COMPORTAMIENTO

Correr detrás de la hora

La principal causa de la impuntualidad es ser un pésimo gestor del tiempo. Pero como todo hábito, nunca es tarde para cambiar.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El reloj es todo un tema para muchas personas.

DANIELA BLUTH

Durante años Gabriela (57) usó el reloj del auto siete minutos adelantado. Así, al echarle una miradita rápida, pensaba que era más tarde de lo que realmente era. Ese recurso le hacía sentir la adrenalina de la puntualidad que se le escabullía. "Pero era una trampa al solitario. Siempre me decía a mí misma: ‘No es taaaaan tarde’". Después de un tiempo se dio cuenta que era peor el remedio que la enfermedad. "El tema del reloj es interno", admite. Hoy, tecnología mediante, se pone varias alarmas y avisos en el celular del tipo: "salir temprano" o "llegar súper puntual". "Si no abuso de esos mensajes, funcionan", dice.

Gabriela llega tarde a casi todos lados: a las reuniones familiares, a las clases de pintura, a buscar a sus hijos al colegio, a la consulta con el médico... "Siempre pienso que me va a dar el tiempo para hacer la lista interminable de cosas que me propongo cada día. Lo que más me cuesta es salir de mi casa, sobre todo en horarios en que otras personas ya están levantadas y siempre se me cruza algo en el camino. ¡Soy vueltera!". Solo una vez llegó "un poquito" tarde a un evento "muy importante". Se trataba de una ceremonia en el cementerio al mes del fallecimiento de su madre. Y Gabriela sabía que no estaba bien atrasarse, pero que la iban a esperar. "No iba a comenzar antes de que yo llegara. Había quedado en pasar a buscar a las amigas de mi madre, entonces, obviamente, la vuelta se hizo más larga de lo que yo pensaba, y tuve que llamar para avisar que estaba unos minutos demorada".

Tener una mala percepción del tiempo es, justamente, una de las principales causas de la impuntualidad. "Ser impuntual es casi una patología. Son personas que tienen una serie de ideas y creencias que no corresponden con la realidad", explica, categórico, el psicólogo mexicano Mariano Lechuga, cuya curiosidad por el tema lo impulsó a crear los Talleres de Puntualidad.

Para el experto, se trata de personas que han aprendido un hábito que, si bien reconocen, no pueden romper. "Si llegan tarde a la oficina a las nueve no importa a qué hora se levantaron". O sea, mover el reloj no soluciona el problema. "Tienen la percepción de que el tiempo no pasa, o calculan mal". Por ello, uno de los primeros ejercicios que Lechuga propone en sus clases es controlar —y anotar— el tiempo que les lleva bañarse, desayunar, trasladarse de su casa al trabajo. "Y nunca corresponde con la realidad. Piensan que se tardan diez minutos en la ducha, ¡y tardan 25!", ejemplifica entre risas.

En esa misma línea, un reciente estudio de la Universidad de San Diego (EE.UU) confirmó que la raíz de esta conducta radica en la llamada "falacia de la planificación", que no es otra cosa que ser un pésimo gestor del tiempo. Durante la investigación, se separó a los puntuales de los que se autoproclamaban impuntuales y, sin tener reloj, se les pidió que contaran el tiempo hasta llegar a un minuto. El resultado fue que mientras los puntuales tenían una percepción del tiempo casi exacta (calcularon el minuto a los 58 segundos), los impuntuales contaron largos 77 segundos.

Según su experiencia, Lechuga se anima a equiparar la impuntualidad con la depresión. "Hay un momento en la depresión que por más que uno quiera salir no puede, y entonces tiene que pedir ayuda. Aquí pasa lo mismo, la persona se da cuenta y no puede hacer nada para cambiarlo. En mis talleres, siempre en algún momento la gente se larga a llorar". El psicólogo conoció de cerca casos extremos, como el de una empresaria que demoraba una hora en ponerse rimmel.

Cuestión de hábito.

Pero no todo es negativo en torno a los impuntuales. Para la ciencia, las personas que son incapaces de llegar a tiempo a citas de cualquier índole tienden a ser más felices. ¿Por qué? Según el estudio de la Universidad de San Diego, son más "esperanzadas y optimistas".

Martina (40), quien se retrasa sistemáticamente 15 minutos a cualquier sitio, lo avala con orgullo. "Siempre pienso que me va a dar el tiempo. Y si me retraso, nunca es tan terrible". Su marido, Andrés (41), puntual in extremis, no podría estar más de acuerdo. "Se agrega vueltas o mandados porque está segura de que va a llegar puntualmente, aunque la evidencia diga que eso nunca pasa. En mi caso es al revés, no soy optimista y siempre estoy pensando que no voy a llegar. Por eso, por lo general llego con anticipación".

