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En la cabeza adolescente

Impulsivos, irracionales, arriesgados, rebeldes. Así se comportan los jóvenes desde siempre. ¿La razón? Que su cerebro está madurando.

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La adolescencia no es una etapa fácil, pero "la visión no debe ser negativa", dice el neuropediatra Alfredo Cerisola.

Después de que grita "ya voy", Paulina (16) demora unos sistemáticos 45 minutos en sentarse a la mesa a cenar. Hace tres meses que Facundo (14) se anotó en el club junto a su mejor amigo y solo fue una vez. Es que le "embola" y ya no está tan seguro de que le guste el básquet. Florencia (13) se miró al espejo y con la tijera del liceo se cortó el cerquillo por arriba de las cejas. Quería probar cómo le quedaba aunque su madre le había dicho que flequillo y rulos no hacían una buena dupla. Lloró toda la tarde y toda la noche sin parar. Tomás (20) dijo que el fin de semana iba a ordenar la ropa de su cuarto. Pero se olvidó. El lunes su madre se tropezó con un champión y dijo basta. Todo lo que estaba en el piso fue a parar a una bolsa de basura. Y directo al contenedor de la esquina.

Muchas veces, los adolescentes se comportan de manera impulsiva, irracional o peligrosa. Actúan como si no pensaran las decisiones en profundidad, no consideraran las consecuencias de sus actos o disfrutaran caminando por el filo de la cornisa. La mayoría de esas veces los adultos que los rodean —padres, abuelos, vecinos o docentes— no entienden qué les pasa a esos chicos por la cabeza. Lo que sí deberían saber es que este comportamiento, que hasta hace algunos años era un misterio, tiene una explicación orgánica y tan inevitable como la vida misma: su cerebro está en pleno proceso de desarrollo y maduración.

Lejos de aquella vieja teoría que decía que este órgano no era plástico, la investigación científica tiene más que probado que sí está en "regeneración permanente hasta que morimos", advierte la médica especializada en adolescentes Laura Batalla. Y en la pubertad (ese período que se extiende más o menos entre los 13 y los 19 años) transita un profundo proceso de maduración. "No tiene nada que ver con la inteligencia o la capacidad, simplemente es que están madurando estructuras como el lóbulo frontal y algunos núcleos de la base como la amígdala y el hipocampo, que son regiones muy primitivas y reguladoras de la conducta", explica. Por eso, se vinculan con el autocontrol, la reflexión, la capacidad de evaluar consecuencias, la memoria y la atención, entre una larguísima lista que se extiende hasta involucrar el placer, la postergación del deseo y la tolerancia a la frustración.

"Durante la adolescencia se produce un desajuste en la maduración de ciertas áreas cerebrales. Mientras que el sistema límbico, que impulsa las emociones, se intensifica en la pubertad; la región que controla los impulsos, la corteza prefrontal, no termina de madurar hasta los 20-25 años", escribió hace unos meses en su columna para La Nación el neurólogo y neurocientífico Facundo Manes. "Así, ante situaciones emocionales que implican la toma de decisiones, el sistema límbico prevalecerá frente al control cognitivo que aun está en desarrollo".

Por estos días, Manes junto a la neuróloga Teresa Torralva, directora del Departamento de Neuropsicología del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO), se aprestan a terminar un libro sobre, justamente, el cerebro adolescente. El trabajo, que está en etapa de revisión, tiene como objetivo "presentar un pequeño outline del saber científico" sobre este período "lleno de riesgos y oportunidades".

Es que tomando distancia del drama y de los riegos —incluso de ser considerada como "un mal trago" al que hay que sobrevivir—, la adolescencia es, ante todo, un proceso de crecimiento, aprendizaje y enriquecimiento. Según el neuropediatra y presidente de la Sociedad Uruguaya de Pediatría (SUP), Alfredo Cerisola, si bien los chicos "tienden a tomar decisiones impulsivas", también empiezan a ser mucho más observadores, a comprender más la realidad y a explotar su lado más creativo. "En esta edad hay mucho de oportunidades, por eso es tan importante que se transite de la mejor manera posible. Eso no quiere decir que sea fácil ni libre de dolores de cabeza para los adultos, pero la visión no debe ser negativa".

Transgredir y crecer.

