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El Cerrito: identidad y pasión

Entre victorias futboleras y aniversarios sagrados, el barrio de perfil trabajador batalla para no perder los bastiones de su orgullo.

La construcción del emblemático santuario comenzó en 1926, hace 90 años.
La construcción del emblemático santuario comenzó en 1926, hace 90 años.
El interior es austero y se destaca el altar, construido en mármol.
El interior es austero y se destaca el altar, construido en mármol.
El Club Cerrito, una de las grandes instituciones del barrio. Foto: Marcelo Bonjour.
El Club Cerrito, una de las grandes instituciones del barrio. Foto: Marcelo Bonjour.
Ruben Mourigan y Dulia Cernadas, fanáticos de Cerrito de toda la vida, con la primera bandera del club. Foto: Ariel Colmegna.
Ruben Mourigan y Dulia Cernadas, fanáticos de Cerrito de toda la vida, con la primera bandera del club. Foto: Ariel Colmegna.
Julio Sosa "Kanela" es uno de los históricos vecinos del barrio. Foto: Ariel Colmegna.
Julio Sosa "Kanela" es uno de los históricos vecinos del barrio. Foto: Ariel Colmegna.
El Grand Prix reabió sus puertas en 2012, pero el negocio no funcionó mucho tiempo. Hoy es un centro religioso. Foto: Fernando Ponzetto
El Grand Prix reabió sus puertas en 2012, pero el negocio no funcionó mucho tiempo. Hoy es un centro religioso. Foto: Fernando Ponzetto
Los gigantescos tanques de OSE abastecen de agua a toda al ciudad. Foto: Marcelo Bonjour.
Los gigantescos tanques de OSE abastecen de agua a toda al ciudad. Foto: Marcelo Bonjour.

DANIELA BLUTH

Es viernes de tarde y las calles del Cerrito de la Victoria están tranquilas. Por los repechos —o pronunciadas bajadas— que rinden homenaje a los 33 Orientales, las vecinas cargan las bolsas del supermercado. Se cruzan con alguna moto. También con los niños que ya salieron de la escuela Gran Bretaña, hoy de tiempo completo. En la cima del barrio, en la explanada del Santuario Nacional del Sagrado Corazón de Jesús, clásica postal de Montevideo, descienden de una camioneta blanca una decena de fieles para asistir a la misa diaria, que religiosamente se celebra a las cinco. Dentro de la llamada "iglesia roja", el silencio se hace sentir. Es que esa tarde el movimiento y el ruido están a varias cuadras de distancia, sobre Juan Rosas, en la sede del Club Cerrito, que apronta una multitudinaria comida para festejar el ascenso a la B.

"Para el que nace acá en el Cerrito hay dos grandes instituciones, una es el santuario y la otra es el Club. Y no podés estar ajeno a la vida de Cerrito, fijate que iban mil personas a todos los partidos en la C…", intenta explicar Daniel Porto (66), exdirectivo del Club, exvolante central de la 5° división y vecino del barrio de toda la vida. La noche del viernes 3, en el local tapizado de fotos de triunfos y banderas con historia quedó gente afuera. Esperaban unas 150 personas y superaron las 200. "El Club lleva el nombre del barrio; eso pasa en Cerro y Villa Española, en ningún lado más...", dice Porto, intentando explicar una vez más una pasión que no entiende de razones. Es sentimiento e identidad.

Si la sede del Club está en el corazón del barrio, el santuario está en la cumbre, con su silueta imponente, coronada con una cúpula y cuatro torres de clara influencia bizantina. "Se edifica mirando hacia la ciudad, hacia la bahía, aun sabiendo que así iba a recibir el peor tratamiento climático, pero hay una intención detrás de esa decisión", reflexiona el párroco Juan Silveira (56), en la institución desde 2002. Aunque la finalidad del templo es la adoración eucarística, allí también hay bodas y bautismos, llegan curiosos y turistas. "Quienes la construyeron partieron de una capillita e hicieron más que una iglesia. Tiene porte y se impone de una manera peculiar, todo lo que hacés aquí parece poco... Y es así", dice Silveira. Se refiere a la difusión religiosa y las políticas sociales, pero también a temas materiales tan sencillos como colocar el piso o renovar las luminarias.

