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Croacia, viaje con un recorrido fuera de serie

En la península Balcánica, un viaje por Zagreb, Split y Dubrovnik, entre escenarios de Games of Thrones y paisajes verdes. Un país que se abre a los viajeros con propuestas culturales y ecoturísticas.

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Una estadía de dos días en Zagreb es una buen punto de partida.

Las huellas del emperador Dioclesiano conviven con los habitantes de Split. Su imperio duró menos de 20 años, pero hasta su muerte vivió en el palacio del siglo III donde se protegió de enemigos que le disputaban el poder. Los sótanos oscuros de esa fortaleza, que fueron los cimientos de la mole de mármol y piedra caliza, esconden detalles arquitectónicos de una época caracterizada por los excesos y la tiranía. Al dejar atrás las paredes negruzcas y húmedas de esas habitaciones milenarias aparecen las murallas de la ciudad vieja que hoy encierran viviendas familiares y locales comerciales. Y pocos pasos más allá asoma el sol del mar Adriático, para acompañar una caminata por la costa o, simplemente, dejar pasar el tiempo hasta que caiga la tarde.

Esa confluencia de escenarios tan disímiles como atractivos y cercanos entre sí también puede replicarse en Zagreb y Dubrovnik, otras dos de las ciudades más importantes de Croacia. El país ofrece una buena combinación de intereses culturales, históricos, naturales y gastronómicos para seguir captando la atención del mercado turístico ya recuperado de una guerra que le había cerrado las puertas al mundo.

La capital croata es un buen punto de partida para recorrer el país. Se puede conocer en dos días y luego continuar el viaje hacia la costa del Adriático. Zagreb se encuentra entre el río Sava y las montañas y a pesar de tener poco más de 300.000 habitantes cuenta con un aeropuerto capaz de abastecer a una ciudad de cinco millones de personas.

En una simple caminata aparecen las características únicas de la ciudad. La red de tranvía se extiende por toda Zagreb y los trenes azules se mezclan con los autos particulares que circulan a paso lento y por calles que por momentos se encuentran vacías. En los edificios se imprime una mezcla de estilos arquitectónicos desarrollados entre 1870 y 1920 con predominio del color amarillo, dándole continuidad a un capricho de la reina María Teresa de Austria, soberana del imperio austríaco de quien dependió Croacia del siglo XVI al XIX.

"Los cuervos sobrevuelan toda la ciudad. Parece un cuento de Edgar Allan Poe", dice la guía, Doris Kunkera, en un perfecto español. Las aves aparecen en bandadas en la Herradura Verde, una serie de espacios verdes unidos en forma de U que comenzaron a construirse en 1870. Allí se puede encontrar, por ejemplo, la plaza del rey Tomislav, el primer rey en unir los tres estados del país: Croacia, Eslovenia y Dalmasia; también la estación del ferrocarril Glavni Kolodor y el Pabellón de las Artes, construido en Budapest en 1828 y ensamblado en Zagreb.

Esos sitios son parte de los atractivos de la ciudad Baja, que también incluye a la catedral principal dedicada a la Asunción de María y San Esteban, ubicada en el barrio Kaptol. Desde su creación, en el siglo XI, la catedral de estilo gótico, con rasgos similares a Notre Dame, de París, sufrió tres reconstrucciones, la última de ellas a cargo del arquitecto alemán Hermann Bolle, que además participó en otros proyectos importantes en la ciudad.

Platos principales.

Las calles Tkalciceva y Vlaska son dos de los ejes gastronómicos de Zagreb en los que se puede hacer una pausa para degustar algún plato típico o también rakia, la tradicional bebida croata, similar al brandy con un fuerte contenido de alcohol. Una comida puede empezar con una abundante porción de panceta, jamón ahumado, salchicha de cerdo negro, queso de oveja y skuta (queso joven croata); o también la pasta fuzi con trufas negras. El ritual lo completan los platos principales a base de salmón, atún, cordero o risotto, acompañados por un vino tinto Plavac, la cepa de la región. Para tener en cuenta: un almuerzo o cena se paga entre 18 y 23 dólares (de 120 a 150 kunas, la moneda local). Esos son los precios de base; hay lugares donde cada plato tiene ese valor.