Los primeros años de vida "están marcados por períodos críticos de desarrollo cerebral", explica Torralva a Domingo. Billones de neuronas se intercambian mensajes a través de las sinapsis y permiten que las diferentes partes del cerebro funcionen de manera coordinada. Luego de un período de "sinaptogénesis" viene uno de "poda sináptica", durante el cual las neuronas más frecuentemente utilizadas se fortalecen y aquellas que no se usan o lo hacen raramente, se eliminan. Si bien a los seis años de edad el volumen cerebral alcanza 90% de lo que será en la adultez y a los 12 llega al total, el desarrollo cerebral está muy lejos de estar completo, advierte la experta en neuropsicología argentina.

Gracias al avance de la tecnología médica, hoy se sabe que el cerebro continua con su desarrollo y cambio durante el resto de nuestra vida, logrando su madurez entre los 20 y 25 años. "Hay un notable aumento de las sinapsis justo antes del surgimiento de la pubertad y otro período prominente de poda sináptica y plasticidad durante la adolescencia", señala Torralva. En algunas regiones cerebrales, hasta la mitad de las conexiones sinápticas se pierden. "Este segundo período de poda sináptica durante la adolescencia es fundamental porque contribuye a la sintonía fina de las conexiones cerebrales necesarias para la emergencia de los circuitos del cerebro adulto".

Más allá de genética, hormonas y entorno, el cerebro es la pieza que todo lo controla, coinciden los expertos. Y en esta etapa de maduración, es el gran responsable detrás de la conducta. "Funciona mediado por impulsos excitatorios e inhibitorios. Eso explica que los adolescentes tengan esos comportamientos más bien impulsivos, que les cueste pensar antes de actuar y medir las consecuencias de lo que van a hacer", dice Cerisola, de la SUP. De alguna manera, también explica por qué a los adultos les cuesta tanto entender esos comportamientos. Es que son distintos. Y así debe ser.

De hecho, esa es la normalidad y lo raro —o incluso patológico— sería que no ocurriera. "Son curiosos, arriesgados, impulsivos... y son transgresores porque deben diferenciarse de sus padres", afirma Batalla tras 25 trabajando con ellos. "Esa es la conducta que tienen que tener para crecer, para madurar, para evolucionar y para hacerse distintos de la generación anterior. Y de ser posible, mejores".

En la casa de Belén (16) no es raro que en la heladera haya un paquete de panchos... vacío. O que toda su ropa esté "tirada" por el dormitorio en vez de en el ropero. Nunca hay "vuelto" del dinero que lleva a las salidas ni tiempo para levantar los platos de la mesa. En cambio, siempre está lista para hacer trabajo comunitario y cada tanto aparece un "lo siento", a lo que su madre responde: "Paralo y date cuenta".

Más allá de las "prioridades" y los "nuevos valores" de los adolescentes, cada familia "debe tener reglas de juego comunes", recomienda el psicólogo y subdirector de Secundaria del Colegio Juan Zorrilla de San Martín Luis Correa. "Cuanto más rígidas sean las pautas que se quieran mantener por parte de los padres, lo esperable y normal es que la rebeldía del adolescente sea más dura y por lo tanto más riesgosa. En el fondo, afirmarse en la vida es su tarea más importante en este período y no deberían ser los padres los que se lo impidan, aunque el hijo-persona-real que se configura de modo más nítido no sea como el hijo-deseado-soñado que fue concebido y criado en sus primeras etapas".

Así las cosas, "dejarlos ser" aparece como la fórmula más conveniente. "Siempre se debe respetar al ser que estamos criando en el sentido de no quererle imponer lo que nosotros creemos que debe ser, pero sí transmitiéndole con honestidad nuestra manera de pensar y nuestras convicciones, argumentando con sencillez y sin grandilocuencia qué posición tomaríamos en cada caso", dice el psiquiatra de niños y adolescentes Miguel Ángel Cherro.

Claro que no todos los adolescentes son iguales ni se comportan del mismo modo. Como siempre, hay matices. En este sentido, la genética "pesa fuerte", dice Cerisola, pero también son importantes los "factores externos" como la familia, los amigos, las instituciones educativas, deportivas y de salud. "La reflexión sobre los propios comportamientos lleva a modificar esos comportamientos", opina. "Por eso es importante aprovechar cada oportunidad de conversar y reflexionar con ellos, porque eso va a ayudar a modular las conexiones neuronales".

