CABEZA DE TURCO | washington abdala

Buenos días señor

—Perdón, ¿quien habla?

—Discúlpeme pero no necesito nada, ni pedí nada, así que muchas gra…

—Pero señor estamos entregando cinco mil pesos en efectivo, con una tasa mínima de mercado más un pan dulce marca "Inviernito", un quilo de harina cinco ceros "La Blanca" y un paquetito de "Corega".

—Click (así termino yo estos amables ofrecimientos telefónicos).

Es que este es el mundo moderno donde nos llaman para vendernos de todo o para hacernos sentir que le importamos a alguien para quien solo somos consumidores en clave de obsolescencia programada. Solo nos quieren embocar con cosas buenas (pocas) y montones de porquerías.

El otro día me sentí mal y fui al nosocomio al que pago una suma de dinero para que mis nanas sean cuidadas. Me atendieron correctamente y como el dolor continuaba volví al benemérito nosocomio. Al día subsiguiente, me llama alguien del Call Center del hospital (que le pagan para eso, para hacerme creer que se preocupan por mí) y me pregunta: ¿Cómo se siente ahora señor Abdala? Le contesto: me sigue doliendo la cabeza igual que ayer y antes de ayer. Respuesta del funcionario: ¡Ahhh! Entonces, le manifiesto con mesura: yo creo que tendría que ir con algún especialista. Y allí el robótico hombre del Call Center me contesta: sí…eso sería correcto. Por eso le digo al toque: consígame uno si es tan amable, ya que me llamó. Respuesta: ¡Ah, eso no! Eso lo debe hacer usted mismo (y con elegancia me corta). Y allí me dolió de vuelta la cabeza y pensé de mala manera en la madre del robótico.

En estas cosas somos subdesarrollados. Por suerte encontré a la especialista y todo se arregló. Pero no era esa mi tarea, se supone que me llamaban para ayudarme no para hacerme la corte de manera vana.

Este mundo moderno, además, lo sabemos, nos mienten a diario. Resulta que tenemos "amigos" que no son amigos sino contactos en las redes sociales. Vemos comunicadores en los medios masivos que comprometen su imagen por detrás de una marca, a la que parecen representar con "amor", y no advertimos que eso es solo un contrato. Ellos no aman la marca, mañana si otra marca (competitiva) les plantea representarla —y les paga mejor— lo harán y chau Pinela. Igual que los jugadores de fútbol que no tienen que sanatearnos con la devoción que parecen mostrar besando la camiseta. O los abogados que defendemos de todo y hay poca moral allí. Pero todo confunde, todo se mezcla. El mareo y el entrevero es parte del juego. Y por alguna razón compramos el cambalache.

Vuelvo a los que te llaman telefónicamente por ofrecimientos de servicios varios. Amo los "servicios de acompañantes" porque siempre pido que me vayan diciendo que tipo de personas serán las que me "acompañarán" en ocasión de una enfermedad y voy sigilosamente enloqueciendo al que me ofrece el servicio, diciéndole que tiene que ser una chica de entre 25 años y 35 años, teniendo que ser antropóloga, de un metro 80 centímetros, rubia y experta en ornitorrincos. Todo expresado con la más pura profunda seriedad en un rutilante absurdo ionesquiano. Fin de la segunda conversación.

Aún no me han llamado empresas mortuorias, pero debo estar al caer. Todo llega. Solo de oír las publicidades de los cementerios privados y toda la bondad que dicen tener para resolverme mis menesteres en tan penosa hora (¡cuando ya estoy muerto!) no sé, me produce un poco de miedito. Por las dudas, cuando se comuniquen conmigo sepan que solicitaré un cajón con música de los Beatles, toda la bibliografía de Julio Herrera y Reissig —por si revivo y me aburro— conexión a al canal Play-Boy, Wi Fi que ande en serio no como el de acá que nunca engancha y chocolates blancos japoneses. Sin eso que ni osen molestarme. ¡Que joder!

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