of needs) en el que enumera una serie de alternativas a las que podemos recurrir antes de salir corriendo al shopping y ocupar la tarjeta de crédito.

"Todavía compro comida, cosas necesarias y ropa ocasional ahora que mi desafío se terminó. Pero siento que la experiencia me convirtió en una consumidora mucho más consciente y humana", dice Lazarovic. "Psicológicamente, tenemos dos formas de pensamiento. El sistema 1 es el lado irracional, que está influenciado por la emoción y el impulso, y en ese estado puedes comprar cosas en un frenesí. La clave es pasar al sistema 2, donde nuestro cerebro es más metódico y lógico. De alguna manera, dibujar permite el espacio y tiempo para que ese cambio se materialice".

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