Nombres del Domingo

La dama que hechizó a Macri

Empresaria, sensible y optimista, Juliana Awada se define como una mujer normal. Primera dama argentina, trabajará por los niños y las mujeres.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Juliana Awada trabaja desde los 18 años en el imperio textil de su familia. Foto: La Nación/GDA.

Para Juliana Awada los calificativos abundan. Desde "la Jaqueline Kennedy moderna" o "una mujer deslumbrante" o hasta el "mi negrita hechicera" con el que la ha llamado públicamente su marido, Mauricio Macri, todos le calzan y le sientan bien. Es que, mientras algunos argumentan que la nueva primera dama argentina disfruta de una suerte de "dulce luna de miel" con los medios de su país y el mundo, lo cierto es que Juliana brilla con luz propia. Y en eso, a un lado y al otro de los rings políticos, geográficos y sociales, no hay más que coincidencias.

Así como la química con Macri se hizo visible durante toda la campaña presidencial —y se coronó con el beso que ella le estampó tras el debate televisivo con Daniel Scioli—, Juliana también es portadora de una evidente elegancia, dulzura y amabilidad. Su sonrisa —amplísima, blanca y omnipresente—, resulta auténtica. Esta morocha, 1,73 metros de estatura y 41 años, creció jugando entre costuras en los talleres de Awada, el imperio textil que su familia, una dinastía de origen sirio-libanés, levantó en los años 60. Asistió al Chester College, un prestigioso colegio de Belgrano (Buenos Aires), estudió inglés en Oxford (Inglaterra) e hizo varios cursos de diseño. Así, primero se convirtió en la creativa de la empresa y, con los años, tomó las riendas de un negocio que tiene una docena de tiendas en la capital porteña y factura unos dos millones y medio de dólares anuales.

Aun después de convertirse en primera dama, Juliana insiste en aquello de ser una mujer normal. También ha dicho que no se imaginaba llegar adonde llegó, pero que cree mucho en el destino. "Siempre digo que no hay casualidades sino destinos. Nosotros (por ella y Macri) venimos de familias parecidas. Hijos de inmigrantes, trabajadores incansables. No concebimos otra cosa que no sea el esfuerzo", dijo en entrevista con La Nación. Su padre, Abraham Awada, falleció en 2012, mientras que su madre, Elsa Esther Baker, a quien todos conocen como Pomi, a los 80 sigue siendo el alma del negocio familiar y va a la oficina todos los días. "Fue madre de cinco hijos y hace 15 años le ganó la batalla a un cáncer de mama. Es imparable. Salía de la quimioterapia e iba a trabajar. Estas actitudes me emocionan e inspiran. Por eso no soy nada quejosa. Por el contrario, siempre agradezco".

El origen musulmán de sus padres no condicionó a Juliana ni a sus cuatro hermanos, algunos católicos creyentes y otros casados con mujeres de religión judía. Ella, por su parte, siempre lleva consigo una imagen de la Virgen del Luján que su padre le regaló y se bautizó hace dos años. Pero más allá de sus opciones religiosas, el dato familiar más polémico es que el más conocido de sus hermanos, el actor Alejandro Awada, protagonista de la serie Historia de un clan, se declaró kirchnerista y durante la campaña electoral manifestó abiertamente su apoyo a Scioli. "Que piense distinto o que simpatice con otra cosa no altera para nada mis sentimientos hacia él. De hecho estamos trabajando para lograr un país así, con diferencias, tolerancia y respeto. Ese es el país en el que los dos soñamos vivir", dijo ella.

Aceptar su relación con Macri — exjefe de gobierno de Buenos Aires, expresidente de Boca y 15 mayor que ella— no fue sencillo para la familia Awada. Se dijo que Pomi miraba al candidato de reojo, preocupada sobre todo por que su hija sufriera. "Pero Mauricio se encargó de tranquilizarla: a los dos meses me propuso casamiento", recuerda a las risas. La relación empezó hace seis años, y aunque se conocían de los eventos sociales, la química estalló en el gimnasio Ocampo, de Barrio Parque. "Ella lo relojeaba disimuladamente mientras charlaba con una amiga, compañera de rutinas de ejercicios, y él de vez en cuando levantaba la vista de la bicicleta fija, donde leía los diarios. Cuando sus ojos se chocaban, el mundo se detenía. La relación fue un flash: noviazgo, casamiento, embarazo, carrera presidencial. En el camino, y por ella, Mauricio perdió el bigote y se acercó a la meditación", resumió Clarín.

Juliana está divorciada de un primer matrimonio (se casó a los 23 años) y tiene una hija de 13 años, Valentina, fruto de su relación con el conde (y multimillonario) belga Bruno Laurent Barbier. De su matrimonio con Mauricio nació Antonia, de 4, la habitante más joven que alguna vez tuvo la lujosa quinta de Olivos. El flamante presidente, por su parte, tiene tres hijos mayores de edad de su primer matrimonio: Agustina (32, cineasta), Jimena (28, artista plástica) y Francisco (25, músico).

La pareja declara jamás haberse peleado en cinco años de matrimonio. Él asegura que es imposible discutir con Juliana. Ella dice que él es un hombre de diálogo y que tiene "el ego sano". Juntos, siempre apostaron a llevar una vida lo más normal posible. A Juliana le gusta la moda en general, y los zapatos en particular. También es fanática del mate y de las flores blancas, que prevé tener siempre decorando su nueva residencia. Si pudiera, dice que seguiría yendo al supermercado, porque le encanta hacer las compras para después cocinar. ¿Su hit? Al parecer le ponderan las milanesas con papas fritas. Sin embargo, la comida preferida del presidente son los alcauciles, que ella se da maña para incluir en ensaladas o pastas.

Y aunque le rehuye a las formalidades y los roles per se, es consciente de que, desde el podio de primera dama, podrá darse algunos gustos. Lejos del imperio Awada, ocupándose de sus hijas y apoyando a su marido, también se hará tiempo para ayudar en temas de primera infancia y violencia contra la mujer. "Todo lo que esté a mi alcance lo haré feliz".

Haciendo historia en Olivos.

"Mauricio es un papá espectacular", ha dicho más de una vez Juliana Awada. Antonia, la hija de ambos, llegó cuando el actual presidente argentino tenía más de 50 años. Sin embargo, y pese a que él había advertido que "se iba poniendo mejor padre" a medida que los chicos crecían, siempre colaboró en las tareas cotidianas. Con la llegada de los Macri a Olivos será la primera vez en la historia argentina que una familia ensamblada ocupe esta propiedad de 35 hectáreas, con canchas de fútbol y campos de golf incluidos.

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