Moverse por Zagreb es fácil e intuitivo. A pie o con el tranvía se llega a los sitios de interés turístico. La Zagreb Card es una opción que permite ahorrar dinero. Al obtenerla, por 20 dólares (140 kunas) durante 72 horas se puede viajar gratis en el transporte público y se consiguen descuentos en museos y atracciones, como el Mirador 360°, ubicado frente a la plaza principal, o el Museo de los Corazones Rotos, en la ciudad Alta (Hight Town). Allí, en la plaza San Marcos, se produce el cambio de guardia, todos los sábados y domingos al mediodía. Se accede caminando, por escaleras o abordando un teleférico.

Ruinas y naturaleza.

Josep Broz Tito fue el líder de Yugoslavia desde la Segunda Guerra Mundial hasta su fallecimiento en 1980. Yugoslavia estaba integrada por seis repúblicas: Eslovenia, Croacia, Bosnia, Serbia, Montenegro y Macedonia, pero tras la muerte del dictador comunista comenzó la desintegración. Serbia fue la primera en independizarse. La siguieron Eslovenia y Macedonia, pero cuando intentó hacerlo Croacia, con muchos serbios viviendo en su territorio, Serbia inició un conflicto sangriento.

Parte de los recuerdos de esa guerra se encuentran en pueblos pequeños como Karlovac, ubicado en la ruta que une la capital croata con la costa, utilizada para el desplazamiento de tanques y equipamientos militares. En las casas aún se ven los impactos de las balas, hay construcciones que están destruidas y otras abandonadas, posiblemente habitadas por serbios que huyeron cuando estalló la guerra.

En la ruta, la naturaleza le va ganando a la desolación de esas imágenes con sitios como el Parque Nacional de los Lagos de Plivitce, una parada casi obligatoria por la majestuosidad de sus espejos de agua y sus cascadas, la más alta de 78 metros de altura.

En todo el país hay ocho parques nacionales y el más grande es el de Plivitce, que recibe 1,3 millones de turistas al año. Declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1979, tiene 16 lagos de entre diez y 46 metros de profundidad y extensas superficies de espacio verde por donde navegar y hacer trekking. Allí mismo se puede almorzar el plato típico del lugar en el restaurante Licka Kuca. El menú está compuesto por sopa de la región y el plato principal de cordero y ternera a la Ispod Peke. La preparación se realiza dentro de una campana de acero cerrada donde se coloca la carne con papas, cebollas y pimientos. Con brasas arriba y abajo se cocina durante cuatro horas. Ese menú cuesta unas 220 kunas (34 dólares).

La segunda estación de un viaje por Croacia puede marcarse en Split, una ciudad ideal para dejarse llevar entre sus callejuelas interminables, en un laberinto enlazado entre el palacio del emperador Dioclesiano (en excelente estado de conservación) y las construcciones nuevas. Ubicada a 400 kilómetros de Zagreb y en la región de Dalmacia se encuentra sobre el mar Adriático, frente a las costas italianas y a la altura de Roma, a una hora de vuelo de la capital de Italia. La cercanía entre ambos países se vuelve un atractivo interesante como para incluirlos en un mismo viaje.

La fortaleza del emperador, construida a fines del siglo III, es la atracción principal de Split, antiguamente llamada Spalatos. Los sótanos del palacio, de 10.000 metros cuadrados, fueron los cimientos de la mole arquitectónica diseñada por Dioclesiano para vivir allí hasta el día de su muerte. Las diferentes salas y pasillos de ese espacio subterráneo, que recuerdan la historia de un líder tirano, pueden verse en varias escenas de la serie Game of Thrones.

Mármoles italianos, granito rojo, esfinges egipcias y cientos de piezas arqueológicas forman el palacio, rodeado por una muralla, que en 1979 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En el interior viven unas 2000 personas, hay restaurantes y bares. Una recomendación para noches cálidas: sentarse en las escalinatas frente al Luxor para escuchar música en vivo y entre las ruinas de un palacio romano. 

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