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Botafogo, el nuevo barrio bohemio de Río

Considerado tradicionalmente sitio de paso entre el centro y sus primos ricos de Copacabana, Ipanema y Leblón, esta zona se ha convertido en el nuevo epicentro hippie y artístico de la ciudad.

boliche Botafogo
Un barrio carioca en ascenso


Ocho de la noche de un tropical sábado de agosto en Río de Janeiro. Hoy amaneció lloviendo, el Cristo del Corcovado apenas se ha dejado ver entre la bruma, pero ahora mismo ya hace calor. Camino por las calles húmedas de Botafogo, bajo los faroles de tenue luz amarilla que dejan ver los árboles verdes que crecen frente a los edificios.

Botafogo es un barrio de la Zona Sur de Río que conecta las emblemáticas playas de Copacabana, Ipanema y Leblón con el centro de la ciudad. Un sector "de pasada", como suelen decir por aquí, donde se mezclan oficinas, tiendas, edificios residenciales, casonas históricas, colegios, clínicas, talleres mecánicos y, ahora, sobre todo, bares. Muchos bares.

Subo desde la playa por la Rua Voluntários da Patria, la principal del barrio. Estoy buscando un bar. Pero no de los típicos por aquí, esos clásicos "botecos" con mesitas de madera en la calle, cerveza en botella grande con fundas para que no se calienten y televisores donde probablemente están transmitiendo un partido de Flamengo.

Busco un bar diferente. Uno donde, dicen, están haciendo la mejor cerveza artesanal de Río. Doblo a la izquierda en la 19 de Fevereiro, pero no parece haber nada. Camino una cuadra. Luego otra. Y, de pronto, cuando me apresto a revisar Google Maps en mi celular para saber si voy bien, veo mucha gente de pie en la calle, conversando afuera de lo que parece ser un taller mecánico, con andamios de madera y ladrillos a la vista. No es raro: Botafogo está lleno de talleres mecánicos.

"Esto era un taller mecánico". El que habla es Vinicius Kfuri, uno de los dueños de Hocus Pocus DNA, un pequeño templo de la cerveza artesanal en este barrio que, de pronto, parece oler a lúpulo. Vinicius tiene 29 años y está loco por la cerveza. Partió fabricando en su casa, primero para los amigos.

Como le quedó bien y la demanda fue en aumento, decidió dejar su trabajo en el mercado financiero para dedicarse de lleno al tema: abrió su propia cervecería, luego se juntó con tres socios más —sus amigos: el mayor tiene 32— y hace un año inauguró Hocus Pocus DNA, su propio bar con su propia cerveza, que hoy está lleno de gente: justo celebra su primer aniversario.

"Queríamos tener un bar que tuviese lo que nos gusta tomar y lo que nos gusta escuchar", dice Vinicius, sentado en la barra frente a un vaso de Interstellar, una de las adictivas IPA que producen aquí. De fondo suenan los poderosos riffs de Cygnus X-1, clásico tema de la banda de rock Rush. "La idea era tener un espacio propio, sin disputar con otros lugares, porque aquí no había nada. Ahora se abrieron dos bares aquí al lado y se está formando un polo bohemio. Botafogo tiene nuestra cara. Es un lugar megainnovador, mucho más relajado que Ipanema o Leblón, sin formalidades".

Que bares como este estén en Botafogo no es casualidad, más aún en un país que atraviesa por una crisis económica (y política). Los alquileres en este barrio pueden costar hasta ocho veces menos que en Ipanema, Leblón o Copacabana.

Es más: solo para tener un negocio en esas zonas, las más exclusivas de Río, los dueños exigen el pago de un impuesto, sin devolución, que ronda los 200 mil reales (1.800.000 pesos uruguayos), lo que muchas veces es el presupuesto total de inversión de estos nuevos propietarios.

Aquí no: alquilar todavía es posible. Aquí, antiguos talleres mecánicos, farmacias de barrio o restaurantes de comida por kilo que cerraron por la crisis, fueron arrendados ahora por emprendedores jóvenes con presupuesto limitado, pero con muchas ideas en la cabeza, quienes reacondicionaron esos mismos espacios para abrir bares alternativos, panaderías gourmet y pequeños restaurantes de autor. Todo en un sitio que, si bien está fuera del circuito turístico tradicional —todavía—, se ha convertido en el lugar más innovador y alternativo de Río de Janeiro. De ahí el sobrenombre de "BotaSoHo", que algunos medios de prensa le han dado a este antes olvidado rincón de la Zona Sur, en referencia al famoso SoHo de Manhattan.