El edificio central comenzó a construirse en mayo de 1926, hace hoy 90 años, pero la obra conoció varias etapas, algunas no tan lejanas (ver recuadro). En 1938, con proyecto del sacerdote italiano Ernesto Vespignani y bajo la dirección de los arquitectos uruguayos Elzeario Boix y Horacio Terra Arocena, se inauguró la planta del santuario. Recién a partir de 1938 se retoman las obras que culminan la cúpula y los campanarios. Al interior, en uno de los pilares, una placa en memoria del brigadier general Manuel Oribe recuerda parte de la rica historia del lugar, que por su altura y buena vista poseía gran valor estratégico. La explanada, hecha con colaboración de la Intendencia, data de 2012.

Y los proyectos siguen. Hasta hace no muchos años, los terrenos frente al santuario estaban ocupados por viviendas precarias y tugurios. Por el camino quedaron planes "ambiciosos" que implicaban hacer una gran explanada al estilo del Sacré-Coeur de París. Hoy, Silveira apuesta a la construcción de una plaza con juegos infantiles, un proyecto que se presentó a la última edición del Presupuesto Participativo de la IMM y salió elegido, pero todavía no se realizó. La fachada de la iglesia, originalmente pensada para revestirse de mármol, siempre fue de ladrillo. "A algunos les gustaría pintarla de amarillo y verde, pero no se puede", bromea, demostración de que con 14 años trabajando en el barrio, ya se siente un vecino más.

Nostalgia.

Por más que el repecho cuesta, la manzana que ocupa el santuario está rodeada de viviendas, entre ellas un complejo habitacional del BPS. A pocos pasos también está el colegio de las Hermanas Domínicas y unas cuadras más allá los gigantescos tanques de OSE que abastecen de agua a toda la ciudad, otra de las postales típicas del barrio. La mayoría de la gente se mueve a pie y las motos sustituyeron a las bicicletas. Para quienes no viven allí, los límites geográficos pueden resultar difusos; para los locatarios no hay lugar a dudas.

El Cerrito de la Victoria, cuya denominación remite al triunfo de las fuerzas revolucionarias ante las tropas españolas en 1812, está enmarcado por José Batlle y Ordóñez, Burgues, General Flores y Chimborazo. "Los barrios como este tienen un casco y sus adyacencias; se van estirando, nunca sabés dónde terminan. Acá la gente tiende a quedarse, conocés tres generaciones de la misma familia y todos viven cerca. Cuesta mucho irse porque uno tiene nombre y apellido. Yo salgo de la iglesia y soy el padre Juan, no sé si voy a otros barrios y eso es así".

Más allá del paso del tiempo, se mantiene como un barrio humilde y trabajador. De las fábricas de embutidos, chocolates y galletitas que funcionaron allí, apenas queda algún cartel de chapa y las moles de cemento, la mayoría abandonada. Entre los mayores de 50, todos recuerdan las profundas canteras alrededor de la iglesia. Cuenta la leyenda que allí cayeron carros, camiones y hasta una caja fuerte que nunca se encontró. "Eran muy profundas y yo iba con mis hermanos a requechar. Se rescataba vidrio y huesos que en esa época se vendían. Y también sacábamos los sobrantes de los chocolates, que nos engordaban y nos ponían bonitos", recuerda Julio Sosa "Kanela" (83), quien llegó a Montevideo "escapado" de Nico Pérez (Florida), su pueblo natal, a los 16. Primero vivió en Ciudad Vieja, después en Barrio Sur y finalmente se instaló en el Cerrito de la Victoria.

Su padre compró un gran terreno sobre Santiago Sierra que pagó al banco Continental en cuotas de 20 céntimos por mes. Así, construyó una casa modesta pero con espacio para sus 16 hijos. "Al principio era un ranchito que se caía a pedazos, pero entre todos lo supimos reparar. Después el terreno se fue dividiendo para la familia". Kanela todavía comparte el barrio con uno de sus hermanos y varios sobrinos. "Estamos cerca pero cada uno en su casa y en su vida, nos respetamos mutuamente", dice.

El respeto es uno de esos valores que el carnavalero pondera y, en cierta medida, añora. "Si antes vos traías dos manzanas de más de la feria, nuestros padres nos hacían ir a devolver la fruta. Era otra situación y otra educación. No podías traer a tu casa nada que fuera choreado, como se dice acá en el barrio. No podías poner en peligro tu familia y que vinieran los milicos a la puerta a golpear y que tus padres tuvieran que ir a la seccional", cuenta. "De eso tengo un poco esa nostalgia, de ver que hoy los chicos están hasta las cinco de la mañana fumando porro... Nada me asusta, pero me preocupa, sobre todo ver las niñas en las esquinas que no se hacen respetar. Eso me da angustia... Y a veces he salido a decirles: A volar de la esquina. Y me respetan".

