Generación espontánea I hugo burel

Birdman o la ignorancia

Después de disfrutar de Birdmano la inesperada virtud de la ignorancia, el film de Alejandro González Iñárritu, me planteo si es posible comentarlo, porque se trata de esas películas cuyas resonancias se expanden como los círculos concéntricos que produce una piedra al caer al agua y al tratar de condensar sus significados en una crónica acotada como esta me arriesgo a ser escaso. 

Tal vez lo más adecuado sea escribir: vaya a ver Birdman y déjese llevar por las posibilidades terapéuticas de la fábula o, apelando al extenso título del film, disfrute de esa inesperada virtud de la ignorancia. Es mejor ignorarlo todo sobre Birdman —lamento si ya vio su tráiler— y entregarse a su hipnótica sustancia sin más información que la hora de comienzo y la sala en donde se exhibe.

Pese a todo lo anterior, indudablemente debo reflexionar sobre Birdman, porque además de ser una de las películas con más chance de llevarse varios Oscar de la próxima edición, se trata de un film de los que hace mucho tiempo no se realizan, acaso porque el cine actual responde demasiado a las recetas y a los mecanismos previsibles. Y en tal sentido, se me antoja lógico que su gran enemiga en la aspiración a mejor film sea Boyhood, otra propuesta que escapa a los moldes y se desmarca de lo esperado.

Si tuviera que resumir en una sola palabra mi idea sobre Birdman esa es ignorancia, ya mencionada. Ignorancia de saber quiénes somos, adonde vamos y de donde venimos. Por supuesto que esta es la duda existencial primordial del ser humano. Y el que se pregunta eso, en términos del argumento del film, es el enorme Michael Keaton, protagonista y factor aglutinante de todo lo que sucede en Birdman. Asumiendo el rol del actor Riggan Thomson, Keaton aporta además la metalectura de haber encarnado al personaje Batman en dos films, en 1989 y 1992. Ese detalle es otro de los aciertos de Birdman, porque le aporta a su trama una frontera difusa entre realidad y ficción.

Ese juego entre lo real y lo ficticio, lo imaginado y lo que en realidad sucede, dotan a Birdman de una atmósfera que borra permanentemente los límites, en especial los de la famosa cuarta pared del escenario, en este caso el de un teatro de Broadway, centro geográfico del film, y meca mundial del triunfo o el fracaso en términos de actuación. La escena del escenario y la de la vida real de los personajes se muestra sin que aparentemente importe de qué lado están en cada momento porque en, definitiva, todo se resuelve en distintas instancias de ignorancia: desde saber qué línea de diálogo responderá un actor a dudar si un arma tiene balas verdaderas o no.

El "hombre-pájaro", que la traducción literal del título propone, puede perfectamente ser una alusión a Ícaro, el héroe griego que, con las alas fabricadas por su padre Dédalo, voló hacia las alturas prohibidas hasta que el sol derritió la cera con la que estaban fijadas las plumas y cayó al mar. Ese mito está sin dudas detrás de la peripecia de Birdman y Keaton, en la piel de Riggan Thomson, es su cara banal y masiva que busca elevarse y redimirse a través de un triunfo en Broadway que lo aleje del personaje popular que da título al film que, por otra parte, también volaba. Milagrosamente, Thompson es liviano, leve hasta ser capaz de levitar. Pero también se cree insustancial y vano, fracasado en toda la línea, incluso como padre. Sin embargo, esa ignorancia que ontológicamente a todos nos mueve, es la que va a rescatarlo y permitirle elevarse por fin.

Con un elenco de impecable rendimiento y una superlativa faena de Michael Keaton —en el papel de su vida— Birdman indaga en asuntos que no siempre el cine es capaz de plantear de manera tan absorbente y original. De hacerse con el Oscar sería el film premiado con título más largo en la historia de la Academia. Pero esa largueza está justificada tanto en lo que expresa su significado como en las múltiples lecturas que provoca.

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