La revista Veja Rio, de hecho, lo llamó así hace unos meses. "Son pequeños negocios de perfil casero y propuesta relajada que, sumados, vienen conquistando al público en base al boca a boca, real y virtual. Botafogo hoy es una fiesta", escribió.

Una fiesta que, por cierto, tipos como Vinicius Kfuri, del Hocus Pocus DNA, celebran sin disimulo. "Hoy Botafogo es un barrio bohemio, artístico, de creación", dice. "Quien quiera conocer datos de gente local en Río debe venir para acá. Yo, si fuera turista, vendría a Botafogo".

La historia de Botafogo tiene que ver con la fundación de Río de Janeiro. La ciudad como tal comenzó en el Morro de Cara Cao, en 1565, pero casi al mismo tiempo surgió Botafogo como el barrio donde se establecieron los conquistadores portugueses.

En rigor fue una donación que le hizo el militar Estacio de Sá a su amigo Francisco Velho, quien le había ayudado en las tareas de fundación. En 1590, Velho vendió estas tierras a Joao Pereira de Sousa, más conocido como "Botafogo", por ser el jefe de artillería del famoso galeón portugués del mismo nombre, y entonces este barrio adquirió nombre y vida propia. En 1808, cuando la familia real portuguesa se estableció en Brasil, Botafogo pasó a ser el lugar donde nobles y comerciantes construyeron sus casas. Los barones del café, por ejemplo, se instalaron en la Rua São Clemente, que todavía conserva varias de esas construcciones opulentas. De hecho, estas casonas son uno de los sellos del barrio: a diferencia de Ipanema o Leblón, donde solo se ven edificios modernos, en Botafogo todavía existen algunas construcciones históricas, que entre los cables del alumbrado, los talleres mecánicos y los edificios residenciales, han logrado sobrevivir y darle cierta identidad al sector.

Si caminas hacia el mar, se ve de frente el Pan de Azúcar, con sus botecitos flotando en la ensenada y la gente jugando fútbol en la arena fina y blanca como talco. Si levantas la cabeza por entre los edificios, cada cierto tiempo aparece la punta del Corcovado y el Cristo con sus brazos abiertos. También se ve de pronto la favela de Santa Marta en los cerros, que es parte del barrio, e incluso hay un cementerio en el que descansan los restos de próceres de la cultura brasileña como Tom Jobim, Heitor Villa-Lobos, Santos Dumont y Carmen Miranda.

"Botafogo es un barrio muy ecléctico, donde se mezcló todo", dice el chef Rafa Costa, 38 años, dueño de Lasai, el mayor ícono gastronómico del barrio: está en el puesto 76 de la lista de los Worlds Best Restaurants.

Después de vivir en Nueva York y trabajar 5 años como jefe de cocina del famoso restaurante Mugaritz en el País Vasco, Costa volvió a su natal Río con la idea de tener, por fin, su propio restaurante. Su idea original era abrir en Ipanema o Leblón, considerando que su propuesta es cara: el menú de degustación de 14 pasos de Lasai cuesta unos 110 dólares por persona. Pero cuando se encontró de casualidad con una casona del año 1902, donde funcionaba una farmacia, que ahora estaba en alquiler —y a muy buen precio— tomó la decisión: su sueño culinario estaría en Botafogo. "Derrumbamos todo adentro, pero recuperamos la fachada histórica, que estaba destruida", dice sentado una tarde en una de las mesas de su restaurante, que abrió hace tres años y medio y solo funciona por las noches y con reserva. Rafa Costa hoy vive en el edificio que está justo detrás.

"No había pensado en Botafogo porque no tenía los ojos abiertos", confiesa. "Mis amigos me decían que tenía que ser en Ipanema, Leblón, Jardim Botánico, que son barrios que tienen más movimiento de calle, personas con más dinero. Así que abrimos con miedo, pero la aceptación fue grande. Estamos llenos casi todos los días". 

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