En esas mismas esquinas, pero hace cuatro décadas, nacieron Piel Morena y Kanela y su Barakutanga. En un barrio con poca población afro, hoy "se respira comparsa" y desde hace cinco años en la calle León Pérez hay una Llamada oficial. "Al principio ensayábamos en el barrio, las señoras venían con las sillas, se llenaba de gurisada dando vueltas, había carros, caballos, toda gente de laburo y algún rastrillito entreverado pero que respetaba la esquina", cuenta. La profesionalización lo llevó a trasladar el ensayo a clubes como el Ipiranga o Rentistas, hasta instalarse en el local actual, en el barrio Atahualpa. Alguna vez también usó la sede de Cerrito, pero las características del edificio hacían que los coros sonaran mal. "Soy un hincha a muerte de Cerrito, pero había algunos presidentes que vendían los puntos y un día me calenté. Entonces, cuando fui a ensayar al club para provocarlos les dije que era hincha de Rentistas. Todos creen que llevo el blanco y el rojo en mis banderas por Rentistas, pero no, no es así, lo dejo bien claro, son por una identidad religiosa, el pae Xangó", confiesa.

Sueños.

Ruben Mourigan (82), fanático de Cerrito, no pudo ir al partido que terminó de empujar al cuadro de sus amores al ascenso. Esa tarde estuvo de guardia mientras colocaban rejas en la puerta de su casa. "No pasó nada en concreto, pero hacía tiempo que los hijos nos venían insistiendo", dice su esposa, Dulia Cernadas (82). "En el barrio cambió la seguridad, pero como en todos lados", agrega Ruben. "También está mejor porque hay mucha gente y casas nuevas. Yo nací acá y nunca pensé en irme. Bah, de acá me voy director para el Norte". Ruben se crió —justamente—, en el almacén y bar que ocupaba la esquina de Francisco Plá y Juan Acosta, donde en octubre de 1929 se fundó el Club Cerrito. Hoy, una placa de mármol en la puerta del autoservice La Familia conmemora aquel momento.

En 1933, diferencias entre los jugadores terminaron con algunos escindidos y la fundación del tradicional rival, Rentistas, otra de las instituciones fuertes del barrio. Este año, Rentistas cerró la temporada con el descenso a la B, por lo que vuelve un clásico histórico para los vecinos. Y los muros del barrio ya lo sienten.

También ligado al fútbol, en un recorrido por la historia del barrio aparece el nombre del técnico de la selección uruguaya, Oscar Washington Tabárez. Igual que sus hermanos William y Walter, el "maestro" fue alumno de la escuela N° 87, que hoy se denomina N° 53 y es de tiempo completo. Tabárez recién volvió a entrar a ese edificio en 2013, cuando el Consejo de Educación Inicial y Primaria le entregó la primera Moña de Honor, una distinción para destacados alumnos de la escuela pública. "Ya cuando iba subiendo con el auto por la calle Juan Arteaga comencé a emocionarme. Obviamente, hoy el paisaje es diferente, pero me sentí igual que cuando caminaba hacia la escuela por esa misma calle", dijo Tabárez a El País.

En 2012 hubo una iniciativa que revolucionó el barrio. Martín Daián, montevideano, cinéfilo y entonces en sus treinta y pico, compró y reabrió el emblemático cine Grand Prix, apostado en la calle Granaderos casi San Martín. Muchos lo tildaron de loco: realizó una inversión de más medio millón de dólares para poner en marcha una sala de barrio como las de antes. El nuevo Grand Prix abrió sus puertas en las vacaciones de julio de ese año, pero volvió a cerrar definitivamente en 2015. Los problemas de inseguridad y la poca audiencia fueron las principales causas. Hoy funciona allí el Centro Familiar Cristiano, "un lugar donde encontrarse con Dios".

Entre los vecinos no hay grandes reclamos, les gusta el barrio tal cual es y está. Aunque menos que antes, los niños todavía juegan a la pelota en la calle. Ya no están los bares de copas sobre General Flores, pero en su lugar se armó una zona de parrilladas. "Quizás lo que hay que agregarle es la preocupación por tener más espacios comunes. El individualismo lo va comiendo todo; cada uno se preocupa solo de lo suyo y vamos perdiendo las miradas colectivas y el interés común", opina el párroco Silveira.

Juan Carlos Coimbra (30) y Victoria Bernadet (27) crecieron en el barrio y se conocieron en el liceo N° 41. Después de unos años de probar suerte en Casavalle, volvieron al Cerrito, donde tienen a la familia cerca para "dar una mano" con la crianza de sus hijos. "De acá nos gusta la confianza de saber que te vas a trabajar y a los chiquilines no les va a pasar nada. A nosotros nos conocen todos y a los gurises también, y los cuidan los vecinos", dicen.

