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El cubo que cautiva millones

Hace 40 años Rubik lanzaba al mercado el rompecabezas que se convirtió en un desafío global. También atrapa a los uruguayos, que tienen su propia comunidad.

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Christian Goñi es uno de los fanáticos del Rubik en Uruguay.

Hace unas dos décadas Ignacio Goñi encontró en el diario El Día un artículo del que tomó apuntes cuidadosamente: explicaba cómo resolver el cubo de Rubik. Tiempo después usó aquellas mismas notas para enseñarle a su hijo Christian, entonces de 12 años, el secreto para descifrar ese famoso puzzle de alta complejidad.

Hoy, con 25 años, Christian es uno de los fanáticos del Rubik en Uruguay, una comunidad que nuclea a unas mil personas, la mayoría adolescentes y jóvenes. De hecho, el grupo en Facebook Rubik en Uruguay tiene más de 700 integrantes que comparten trucos para resolverlo más rápido, dudas de cuál es mejor comprar, información de torneos y cualquier cuestión relacionada con este objeto que hace 40 años apareció en las tiendas de Hungría y desde allí se expandió al mundo.

El cubo tradicional tiene seis caras, cada una con tres casillas por tres y de un color distinto (amarillo, blanco, rojo, azul, naranja y verde). Eso, antes de que las "piezas" se mezclen. El desafío parece simple: volverlo a su estado original.

"En el grupo de Facebook hay mucha gente del interior del país que comenta sus tiempos, gente que va a torneos, también se organizan reuniones o juntadas para charlar, ver métodos de resolución. Es una comunidad muy solidaria, no importa el tiempo que la persona haya logrado, la gente siempre está dispuesta a dar una mano", cuenta Christian. Para él cualquiera que se lo proponga —o a quien se le enseñe— puede armar el cubo. "Los chiquilines tienen menos problemas, menos miedo y les gustan los desafíos, competir. A veces con adultos es más difícil. Yo le he enseñado a niños de cinco años", sostiene.

Diversos estudios coinciden en que este juego mejora la intuición, la memoria y la motricidad fina. Además, potencia la habilidad matemática y espacial.

Después de aquella primera etapa en su infancia, Christian dejó el cubo por un tiempo hasta que hace unos cuatro años volvió a familiarizarse con él. Consiguió resolverlo en dos minutos, pero vio en Internet videos de personas que lo lograban en cinco o seis segundos y fue por más. Llegó a los 25 segundos y tampoco le alcanzó; avanzó hasta hacerlo en unos 12 segundos. "No sé qué me atrapa. Al resolverlo por primera vez y darte cuenta lo fácil que es, te va enganchando hacerlo lo más rápido posible y poder demostrarlo", dice.

El fanatismo se transformó también en negocio. Hace tres años, junto a su padre y su hermano, abrió Uchi Rubik Uruguay, una tienda donde venden diferentes marcas y modelos del cubo, que se consiguen desde 400 pesos en adelante (son los modelos profesionales).

Además, Christian compite. Los distintos métodos para ordenar el cubo dieron origen al speedcubing, donde exponentes de todas las edades tratan de resolverlo a la mayor velocidad posible. En Uruguay hay, aproximadamente, un torneo por mes. La modalidad básica comienza con 15 segundos para "inspeccionar" el Rubik; después empieza a contarse el tiempo para armarlo. En las competencias el proceso se hace cinco veces; para la marca final se descartan el peor y el mejor tiempo, y se hace un promedio con los tres restantes. El récord nacional lo tiene Thiago Rivas con 11,03 segundos; si se toma solo el mejor tiempo la marca es de Mateo Rodríguez con 9,22.

Aparte de las modalidades básicas hay otras formas de competir. Christian, por ejemplo, tiene el récord nacional de armado "a ciegas". Como su nombre lo indica implica tras observar el cubo, resolverlo sin mirar; lo consiguió en 50, 42 segundos.

Por estas horas los fanáticos están de parabienes. Uruguay recibirá el próximo 14 de junio al Latin America Cubing Tour, una instancia en la que participarán los mejores del mundo y que se presenta como el torneo más importante que se ha jugado en el país. Vendrá el australiano Feliks Zemdegs, quien ostenta el récord mundial con 4,73 segundos, junto a otros de los mejores en esto: el también australiano Jayden McNeill (5,91) y el canadiense Antoine Cantin (6,03). Codearse con ellos no será complicado: las inscripciones para participar van desde los 300 pesos.

Camino de vuelta.

En 1974, Erno Rubik (72, arquitecto, escultor y diseñador) vivía con su madre en un modesto apartamento de dos ambientes en Budapest, capital de Hungría. Un día de primavera, decidió agarrar pequeños bloques de madera y unirlos con cuerdas elásticas. "En esa época era un profesor joven y enseñaba diseño", contó días atrás al diario chileno El Mercurio. "Estaba buscando herramientas de enseñanza manuales para ayudarles a los estudiantes a entender los movimientos tridimensionales. Y eso llevó al nacimiento del cubo".

Cuando las cuerdas se rompieron, Rubik aplicó un poco de ingeniería simple para que las piezas se pudieran mover de forma independiente sin que el mecanismo se desmoronara. Cortó y lijó los pequeños bloques, los ensambló y marcó cada lado del cubo con un adhesivo de distinto color. Y empezó a girarlos. "Una vez que el prototipo estuvo listo, era obvio que encapsulaba un problema para ser resuelto como un rompecabezas", señaló vía mail al diario chileno. "Fue maravilloso ver cómo después de unos pocos giros, los colores se mezclaban. Después de un rato, decidí que era tiempo de volver a poner los cubos en orden. Y en ese momento me encontré de frente con el gran desafío: ¿cuál era el camino de vuelta?".

Por más que el profesor húngaro, que entonces tenía 29 años, giraba su invento, los colores quedaban entreverados. Al principio ni siquiera sabía si el problema tenía solución, pero después de más de un mes, y tras probar distintas secuencias de movimientos, Rubik le pudo mostrar a su madre un cubo con sus colores en orden. "Recuerdo cuán orgulloso estaba cuando se lo mostré", dijo. "Y ella estaba muy feliz, con la esperanza de que, a partir de ese momento, no trabajaría tan duro en eso".

DE HUNGRÍA A TODO EL MUNDO.

Bautizado inicialmente como "Buvuos Kocka" —en castellano, "El Cubo Mágico"—, este rompecabezas tridimensional creado por Erno Rubik se empezó a comercializar en Hungría en 1977.

Pocos podrían haber anticipado su éxito: era un puzzle de alta complejidad (tiene una alineación correcta y 43 quintillones equivocadas) y, a diferencia del común de los juguetes, no hablaba, disparaba o requería baterías.

Desde su aparición, distintos matemáticos y diseñadores de algoritmos han tratado de responder una pregunta: ¿cuál es el número mínimo de movimientos necesarios para garantizar que uno puede llevar el cubo, desde cualquier posición, hasta la original?

En 2010, esta cifra fue actualizada por un grupo de investigadores que ocuparon un súpercomputador de Google. "Se ha probado que 20 movimientos son siempre suficientes", afirma Jessica Fridrich, la profesora de ingeniería eléctrica que diseñó la estrategia más reconocida mundialmente para resolver el Cubo hasta hoy ("El método Fridrich" o "CFOP"). EL MERCURIO/GDA

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