Lo mismo sucede con las "experiencias negativas", como puede ser infringir una regla de tránsito, consumir alcohol o experimentar con drogas. Aquí también influye que a esta edad se tiende a preferir las recompensas inmediatas en lugar de priorizar los objetivos a largo plazo. En base a varios estudios, Torralva señala que los adolescentes tendrían mayores dificultades para lograr una buena decisión en la "efervescencia" del momento. "Cuando el cerebro está en ese modo, o sea, en modo emocional, la apreciación de las consecuencias a largo plazo de sus actos no podría vencer a la gratificación inmediata que tendrían experiencias tales como la conducción rápida de automóviles, el gran consumo de alcohol o de drogas o el sexo sin protección".

Cada vez más, desde la educación y la salud se trabaja para que los chicos sepan que esa enorme cantidad de cosas que sienten son normales. "Está bueno que sabiendo que su cerebro todavía los engaña un poco, aprendan a pensar antes de actuar. Esa es la reflexión: Yo pienso qué consecuencias va a tener la conducta que tengo. Porque mis pensamientos no tienen consecuencias en el afuera, pero mis conductas sí. La idea es que todo eso que sienten puedan llevarlo a un nivel reflexivo para después actuar. Y que si deciden correr el riesgo, está bien, pero que puedan ser capaces de evaluar la situación", reflexiona Batalla.

Experta en adolescentes, esta médica con posgrado en orientación familiar también se volvió, en la práctica, experta en adicciones. El consumo precoz y desmedido de alcohol, pero también de marihuana y pasta base son temas recurrentes en sus consultas y charlas. "Si un chico decide fumar marihuana, por ejemplo, que sepa que eso va a impactar sobre su cerebro, que va a enlentecer su proceso madurativo y que puede llegar a detenerlo. Que sepa que tiene las mismas consecuencias pulmonares que el cigarrillo de tabaco, porque también es combustión. Con toda esa información, si decide correr el riesgo, fue su decisión, tomada ahí sí en forma libre. Porque la libertad es la elección con responsabilidad".

Nutrir y contener.

La adolescencia es un período repleto de mitos. El más extendido, quizá, es que las hormonas se "disparan" y vuelven "locos" a los jóvenes. Pero no es el único. También se dice que es una etapa de inmadurez que hay que superar y que el crecimiento pasa, sobre todo, por volverse independiente de los padres.

La realidad, en cambio, indica que se trata más bien de un trabajo en equipo, donde a los padres —caídos del pedestal que ocuparon durante más de una década— les toca el brazalete de capitán.

Para describir "la doble función" de los padres durante la adolescencia de sus hijos, Correa elige una metáfora: ser como el muro para la hiedra. "Es decir, servir como límite a una expansión indefinida y caótica, pero al mismo tiempo permitir el crecimiento y sostener el desarrollo".

Para Batalla, las funciones parentales básicas son dos: nutritiva y normativa. "La primera es re-fácil, es abrazarlos, apachucharlos, decirles que los amamos, todo sumamente gratificante para ambos, por más que ellos digan que no quieren...", dice la médica. La segunda, en cambio, es más compleja. Allí aparecen los adultos que dan "demasiado" (conducta recurrente en parejas separadas), ponen pocos límites en el afán de sentirse amados y de compensar el no estar o el estar poco. "Los padres tienen que cumplir esa función aunque sea muy frustrante, porque produce malestar, que golpeen las puertas, que contesten mal, que se enojen, se encierren, digan que no los quieren, que no los entienden, que los padres de Fulanito son mucho mejores porque los dejan hacer tal cosa… Todo eso está bien que pase, tiene que ver con esa formación y evolución del cerebro", asegura Batalla. "Con eso les estamos enseñando a frustrarse, si no no los estamos preparando para la vida real. Porque la vida real da una enorme cantidad de gratificaciones pero también frustra".