Más allá de las características personales, el "patrón cultural" es decisivo, coinciden los expertos. "En sociedades que no perciben la puntualidad como un valor, es más difícil que las personas desarrollen dicho hábito", opina el psicólogo Alberto Chertok. En ese "aprendizaje" son claves las instituciones educativas, los grupos de referencia y, por supuesto, la familia. Para su colega Álvaro Alcuri, en este tipo de hábitos influye hasta el clima. "En los países fríos, donde todo se hiela, tenés que ser más preciso. En Suiza o Inglaterra no te podés dar el lujo de que no ande el aire acondicionado o no tener nafta. Esas culturas aman la precisión, porque de ella depende la supervivencia. El más o menos no funciona, ese comportamiento es típico de los países cálidos o tropicales", opina.

La noticia alentadora es que, como cualquier estilo de conducta, se puede corregir. "Como fue aprendido, se puede reestructurar su percepción y sus actitudes", dice Lechuga. En sus cursos, los mails de agradecimiento son moneda corriente. En ese reaprendizaje, el psicólogo mexicano recomienda, entre otras cosas, preparar la ropa la noche anterior, dejar las llaves siempre en el mismo lugar y comunicar a su entorno la voluntad de volverse puntual. Así, dice, pasan dos cosas: hay presión social y son recompensados cuando cumplen.

Según Chertok, el cambio es posible pero requiere esfuerzo. "Estas personas deben estar dispuestas a sacrificar el impulso a hacer lo que surge en el momento, a calcular el tiempo que les llevará llegar en hora y a planificar sus actividades. Ayuda anticipar las ventajas de cumplir con los horarios y evitar el estrés de apurarse cuando quedan escasos minutos". Gabriela, por ejemplo, no llega tarde al cine ni al teatro. Y cuando se lo ha propuesto, logra ser puntual. "Una vez un profesor me desafío a que no podía llegar temprano a clase. Y que en caso de que eso ocurriera, yo no pagaba. Y ese día llegué. ¡Creo que pensó que no lo iba a lograr!". Muchas veces intentó corregir esta característica —prefiere no decirle "defecto"— sin éxito. "Todos saben que en general llego tarde... pero llego".

Un ejemplo que se enseña en el hogar.

El psicólogo mexicano Mariano Lechuga heredó la puntualidad de su padre. "Aprendí sus hábitos desde niño. Y como estudiante de psicología encontré pocos estudios sobre el tema. Así fue que decidí armar un taller para que las personas logren volverse puntuales", explica a Domingo desde la Universidad Anáhuac, donde trabaja. Sus cursos empezaron en 2011 y continúan hasta hoy, sobre todo en el ámbito empresarial. "Entre el público general no fueron muy bien recibidos, porque a la gente no le gusta reconocerse impuntual", admite.

Personalidad y puntualidad.

Más allá de los factores culturales, sociales y ambientales, para el psicólogo Alberto Chertok la impuntualidad responde a la personalidad. "Los sujetos obsesivos hacen lo imposible por llegar en hora y se estresan incluso ante pequeños retrasos. Las personas con baja tolerancia a las frustraciones actúan al influjo de los estímulos del ambiente: son inmediatistas, les cuesta posponer cualquier gratificación y por eso se retrasan en el cumplimiento de sus obligaciones. Los sujetos que desean trasmitir un imagen de importancia procuran ser esperados en lugar de esperar a los demás, y las personalidades narcisistas se consideran tan especiales que les parece natural que los demás aguarden su llegada". Además, dice, en un "impuntual crónico" lo central es la falta de organización y planificación.

El retraso tiene sus costos.

La puntualidad, dicen los psicólogos que han trabajado el tema, es un compromiso con uno mismo y, sobre todo, con los demás. Por eso, suele ser punto de partida de problemas en el trabajo, discusiones de pareja o peleas entre amigos. Todas situaciones ante las que el impuntual, en general, no es indiferente. "Se siente culpable por los contratiempos que ocasiona. De hecho, muchas veces el propio sujeto sufre las consecuencias de su retraso. Lo percibe como un hábito inconveniente que debería corregir en beneficio propio y de los demás", señala Alberto Chertok. En general, agrega el psicólogo, además del "precio concreto" que se paga por el retraso —como no poder ver una película o el partido desde el comienzo— los costos son sobre todo emocionales, e incluyen conflictos, reproches e irritación.

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