En el edificio de la iglesia funciona un centro de tratamiento de adicciones, una oficina de asesoramiento legal, un espacio de ayuda a los padres en las tareas de crianza y todas las noches el párroco sale con un grupo de colaboradores a repartir un plato de comida caliente. Desde el Club Cerrito, la apuesta también es volver a ser un centro de reunión para el barrio. En la planta alta, desde hace un mes Rodrigo Barrios (31), vecino y técnico deportivo, está a cargo del gimnasio con 20 aparatos de musculación, seis estaciones cardiovasculares y un proyecto de sala para hacer desde pilates hasta aeróbica. "Estamos para competir con cualquier sala del barrio. Hay gente que es cerritense y no viene a la sede del Club... queremos que todos encuentren un espacio acá". Ya tiene 56 socios, pero espera más. Y como llamador destaca los valores de Cerrito, el Club pero también el barrio. "La amistad, el compartir... acá se pasa la puerta y somos todos iguales. No importa lo que traigas puesto ni lo que traigas en el bolsillo. Esto es Cerrito, el Club Cerrito tiene hinchas por otros barrios porque han emigrado o porque se han contagiado. Y al barrio viene gente nueva pero hay mucha que se mantiene, se queda, tiene sus hijos. Hay gente del Cerrito por todos lados, y con cualquiera que hables te dice lo mismo: No te lo cambio por nada. Eso es lindo".

Con la estampa del Sacré-Coeur de París.

La construcción de un santuario en honor al Sagrado Corazón de Jesús en la cumbre del Cerrito se decidió en la primera Asamblea Católica Uruguaya de 1889, cuenta el párroco Juan Silveira. En pleno proceso de secularización, la piedra fundamental se colocó recién en 1919, con el poeta Juan Zorrilla de San Martín como orador. Las obras comenzaron en 1926 y dos años después se entronizó al frente del santuario la imagen de un Cristo traída de Italia. "En 1946 finalmente pudo coronarse con su cúpula secundada por cuatro torres, definiéndose una volumetría que, en muchos aspectos, recuerda a la Basílica del Sacré-Coeur de Montmartre, en París", señala el arquitecto William Rey. El interior es de gran austeridad y su ornamentación se concentra en el altar de mármol. Para Rey, la mayor riqueza de este espacio "no se capta con los ojos sino con los oídos: la desnudez de los muros y la gran cúpula central lo transforman en una enorme caja de resonancia, en la que el canto de las celebraciones litúrgicas y conciertos parece quedar flotando, aun acalladas las voces".

Municipio D: una zona vulnerable.

El Cerrito de la Victoria se ubica en el Centro-Norte de Montevideo, al sudeste del arroyo Miguelete. El barrio integra el Municipio D, que ocupa en total una superficie de 8.600 hectáreas y reúne 180.963 habitantes, 13,6% de la población de la capital. El 30% de los hogares de este municipio está bajo el límite de pobreza y 20,8% dentro del margen de vulnerabilidad a la pobreza, según datos de la Intendencia.

Una historia que da cita a Zitarrosa, los quilombos y el cuartel.

"Los boliches del Cerrito/ no son para los ricos;/ si alguno llega a entrar,/ difícil que haya lugar./ Allí cerca hay un cuartel/ con cañón y coronel", empieza la Chamarrita de los milicos de Alfredo Zitarrosa. Y aunque haya vecinos como Daniel Porto que aseguran que en el Cerrito no hay ningún cuartel — "en los boliches había milicos, pero los cuarteles están todos del otro lado"—, la historia del barrio también está íntimamente ligada a ellos.

En ese sentido el referente era —y es— el Cuartel de Blandengues de Artigas, sobre General Flores. Pero había más, recuerda Julio Sosa "Kanela". "El Cerrito se hizo conocido por los grandes quilombos que tenía en la calle Guenoas, Francisco Plá, Santa Ana.... Y los quilombos estaban asociados a los cuarteles, porque estábamos rodeados. Cuando los pagos de los milicos venían las chicas de todos lados a reforzar los quilombos. ¡Y esto era una alegría! Las calles parecían boulevares franceses… había bombitas por todos lados. Eso se fue terminando, ahora los milicos de cuartel arrancan para el Centro o Carrasco, hoy tienen otro cogote", cuenta y ríe el carnavalero.

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