NOMBRES

Un chileno que conquista Hollywood

Luego de un 2016 cargado de éxitos con el estreno tres películas, el director Pablo Larraín está lejos de detenerse.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Ahora prepara otro proyecto para Hollywood.

Giras de prensa. Promociones. Viajes a Berlín, a Cannes, a Venecia, a Toronto, a Nueva York, a Los Angeles. Presentaciones en los cines de todo el mundo. Entrevistas. Muchas entrevistas. "Hacer eso cansa mucho más que hacer las películas", dice, al otro lado del teléfono, Pablo Larraín cuando habla del agotamiento que siente, después de haber estrenado durante 2016, en Estados Unidos y en varios otros países, tres películas casi simultáneamente: El club, Neruda y Jackie. Y el cineasta chileno más prolífico de la escena actual confiesa: fue una experiencia gratificante y rara al mismo tiempo.

"No creo que lo vuelva a hacer. Fueron películas que nunca se planificaron juntas, porque yo iba a hacer Neruda y se pospuso. Luego hicimos El club y fuimos al Festival de Berlín, y allí fue donde Darren (Aronofsky, cineasta y productor) me propuso hacer Jackie. Le conté que iba a hacer una película sobre Pablo Neruda, pero él se encogió de hombros. Entonces llamé a mi hermano (Juan de Dios Larraín, su dupla creativa) y le dije: Juan, a esta película no podemos decirle que no", cuenta el director. Y no podían: Jackie estuvo nominada en tres categorías de los Oscar: Mejor Actriz (Natalie Portman), Mejor Diseño de Vestuario y Mejor Banda Sonora.

El club y Neruda, por cierto, también se han llenado de reconocimientos —varios premios en festivales y nominaciones a los Globos de Oro como Mejores Películas Extranjeras—, pero es Jackie la que concitó más atención. La cinta fue un desafío mayor, no solo por la envergadura del encargo —recrear el universo de Jackie Kennedy en los días posteriores al asesinato de su marido—, sino también porque, después de una filmografía centrada mayoritariamente en personajes masculinos, esta era la primera vez que Larraín abordaba una historia de naturaleza femenina: las ambivalencias de una Primera Dama que, ante la impotencia emocional por la pérdida, y también política, por ver truncado el proyecto que John F. Kennedy había trazado durante su período como presidente, sabe que el legado de su marido debe convertirse en algo inolvidable.

"Creo que esta película es sobre una mujer, pero sobre todo de una madre, una mujer que se da cuenta de que el legado político de su marido está en riesgo y que la única forma de construir una imagen pública es a través de un relato potente y emocional. Y ella lo hace con dignidad y altura, con una inteligencia y olfato extraordinarios; muchos políticos del mundo quisieran tener un tercio de la capacidad comunicacional que ella tenía", dice Pablo Larraín, y agrega: "La pregunta que nos hicimos al hacer esta película fue por qué Kennedy es recordado en las encuestas de los últimos 30 años como el presidente más importante en la historia de Estados Unidos. Y cuando no sale primero, sale segundo después de Lincoln. La razón que tiene eso no es política. Y en eso, creo que Jackie tiene mucha importancia y responsabilidad".

Para lograr construir esa imagen de Jackie, tanto él como la actriz Natalie Portman, quien encarna a la exprimera dama, trabajaron explotando el aura de misterio que siempre rodeó a la viuda del Kennedy, una de las mujeres más fotografiadas del siglo XX, pero que sin embargo siempre cuidó extremadamente su vida personal.

"En la película hay una estructura narrativa en la que tú sientes que al principio están todos protegiéndola. Pero, al final, es ella quien está protegiendo a todo el mundo".

Sabida es la inclinación de la filmografía de Pablo Larraín por los hechos históricos. Así lo ha mostrado en películas como Tony Manero (2008), Post Mortem (2010) y especialmente en No (2012), sus trabajos anteriores. Pero con Jackie fue distinto: esta vez, debió entrar en un imaginario que no estaba en su ADN.

"Pero nunca tuve miedo —dice—. Lo que tuve fue, quizás, temor de hacer una película que no fuera capaz de conectar con esa humanidad, y que no fuera a exponer esa femineidad y esa fuerza. El cine se hace de la misma manera en cualquier parte del mundo. Para Jackie construimos la Casa Blanca en París y luego filmamos los exteriores en Washington. Seguramente, si la película la hubiéramos filmado entera en Estados Unidos, me hubiese sentido más presionado por cumplir por cierto interés que pudiera existir en torno a su figura y la de los Kennedy. Después de la película, cuando fuimos a Estados Unidos a hacer la promoción, me di cuenta del enorme respeto e importancia que Jackie tiene para los norteamericanos. Por eso, tal vez resultó bastante liberador no filmar allí".