Hace 21 años, en la Clínica Psiquiátrica de Niños y Adolescentes del Hospital Pereira Rossell, un trabajo con 300 adolescentes de distintos sectores sociales reveló una necesidad común: mayor comunicación con los padres y la familia. El dato lo recuerda el psiquiatra Cherro, quien defiende la postura de que "los padres, ante todo, necesitan ser padres de sus hijos, no amigos, los amigos son otra cosa, ocupan otro lugar". Además de entender cómo piensan y sienten, dice que los adolescentes "necesitan límites cordiales, empáticos, cariñosos y protectores, pero a la vez firmes y claros. Y en la puesta de ellos cada generación deberá ajustarse honestamente al papel que le corresponde".

Por ahora, es más sencillo darse cuenta del comienzo de la adolescencia que de su final. "Grosso modo podemos decir que la autonomía habitacional y financiera marcan el pasaje de la adolescencia tardía a la edad del adulto joven. Pero como se sabe, los llamados millennials demoran en salir del hogar paterno...", advierte Correa. En esa misma línea, Batalla tiene un sabio consejo para dar: "Los padres de los adolescentes deberían comprarse un sillón cómodo para esperar que sus hijos los vuelvan a querer, cosa que sucede unos cuantos años después".

13 reasons why?, éxito y debate.

"El suicidio de Hannah Baker conmocionó a su familia y amigos". Ese es el disparador de 13 Reasons Why?, la serie de Netflix que también aborda el acoso sexual y escolar, la comunicación digital, el vínculo padres-hijos, el amor y la amistad. Basada en la novela de Jay Asher y coproducida por Selena Gómez, la serie generó debate en torno al tema del suicidio adolescente, pero también sobre cómo funciona su cerebro, la tendencia a la "cosificación" y la importancia de la "reputación". Después del último capítulo, vale la pena mirar el "más allá de las 13 razones", donde reflexionan actores, productores y médicos.

¿Penalizar como a un adulto?

El 26 de octubre de 2014, el mismo día que Tabaré Vázquez fue electo por segunda vez presidente de la República, los uruguayos votaron un plebiscito para bajar la edad de imputabilidad penal de 18 años a 16. Con el apoyo de sectores del Partido Colorado y Nacional, los votos a favor llegaron a 46,8% y no fueron suficientes para aprobar la consulta. Sin embargo, el debate ya estaba instalado en la opinión pública.

Más allá de política y legislación, el neuropediatra y presidente de la Sociedad Uruguaya de Pediatría Alfredo Cerisola, opina que no se le puede atribuir al adolescente la misma capacidad de control y responsabilidad que a un adulto. "De hecho, en nuestro país son penalmente imputables, que no es igual a que sean sometidos al mismo proceso penal que un adulto".

Las hormonas, su mala fama y sus verdaderas consecuencias.

"Uno de los mitos más frecuentes referidos a la adolescencia es que las hormonas disparadas de los jóvenes hacen que estos "se vuelvan locos" o "se les vaya la cabeza". Eso es sencillamente falso. Las hormonas sí aumentan durante esa fase, pero no son las hormonas las que determinan lo que pasa en la adolescencia. Ahora sabemos que lo que experimentan los adolescentes es, sobre todo, el resultado de cambios en el desarrollo del cerebro", escribe el psiquiatra y bestseller Daniel Siegel en su libro Tormenta cerebral, un elogiado trabajo sobre "el poder y el propósito del cerebro adolescente".

De todos modos, las hormonas siguen cumpliendo un rol importante, ya que son determinantes para que niñas y varones se comporten de manera diferente. "Los elevados niveles de testosterona han sido particularmente asociados con la toma de decisiones agresiva y riesgosa en varones, y en niñas ha sido asociado con una tendencia a elegir pares conflictivos", advierte la neuróloga argentina Teresa Torralva, quien trabaja en un libro sobre el cerebro adolescente junto a su colega Facundo Manes.

Además, las hormonas producidas por los ovarios (estrógeno y progesterona) participan también en un gran número de funciones diferentes a las puramente sexuales y de reproducción: influyen sobre los centros de control de las emociones, la memoria y el aprendizaje.

"Ambas hormonas, testosterona y estrógeno, tendrían un efecto energizante, estando involucrados en el despertar de experiencias placenteras y conductas de riesgo, como el uso de drogas y las conductas sexuales, tan características de este período del desarrollo", agrega Torralva.

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