El siguiente error.

Después del éxito internacional de la triada El club / Neruda / Jackie, Pablo Larraín se resistió durante varios meses a hablar de lo que viene a futuro. Ofertas no le faltaron; en especial a un artista como él, que ha demostrado inquietud por explorar en distintos lenguajes más allá del cine —dirigió la serie Prófugos entre 2011 y 2013; en 2014 incursionó como régisseur en la ópera Katia Kabanova, y ese mismo año dirigió en el teatro a Roberto Farías en la aplaudida obra Acceso—, y que en estos once años desde el debut de su primer filme, Fuga, ha desarrollado un lenguaje cinematográfico propio, reconocido y aplaudido.

Pero en estos días se develó la incógnita: Larraín volverá al competitivo mundo de Hollywood y dirigirá la película The True American: Murder and Mercy in Texas , desarrollada por Annapurna Pictures y protagonizada por Tom Hardy (Mad Max: furia en el camino).

Errores.

En estos once años, dice Larraín, ha encontrado su forma de hacer cine. A entender la diferencia entre las películas que quiere hacer y las que quiere ver. Y en eso, su hermano Juan de Dios —productor de sus filmes— y el equipo de Fábula, su productora, han sido fundamentales en el proceso.

"Hemos aprendido a hacer un cine humanista, político. Un cine inasible, porque en la medida que las películas son difíciles de describir verbalmente, entonces es porque solo tienen que existir cuando son vistas. Me gusta hacer películas que no contesten todas las preguntas, que sea el espectador el que determine qué es lo que está viendo y qué no, porque ahí es cuando funciona el cine. También siento que me falta mucho, que hay un montón de cosas que no sé hacer y que quiero aprender a hacer. Hay un montón de errores que no quiero cometer de nuevo. Ya tengo 40 años y no sé absolutamente nada más que hacer, así es que me quedaré en esto mientras pueda, mientras haya alguien que quiera seguir financiando mis películas, y mientras mi hermano quiera seguir apoyándome.

—Habla de sus errores, ¿cuáles?

—Son tantos que habría que hacer una lista más larga que esta entrevista. No caben. Muchos errores, muchas fisuras. Pero esas fisuras, que son esos errores, es donde entra la gotera que te moja todo y te daña todo, pero también es donde entra la luz. Esa fisura es la que permite respirar, porque por ahí entra el aire. A veces, cuando me preguntan en qué estoy trabajando, digo estoy preparando mi siguiente error, porque, al final, una película siempre puede ser vista como un acto fallido (...) Pero si no te equivocas, no hay mucho que hacer.  

UN TRÁNSITO EN ASCENSO.

"He recibido la opinión de pares que admiro mucho".

El salto de Pablo Larraín a las grandes ligas, además, ha traído de la mano que también reciba la opinión de pares de todo el mundo. "Donde me conecto mucho y disfruto es cuando dialogo con otros directores. He podido recibir cartas, correspondencia y saludos de directores a los que admiro mucho, que han visto algunas de mis películas y eso me parece interesante y valioso, y lo atesoro con mucha tranquilidad".

—¿Quiénes se han acercado a usted?

—Encuentro demasiado feo a la gente que hace name dropping (hablar de las personas famosas que conoce). Da lo mismo, no importa qué directores son, son personas que hacen lo mismo que uno, y así como yo admiro películas de ciertos directores, también le he escrito a algunos, he recibido ayuda de directores que admiro y eso me parece fascinante, porque es gente que no me conoce, que no le importa quién soy, dónde vivo o de dónde vengo, y eso habla de que hay ciertas películas que más allá de la contingencia, las críticas, los festivales, las nominaciones, las postulaciones, van penetrando de una manera mucho más oblicua y más compleja.

Entonces, al hablar de cine puro y duro, aflora la vena más poética de Larraín: el cineasta que también escribe, que ha incursionado en los guiones de El club, Tony Manero, Post Morten y Fuga, y que coescribió, junto a Roberto Farías, el texto de la obra Acceso. El cineasta que, quién sabe, podría tener entre sus próximos proyectos filmar una película íntegramente escrita por él. El cineasta que ahora dice: "El cine que funciona, el cine que me interesa hacer, es como cuando uno quiere mantener agua entre las manos. No se puede, porque el agua se te escapa, pero las manos te quedan mojadas. Esa humedad es lo que hace el arte: te moja sin darte cuenta".

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